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¿Interviene Dios en la Historia? Plan de un respondens

10 febrero, 2012

Contenidos

  1. Voltaire y Rousseau debatiendo sobre la Providencia Divina y el mal
  2. Los debates de oropel
  3. Las disputatio diadeveras
  4. Operatio sequitur esse
  5. ¿Puede demostrarse la existencia de Dios?
  6. Unde ergo sunt mala?
  7. Plan tentativo de mis respuestas a las objeciones de Fredy

Voltaire y Rousseau debatiendo sobre la Providencia Divina y el mal

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A las nueve y media de la mañana del día de Todos los Santos de hace 257 años, en Lisboa, mientras la inmensa mayoría de los habitantes se encontraba en las Iglesias escuchando la misa de precepto, un terremoto de 8.7 grados en la escala Richter que duró alrededor de cuatro o cinco minutos, hizo caer las bóvedas y las columnas sobre los feligreses.

Terremoto de Lisboa 1755

La urbe entera, la brillante capital de uno de los más grandes imperios ultramarinos de la época, colapsó. Seis maremotos se encargaron de reducir a lodo el polvo resultante. Hasta a las Antillas llegaron las olas que viajaban a 200 metros por segundo. Un incendio que duró seis días remató la debacle. Entre 60 000 y 100 000 fallecidos fue el saldo humano de la tragedia.

El mundo entero quedó consternado, y Voltaire, que dedicó su vida entera a destruir la religión católica a través de la parodia, la calumnia y el sarcasmo, aprovechó para cargar las tintas en un poema titulado: Poème sur le désastre de Lisbonne (Poema sobre el desastre de Lisboa) en donde, entre otras cosas, dijo rezumando burda ironía:

Dieu tient en main la chaîne, et n’est point enchaîné;
Par son choix bienfaisant tout est déterminé:
Il est libre, il est juste, il n’est point implacable.
Pourquoi donc souffrons-nous sous un maître équitable?
Voilà le nœud fatal qu’il fallait délier.

Dios tiene en su mano la cadena, y no está de ninguna manera encadenado;
Por su decisión bienhechora todo está determinado:
Él es libre, Él es justo, Él no es implacable.
¿Por qué entonces sufrimos bajo un Amo equitativo?
Ese es el nudo fatal que hay que desamarrar.

El poema es largo y –como digo– cargado de burlas y apenas disimulados escarnios en contra de la idea de un Dios bueno y providente, echándole en cara el dolor de los lisboetas. Ni un argumento, solo mofas, indirectas y desprecio disfrazados de “arte indignado”. Hasta Juan Jacobo Rousseau, que de creyente tenía lo que yo tengo de alemán, le respondió a Voltaire lo siguiente:

“Todos mis reclamos son en contra de vuestro Poema sobre el Desastre de Lisboa, porque esperaba efectos más dignos del amor por la humanidad que parecería habéroslo inspirado (…)

Cargáis de manera tal el cuadro de nuestras miserias que agraváis el sentimiento: en lugar de los consuelos que esperaría, vos no hacéis más que afligirme. (…)

No os equivoquéis señor, sucede todo lo contrario de lo que os proponéis. El optimismo que encontráis tan cruel me consuela, a pesar de todo, en los dolores que vos me pintáis como insoportables. (…)

¿Qué me dice vuestro poema? “Sufre para siempre infeliz. Si hay un Dios que te creó, sin duda es omnipotente, Él podría prevenir todos tus males; no esperes entonces que tus males terminen; pues no se sabría ver el por qué de tu existir si no es solo para sufrir y morir”. No veo como semejante doctrina pueda ser más consoladora que el optimismo y la fatalidad misma: confieso que vuestra doctrina me parece más cruel incluso que el maniqueísmo…”

Carta sobre la Providencia de Juan Jacobo Rousseau a Voltaire, 18 de agosto de 1756

Voltaire

Voltaire

Los señalamientos de Rousseau eran apasionados, pero aguados; sin embargo, Voltaire no contestó, no contrarreplicó. No era muy del estilo de Voltaire ése el de argumentar y contrastar sus dichos con la sana discusión. Su táctica era el panfleto incendiario, y la chanza deletérea.

