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La Resurrección según Juan Sebastián Bach: Cujus Regni Non Erit Finis

31 marzo, 2013

Contenidos

  1. La victoria sobre la muerte en una trenza de celestiales coros
  2. La apoteosis diadeveras

«…Para descubrir la naturaleza humana hasta que sus atributos divinos sean revelados, para insuflar las actividades ordinarias con fervor espiritual, para dar alas de eternidad a lo más efímero; para hacer humano lo divino y divino lo humano; tal es Bach, el más grande y puro momento de la música de todos los tiempos…»

Pablo Casals

La victoria sobre la muerte en una trenza de celestiales coros

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En el Resurrexit de la Gran Misa Católica en Si Menor BWV 232 de Juan Sebastián Bach, lo que se respira es majestuosidad exultante. Escuchemos su introducción (13 segundos de audio):

La euforia optimista, la alegría y la felicidad son los distintivos propios de esta pieza. ¿Y cómo no iba a ser de así, si lo que se canta es la resurrección victoriosa del Χριστός sobre el pecado y la muerte?

El Resurrexit cuenta con sus propias fugas vocales (la entrada sucesiva de diferentes voces hasta juntar un haz coral coordinado) pero, por la temática, estas fugas se encuentran pletóricas de alborozo y celebración. Escuchemos la fuga en la que dice “y resucitó al tercer día” (Et resurrexit tertia die). Al principio entra el grupo de bajos dicendo et resurre… y se quedan sosteniendo la e. Luego entran los altos de igual manera. Posteriormente se adjuntan los tenores y finalmente (un grupo tras otro) los dos coros de sopranos se unen sucesivamente.

Se corona ese segmento con un borbotón (de todas las voces juntas) cantando resurrexit tertia die, no exactamente con los mismos tiempos, pero todos terminando perfectamente sincronizados. Escuchemos cómo se van acomodando gradualmente señoriales, sublimes y festivos coros (19 segundos de audio):

Ya he dicho varias veces que esta parte (Resurrexit) es mi preferida de toda la Misa en Si Menor de Bach, pero no es por que tenga un buen oído (de ninguna manera puede ser por eso) sino más bien al contrario. Sumergirse en el verum de una pieza musical es más complejo de lo que parece.

Lo cierto es que con un conocimiento promedio de música, es natural que uno se sienta más atraído hacia las tonadas movidas que hacia las tranquilas. Sin embargo –por supuesto– hay más bajo la superficie.

La apoteosis diadeveras

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Escuchemos (y veamos ahora) la fiesta de coros que Bach le dedica al momento culminante de la Resurrección de aquel Niño Jesús que –habiéndose encarnado por nosotros– sufrió y murió en la Cruz.

Total que la Resurrección es el final de la trayectoria terrena del Christos que inició con la Encarnación.

La letra en español va así:

Y resucitó al tercer día,
según las escrituras.
Y subió al cielo,
está sentado a la derecha del Padre.
Y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y a muertos
y su Reino no tendrá fin.

En latín sería:

Et resurrexit tertia die,
secundum scripturas.
Et ascendit in caelum,
sedet ad dexteram Patris.
Et iterum venturus est cum gloria
iudicare vivos et mortuos,
cuius regnit non erit finis

Escuchemos y veamos (3 minutos y 29 segundos de vídeo).

La pieza tiene varias partes que –aunque ya de por sí empiezan con una mayestática festividad– se van escalonando en clímax hasta que alcanzan su momento culminante entre (2:31) y (2:53).

Feliz y santa Pascua de Resurrección.

«…Cuando los Angeles le interpretan música a Dios, ellos ejecutan a Bach. Para cualquier otro, tocan a Mozart….»

Sir Isaiah Berlin, Filósofo e Historiador de las Ideas

FIN

Duelo

27 marzo, 2012

El reciente fallecimiento de quien fue una segunda madre para el que esto escribe, ha resultado ser un acontecimiento devastador desde varias perspectivas. Les agradeceré a mis lectores las oraciones por su alma para que encuentre el descanso eterno.

Me perdonarán si sigo retrasándome en contestar sus amables y valiosos comentarios (que ya he leído, estudiado y disfrutado todos y cada uno).

Procuraré, aunque no puedo prometerlo dadas mis actuales circunstancias, escribir para seguir conversando con ustedes, antes de que finalice la Semana Mayor.

¿Ubi cecidisti de caelo? La caída de Lucifer – V – Festum Incarnationis

24 marzo, 2012

Contenidos

  1. Recapitulando
  2. El equinoccio místico y la música pitagórica
  3. El canto humilde y primaveral del gorrión
  4. “…Este te aplastará la cabeza…”

Esta es la quinta y última parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, su tercera aquí, y su cuarta parte aquí

“…se establecen fechas convencionales y simbólicas para propósitos exclusivamente espirituales (…) para recordarnos que somos criaturas de Dios y que Él nos creó de la nada en un momento concreto. Para que le agradezcamos y le adoremos. Y para servir a ese propósito, la Astronomía nos cae de pelos… “

Recapitulando

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Lucifer fue derrotado en los cielos, y la Aurora de la Mañana cayó estrepitosamente en el Seol. Esa trayectoria, y la de todas las estrellas, cometas y planetas despertó la curiosidad del primer Homo Sapiens, y así surgió la Astronomía. Con el estudio de la Astronomía, el ser humano pretendía conocerse mejor a sí mismo, examinar la voluntad de los dioses, prever mejor los cambios climáticos, elaborar calendarios cada vez más precisos, comprender el funcionamiento del universo… en suma: saber todo acerca del equinoccio de primavera, el paso de la muerte a la vida, de la nada al ser, del frío al calor, del invierno a la primavera.

Griegos como Pitágoras, Heráclides Póntico, Eudoxo de Cnido, Aristarco de Samos, Aristóteles, Eratóstenes y Claudio Ptolomeo le dieron a la Astronomía carta de ciudadanía entre las ciencias racionales, empezando a separarla de la superstición.

Destaca entre ellos Pitágoras quien –habiendo como los ciegos errado en algunos detalles y acertado en otros– legó a la posteridad el culto hacia las Matemáticas, y la certeza de que detrás de las órbitas y de los ciclos espaciales sonaba portentosamente una divina pieza musical.

El equinoccio místico y la música pitagórica

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Luego de la venida del Χριστός (Christós), la Iglesia Católica recogió la tradición astronómica antigua y –luego de la condena de las tesis averroistas por la Universidad de París en 1277– le dio el impulso definitivo que consagró a la Astronomía como ciencia moderna y pujante.

