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Alfa y Omega –II– La conjura de Cronos

18 diciembre, 2014

Cronos devorando a sus hijos

Cronos devorando a sus hijos

Esta es la segunda parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí

Contenidos

  1. El innombrable
  2. Los orígenes del paganismo
  3. Los tipos de Paganismo
  4. El paganismo poético
  5. El paganismo práctico-utilitario
  6. El paganismo demoníaco
  7. Todavía se clamaba por el Χριστός (Christós)

El innombrable

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Tomaría muchos siglos en alcanzarse la plenitud de los tiempos. Si bastan tres generaciones para que a nosotros nos resulte imposible reconocer a los primos lejanos en medio de discordias familiares, no es de extrañar que en estas cada vez menos pequeñas migraciones del comienzo de la humanidad, el planeta se fuese poblando de comunidades que empezaban a verse unas a otras como extrañas, si no como enemigas. Esta fragmentación era más acusada en la medida en que la tradición de lo sucedido, de lo por venir y del común origen, se iba desestimando y traicionando.

La idea de un Dios providente, trascendente y amoroso con quien se estaba en deuda, fue perdiéndose y desvaneciéndose y los corazones de los hombres se precipitaron en la idolatría de sus bajas pasiones o de dioses metafóricos que sólo vagamente recordaban al Verdadero. Así surgió el paganismo, la idolatría y el politeísmo, al ritmo del desplome de la inteligencia y de la voluntad humanas en los abismos del error y del vicio.

B-01La idea de un Dios único, infinitamente perfecto, trascendente, creador, amoroso y providente no fue entonces el origen o el final de un proceso evolutivo, sino todo conduce a concluir que la certeza original sobre su existencia fue obliterada gradualmente en aras de novedades sincréticas más ventajosas para el orgullo humano. Las más completas y desprejuiciadas investigaciones sobre religiones comparadas dejan en evidencia el hecho irrefutable de que las grandes mitologías paganas politeístas tienen todas, casi sin excepción, una especie de telón de fondo que se prefiere poner entre paréntesis: la existencia de un “padre de todos los dioses” o de una “realidad suprema” que evoca el origen común al que me refiero (piénsese en el Nun egipcio, en Urano, en el espíritu creador Altjira de los aborígenes australianos, o en el “Cielo” confuciano).

Los orígenes del paganismo

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B-00a

No es solo el “olvido” del deudor frente al acreedor el que explica el politeísmo pagano, sino también la expansión militar de los pueblos. Al irse agregando las comunidades a la potencia expansiva, el nombre que la localidad le daba al Dios creador se iba sumando al panteón constituido por otros tantos nombres que solían referirse al mismo Dios. Ese fue el caso preciso del paganismo Egipcio, padre de todos los paganismos. Pero también el del sumerio, griego y romano. La diferenciación de lo que en principio era lo mismo –la diferenciación entre esos “dioses” locales– corrió a cargo de sugerentes y –a veces– bellos mitos llenos de poesía y de básica filosofía.

B-03Empero, como ya dijimos, casi todas esas novedades religiosas conservaron, más o menos latente, envuelta en un velo de relativo y –a veces– respetuoso silencio, la idea más o menos vaga, de un Dios único supremo y creador de todas las cosas. Y no es esta la única realidad común que todos los paganismos conservaron, también contamos entre ellas el del sacrificio. Todas las religiones del planeta cuentan entre sus ritos el del sacrificio, que consiste en la ofrenda de un animal, frutos vegetales o bebidas que se ofrece a los dioses y generalmente se consumen durante o después de la ceremonia. Desde los egipcios, pasando por los persas, celtas, los yoruba africanos, griegos, romanos hasta los aztecas y mayas, todos celebraban sacrificios. Algunos de esos pueblos, y no los más atrasados precisamente, llegaron, ya veremos por qué, a practicar sacrificios humanos.

La celebración de dichos ritos sacrificiales, herederos de los ritos primigenios que pretendían –sin duda– simbolizar la satisfacción que se adeudaba por el primer pecado de nuestros padres, fue exigiendo la existencia de personas dedicadas, consagradas, a esos menesteres y así surgió la casta sacerdotal, presente también en todas las nuevas religiones, en todas las latitudes del planeta.

Los tipos de Paganismo

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Es necesario, para los efectos de este discurso, señalar que hubo diversos tipos de paganismos. Me referiré en particular a tres: el alegórico poético, el práctico–utilitario y el paganismo demoníaco.