Su legendario desprecio por la opinión de los demás le hizo inspirar y popularizar la manipulación de las emociones y de las bajas pasiones. De hecho, Voltaire, en ese sentido, fue el inventor de la propaganda moderna. Voltaire, más astuto que Rousseau, aunque menos constructivo, se llevó los aplausos irreflexivos pero emocionados de su audiencia, y podemos decir que “ganó” el primer debate ficticio de la época moderna.

Hace unos meses, en el discurso Salvam Fac Galliam IV, (pueden leerlo pulsando aquí) dije que creo que la Providencia Divina actúa, por lo general, de modo sutil y misterioso; y que la seguridad de que Dios interviene en la Historia de los hombres es una certeza mía también.

Jesús Alfredo Campos (Fredy Campos para sus amigos), uno de los lectores más antiguos de esta bitácora, y con quien nos unen fuertes lazos de respeto, amistad y aprecio, dijo no estar de acuerdo con eso, y escribió un artículo que pueden leer pulsando aquí (Artículo de Fredy Campos).

Me encantan los debates. El intercambio fructífero de ideas es lo más propiamente humano. La discusión es la mejor manera de aprender más, de profundizar en el conocimiento de las cosas y –cuando es el caso– de corregirnos a nosotros mismos. Es una pena que en la actualidad la palabra “disputa” esté cargada de connotaciones negativas que evocan pleito irracional, y defensa acérrima y emocional de prejuicios (en parte por la herencia Voltairiana). Por eso se huye indebidamente de la discusión como de la peste.

Y lo que sucede es que –por una diversidad de razones de las que hablaré oportunamente– hemos crecido en un ambiente marsh mellow que nos disuade de contrastar abiertamente nuestras opiniones con las de otros a la luz de la recta razón, a la luz de la lógica, pues nos hace considerar nuestras opiniones casi como absolutas e intocables.

Nos hemos nutrido de elementos intelectuales que, hostiles a la objetividad y a la realidad de las cosas, más bien nos hacen amantes de la propia subjetividad, de las propias emociones y gustos, amantes del sentimentalismo, del golpe de efecto, de la emoción y del gesto. Y, anclados en la propia subjetividad, no parece tener mucho sentido –por supuesto– debatir con los demás: ¡se corre el riesgo de que descubramos que no estamos en la razón!. La soberbia es la peor enemiga de la conversación, de la lógica y de la razón. Para debatir con fruto debo ser humilde: yo no hago la verdad, sólo la descubro, y en compañía de otros.

Los debates de oropel

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Pero se presenta la paradoja de que si bien el ambiente light de los dos siglos anteriores y de éste nos hacen alérgicos a los debates diadeveras, nos han hecho –como contrapartida– adictos a los debates de mentirijillas. El niño bienpeinadito y con corbatita se pone de pie sobre la tarima escolar e, impostando la voz, da un discurso pueril apoyando tal cosa; luego, un coetáneo suyo igualmente engomadito y disfrazado de señor, declama con toda clase de ademanes otro discursito sosteniendo una tesis distinta. Fascinados, los padres de familia aplauden a rabiar a su respectivo hijo, y los demás se inclinan por el niño más listín, por aquel que hizo su papel de adultillo de la manera más convincente, por aquel que nos arrancó el más largo awwwww. Ése es el “debate actual”: impresiones, estética, sensaciones y sentimientos, aplausos de la audiencia, lo que “más me gusta” gana.

Trasladen esa escena a un canal de televisión nacional con “líderes de opinión”, “analistas”, o “candidatos”, y no apreciaremos ninguna diferencia sustancial: impresiones, estética, sensaciones y sentimientos, golpes de efecto, gestos y aplausos. Talvez estemos más familiarizados con el debate de metirijillas versión Miss Teen Cacaopera (o Washington, no importa): las chicas desfilan, se muestran (cuantas veces sea necesario), se les cuestiona, vuelven a desfilar y se aplaude a rabiar: impresiones, estética, sensaciones y sentimientos, golpes de efecto, gestos, aplausos o mensajitos. O American Idol…

En los debates de mentirijillas que tanto nos gustan, y tanto dinero le da a los anunciantes, el que “gana” es el que habla más bonito, el que se exhibe mejor, el que logra concitar más adhesiones… El que más “nos llega”, el que más “nos suena”, el que más nos gusta.