Desde entonces, a la carrera por encontrar con exactitud el equinoccio de primavera, se sumó una brillante pléyade de clérigos católicos que todavía reluce en la actualidad.

Y así, terminó fijándose la fecha de la derrota celestial y terrena de Lucifer. De modo simbólico y convencional, a sólo unos días del equinoccio, se fijó la venida de Dios a la Tierra para hacerse hombre. Se fijó el 25 de marzo para celebrar el descenso de Dios al Vientre de la Virgen María, para celebrar la Encarnación.

Ese día, asistimos a un paralelismo contrastante: tanto Lucifer como la Segunda Persona de la Santísima Trinidad “bajaron” de los Cielos. Pero Lucifer, derrotado con soberbia; Χριστός, triunfante con humildad. El primero, en estrepitosa caída humillante, como meteorito sin freno; el segundo, en serena y triunfante llegada, como la luz del amanecer. Uno de los compositores más grandes de todos los tiempos, haciéndole honor a la “música universal pitagórica”, nos canta el equinoccio, la llegada de la primavera, la Encarnación y la derrota de Lucifer, siguiendo el texto del Credo Niceno

“Qui propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis…

“Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo…”

…de la manera siguiente (16 segundos de audio):

El canto humilde y primaveral del gorrión

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Es así cantada la Encarnación de Dios (el misterio predilecto de mi amigo AMDG), exactamente nueve meses antes de la Navidad (el nacimiento del Χριστός). Nueve meses de embarazo que dan comienzo un día como el de mañana, en el que –a diferencia de Lucifer, que bramó gélidamente “¡Non Serviam!”– la humildad y la disponibilidad de María fueron fecundadas en una primavera mística por el Espíritu Santo, haciendo posible la voluntad divina de asumir la naturaleza humana. Un día como hoy, otrora se llamó:

FESTUM INCARNATIONIS, INITIUM REDEMPTIONIS CONCEPTIO CHRISTI, ANNUNTIATIO CHRISTI, ANNUNTIATIO DOMINICA.

Continúa Mozart poniéndole música al Credo, cuando canta:

“…Et Incarnatus est…”

14 segundos de audio:

No es casualidad que Wolfgang Amadeus Mozart haya titulado a esta obra como la “Misa de los Gorriones” (Spatzen-Messe) pues al igual que esta Misa, los gorriones son breves (pequeños) y hacen sus nidos abriéndose a la fertilidad y al amor justo luego del equinoccio: en primavera. Además, los gorriones son pajaritos universales (del griego καθολικός katholikós, universal), pues viven y cantan en los cinco continentes. Tan universales como la validez de las Matemáticas y de la fe cristiana.

Continúa Mozart (16 segundos de audio):

“…de Spiritu Sancto, ex Maria Virgine…”
“…por obra del Espíritu Santo, en María la Virgen…”

“…Este te aplastará la cabeza…”

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Buen día para recordar cómo, después del pecado original, Dios le advirtió a Lucifer:

“…inimicitias ponam inter te et mulierem et semen tuum et semen illius ipsa conteret caput tuum et tu insidiaberis calcaneo eius…”

“…Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; Este te aplastará la cabeza…”

Y concluye Mozart en el Incarnatus de su Spatzen Messe cantándole al linaje de la Mujer que le aplastaría la cabeza a Satanás:

“…et Homo factus est…”

“…Y se hizo hombre…”

9 segundos de audio:

También es un buen día para recordar que somos seres humanos desde el momento de la concepción y que no podemos permanecer indiferentes frente al abominable crimen del aborto.

Escuchemos entonces –de corrido– el Incarnatus de la Spatzen-Messe de Mozart:

“Qui propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis et Incarnatus est de Spiritu Sancto, ex Maria Virgine et Homo factus est”

54 segundos de audio:


Y finalmente, les propongo que veamos y escuchemos completa, tan cerca del recién pasado equinoccio del 20 de este mes, la versión del Credo Niceno Constantinopolitano, la profesión de Fe del Cristiano desde hace 1 700 años en su versión Mozartiana de la Missa Brevis (Spatzen-Messe) en Do Mayor K220 (4 escasos minutos de duración):

FIN

¿Ubi cecidisti de caelo? La caída de Lucifer – IV – La tradición

20 marzo, 2012

Contenidos

  1. Y se cierra el círculo
  2. La maximización del contexto: el mayor logro de la civilización occidental

Esta es la cuarta parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, y su tercera aquí.

“…Pero ¿A qué se debe este curioso romance entre la Iglesia Católica y esta ancestral Ciencia? Yo diría que se debe a tres razones…… “

En primer lugar a que…

“…Mientras más conozcamos la creación más admiraremos al Creador. La Iglesia y los creyentes, en particular los católicos, no sólo no ven con desconfianza el avance de las ciencias y en particular el de la Astronomía, sino que consideran estos avances con admiración, orgullo y una especie de temor reverente al contemplar la belleza incomparable de las obras que han salido de la mano de Dios”

En segundo lugar, a la fuerza de la tradición clásica.

Y, en tercer lugar, al interés por fijar las fechas más trascendentales de la Historia de la Salvación, de los Mysteria Fidei. Citaré sólo cinco hitos históricos a los que la Cristiandad (y grandes civilizaciones anteriores a ella) ha deseado fechar con ayuda de las estrellas y el calendario: la creación del mundo, el nacimiento del Χριστός-Cristo, su concepción por obra del Espíritu Santo en el Vientre de la Virgen María (la Encarnación), la muerte y resurrección de Cristo… y la caída de Lucifer.

Y se cierra el círculo

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¿Cuándo caíste del cielo, Lucifer, Hijo de la Aurora? ¿Ubi cecidisti de caelo? Desde tiempos inmemoriales, desde cuando nació la escuela rabínica en el cautiverio babilónico (la cuna de los astrónomos), por motivos que trascienden lo simbólico, se ha creído que la fecha de la derrota del demonio en los cielos debe ser la misma que la fecha de la creación del mundo y la misma que la derrota de Lucifer en la Tierra. Y existía, ya en la época cristiana, la convicción de que a esas fechas estaba íntimamente ligado el final del invierno (el final de la nada, el final de la muerte), y el inicio de la vida y de la primavera. El triunfo del Χριστός y el fracaso de Satanás debían celebrarse en el equinoccio de primavera, y fijar esa fecha correspondía a los sabios escrutadores de los cielos, a los astrónomos. De  hecho, por cierto, el equinoccio de primavera, este año de 2012, ocurre excatamente el día de hoy 20 de marzo.