El paganismo poético

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De alguna forma el primero de esos paganismos se concentraba en la elaboración y contemplación de los pintorescos mitos que individuaban a cada una de las deidades y que al mismo tiempo pretendían darle una básica coherencia a cada panteón. Esas mitologías, en su calidad de alegorías poéticas solían estar preñadas de una elemental descripción metafórica del origen y de la constitución del mundo.

B-02Por supuesto que estos tejidos de leyendas y de mitos no exigían una adhesión incondicional del intelecto y de la voluntad sino que estaban orientadas a la satisfacción sensible de los hombres. No había tal cosa como un “credo del Olimpo”, decir “creo firmemente en la existencia de Júpiter y de Marte” no tenía ningún sentido.

El paganismo práctico-utilitario

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Estaba también el paganismo práctico que inclinaba el quehacer de sus diosecillos o “fuerzas” a velar por (u obstaculizar en su caso) las actividades vitales del hombre, desde levantarse en la mañanas, pasando por la comida, el cultivo, la cosecha, la familia, el comercio hasta llegar al sueño.

A veces –no era la norma– incluía unas pocas directrices morales fundamentales para la vida en sociedad. Este paganismo, como el de los romanos o el de los chinos, no solía estar adornado de las espectaculares sagas mitológicas que podemos apreciar en los nórdicos, en los egipcios o en los griegos, por ejemplo. Más bien eran religiones que apuntaban al quehacer diario y estacional.

El paganismo demoníaco

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Pero cuando surgía el afán imperioso de manipular en su propio beneficio las fuerzas naturales hasta sacarlas de su cauce, el ser humano aprendió pronto a invocar las fuerzas demoníacas. Y supo de inmediato que para hacerlas presentes y hacerlas actuar, no bastaba con una cándida libación o con una inocente oblación de frutas frescas, era menester hundirse ceremonialmente en las ciénagas más hediondas y profundas.

Cartagineses sacrificando niños a Moloch-Baal

Cartagineses sacrificando niños a Moloch-Baal

Así surgió el horrendo paganismo demoníaco que fue el que institucionalizó los sacrificios humanos (como el culto a Moloch de los fenicios y cartagineses, o el culto azteca a Huitzilopochtli) o los cultos secretos orgiásticos que surgían como hongos en el oriente o las tinieblas religiosas de los Asirios.

Estos tres tipos de paganismo, debido a su carácter politeísta, no se presentaban aislados en toda su integridad. Prácticamente todas las comunidades del planeta contaban con alguna dosis de cada uno de ellos, se encontraban en cada caso entretejidos entre sí, pero siempre era uno el que dominaba. El griego era el modelo de un paganismo prordialmente poético; el romano el del paganismo sustancialmente práctico; y el cartaginés y el azteca los paradigmas del demoníaco.

Todavía se clamaba por el Χριστός (Christós)

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Vagas, superficiales, desviadas, supersticiosas, erradas, alevosamente falsas, terroríficas en ocasiones, las religiones paganas eran, no obstante, el cauce en que casi la entera humanidad debía canalizar –vanamente– su honda, profunda y natural sed de religarse con el buen Dios.

Y digo “casi toda la humanidad” pues no faltaron vigorosos eslabones en la transmisión de la verdad original –o mentes geniales y heroicamente honestas como nenúfares en el pantano– que buscaban con valentía la Verdad en medio de la confusión y que en el mejor de los casos seguían fieles, sin paliativos, al verdadero Dios de nuestros padres. Aludo a los patriarcas antediluvianos y –más tarde– a personalidades como Jenófanes, Amenhotep IV, Séneca, Aristóteles, Platón y muchos más.

Siglos después de aquella nefasta revolución, en lo que ahora llamamos el Neolítico,todavía había quienes –no habiendo perdido del todo la brújula– desde lo más profundo de su corazón, velada o abiertamente, conscientemente o no, suplicaban con harta sed algo así como esto:


Antifona 02

Continuará

Alfa y Omega. La primera y la última razón de la Navidad

17 diciembre, 2014

Contenidos

  1. La Revolución primigenia
  2. Un callejón sin salida
  3. “Él aplastará tu cabeza”
  4. Larga espera de la mano de la tradición
  5. La Plenitud de los tiempos

La Revolución primigenia

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En la aurora de la humanidad, en los comienzos de la especie humana, cuando la población mundial ascendía sólo a dos, los seres humanos se rebelaron a una en contra de Dios –su Creador– rechazando sus dones y el llamado que Éste les hizo a participar de su vida divina.