Las disputatio diadeveras

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El debate diadeveras (“Disputatio” le llamaban los filósofos clásicos) es otra cosa. La disputatio seria es ajena al subjetivismo y a la autocomplacencia. Es el contraste humilde, riguroso, ordenado y lógico de planteamientos opuestos para dilucidar la verdad: y es necesario tener claro que no puede abordarse sin el deseo de aprender más de lo que uno ya sabe, ni puede hacerse tampoco sin contemplar la posibilidad de estar uno mismo equivocado.

Por eso los protagonistas de carne y hueso de un debate de verdad pasan a un segundo plano: lo que importa es la coherencia, la lógica y la verdad de sus ideas. En los debates de verdad, los “me gusta” o los “no me gusta” salen sobrando, pues las disputatio no se emprenden con el afán de “ganarle” al adversario y de adular a la audiencia, sino con el afán de salir de uno mismo y acercarse a la realidad de las cosas, nos sean desagradables o no.

Se plantea primero una cuestión Quaestio (en este caso es: ¿Interviene Dios en la Historia?) luego alguien plantea las objeciones –opponens– a la cuestión principal (es lo que hizo muy bien Fredy en su artículo); luego se desmenuzan y analizan esas objeciones con lo que se llamaba un respondens (que en este caso es lo que me toca hacer a mí); finalmente se llegaba a una conclusión (determinatio).

Ese contraste de tesis se hace a la luz de la razón para averiguar si cada uno de los dichos de los sustentantes es coherente con los demás elementos de su tesis, y si –a la vez– ese conjunto está indubitablemente unido a la realidad de las cosas, y si son compatibles con los primeros principios del pensamiento y de la realidad, a través de una cadena ordenada e invencible de silogismos.

Aristóteles

Por eso no hay que olvidar lo que nos decía el Estagirita:

“No se debe discutir con todo el mundo, ni hacerlo con cualquiera; pues hay personas con las que necesariamente se razonará muy mal”

Aristóteles en su obra “Tópicos”. Libro octavo. De la Práctica Dialéctica. Capítulo XIV “De la práctica de las discusiones dialécticas”, § 16

Schopenhauer, en su libro póstumo conocido como Dialektik, nos desarrollaba, ya en las últimas páginas, lo que a su juicio dijo el Filósofo:

“No disputar con cualquiera; sino solamente con quienes se conoce, de quienes se sabe tener intelecto suficiente para no despistar hacia el absurdo (…); capaces de disputar con fundamentos, y no con pretensiones de poder; que escuchen argumentos y los acepten; y finalmente que aprecien la verdad, aprecien buenas razones, aunque vengan de la boca del adversario: que tengan fuerza de espíritu suficiente para soportar ver demostrado que se han equivocado, cuando la verdad se encuentra en la otra parte. De esto se sigue que entre cien apenas habrá uno que valga el inicio de una disputa.”

Que mi amigo Fredy tiene todas las cualidades que enumera Schopenhauer, es algo que me ha probado ya varias veces, no es primera vez que conversamos con fruto sobre diferencias entre nuestras convicciones. Que yo tenga esas cualidades, ya es harina de otro costal. En todo caso trataré de poner mi mejor esfuerzo. Vamos a comenzar un debate, una disputatio de verdad. Veamos sus contenidos:

Operatio sequitur esse

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En el cuarto párrafo de su artículo, Fredy (el opponens) expresa la parte sustancial de su tesis:

“El Dios en el que creo y guía mi vida es algo mucho más grande y poderoso que eso, a ese Dios no le preocupa que lo ensalsen ni glorifiquen ni alaben ni lo adoren, EL es demasiado grande y poderoso como para exigir estupideces como esas. Tiene asuntos muchísimo más importantes en qué ocuparse que en cosas tan nimias como mi comportamiento individual, o como el comportamiento colectivo de indivíduos en sociedad, en otras palabras, como el DEVENIR HISTORICO”

En negrillas señalo algunas cualidades que el autor atribuye a Dios y que a su juicio Le impiden intervenir en la Historia, a saber: 1) su grandeza, 2) su poder, y 3) el hecho de que “tiene asuntos muchísimo más importantes en qué ocuparse”.