Algunas sectas cristianas, dadas a la iconoclastia, y enemigas de la cultura clásica, han repulsado desde los primeros siglos de nuestra era este esfuerzo por fijar convencionalmente tales fechas.

La fijación de tales efemérides responde al propósito –no de hacer una declaratoria científica de la duración del universo o de la exactitud temporal de otro evento– sino del de maximizar el contexto histórico de la venida del Χριστός (Cristo), transparentando simbólicamente que tales acontecimientos se dieron realmente en la línea de tiempo humana. Es decir, esas “fechas” son, en cierto modo, convencionales y simbólicas.

La maximización del contexto: el mayor logro de la civilización occidental

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No hay registros históricos–aún- de la fecha exacta en la que nació Jesucristo, pero no cabe duda que tal hecho ocurrió, por lo que se ha fijado alrededor del Solsticio de diciembre –de modo convencional y simbólico en el cristianismo– una fecha concreta para efectos de recordación y celebración. Aún cuando hay razones de peso que dan cierto grado de certeza moral de que es una fecha más real que solo simbólica.

Lo mismo ocurre con la fecha de la creación: las investigaciones científicas aún distan eones de llegar a un acuerdo sobre tal cosa (aunque las teorías del Big Bang algo parecen aportar por el momento). A la espera de una fecha precisa e indiscutible (dato que puede tardar en llegar, si llega) se establece una fecha convencional y simbólica para propósitos exclusivamente espirituales.

¿Cuál es este propósito “espiritual”?: recordarnos que somos criaturas de Dios y que Él nos creó de la nada en un momento concreto y que triunfó sobre Lucifer. Para que le agradezcamos y le adoremos. Y para servir a ese propósito, la Astronomía nos cae de pelos.

No se pierda la última parte de esta serie. Continuará…

¿Ubi cecidisti de caelo? La caída de Lucifer – III – La catedral

17 marzo, 2012

Contenidos

  1. Investigando los cielos en nombre del Χριστός-Christós
  2. De la Historia con mayúscula, a la historieta mítica de propaganda
  3. De cuando debatir intelectualmente era un trabajo serio
  4. Del geocentrismo…
  5. …al heliocentrismo
  6. Y sin embargo… nada
  7. Fides et ratio: un fecundo y beneficioso matrimonio

Esta es la tercera parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, y su segunda aquí

“…si debemos asignar una fecha al nacimiento de la Ciencia Moderna, deberíamos, sin duda, escoger el año 1277 cuando el obispo de París proclamó solemnemente que varios mundos podían existir, y que el conjunto de los cielos podían, sin contradicción, ser movidos de modo rectilíneo…”

Investigando los cielos en nombre del Χριστός-Christós

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La Astronomía recibió así un impulso aún vigente en la actualidad. Ya las grandes catedrales habían empezado a ser construidas –entre otras cosas– como primerizos observatorios astronómicos con sus heliómetros, en donde era posible determinar con alguna exactitud los solsticios y los equinoccios. Un ejemplo paradigmático de ello es la Basílica de San Petronio (en Bolonia, Italia).

“Durante siglos, estos singulares observatorios fueron instalados en toda Europa: Roma, París, Milán, Florencia, Bruselas y Antwerp. En concreto, el observatorio de San Petronio de Bolonia fue erigido en 1576 por Egnatio Danti, un dominico matemático. Gracias a este observatorio se pudo asesorar al Papa para fijar el calendario, que hoy conocemos como gregoriano, de 365 días y un año bisiesto de 366 (…) a Danti se le encargó construir un observatorio solar en el Vaticano.”

La era de la Cristiandad (mal llamada Edad Media) fue riquísima en lo que se refiere al desarrollo científico en general y astronómico en particular, y en ella se establecieron las bases de la Ciencia Moderna al haz del patronazgo de la Iglesia Católica (pueden encontrar algunas referencias y fundamentos de ello haciendo click aquí).

Mujer enseñando geometría. Ilustración del libro Los elementos, en la traducción atribuida a Adelardo de Bath, 1309-1316.

También en los siglos de la Cristiandad (VII-XVI) las artes plásticas y la arquitectura alcanzaron cotas de desarrollo pocas veces revisitadas (fue cuando, después de cuatro mil años, se superó con varias edificaciones la altura de la Gran Pirámide de Keops); se inventaron las universidades tales como las conocemos hoy; surgieron las lenguas modernas; liberados de la lacra de la esclavitud pagana se desarrolló la mecánica, desde el molino hasta el reloj…

“…se inventaron nuevos géneros literarios, comenzó su andadura la física moderna, la técnica alcanzó un desarrollo espectacular (la navegación, la ingeniería, la forja, la fabricación del papel, las hilaturas y los tintes, etc.)”

Breve Historia de la Filosofía Medieval, Josep-Ignasi Saranyana, 2001

En la era de la Cristiandad, animada como estaba por una larga tradición de Lógica Aristotélica, se debatía todo, todo era examinado, y todo era tema de reflexión. En su seno se crearon la primeras Universidades (“invento” emblemático del Medioevo) que rápidamente se convirtieron en focos de luz científica (en particular la de París y la de Oxford, aunque no fueron, para nada, las únicas). Fue un catedrático (y dos veces rector) de la Universidad de París, sacerdote católico por cierto, llamado Juan de Buridán (quien se adelantó cuatro siglos a Newton en lo referente a la inercia) el primero que se lanzó a explorar, en el siglo XIV, antes de la Gran Peste, la posibilidad de que Aristóteles y Ptolomeo se hubiesen equivocado al propugnar el geocentrismo.

De la Historia con mayúscula, a la historieta mítica de propaganda

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Lamentablemente en la época de la Ilustración (siglo XVIII) un equipo de propagandistas muy hábiles, inspirados y encabezados por Voltaire (fanático anticatólico entre otras cosas, como ya hemos señalado) se dedicaron a reescribir la Historia “arrancándole” las páginas en donde aparecían las palabras “Dios”, “Cristo” e “Iglesia Católica”… se pasaron llevando así solo dieciocho siglos de Historia. El resultado fue la elaboración un pastiche seudohistórico propagandístico anticristiano, y específicamente anticatólico, del que nos hemos nutrido –sin excepción– todos nosotros.