A-01Desde nuestro moderno ambiente de comodidades superfluas, lecturas inexistentes o frívolas, pantallas y tonterías, nos es difícil, francamente arduo, hacernos una idea –ni siquiera una vaga– del impacto deletéreo que tal rebelión significó para la humanidad en su conjunto y de lo calamitosa que fue esa catástrofe para el universo creado. Así como todos aún llevamos al ADN mitocondrial de nuestra primera madre, Eva, también cargamos cada uno de nosotros con las fatídicas consecuencias de ese primer motín antinatural.

Entre otras nocivas secuelas, esa afrenta a Dios por parte de nuestros primeros padres descompuso nuestra biología, alteró de modo pernicioso nuestra equilibrada relación con el entorno, con el mundo creado, y perturbó profundamente el dominio que nuestra mente debía ejercer sobre nuestro cuerpo y sobre las facultades mentales inferiores (como la memoria y la imaginación). A raíz de este funesto suceso hemos quedado más inclinados al mal que al bien. Lo peor de todo es que nos privó de la participación de un gratificante nivel de vida superior: el sobrenatural.

Estábamos condenados. Preferimos –como humanidad– en ese momento, vivir como enemigos del buen Dios.

A pesar de los datos que la Revelación nos brinda no logro imaginarme –supongo que es imposible hacerlo con precisión– cómo habrá sido esa “Edad de Oro”, ese paradisíaco lapso previo a esa revuelta antinatural que hoy llamamos pecado original. Pero las primeras generaciones inmediatamente posteriores a nuestros primeros padres sí que se lo imaginaban claramente gracias a las vívidas descripciones y relatos que nacían en la boca de esos dos dolidos patriarcas. Digo dolidos pues, inmediatamente después de la caída, nuestros primeros padres se arrepintieron del colosal error que cometieron. ¿Por qué esa compunción no bastó para restituir el estado original de gracia y para empezar de nuevo como si nada?

Un callejón sin salida

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Veamos por qué no bastaba. Si le hacemos un desaire a alguien, eso está mal. Pero si ese “alguien” no es cualquiera sino un amigo muy cercano que, además, nos acaba de salvar la vida (por ejemplo), el mismo menosprecio sería mucho más grave. La gravedad de nuestras acciones morales no dependen –por tanto– sólo de nuestra intención, sino también de la objetividad de las circunstancias. En el caso de las ofensas, la gravedad de éstas dependen de la dignidad del ofendido.

Pongamos otra analogía: la gravedad del daño que causo al lanzar una piedra no sólo depende de mi intención y fuerza al lanzarla, sino del valor del objeto que quiebro con la piedra. Si lo que rompo es el cristal de una ventana, con pedir disculpas y repararla equilibro la situación, pero si lo que se destroza es un jarrón de porcelana de la dinastía Ming con una enorme dosis de valor sentimental para el propietario, compensar la pérdida, equilibrar la situación, reparar el daño, probablemente exceda nuestras fuerzas y, aún cuando fueran aceptadas, nuestras disculpas no ayudarían mucho a olvidar del todo el asunto. Es de justicia reparar el daño causado, y Dios, que no es un ente arbitrario y enloquecido, piensa y actúa en las coordenadas de la justicia pues es infinitamente justo.

La humanidad, por tanto, al haber cometido una ofensa a Dios (de dignidad infinita) cometió un acto de gravedad infinita. Por otro lado, los daños de la misma acción eran de suyo –por la misma razón antes apuntada– infinitos. De lo anterior se sigue que para reparar el daño cometido –que es lo que exige la justicia– se necesitaba un arrepentimiento, una compensación, una satisfacción de carácter igualmente infinito. Y tal cosa era –es– imposible por parte de los seres humanos pues estos son, por naturaleza, finitos, limitados en su ser y en su actuar. En resumidas cuentas estábamos en un menudo problema causado por nosotros mismos, pero que no podíamos resolver por nuestras propias fuerzas. Además, los destrozos causados por el pecado original nos habían dejado, como especie, sometidos al Demonio (sí, amigos, el Demonio existe).

“Él aplastará tu cabeza”

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Dios, infinitamente justo pero también inconmensurablemte misericordioso, decidió acto seguido resolver el embrollo. Porque hay que aclarar que esa idea macabra pero tan en boga de un Dios frío, distante e indiferente a sus criaturas, es sólo una caricatura sin fundamento racional suficiente creado por filósofos empiristas del siglo XVIII y vulgarizado para consumo de las masas por Voltaire y otros de su calaña, una caricatura muy distinguida por su origen, tal vez, pero vulgar, burda y desesperanzadora en su lógica interna. Dios –que en realidad es amor infinito– decidió aceptar el arrepentimiento de sus criaturas y se ofreció para pagar Él mismo el daño ocasionado por las ofensas de los hombres.