Dios creando al hombre

El método es correcto: para juzgar sobre la operación u operaciones de un ente, en este caso Dios, primero hay que interrogarse sobre su naturaleza, sus atributos y sus cualidades. Dependiendo de cómo y qué es ese ente, cómo y qué es Dios, así serán sus operaciones, su actuar. Los filósofos clásicos lo decían con este apotegma filosófico: Operatio sequitur esse (la operación se sigue del ser), dependiendo de qué se es y de cómo se es, así se actúa. Y, en este caso, si Dios no pudiera o no quisiera actuar en la Historia de los hombres, sería porque su constitución natural, sus atributos específicos, hacen que así sea.

Va a ser necesario entonces examinar esos atributos y cuestionarnos sobre la naturaleza de Dios. Vamos a cuestionar a Fredy sobre sí es verdad que son, esos que él dice, auténticos atributos de Dios, y si de ellos se concluye con indubitable certeza que Dios actúa como él colige, es decir con indiferencia frente al ser humano, a sus sociedades y a su historia.

Entre otras cosas nos preguntaremos: ¿Por qué de la “grandeza” y del “poder” de Dios se desprende necesariamente una indiferencia ante los seres humanos tan radical como la que describe Fredy? ¿Es que acaso Dios no creó de la nada al universo? ¿Sí o no? y ¿Por qué? ¿Es Dios de naturaleza espiritual o solo es materia? ¿Por qué?…

¿Puede demostrarse la existencia de Dios?

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Pero, ¿es que acaso Dios existe en realidad? ¿No nos estaremos embarcando en responder preguntas serias sobre un tema tan ficticio como los marcianitos, los unicornios o la nueva era del mundo según el calendario maya? ¿Estaremos embarcándonos en un debate ocioso y de fantasía? ¿Se puede demostrar racionalmente la existencia de Dios?… Podría ser que sí, podría ser que no. Pero necesitamos saberlo con certeza y precisión.

A algunos les gusta pensar que Dios existe, a otros les gusta pensar que no existe y a otros ni siquiera se les pasa por la mente planteárselo. Pero, ya dije, aquí los gustos salen sobrando. Vamos primero a tener –si se puede– que demostrar rigurosamente que Dios existe. Luego, si podemos lograr lo anterior, entonces nos preguntaremos sobre su naturaleza y atributos.

El artículo del opponens comienza haciendo una profesión de fe en la existencia de Dios: “yo creo en la existencia de Dios”, dice Fredy. En otras circunstancias, ya lo dije arriba, el dicho seguido de aplausos o abucheos habría bastado para zanjar la cuestión. Aquí, afortunadamente, no estamos en esas circunstancias, así que no nos bastan –en este contexto– nuestras creencias. Entre otras cosas porque estoy seguro que más de algún lector nuestro no las comparte. Tenemos que acudir a la lógica, a la experiencia y a la razón.

De nuevo, entonces: vamos a tener que averiguar si se puede demostrar con el uso de la sola razón la existencia de Dios, y de ser así, proceder a demostrarla… Paso a paso.

Unde ergo sunt mala?

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No se acabará allí la cosa. Vamos a suponer que concluimos, a lo largo de esta serie de discursos que da comienzo hoy, que la existencia de Dios es demostrable por las solas fuerzas de nuestra razón (es decir, haciendo abstracción de la fe); vamos a imaginar también que logramos demostrar su existencia con éxito; vamos a asumir que, además, logramos establecer, mediante una cadena estricta de silogismos basados en la verdad de las cosas, los atributos de la naturaleza de Dios; y vamos a figurarnos también que de tales atributos lograremos deducir que Dios sí interviene en la Historia. Vamos a imaginarnos todo eso.