Hemos sido formados –en la calle, en las aulas escolares y universitarias, pero sobre todo por la industria cinematográficotelevisiva– en conceptos míticohistóricos sobre un supuesto papel negativo del cristianismo en general, y de la Iglesia Católica en particular, en el desarrollo científico. Nos imaginamos erróneamente –como fruto de absorber inconscientemente esos mitos– que la Edad Media estaba poblada de sombríos e ignorantes cérigos o monjes, antorcha en mano, buscando a ilustres científicos para quemarlos en la hoguera con el objeto de perpetuar la ignorancia y el “oscurantismo”. La única ignorancia es la de quien, por la pereza, no acude a las fuentes para limpiar esas telarañas, esos mitos históricos dogmáticos, esos ídolos modernos.

Se han propagado ampliamente nociones y creencias prejuiciosas sobre la Edad Media, incluso por motivaciones políticas, y aún hoy permanecen mitos en la cultura popular. También ocurre esto cuando se trata de las nociones de la ciencia en el período: a menudo la época es denominada peyorativamente edad de las tinieblas, sugiriendo la idea de que no habría habido ninguna creación filosófica o científica autónoma.

Para justificar el título de “Edad de las Tinieblas”, ya se ha dicho que en la “noche de mil años”, que supuestamente habría sido la era medieval, la ciencia habría conocido un largo periodo de “falta de inspiración” en comparación con la producción científica clásica(…)

Aunque ningún historiador serio utilice la expresión “Edad de las Tinieblas” para sugerir retraso cultural, aún hoy, aún en las escuelas, se enseñan nociones equivocadas como la falsa idea de que los estudiosos medievales creían que la tierra fuera plana.

Wikipedia, entrada “Ciencia Medieval

De cuando debatir intelectualmente era un trabajo serio

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Escribano medieval

Dejemos esos mitos momentáneamente de lado, y volvamos a la realidad: ese ambiente medieval de investigación y debate llegó a su completo y más acabado desarrollo en el siglo XIII, aunque comenzó a gestarse en las escuelas carolingias desde el siglo IX. Los debates y las disputas científicas se tomaban muy en serio, y el contexto intelectual en el que tenían lugar distaba años luz de la flojedad moderna. En la Edad Media no daba lo mismo hablar por hablar que tener la razón. Los debates eran bien organizados y se exigía la exactitud y la seriedad en los argumentos. Se exigía coherencia, fundamentos y pruebas. Los célebres debates de Pedro Abelardo contra Guillermo de Champeaux en el siglo XII son paradigmáticos en ese sentido, por no mencionar los de Santo Tomás de Aquino contra Sigerio de Brabante y muchísimos otros más. Salvo cortos períodos, como el de los dialectici (con extraños sujetos como Anselmo de Besata y Berengario de Tours), los charlatanes tenían los espacios intelectuales vedados.

Era una época en la que sostener tesis equivocadas le hacía al sustentante correr el riesgo de un grave desprestigio académico (no como hoy, que para ser celebrado como catedrático basta ser amigo del rector) por lo que se estudiaba mucho, se tenía el cuidado de encontrarle pruebas contundentes a cada hipótesis, y se solía ser acucioso y prudente. Digámoslo de un modo simple: hablar tonterías sin fundamento estaba muy, pero muy mal visto. Una programación televisiva estilo la de Canal Infinito, o superficialidades parecidas, no habría tenido mucho público en la Era de la Cristiandad.

Del geocentrismo…
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Ese ambiente medieval de inusual exigencia intelectual se daba, en lo que a la Astronomía se refiere, en un contexto muy específico. Hasta el siglo XVI, todas las civilizaciones aceptaban una cosmología geocéntrica, es decir una en la que el Sol y los planetas giraban alrededor de la Tierra. Si bien Aristarco de Samos en el siglo III antes de Cristo había teorizado sobre una cosmología en la que el Sol estaba al centro, no tuvo éxito en popularizar su tesis, dado que el paralaje estelar no era observable.

Nota: la explicación de lo que es el paralaje estelar puede ser, dependiendo del que explica y del que lee, sencilla o complicada. Baste decir que es prácticamente la única prueba ampliamente aceptada para demostrar la tesis de heliocentrismo. Pueden ilustrarse al respecto en este artículo de Wikipedia en inglés o en su correspondiente en castellano

Por generaciones, entonces, la gente daba por cierta la perspectiva geocéntrica, puesto que coincidía con la percepción directa y sencilla de la relación Tierra-Sol. Pocos científicos después de Aristóteles la habían atacado, en parte porque las exigencias matemáticas que de su estudio surgían no habían planteado la necesidad científica de replantearla y, desde San Agustín de Hipona, pocos miembros del clero la habían puesto en tela de juicio, hasta que llegó Nicolás Copérnico.

…al heliocentrismo.

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El primer científico que examinó la posibilidad de que fuese la Tierra la que girara alrededor del Sol, y no al revés –como lo había sostenido Aristarco de Samos unos siglos antes– fue, como dije arriba, Juan de Buridán. Este examinó con acuciosidad, en el siglo XIV, doscientos años antes de Copérnico, la hipótesis rotativa de la Tierra, espoleado –precisamente– por la anomalía que presentaba la trayectoria errante de los planetas (epiciclos), y que comenzaban a exigir respuestas matemáticas nuevas.

Careciendo de telescopios (que se inventarían doscientos cincuenta años más tarde), Buridán –preciso y exigente con sus razonamientos– descartó al final la hipótesis, pues razonaba que, en caso la Tierra girase, notaríamos ese velocísimo movimiento en la atmósfera (por los consecuentes vientos); aumentaría la temperatura de la atmósfera por el rozamiento; y un cuerpo lanzado verticalmente no caería en el mismo lugar. Sus deducciones científicas eran correctas, considerando el contexto, pues todavía faltaba por saber más acerca de la gravitación,  de la constitución de la atmósfera, y de las leyes de la fuerza centrífuga y de la inercia (cuyo estudió abordó adelantándose en siglos a los descubrimientos de Newton).

En resumen: no bastaba imaginarse que la Tierra giraba alrededor del Sol, había que probarlo. No bastaba –con las condenas de 1277– decir que Aristóteles podía ser contradicho, había que contradecirlo con pruebas en la mano. Así era la Edad Media.