Pero para que la satisfacción, para que la reparación del daño, para que el rescate pagado fuera justo, éste debía proceder del ofensor (el ser humano mismo), por lo que Dios decidió asumir la naturaleza humana y hacerse un hombre como nosotros, para poder actuar así en nuestro nombre con toda legitimidad. Así, una Persona que sería plenamente Dios y plenamente hombre al mismo tiempo, en representación del género humano al que pertenecería, pagaría con su omnipotencia propia de su naturaleza divina, el rescate infinito necesario para salvarnos, redimirnos de la esclavitud del pecado y del Demonio, y abrirnos las puertas de la vida sobrenatural de nuevo.

A-02Con este propósito, Dios prometió, poco después de rayar el día de la humanidad y consumado que fue el pecado original, la futura llegada de un Salvador, de un Ungido… del Χριστός (Christós). Adán y Eva después de probar el fruto prohibido escucharon cómo Dios dijo al Demonio, que tomando el aspecto de una serpiente había instigado a la rebelión:

“Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tu le morderás el calcañal”

(Gen. 3:15).

Así Dios condenó a Lucifer y aceptó el arrepentimiento de nuestros antepasados prometiendo que llegaría el día en el que un descendiente de “la Mujer” aplastaría la “cabeza” del Demonio que indujo la revuelta humana. Es interesante cómo se refiere al Mesías como “linaje de la mujer,” lo que nos preanuncia suu milagroso nacimiento de “la Mujer” que concibió al Mesías sin participación de hombre. Esto se deduce de la antigua costumbre de llamar a los descendientes según el padre y no la madre.

Larga espera de la mano de la tradición

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Estos relatos sobre la Edad Dorada, el amanecer y la caída del hombre, la expulsión del paraíso y la promesa de un Mesías, de un futuro redentor, se fue transmitiendo verbalmente de generación en generación en la medida en que nuestra especie humana iba recorriendo los caminos y poblando la tierra. De nuevo: es difícil para nosotros –estranguladas como están nuestras inteligencias por las pantallas digitales, los cables y el wi-fi– es difícil, decía, que nos hagamos en nuestras circunstancias una idea correcta de la solidez y confiabilidad de la tradición oral llevada a hombros por la memoria de los poetas y cantores.

Esta tradición de estos relatos y de otros habría llegado hasta nosotros con fidelidad digital, si no fuera por la debilidad del espíritu humano y su naturaleza caída con toda la inclinación a la soberbia y a las cosas pedestres y malas que conlleva. La naturaleza caída nos hace incómodo estarnos enfrentando constantemente con nuestras deudas, errores y defectos. Así que esta tradición fue olvidándose, dejándose de lado paulatinamente y ocultándose tras versiones en las que la imagen de Dios se edulcoraba o se eclipsaba tras mitos más convenientes al libertinaje y a la vanidad humanas.

A-03Y es que entre la promesa del Salvador y su llegada pasó mucho tiempo. No debe extrañarnos eso, pues la llegada del Mesías estaba orientada a restaurar la delicada constitución más íntima del ser humano como especie, tanto en su espíritu como en su cuerpo, como ya lo he indicado, lo que implicaba también la redención de un transtorno cosmológico, pues el hombre había sido creado como cúspide del universo material.

Pero, más importante que ello, la venida del Redentor tenía relación directa con la dignidad de Dios, que había sido afrentada y que, como ya hemos dicho, es de proporciones infinitas y que hacía conveniente que Dios se hiciese Hombre en una misma y sola Persona que conservara intactas simultáneamente su naturaleza divina y su naturaleza humana. Esa operación, por llamarla así, ameritaba una logística –hablando en términos terrestres– de dimensiones olímpicas. Como diría después un profeta, era necesario

trazar un plan maravilloso, llevar a un gran acierto.

Isaías, 28:29

La plenitud de los tiempos

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En todo caso no se trataba de soplar y hacer botellas. Asimismo, la misión del Dios hecho Hombre, del Χριστός, en la Tierra –una vez estuviere con nosotros– iba a significar el despliegue complejo de múltiples actividades que en su conjunto constituirían la más importante y emocionante aventura de todos los tiempos. Para que tal aventura redentora encontrara un campo fértil en la humanidad, que por supuesto debía acogerla voluntariamente, ésta debía encontrarse en su punto. La humanidad debía, antes de la llegada del Χριστός, desarrollar hasta sus más altas expresiones posibles todas y cada una de sus facultades.