Pues resulta que Fredy –previsor– se nos ha adelantado y ha planteado varias objeciones que podrían echar al traste tanta “lógica” y tanto “razonamiento”, pues nos opone la realidad pura y dura de la Historia que parece contradecir la existencia de un Dios interventor y providente. En el sexto párrafo de su artículo, Fredy dice:

“Pero aceptemos por un minuto que es cierto lo que decís JC, “que Dios interviene misteriosamente en el devenir histórico del mundo”, si eso es así, explicame vos ¿En dónde estuvo el misterio y cuál fue su intervención en el Holocausto? ¿Cuál fue el propósito al intervenir para que se masacraran a seis millones de seres humanos? ¿En dónde estuvo su intervención misteriosa cuando el 5 de agosto de 1945, noventa mil personas se pulverizaran en cuestión de segundos en Hyroshima?”

Epicuro

En suma, Fredy plantea las inquietudes que el Terremoto de Lisboa provocó hace dos siglos y medio: ¿Cómo compaginar la existencia de un Dios interventor y providente, cómo compaginar la existencia de la Providencia Divina con la innegable y abundante existencia del mal en el mundo y en la historia? Pero no sólo los filósofos de la Ilustración del siglo XVIII se planteaban esa duda: ya en el siglo III antes de Cristo, el filósofo Epicuro (citado por Lactancio seis siglos más tarde) se hacía la misma pregunta:

Deus, inquit, aut uult tollere mala et non potest; aut potest et non uult; aut neque uult, neque potest; aut et uult et potest. Si uult et non potest, imbecillis est; quod in Deum non cadit. Si potest et non uult, inuidus; quod aeque alienum a Deo. Si neque uult, neque potest, et inuidus et imbecillis est; ideoque neque Deus. Si uult et potest, quod solum Deo conuenit, unde ergo sunt mala?

O Dios quiere prevenir el mal y no puede, o puede prevenirlo y no quiere, o ni quiere ni puede, o quiere y puede. Si quiere y no puede, es una debilidad que no cabe en Dios. Si puede y no quiere, sería una envidia igualmente ajena a la naturaleza divina. Si no quiere ni puede, estamos en presencia entonces de debilidad y envidia juntos. Si quiere y puede, que es lo que correspodería a la naturaleza Divina ¿Por qué no evita el mal entonces? ¿Por qué hay tantos males en el mundo?

Lucius Caecilius Lactancius. Liber De Ira Dei ad Donatum. Capítulo XIII, último párrafo.

Para abordar estas inquietudes –y poder darles una respuesta apropiada– vamos a tener también que cuestionarnos sobre la naturaleza del mal, de la muerte y del ser humano.

En pocas palabras: Fredy me ha metido en camisa de once varas. Siempre ha sido para mí complicado escribir sobre Filosofía en esta bitácora, pues no me ha sido fácil compaginar sus contenidos con un contexto oportuno, y con una narrativa que sea entretenida para ustedes, nuestros lectores. Solo lo he intentado dos veces (aquí y aquí) y no creí volver a repetir la experiencia.

Teseo y el Minotauro

Mi amigo Fredy Campos me ha dado la oportunidad que no encontraba. Continuaremos entonces con una serie de discursos –que promete ser larga– en la que recorreremos los laberintos filosóficos en busca de la Divina Providencia.

Dejaremos nuestras Biblias en casa, y juntos –les invito– trataremos de hallarle salida a esta cuestión tratando de responder, haciendo uso de la sola razón, una a una las objeciones que Fredy detalló en su artículo .

Plan tentativo de mis respuestas a las objeciones de Fredy

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Como la pelota está en mi cancha, procederemos –en esa serie de discursos futuros– a analizar las demostraciones que la razón natural nos da de la existencia de Dios. Veinticinco siglos de la Historia de la Filosofía nos brindan muchos esfuerzos racionales por demostrar la existencia de Dios: no vamos a pretender aquí inventar el agua helada. Así que haremos un somero análisis de los mismos; descartaremos los métodos que no sean concluyentes, y seleccionaremos los más contundentes, si los hubiere. Se trata de saber si nuestra razón natural basta para saber algo de Dios, para saber sobre su existencia, para saber si Dios es accesible a nuestro conocimiento humano.