No es casualidad –de hecho– que fuera también un sacerdote católico (Copérnico) el que intentara de nuevo rescatar de las penumbras las teorías aristarcianas del heliocentrismo. Ojo: teorías, y más viejas que el tamal pisque, no hubo ninguna “revolución”. Si bien, como ya dije arriba, hubo precedentes, Nicolás Copérnico (1473-1543), un erudito del Derecho Canónico y profesor de Astronomía, fue al primero al que se le atribuyó el desarrollo científico de la teoría moderna del heliocentrismo.  Sus investigaciones sobre el Sol, la Luna y los Planetas culminaron en su trabajo De revolutionibus orbium coelestium de 1530. Es importante señalar que gran parte del apoyo que recibió Copérnico en sus investigaciones astronómicas venía de la Iglesia y de sus soberanos pontífices, en particular de Clemente VII. El arzobispo de Capua y cardenal Nikolaus von Schönberg y un eclesiástico protestante, Andreas Osiander, ayudaron a Copérnico a publicar su obra

Dado que no era posible demostrar la hipótesis aristarciana (heliocentrista) –pues el paralaje estelar seguía siendo inobservable– con toda la seriedad que los protocolos científicos de la época exigían, Copérnico presentó su trabajo como lo que en realidad era: una mera hipótesis, un modelo que ayudaba a simplificar los cálculos físico-matemáticos que en el modelo ptolemaico (geocentrista) se hacían engorrosos.

La Iglesia, metida de lleno –como lo estamos señalando desde el principio de este discurso– en la investigación científica astronómica, no vio en la teoría así planteada, ningún problema. De hecho, renombrados astrónomos jesuitas enseñaban la teoría copernicana (aristarciana en realidad) en sus cátedras; la Universidad de Salamanca estableció su enseñanza en sus estatutos en 1561 como opcional, y luego en 1594 como obligatoria. Otros astrónomos se opusieron a ella con razones, entre ellos Tycho Brahe quien elaboró –con ayuda del mejor centro de observación astronómica de esa época– un interesante modelo alternativo al ptolemaico y al aristarciano, basado en datos mucho más precisos que los manejados por Copérnico. La Universidad de París se opuso a la teoría defendida por Copérnico por varias razones, y sobre todo por la ausencia de observación del paralaje estelar. La polémica y la disputatio constructiva continuaba entre lo que he dado en llamar los “ciegos observando el universo“.

Johannes Kepler, un astrónomo luterano, tomó la defensa del modelo de Copérnico y le dio un nuevo impulso a la teoría heliocéntrica, dando excepcionales aportes a la astronomía teórica con su tesis de las trayectorias planetarias elípticas.

Y sin embargo… nada

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En el ínterin, un famoso, vanidoso y mentirosito físico-matemático llamado Galileo Galilei –luego de robarse el recién descubierto telescopio, y atribuirse falsamente su invención– se adhirió entusiastamente a la teoría copernicana (ignorando los ajustes y correcciones que Kepler le había hecho), y apoyado por su gran amigo y conecte Cardenal Barberini (luego papa Urbano VIII) afirmó haber probado la hipótesis heliocentrista. En consecuencia, decía, había que cambiar la hermenéutica de las Sagradas Escrituras. Eso le trajo problemas con el Santo Oficio quien lo juzgó, estableciendo en el proceso que las “pruebas” que Galileo pretendía aportar para demostrar la verdad de la hipótesis heliocéntrica eran falsas.

De hecho, tales “pruebas” eran falsas: Galileo creía erradamente que las mareas eran ocasionadas por el movimiento de rotación terrestre y por la atracción solar, contradiciendo lo que ya toda la comunidad científica de ese entonces sabía, que eran provocadas por la atracción lunar (tal como lo había demostrado ya Kepler). La observación del paralelaje estelarseguía siendo la única prueba posible de la teoría,  que Galileo reconoció (pues era obvio) que en ese entonces no era observable.

O sea: Galileo no tenía pruebas, y fue orillado a retractarse, y condenado a prisión domiciliar (que cumplió en varios lujosos palacios y en su propia villa en Florencia, continuando con sus investigaciones científicas, sufragado por la jerarquía eclesiástica). Esta condena a prisión domiciliar no fue impuesta por sus tesis heliocéntricas (ya que se retractó de afirmarlas “probadas”), sino por desobedecer a una sentencia previa que le prohibía escribir sobre ellas de modo falso (es decir, como supuestamente “probadas” cuando aún no lo estaban).

No era primera vez que Galileo se equivocaba profundamente con sus explicaciones científicas: se equivocó al explicar la naturaleza de los cometas a los que consideraba simples fenómenos atmosféricos (como las auroras o el arco iris), contradiciendo el descubrimiento de Tycho Brahe que ya había establecido que eran cuerpos sólidaos desplazándose más allá de la órbita lunar; Galileo también afirmó que Saturno era una “estrella triple”, lo cual es falso, y por consiguiente ni un astrónomo contemporáneo respaldó su ocurrencia; también Galileo sostuvo, sin retractarse, que los planetas giraban alrededor del sol en una órbita perfectamente circular, de la cual el Sol era su centro exacto, lo cual ni siquiera Copérnico endosaba, pues al igual que Kepler lo juzgaba insostenible.

En pocas palabras, Galileo era un físico-matemático interesante, pero como astrónomo no dio ni una. Y en una época en que no era lo mismo hablar por hablar que tener razón, lo pusieron justamente en su sitio. Siglos después, la Ilustración anticatólica lo convirtió en “Mártir de la Ciencia” haciéndonos creer que fue torturado y quemado por la oscurantista Inquisición. Todo eso es falso.

“…en la mitografía racionalista él [Galileo] se convierte en la Santa Juana de Arco de la Ciencia, en el San Jorge que derrota al dragón de la Inquisición. No es entonces sorprendente que la gloria de este hombre de genio descanse sobre todo en descubrimientos que jamás hizo, y sobre logros que nunca tuvo. Contrariamente a las afirmaciones de numerosos manuales, recientes incluso, de historia de ciencias, Galileo no inventó el telescopio. Ni el microscopio. Ni el termómetro. Ni el reloj de péndulo. No descubrio la ley de inercia, ni el paralelogramo de fuerzas o de movimiento, ni las manchas solares. No aportó ni una contribución a la Astronomía teórica, no dejó caer pesos desde lo alto de la Torre de Pisa, no demostró la verdad del sistema de Copérnico. No fue torturado por la Inquisición, no languideció de ningún modo en sus mazmorras, no dijo eppur si muove ["y sin embargo se mueve"], no fue un mártir de la Ciencia.”