En cuanto a su facultad de procrear debía haber, hasta cierto punto aceptable, henchido la Tierra. Sus facultades intelectivas debían haber intentado alcanzar la verdad en los diferentes dominios del saber hasta donde sus propias fuerzas naturales –heridas– se lo permitieran. El ejercicio de su voluntad debía ya estar familiarizada con los fantásticos extremos de lo imposible. La sensibilidad humana, después de haber recorrido el mayor número de caminos posibles en su búsqueda de lo estético, debería ser capaz de elaborar un mapa mental comúnmente compartido sobre lo bello. El dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, debía ya para el tiempo de la Venida, haber sufrido las suficientes derrotas y haber experimentado los suficientes éxitos como para que la humanidad –orgullosa de las facultades dadas por Dios, estuviese lista para un nuevo comienzo. Y finalmente debía imperar, hasta donde las débiles fuerzas del hombre le permitieran, debía reinar la paz, lo más intensa y extensamente posible.

En suma, había que preparar, y esperar, la plenitud de los tiempos.

Mientras se ejecutaba ese arduo plan maravilloso, los hombres que esperaban con impaciencia al Χριστός suplicaron durante siglos así (Audio de 1 minuto):

Antifona 01

Continúa en el siguiente discurso

Estranguladas nuestras inteligencias por los cables, las pantallas y el wi-fi

14 diciembre, 2014

Les comparto hoy unos cuantos párrafos entresacados del artículo del Wall Street Journal titulado La automatización nos embrutece:

La inteligencia humana se marchita cuando las computadoras asumen las tareas que solíamos realizar…

…nuestra creciente dependencia de la automatización puede costar cara. La evidencia sugiere que nuestra inteligencia se marchita a medida que dependemos más de la inteligencia artificial. En lugar de elevarnos, el software inteligente parece embrutecernos.

En los años 50, el profesor James Bright de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard estudió los efectos de la automatización en varias industrias. Descubrió que a menudo las nuevas máquinas dejaban a los trabajadores con tareas más monótonas y menos exigentes y concluyó que el efecto predominante de la automatización era la “descualificación” de los empleados. “Los equipos altamente complejos”, escribió en 1966, no necesitan operadores “cualificados”. La cualificación se puede incorporar en la máquina. Una evidencia creciente apunta a que el efecto de descualificación que redujo las destrezas de los empleados fabriles el siglo pasado comienza a corroer las habilidades profesionales, incluso las altamente especializadas.

En un estudio reciente publicado en la revista especializada Diagnosis, tres investigadores examinaron el diagnóstico erróneo de Thomas Eric Duncan, la primera persona en morir de ébola en EE.UU., en el Dallas Texas Health Presbyterian Hospital. Argumentan que los formularios digitales empleados por el personal del hospital para ingresar información de los pacientes probablemente contribuyeron a la equivocación. “Estas herramientas”, escribieron, “están optimizadas para captar datos, pero a expensas de sacrificar su utilidad para realizar diagnósticos apropiados, haciendo que los árboles no dejen ver el bosque”

Incluso las profesiones creativas sufren los efectos de la descualificación. Los diseños asistidos por computadora han ayudado a los arquitectos a construir edificios con formas y materiales inusuales, pero cuando las computadoras se incorporan al proceso en forma prematura, pueden entorpecer la sensibilidad estética y las observaciones conceptuales provenientes del dibujo y la construcción de modelos.

Estudios psicológicos han hallado que el trabajo manual es más propicio para liberar la originalidad de los diseñadores, expandir su memoria a corto plazo y fortalecer su sentido táctil. Cuando el software toma el timón, las habilidades manuales decaen.

Esta filosofía (“automatización tecnocéntrica”) atrapa a las personas en un ciclo vicioso de descualificación. Al aislarlos del trabajo arduo, sus habilidades se degradan y aumentan las probabilidades de que se equivoquen. Cuando esos errores suceden, la respuesta de los diseñadores es imponer más restricciones, lo que conduce a una nueva ronda de descualificación

.

Si dejamos que nuestras destrezas se desvanezcan al depender demasiado de la automatización, nos volveremos menos capaces, menos resistentes y más subordinados a nuestras máquinas. Crearemos un mundo más apto para los robots que para nosotros.

Les recomiendo la lectura íntegra del artículo publicado en el Wall Street Journal aquí.

Tres minutos con Bach – BWV 1056

11 diciembre, 2014

“su obra y su vida nos enseñan que es tan difícil aproximarnos a él como dejar de intentarlo. Es difícil porque encarna los valores más altos del arte y de la vida, porque da expresión sabia y humana a todo, excepto a la mezquindad, que es lo fácil. Bach es esencialmente un músico de la meditación religiosa. Y esta clase de meditación, más que ninguna otra, es difícil para los hombres de nuestra época. Reconoce Bach que Dios le ha dado más talentos que a los demás hombres, y se siente por ello el más deudor entre los deudores de Dios”

Julio Sánchez Reyes

Eventualmente iremos publicando algunas piezas de Bach sin contextualizarlas demasiado y solo con el exclusivo objeto de que nuestros lectores vayan familiarizándose con su obra. Escogeré para tales efectos mis piezas preferidas, omitiendo adrede las más populares de nuestro compositor.