Para que el análisis sea fructuoso y comprensible para aquellos que no somos profesionales de la Filosofía, talvez ni siquiera aficionados, trataremos de usar un lenguaje sencillo y comprensible, y dejaremos previamente aclaradas las cuestiones básicas sin cuya correcta comprensión no podríamos entender con facilidad las vías demostrativas de la existencia de Dios. Esas cuestiones básicas son: el modo en que el ser humano conoce las cosas (experiencia, raciocinio y fe); la manera en que surgen dichos conocimientos y se vuelven sistemáticos (los tres niveles de abstracción); la noción de potencia y acto, y sus derivados (materia y forma; sustancia y accidentes; esencia y acto de ser). Y otras que vayan resultando necesarias en el camino.

Si lográramos dejar establecido, y debidamente probado, que es posible demostrar racionalmente la existencia de Dios, pasaremos a una segunda etapa: preguntarnos si con el uso de nuestra sola razón es posible saber algo de la naturaleza de Dios, si es posible saber qué y cómo Dios es, o cómo y qué no es. No basta entonces demostrar la existencia de Dios, necesitaremos saber qué es para saber cómo actúa. Si fuera el caso de que es posible saber algo acerca de la naturaleza Divina, entonces estaremos en condiciones de averiguar si tales datos son compatibles o incompatibles con una acción interventora y providente de Dios en la Historia de los hombres. Estaremos en condiciones de saber si la abundancia de mal que parece hegemonizar nuestra Historia es racionalmente compatible con la existencia de una Providencia Divina.

Sin duda que este debate no será cuestión de un fin de semana solo. Y a ver si en este laberinto no nos terminamos encontrando más bien con el Minotauro

Continuará…

Escuchemos a Bach – BWV 195

9 febrero, 2012
Mirror

“su obra y su vida nos enseñan que es tan difícil aproximarnos a él como dejar de intentarlo. Es difícil porque encarna los valores más altos del arte y de la vida, porque da expresión sabia y humana a todo, excepto a la mezquindad, que es lo fácil. Bach es esencialmente un músico de la meditación religiosa. Y esta clase de meditación, más que ninguna otra, es difícil para los hombres de nuestra época. Reconoce Bach que Dios le ha dado más talentos que a los demás hombres, y se siente por ello el más deudor entre los deudores de Dios”

Julio Sánchez Reyes

Eventualmente iremos publicando algunas piezas de Bach sin contextualizarlas demasiado y solo con el exclusivo objeto de que nuestros lectores vayan familiarizándose con su obra. Escogeré para tales efectos mis piezas preferidas, omitiendo adrede las más populares de nuestro compositor.

Cuando tenga tiempo, pondré a su disposición la letra, su traducción y – de ser posible– los tiempos y algún video. Cuando el tiempo me falte, me limitaré a brindarles la oportunidad de escuchar el audio sin más.

En esta ocasión, escucharemos el 5º movimiento (coro) de la Cantata BWV 195 titulada Dem Gerechten muss das Licht (La luz fue sembrada para el justo) compuesta con el objeto de musicalizar una boda.

La letra del coro en alemán con su traducción al castellano es ésta:

A continuación tienen el audio, y abajo tienen a su disposición el desarrollo del texto  y de los interludios instrumentales, con sus respectivos tiempos, para que se les facilite seguir la pieza (audio de 5 minutos con 51 segundos):

Un sereno pero intenso deseo por la muerte. Parte II

3 febrero, 2012

Contenidos

  1. Un collage perfectamente integrado de lo mejor de lo mejor
  2. Diseccionando el Kyrie: primera parte
  3. Segunda y cuarta parte
  4. Tercera parte del Kyrie
  5. Los desmayos de los curitas perdidos

Este discurso es la segunda parte de una serie que da comienzo acá.

“La Misa en Si Menor es la consagración de una vida entera (…). Este trabajo monumental es la síntesis de cada contribución estilística y técnica que el Cantor de Leipzig hizo a la música. Pero también es el más sorprendente encuentro espiritual entre los mundos de la Glorificación Católica y el culto Luterano a la Cruz”

Alberto Basso, Historiador de la Música

Un collage perfectamente integrado de lo mejor de lo mejor

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Una de las curiosidades de la Gran Misa Católica en Si Menor es que Bach no la compuso en una “sentada”, más bien fue una reconstrucción de lo mejor que había hecho en su vida, adaptando cada una de las piezas que iba escogiendo para darle unidad técnica y de propósito. Es decir que Bach revisó su obra completa de toda su vida en los días previos a su muerte para estructurar esta Misa en Si Menor.