The Sleepwalkers: A History of Man’s Changing Vision of the Universe, 1959 por Arthur Koestler.

Explicar a profundidad, y con detalles relevantes, el conflicto de Galileo con el Santo Oficio, y los mitos que al respecto alimentan nuestra fantasía, haría este discurso más largo de lo que ya es. Además, es un tema que me aburre inconmensurablemente, y que puede ser consultado en fuentes serias que nos dejarán claro que la versión tan popular de Hollywood a la que estamos acostumbrados sobre Galileo es eso: solo un cuento de Hollywood.

Sin embargo, si alguno de mis amables y combativos lectores tiene un comentario o pregunta al respecto, con gusto le responderé, por supuesto. Y prometo escribir muy pronto un discurso dedicado a explicar punto por punto la urdimbre de esa leyenda moderna.

Lo que sí haré hoy (para alimentar el escándalo) es citar a John L. Heilbron, vicecanciller emérito de la Universidad de Berkeley, e historiador de las ciencias físicas y astronómicas, que –a propósito del papel del Santo Oficio en en el juicio de Galileo– dijo:

“Qué ironía… La Iglesia Católica, con su aparente actitud retrógrada frente el heliocentrismo, de hecho nutrió a un poderoso y emergente método cíentífico.”

Fides et ratio: un fecundo y beneficioso matrimonio

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Dejemos el mundo de los mitos y volvamos de nuevo a la realidad de la Astronomía. Poco a poco se fue imponiendo la visión heliocentrista, en un largo proceso de siglos hasta que en 1838, Friedrich Bessel realizó por fin con éxito la primera medición de un paralaje estelar sobre la estrella 61 Cygni en el Observatorio de Königsberg. Si no fuera por que algunos sostienen que en un sistema modificado de Tycho Brahe, también se habría observado tal paralaje, los adeptos del heliocentrismo podían, por fin, darse por satisfechos: la teoría estaba probada.

La Iglesia, sin pausa ni descanso, siguió y sigue empeñada en la investigación astronómica. Prueba de ello es la constelación de sacerdotes impulsados por la Santa Sede a mirar con ojos científicos a los cielos. Hasta la fecha de hoy se cuentan por centenares, pero citaré solo unos cuantos –en virtud de sus aportes constructivos a la Astronomía– marcados por la fama: Christopher Scheine (1573-1650), Leonardo Ximenes (1716-1786), Johann Adam Schall von Bel (1592-1666), Nicolás Copérnico (1473-1543), Daniel O’Connell (1892-1986), Ignazio Danti (1536-1586), Ferdinand Verbiest (1623-1688), Christophorus Clavius (1538-1612), Jules Fényi (?-18??), Giovanni Battista Riccioli (1598-1671), Johan Stein (1871-1951), Francesco Maria Grimaldi (1613-1663), Antonio Romañá (1900-1981), Juan de Sacrobosco (1195-1256), Nicolás de Oresme (aprox.1323-1382), Luis Rodés (1881-1939), Stephen Perry (1833-1889), Jean-Felix Picard (1620-1682), Claude Boudier (1686-1757), Louis Éconches Feuillée (1660-1732), Johann Hagen (1847-1930), Giuseppe Piazzi (1746-1826), Antón Gabelsberger (1704-1741), Ruđer Josip Bošković (1711-1787), Ramón María Aller Ulloa (1878-1966), Angelo Secchi (1818-1878), Marcin Odlanicki Poczobutt (1728-1810).

Además de personas competentes que dieron y siguen dando lustre a la ciencia astronómica, la Iglesia ha contado y sigue contando con equipo material de primera calidad para esos mismos efectos. Hay que decir al respecto que uno de los observatorios astronómicos más antiguos del mundo es el Observatorio Astronómico o Telescopio Vaticano, que depende directamente de la Santa Sede.

“Su origen se remonta a la segunda mitad del siglo XVI, cuando en 1578, el papa Gregorio XIII hizo erigir en el Vaticano la Torre de los Vientos y encargó a los jesuitas astrónomos y matemáticos del Colegio Romano que preparasen la reforma del calendario promulgada después en 1582. Desde entonces, la Santa Sede no ha cesado nunca de manifestar el propio interés y apoyo a la investigación astronómica. Esta antigua tradición alcanzó su cénit en el siglo veinte con las investigaciones realizadas en el Colegio Romano por el famoso astrónomo jesuita, padre Angelo Secchi, que fue el primero en clasificar las estrellas según sus espectros. A partir de esta larga y rica tradición, León XIII, (…) fundó el Observatorio de la colina vaticana, detrás de la Basílica de San Pedro.”

Sitio del Estado de la Ciudad del Vaticano

Además, en 1981, el Observatorio Vaticano fundó un segundo centro de investigación, el Vatican Observatory Research Group (VORG) en Tucson, Arizona. Y en 1993 el observatorio, en colaboración con el observatorio Steward, concluyó la construcción del Telescopio Vaticano de Tecnología Avanzada (VATT), el mejor sitio astronómico de Norteamérica.

En suma: sin el aporte –durante siglos– de los sacerdotes católicos astrónomos (que se cuentan, solo los más relevantes, por decenas), y sin el mecenazgo de los soberanos pontífices, esa ciencia no sería lo que ahora es. Un último ejemplo que había dejado en el tintero es el del sacerdote jesuita Monseñor Georges Henri Joseph Édouard Lemaître (1894 -1966), creador de la teoría del Big Bang (en la foto abajo).

Según John L. Heilbron, a quien ya citamos más arriba:

“…La Iglesia Católica ha dado más apoyo financiero y social al estudio de la astronomía por más de seis centurias, que ninguna otra institución en el mismo tiempo, y, probablemente, que todas las instituciones juntas; esto ha sido desde la Baja Edad Media hasta la Ilustración”

Pero, ¿a qué se debe este curioso romance entre la Iglesia Católica y esta ancestral ciencia? Yo diría que se debe a tres razones…

Continuará…

Idus Martias

14 marzo, 2012

Contenidos

  1. Imperator mundi: conquistar el mundo, sí, pero con una buena razón
  2. Un par de legados perennes de César
  3. De la imitatio alexandri a la imitatio caesari

Un funesto 15 de marzo, hace 2051 años, fue asesinado cobardemente por una facción aristocrática del Senado Romano, el estadista más grande de la Historia, el padre de la civilización occidental (de nuestra civilización): Julio César, IMP C IVLIVS CAESAR DIVVS.