Cuando tenga tiempo, pondré a su disposición la letra, su traducción y – de ser posible– los tiempos y algún video. Cuando el tiempo me falte, me limitaré a brindarles la oportunidad de escuchar el audio sin más.

En esta ocasión, escucharemos el 1º movimiento del 5º Concierto para clavecín y cuerdas BWV 1056.

A continuación tienen el audio de una interprtación en el Harpsicordio para el que fue compuesta la pieza, y abajo tienen a su disposición un vídeo de la misma pieza, lamentablemente interpretada en piano, pero de una manera exquisita por el célebre, excéntrico y joven pianista pirenaico David Fray (audio de 3 minutos con 8 segundos):

Vídeo de 3 minutos con 29 segundos:

FIN

Bach en Adviento: “¡Maravíllate, oh humanidad, de este gran misterio!”

30 noviembre, 2014

Con el título de “Ven, Salvador de los gentiles”, compuso Bach –el mejor compositor de la Historia– la cantata BWV 62 en Leipzig en 1724. Fue destinada a la celebración liturgica del primer domingo de Adviento y se inspira en la alegre expectativa propia de estos días que preceden a la conmemoración del nacimiento del Χριστός (Christós).

La cantata BWV 62 consta de seis movimientos: coro, aria para tenor, recitativo para bajo, aria para la misma voz, recitativo para soprano y contralto y coral.

El primer movimiento

El primero es una fantasía sobre la traducción al alemán del himno católico “Veni Redemptor genitum”. Comienza el primer movimiento con una introducción orquestal en donde los oboes, la trompa, las cuerdas y el continuo evocan con sencillez sublime la Natividad. Escuchemos esta bellísima y alegre introducción instrumental (Audio de 54 segundos):

Las sopranos primero y luego las otras voces cantan, con un impresionante y sobrio contrapunto, la melodía del himno, estrofa por estrofa (son cuatro).

Estrofa 1
Nun komm, der Heiden Heiland,(Ven ya, Salvador de los gentiles)
(Audio de 54 segundos):


Estrofa 2
Der Jungfrauen Kind erkannt,(Hijo reconocido de la Virgen…)
(Audio de 33 segundos):

Estrofa 3
La tercera estrofa entra con más energía:
Des sich wundert alle Welt,(…del cual todo el mundo se maravilla)
(Audio de 44 segundos):


Estrofa 4
La cuarta y última estrofa de este movimiento nos ofrece un crescendo hermoso y vibrante:
Gott solch Geburt ihm bestellt.(Dios ha ordenado tal nacimiento)

(Audio de 1 minuto con 34 segundos):

Veamos el primer movimiento de corrido:

El segundo movimiento
Los movimientos II al V se basan en paráfrasis del himno luterano del mismo título. El aria del tenor del segundo movimiento es un canto de amplio diseño y carácter afable, al que apoyan los oboe y las cuerdas. He aquí un fragmento:
Bewundert, o Menschen, dies große Geheimnis(¡Maravíllate, oh humanidad, de este gran misterio!)
(Audio de 1 minuto 11 segundos):


El tercer movimiento
El breve recitativo del bajo se inicia majestuosamente sobre las palabras “Así, el Hijo viene del trono y la gloria de Dios”. Las cuerdas altas doblan al continuo en este movimiento que, con la regularidad de su línea melódica, pinta la incontenible marcha del León de Judea. Oigamos el movimiento completo (audio de 43 segundos)


El quinto movimiento
Después, en su quinto movimiento, escuchamos un recitativo de la soprano y la contralto, que tiene la exquisita y deliciosa poesía de un canto navideño (audio de 55 segundos):

El sexto y último movimiento

La obra concluye con un himno de alabanza que confirma la feliz promesa del Adviento (audio de 37 segundos):

Con información del sitio “Cantatas de Bach”
FIN

Los tres mil Oceánides

27 noviembre, 2014

 


Los lagos, las bahías y los mares son vientre fecundo para la civilización, pues el ser humano no es terrícola sino acuícola. Sobre ese supuesto, resulta extraño que las masas de agua, los ríos navegables en particular, de los que dispone el continente americano no hayan –de ningún modo– dado pie a florecientes culturas.