Resultó, de esa manera, una quintaesencia de su música, lo más puro de su teología, y un extracto refinado del arte que Bach sopesó en retrospectiva. Luego de adaptar, copiar o componerlas à propos, reunió las piezas en una obra completa dejando en evidencia que el cuidado para “redondear” las diferentes piezas en un único contexto fue tan arduo como exquisito.

Vamos a escuchar, si gustan, la parte introductoria de esta Misa que corresponde a la parte en la que los fieles dicen “Señor ten piedad de nosotros”. En la actualidad –y de modo impropio– esa plegaria se pronuncia en lengua vernácula (es decir, en castellano, en nuestro caso). Digo impropio, pues siendo una de las más antiguas partes de la liturgia cristiana, es la única parte de esa liturgia que ha sobrevivido en su griego original. De esa manera, en lugar de suplicar: “Señor ten piedad de nosotros”; se dice (o se debería decir más bien): Κύριε ἐλέησον (Kyrie Eleison), cuya connotación en el griego original es más rica de lo que sugiere su atropellada traducción al español. Kyrie Eleison es algo así como: “¡Oh Señor! ¡estás siendo misericordioso!” dado que el griego antiguo es una lengua más activa que pasiva.

Digamos que cantar en Misa “Señor ten piedad de nosotros” en castellano, y con una tonada pop o cumbia (se usa, sí, se usa), acompañada de guitarras, en lugar de hacerlo en griego y con una melodía gregoriana, bizantina o polifónica, es como interpretar a los Beatles cantando Carry That Weight en castellano y acompañados de una chanchona: es –por decir lo menos– de pésimo gusto. He ahí las ocurrencias a las que nos acostumbramos.

Bach –a diferencia nuestra– resistió durante toda su vida la inercia pietista (vulgarizadora) que aconsejaba dejar de lado lo clásico, el buen gusto y la sofisticación al momento de rezar cantando, así que para rezar esta sencilla plegaria, Kyrie Eleison, Bach acude a la forma coral polifónica, en un sólido haz de fugas, para representar así la devoción colectiva y no solo la individual. Veamos…

Diseccionando el Kyrie: primera parte

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Aunque lo correcto es dividirla en dos partes, la pieza, de 11 minutos de duración, la dividiremos, en La Sala de la Signatura, en cinco partes, para facilidad de nuestros lectores. Una parte coral inicial de 4 compases (las partes de la partitura divididas en líneas verticales), una segunda instrumental de 25 compases; una tercera parte coral en la que Bach nos regala una sensacional fuga a cinco voces, de 43 compases; otra instrumental intermedia de 8 compases; y una parte final serenamente apoteósica de 46 compases. Por cuestiones de espacio y tiempo nos abstendremos de detallar la quinta parte pues, además, habla por sí misma.

No es arbitraria esta cantidad de compases. Si los reunimos todos, da un total de 126 compases, dígitos que sumados dan 9 (1+2+6=9). El nueve simboliza a la Santísima Trinidad (3+3+3). Hay que decir que Bach (ésta es una sencilla muestra) daba la mayor de las importancias a esta simbología numérica (muy pitagórica) en su música, aunque eso es material para discurrir en otra ocasión.

La primera parte de 4 compases es breve. Su primer compás, que dice una vez “Kyrie” se escucha así:

(audio de 8 segundos de duración)

Su segundo compás, que repite “Kyrie” mientras otras voces dicen “eleison” al mismo tiempo, se escucha así:

(audio de 9 segundos de duración)

Éste es el tercer compás en donde unas voces (las bajas) dicen “Kyrie e…” y los sopranos simultáneamente dicen“eleison”:

(audio de 7 segundos de duración)

Y éste es el cuarto compás en donde las cinco voces, casi al unísono y perfectamente coordinadas, cantan “…eleison”:

(audio de 13 segundos de duración)


En resumen, la primera parte, integrada y de corrido, se escucha así (audio de 37 segundos de duración):