Imperator mundi: conquistar el mundo, sí, pero con una buena razón

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Julio César es una de las pocas personas sin cuya existencia no sólo el mundo no sería –ni de lejos– tal como lo conocemos, sino que sería inconmensurablemente peor. Fue la segunda persona en la Historia que podía decir con propiedad “He conquistado al mundo”.

Su épica conquista de las Galias extendió el Imperio Romano hasta el Océano Atlántico. Consolidó el poder imperial romano en España y expandió sus límites hasta lo que ahora conocemos como Holanda, Alemania y Croacia. Dirigió la primera invasión de las Islas Británicas cruzando el canal de la Mancha… Impuso la Lex Romana desde Portugal hasta Egipto, desde las profundidades de los bosques germánicos hasta la Iliria. Los especialistas le reconocen el estatus del mejor táctico y estratega militar de la Historia, incluso por encima del usurpador Bonaparte, Aníbal, Alejandro Magno y otros impresionantes guerreros.

Pero no solo conquistó el mundo –empresa ya de por sí sumamente inusual– sino que –más impresionante aún– decíamos que lo dejó mejor de lo que antes estaba. En su victoriosa lucha contra la maffia de ricos de Roma (los Patricios u Optimates, endemoniadamente opuestos a la extensión de la ciudadanía romana y a la cultura griega), Julio César acabó con la inveterada costumbre de –simplemente– expoliar y tiranizar a los pueblos conquistados.

Julio César es el primer Romano que integró a los demás pueblos haciéndolos acreedores de la ciudadanía romana, es decir: los conquistaba no para hundirlos, sino para hacerlos mejores e iguales a él. Él no veía al Imperio Romano como una élite de privilegiados sólo chupándole la sangre a media humanidad, sino como la expresión de una ciudadanía universal y de un imperio de ciudadanos debidamente institucionalizado. Gracias a él fue posible que eventualmente personas de fuera de Italia llegaran a ser –incluso– emperadores.


Y eso legó a la posteridad, ni más, ni menos…

Julio César fué protagónico en la creación de nuestra civilización occidental. Hasta el s. XIX, no había persona educada que no leyese su De la guerra de las Galias.

Acabó con la república romana, estableciendo las bases de un imperio que habría de durar, de una forma u otra, 1496 años;

Reformó el antiguo calendario de tal forma que el nuestro es prácticamente el mismo, con algunos ajustes;

Reformó el código civil, del cual es heredero el francés y por extensión el salvadoreño;

Por milenios y hasta 1919, los reyes y emperadores se titularon a sí mismos Césares: César (Roma), Caesar (Sacro Imperio Romano), Káiser (Alemania), Czar (Rusia), Kayser (Imperio Otomano);

Vos llamás a uno de los doce meses de cada uno de tus años: Julio.

Un par de legados perennes de César

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Julio César, además, es el inventor del libro encuadernado, (antes los libros tomaban forma de molestos y enormes rollos), con lo que logró que para nosotros leer fuera una actividad cómoda y portátil. Es como si hubiera inventado las computadoras portátiles de la Antigüedad.

Sin Julio César, la lectura sería menos agradable y requeriría más esfuerzo. Sin este invento de Julio César no existirían los libros y las bibliotecas tal como las conocemos. Por lo demás, Julio César era un cultivado y prolífico escritor e historiador, y es considerado uno de los más grandes maestros de la lengua latina. Quien no ha leído  su Conquista de las Galias, no ha leído gran cosa (por mucho que atiborremos a nuestro espíritu de ficción snob).

También el calendario que hoy usamos (12 meses, 30-31 días, semanas de siete días, etc…) fue instituido –en su esencia– por Julio César. Antes de él, se usaban múltiples calendarios de naturaleza lunar (basados en la rotación de la luna alrededor de la tierra). El de Julio César (el nuestro) es solar (es decir, basado en la relación de posiciones entre la Tierra y el Sol).

Vincenzo Camuccini, "Morte di Cesare", 1798

Fue –en ese entonces hasta nuestros días– la única manera de evitar los retrasos permanentes en los que otros tipos de calendario incurrían con terrible frecuencia (la época de primavera, por ejemplo, llegaba a caer cuando de hecho todavía nevaba). Los efectos de esos errores en la producción agrícola eran terribles y desconcertantes.

El nuevo calendario instituido por Julio César (y bautizado Julius y –luego– calendario juliano en su honor) no era perfecto: tenía un escandaloso desfase de 11 minutos por año. Nadie cayó en la cuenta… hasta que pasaron 1,600 años, cuando el desfase acumulado había llegado a 10 días. La corrección de ese error cayó en las espaldas del Papa Gregorio XIII (que no era Gregorio Magno, el creador del Dies Irae) quien con la inclusión de los días bisiestos, enmendó la imprecisión de 11 minutos anuales. Por ello el calendario cambió el nombre a Calendario Gregoriano.

Sin embargo, en esencia, sin Julio César seguiríamos contando el tiempo poniendo atención en las lunas llenas o en las menstruaciones de nuestras esposas.

De la imitatio alexandri a la imitatio caesari

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Después de que Alejandro III de Macedonia conquistó el mundo (con nobles e inéditos ideales, más o menos frustrados, que resultaron ser la semilla del impulso cesariano), la humanidad entera le llamó “El Grande”: Μέγας Αλέξανδρος, Megas Alexandros.

Cuando Julio César fue cobardemente asesinado, no hubo necesidad de llamarlo “El Grande”. Su simple nombre, César, era más que suficiente. Desde ese momento César era equivalente o superior a Magno, y –desde su sobrino y primer sucesor– los poderosos de la tierra han anhelado tenerlo de nombre propio. Pero César sólo hubo, y hay, uno.

Muerte de César, de Gerome

Multitudes de sujetos han ambicionado, como Pinky y Cerebro, todas las noches, conquistar el mundo. Pocos se atreven a intentarlo. Una reducida minoría consigue uno que otro éxito en tal empresa. Sobran los dedos de una mano para contar a aquellos que lo han logrado de verdad…

Pero, lograrlo y legar a la posteridad un mundo sustancialmente más humano y estable… solo César.