Si hacemos caso omiso de la excepción (El imperio Azteca arraigado en un gran lago) podríamos creer que nuestros antepasados, los nativos americanos –esos sí– eran terrícolas. En parte, eso explica por qué fueron los europeos los que navegaron hasta descubrir América y no al contrario: cuestión de niveles de civilización, de niveles de gusto por el agua dulce o salada.

No la naturaleza sino la ira

Claro que muchas razones hay de ese retraso americano en reconocer en el agua el presupuesto físico de la cultura, del orden y de la solidaridad. En primer lugar, los primeros asentamientos humanos en el Levante y en el Mediterráneo nos llevaban decenas de miles de años de ventaja. Y por otro lado, probablemente sucede que los ríos navegables americanos fluyen en ambientes biológicos que pecan de dos defectos contrarios. O son ambientes paradisíacos en los que basta estirar la mano o tropezarse para alimentarse, o son tan hostiles y peligrosos que sobrevivir un día es ya de por sí un gran logro (v. gr. la selva del Amazonas). Los ambientes naturales americanos o no significaban graves desafíos para las culturas nacientes o los planteaban de tal manera que resultó imposible vencerlos.

Efectivamente, los grandes retos que labraron el poderío de los dos grandes imperios precolombinos (el Azteca y el Inca) no fueron los ambientes naturales sino los humanos. La hostilidad que los diferentes pueblos experimentaban entre ellos, la práctica de un paganismo demoníaco y la crónica falta de solidaridad fueron las que impulsaron el expansionismo guerrero de ambas civilizaciones. El Orinoco, el Amazonas, el Paraná, por las razones que ya apuntamos, no dieron origen a mayor cosa.

Distinto fue el caso de Eurasia. El Yangtsé, el Río Amarillo, el Ganges, el Tigris y el Eúfrates, el Rhin, el Volga, el Nilo… fueron los principales protagonistas de la cultura y de su expansión. Fueron el auténtico motor cristalino del orden y la fuente originaria de la solidaridad civilizada. De las aguas del Tíber surgió el Derecho y de las del Nilo la Arquitectura. De las laberínticas costas griegas nació la Filosofía y del Levante la navegación. Los ríos y los océanos, ya lo dijimos, eran más fáciles de surcar que las montañas, los bosques, las praderas y los desiertos. Por eso, a los bisabuelos de la civilización jamás se les habría ocurrido pensar que las masas y los cursos de agua (Ôkeanós y sus tres mil hijos varones) dividen, pues para ellos, los mares y los ríos más bien eran factores de vida, de crecimiento y de unión.

Y sin embargo, dividen. A veces.

Fronteras artificiales aunque reales

En nuestro país, tres ríos son –no factores de unión– sino de división pues constituyen nuestras fronteras externas e internas. El Lempa, vaya el caso, no sirve para comunicar nada sino para dividir nuestro país en dos y separarnos de otros. Esto es -definitivamente- extraño. Es como si utilizáramos a los puentes como mojones o a caminos y carreteras como límites regionales o nacionales. Es extraño, pero así es.

De hecho, este utilizar las cosas para lo contrario de lo que naturalmente sirven no es un invento americano. El primero en hacerlo -en gran escala- fue el padre de la civilización occidental: Cayo Julio César.

Desde la batalla del Ochsenfeld (58 antes de Jesucristo) en la que César auxilió a los Celtas en contra de los Germanos dirigidos por Ariovisto, derrotando a éstos últimos, el procónsul tuvo una visión extraordinaria: había que contener la oleada bárbara-germánica en el curso del río Rhin. De no hacerlo, el Imperio Romano se vería expuesto a su extinción (como de hecho casi ocurrió cuatrocientos años más tarde).

Así lo hizo: estableció una cadena de fuertes miltares en la orilla izquierda del Rhin convirtiendo a este poderoso río en la frontera definitiva del Imperio Romano. Así permaneció durante 800 años hasta que Carlomagno empujó esa frontera miles de kilómetros hacia el oriente.

Cerca del lugar de la batalla del Ochsenfeld, cuyo desarrollo y desenlace puede leerse con delicia en De Bello Gallico (Libro I, 30-54), se estableció de modo definitivo -años más tarde- una base militar romana llamada Argentoratum, justo a las orillas del Rhin en lo que ahora se conoce como la región de Alsacia.

Como el Fénix

Esta base militar, Argentoratum, durante cuatro siglos fue la sede de las más destacadas legiones romanas y a su alrededor se fue tejiendo paulatinamente una intrincada red urbana.