Segunda y cuarta parte

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La segunda y la cuarta parte son interludios instrumentales en donde se lucen violines, violochelos, flautas traversas y oboes, hilvanando una suave, solemne y pausada melodía. Escuchemos la cuarta parte:

(audio de 38 segundos de duración)

Tercera parte del Kyrie

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Lanzada en 1977, la sonda espacial Voyager I, a una velocidad tal que le daría la vuelta al mundo en poco menos de una hora, vuela ahora en las afueras de nuestro sistema solar a 17,490 millones de kilómetros de donde estamos (unas 116 veces la distancia media entre la Tierra y el Sol. Además del hecho de que está misteriosamente desacelerando (lo que podría poner en entredicho los descubrimientos de Newton y de Einstein), es también curioso (¡vaya ocurrencias!) que lleva en su interior un disco de música para los hipotéticos extraterrestres que lo encuentren.

Si esos imaginarios extraterrestres, a los que la industria cinematográfico-televisiva nos ha obligado a representárnoslos buenecitos y más inteligentes que nosotros, no deciden primero aprovechar la imprudente información que el disco provee sobre nuestra ubicación en el sistema solar para destruirnos, lo que más llamará la atención a los ficticios alienígenas que lo escuchen es que el compositor más repetido en las pistas es, precisamente, Juan Sebastián Bach.

Hace algunos años, Dan, un lector y comentarista de esta bitácora, nos dijo acerca de la Misa en Si Menor de Bach:

“…comparto la idea de que se trata de la obra musical más excelsa de este mundo…el cuarto minuto del kyrie en el que ingresa el bajo y la fuga a 5 se completa debió ir en el disco de oro que la voyager llevó al espacio…”


En un probablemente excesivo, pero comprensible entusiasmo que comparto plenamente, Dan se refería a la tercera parte de este Kyrie que estamos ahora diseccionando.

La tercera parte del Kyrie es una fuga a cinco voces que comienza con los tenores. Once segundos después (en el video de abajo) ingresan los Altos. En los segundos 33 y 45 del mismo video entran secuencialmente los dos grupos de sopranos y, finalmente, al minuto y 17 segundos de la pieza, se incorporan los bajos.

Esa fuga en desarrollo –si se escucha con atención y persistencia– es sencillamente beatífica. Pero en realidad, sólo es el prolegómeno del minuto siguiente, en donde los cinco coros se hilvanan en una extática caricia de la Piedad y Misericordia Divinas (segmento que va, en el video de abajo, desde 1:17 al 2:21).

Escuchemos, (siguiendo las partituras vocales) la tercera parte del Kyrie (video de 3 minutos con 45 segundos):

Veamos y escuchemos la pieza completa de corrido en este video (video de 11 minutos de duración)

Los desmayos de los curitas perdidos

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Decía al principio de esta serie de artículos que durante veinte siglos, la música –en el desarrollo de la liturgia católica– era de una importancia fundamental.

Eso se acabó. Las indicaciones taxativas del Concilio Vaticano II cayeron en el saco roto de la decadencia y el modernismo pedestre.

Decía bien Modest Moreno i Morera, destacado organista y pedagogo:

Nos hemos acostumbrado (expresión que no favorece en nada a la Cultura, por lo que de rutinario y decadente significa) a la música escamoteada de su contexto y —en la mayor parte de los casos— funcionalidad. Las misas (como género musical) ya no pueden cantarse durante el Sacrificio de la Misa; ya no hay “tiempo”; ya no hay “espacio” y ya no hay “paciencia” por parte de nadie: celebrante, concelebrantes y feligreses, para oír nada de calidad y que valga la pena, al menos musicalmente y sobre todo en nuestro país.


Cuando se enteró que la misa de mi matrimonio –tal como lo prescribe el Concilio Vaticano II– iba a ser en latín y que la música iba a ser gregoriana y polifónica (La Misa en Si Menor de Bach, para ser precisos) al curita que me prestó su parroquia para la ceremonia le dió patatús. Lo único que impidió que tramitara mi excomunión fue lo súbito y prolongado de su desmayo.

Es una lástima que los que nacimos después de 1965, no sepamos lo que es liturgia católica de verdad… ni por asomo. Ni por asomo.

Continuará…