Así se imagina el asesinato de César la serie televisiva Roma. A mi juicio, excelente recreación y excelentes actores:

¿Ubi cecidisti de caelo? La caída de Lucifer – II – La condena

12 marzo, 2012

Contenidos

  1. Es la tradición, y no la revolución, el motor del progreso científico
  2. Et semper in fine cujuslibet debet poni sive legi error
  3. Lo que no me enseñaron en la escuelita

Esta es la segunda parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí

“(La) Parábola de los Seis Sabios Ciegos y el Elefante (…) Es un modo sencillo de entender que tanto Heráclides Póntico (…), Aristarco de Samos (…) y Aristóteles cuyo modelo se asentaba en una Tierra alrededor de la cual giraban de diferentes maneras Sol, planetas y estrellas… todos ellos tenían razón, y a la vez (pero no con respecto a lo mismo) estaban errados… “

Es la tradición, y no la revolución, el motor del progreso científico

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Así es la historia de la Ciencia, y en particular el de la Filosofía, y el de la Astronomía: una tradición que se va enriqueciendo paulatinamente con los aportes de “otros ciegos”. Por eso –a propósito de la dialéctica hegeliana– el decir que hay ideas “necesarias” no es acertado.

Sólo hay ideas parciales de “ciegos” que pueden –o no– mejorar ligeramente nuestro conocimiento de la realidad en la medida en que las combinamos con los conocimientos previos entregados por las generaciones anteriores. La tradición es la columna vertebral de la Ciencia y del falible progreso humano.

Pierre Duhem, químico, filósofo de la Ciencia, fundador de la Físicoquímica, y catedrático de física teórica en la Universidad de Burdeos, nos lo explicaba así:

“…No hay “experiencias cruciales” en las Ciencias Físicas. Una experiencia, una observación o un hecho no basta para establecer un quiebre entre dos teorías puesto que cada teoría puede adaptarse a una experiencia recalcitrantemente contraria haciendo algunos acomodamientos, como –por ejemplo– la modificación de una hipótesis auxiliar. Una proposición aislada no está entonces en juego en una experiencia, es más bien toda la teoría la que debe ser confrontada a la experiencia…”

Los ocasionales avances de la ciencia (y de la Astronomía en particular) se basan entonces, no en audaces quiebres revolucionarios negadores del pasado (como nos lo sugieren los insípidos y breves panfletos electrónicos de folletín de divulgación científica como Canal Infinito y Discovery Channel), sino más bien en la conjunción de los aportes de los investigadores pasados con nuevas experiencias, pasadas por la criba de la prudencia y de la razón.

Y es por eso que se entiende que los aportes de los sabios griegos no cayeran en saco roto, pues fueron recogidos y desarrollados por aquella cultura a la que dió nacimiento la venida del Χριστός (Christós). El cristianismo –la Iglesia Católica– recogió esos aportes e hizo de la astronomía una de la niñas de sus ojos.

Et semper in fine cujuslibet debet poni sive legi error

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Pero si bien es cierto que para la Iglesia Católica –por diferentes razones– la astronomía ha sido siempre una ciencia muy apreciada, la disciplina astronómica como tal había caído –desde el Imperio Romano– en cierto estancamiento. Esa parálisis no sólo se debía a la falta de recursos económicos fruto de la crisis del comercio con oriente que se produjo en el año 650, sino fundamentalmente al anquilosamiento de las teorías aristotélicas sobre el universo.

Si bien Aristóteles sólo consideró sus aportes a la física como colaboraciones provisionalmente valederas y perfectibles, sus seguidores en la Edad Media los elevaron a la categoría de “idea necesaria”. Estos seguidores que paralizaron así, con un particular dogmatismo aristotélico, la fluidez de la reflexión científica, se agruparon fundamentalmente alrededor del pensamiento Averroista:

Aristóteles afirmó que el mundo no tiene principio ni fin, sino una historia que se repite periódicamente. Una vez más, una observación primera de la naturaleza, induce a pensar así: suceden las 4 estaciones, y se vuelven a repetir. Los hombres mueren y nacen y se renuevan. Nada hay nuevo bajo el Sol. Averroes, filósofo musulmán español, comentó a Aristóteles, ahondando en los errores del griego, o sea la eternidad del mundo, la falta de libertad (determinismo total, todo lo que va a pasar está escrito), y la teoría de la doble verdad (lo que es verdadero en religión puede ser falso en filosofía y recíprocamente)

El Averroismo volvió así arduo –si no imposible– el progreso científico, pero afortunadamente en la cristiandad tuvo que enfrentar dos poderosos enemigos: la indetenible curiosidad humana y (aunque mis prejuicios hollywoodescos me lo hagan difícil de aceptar) la autoridad de la Iglesia Católica. En plena época de la cristiandad –mal llamada Edad Media– el Obispo de París, Esteban Tempier –en estrecha unión con el papa Juan XXI– puso las bases de la Ciencia Moderna con su condena de las tesis averroístas poniéndole ciertamente fin a un modo de pensar “necesario” que congelaba a la ciencia, que defendía el divorcio entre la fe y la razón, la teoría de la doble verdad, y la necesidad del modo aristotélico-ptolemaico de entender el mundo.

Lo que no me enseñaron en la escuelita

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A propósito de esta condena eclesiástica (1277), Pierre Duhem dijo:

“…si debemos asignar una fecha al nacimiento de la Ciencia Moderna, deberíamos, sin duda, escoger el año 1277 cuando el obispo de París proclamó solemnemente que varios mundos podían existir, y que el conjunto de los cielos podían, sin contradicción, ser movidos de modo rectilíneo…”

Edward Grant, distinguido Profesor Emérito del Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Indiana y profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Harvard, en su libro “The Foundations of Modern Science in the Middle Ages: Their Religious, Institutional and Intellectual Contexts” subrayó:

[Esa condena de 1277 permitió a la ciencia] considerar posibilidades que los grandes filósofos nunca vislumbraron…”


Richard C. Dales
, Historiador de la Ciencia también nos dice:

[Esa condena de 1277] “parece definitivamente haber promovido un más libre y más imaginativo camino para hacer Ciencia…”

Kent Emery (profesor del programa de estudios del Instituto de Estudios Medievales de la Universidad de Toronto) y Andreas Speer (catedrático de la Universidad de Colonia), en su libro “After the Condemnation of 1277: New Evidence, New Perspectives, and Grounds for New Interpretations” nos recuerdan que:

“…la condena de París en 1277 fue el símbolo de una crisis intelectual en la Universidad y uno de los cambios fundamentales en la reflexión especulativa y en la percepción cultural ocurrido en el Siglo XIII y que fue un signo de la naturaleza del pensamiento moderno…”

Continuará