Las Legiones allí estacionadas pudieron defender con éxito el limes en contra de los bárbaros Alamanes en una legendaria batalla conducida del lado romano por el Emperador Juliano el Apóstata. Un siglo más tarde sucumbieron –sin embargo– frente al salvaje Atila, quien si bien destruyó la colonia castrense y su población circundante, no la pudo borrar del mapa.

Argentoratum, después del reflujo de los estériles y efímeros hunos, renació de sus cenizas, ya sin su connotación militar original, adoptando, de modo definitivo, el nombre de Strateburgum (“Ciudad de calles”, debido a lo laberíntico de su trazo urbano).

En la medida en que las principales tribus germánicas de la zona se romanizaban (los Francos en particular), el Rhin dejaba de ser lo que había sido por siglos, una frontera, para convertirse en los que era su vocación natural: un camino, una vía de comercio de orden y solidaridad. Así la ciudad de Strateburgum (hoy: Strasbourg o Estrasburgo) comenzó a comerciar vino, trigo y madera con lugares tan lejanos como el curso del gran Rhin le permitía alcanzar: con lo que ahora son los Países Bajos, Inglaterra y Escandinavia. Gracias a esto se traladó el centro de gravitación de la civilización del sur mediterráneo al norte atlántico.

De ese modo, la ciudad de Estrasburgo comenzó a crecer física y espiritualmente del siglo V al IX, hasta que, Carlomagno, habiendo sido coronado emperador romano puso sus ojos en ella.

Comienza entonces, al abrigo del renacimiento carolingio y amamantado por la generosidad del dios de un gran río, el esplendor de la ciudad que, hoy por hoy, es la capital de Europa y en la que unos siglos más tarde iba a superarse por primera vez, con una soberbia y divina edificación, la altura de la Pirámide de Kéops.

 

La Resurrección según Juan Sebastián Bach: Cujus Regni Non Erit Finis

31 marzo, 2013

Contenidos

  1. La victoria sobre la muerte en una trenza de celestiales coros
  2. La apoteosis diadeveras

«…Para descubrir la naturaleza humana hasta que sus atributos divinos sean revelados, para insuflar las actividades ordinarias con fervor espiritual, para dar alas de eternidad a lo más efímero; para hacer humano lo divino y divino lo humano; tal es Bach, el más grande y puro momento de la música de todos los tiempos…»

Pablo Casals

La victoria sobre la muerte en una trenza de celestiales coros

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En el Resurrexit de la Gran Misa Católica en Si Menor BWV 232 de Juan Sebastián Bach, lo que se respira es majestuosidad exultante. Escuchemos su introducción (13 segundos de audio):

La euforia optimista, la alegría y la felicidad son los distintivos propios de esta pieza. ¿Y cómo no iba a ser de así, si lo que se canta es la resurrección victoriosa del Χριστός sobre el pecado y la muerte?

El Resurrexit cuenta con sus propias fugas vocales (la entrada sucesiva de diferentes voces hasta juntar un haz coral coordinado) pero, por la temática, estas fugas se encuentran pletóricas de alborozo y celebración. Escuchemos la fuga en la que dice “y resucitó al tercer día” (Et resurrexit tertia die). Al principio entra el grupo de bajos dicendo et resurre… y se quedan sosteniendo la e. Luego entran los altos de igual manera. Posteriormente se adjuntan los tenores y finalmente (un grupo tras otro) los dos coros de sopranos se unen sucesivamente.

Se corona ese segmento con un borbotón (de todas las voces juntas) cantando resurrexit tertia die, no exactamente con los mismos tiempos, pero todos terminando perfectamente sincronizados. Escuchemos cómo se van acomodando gradualmente señoriales, sublimes y festivos coros (19 segundos de audio):

Ya he dicho varias veces que esta parte (Resurrexit) es mi preferida de toda la Misa en Si Menor de Bach, pero no es por que tenga un buen oído (de ninguna manera puede ser por eso) sino más bien al contrario. Sumergirse en el verum de una pieza musical es más complejo de lo que parece.

Lo cierto es que con un conocimiento promedio de música, es natural que uno se sienta más atraído hacia las tonadas movidas que hacia las tranquilas. Sin embargo –por supuesto– hay más bajo la superficie.

La apoteosis diadeveras

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Escuchemos (y veamos ahora) la fiesta de coros que Bach le dedica al momento culminante de la Resurrección de aquel Niño Jesús que –habiéndose encarnado por nosotros– sufrió y murió en la Cruz.

Total que la Resurrección es el final de la trayectoria terrena del Christos que inició con la Encarnación.

La letra en español va así:

Y resucitó al tercer día,
según las escrituras.
Y subió al cielo,
está sentado a la derecha del Padre.
Y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y a muertos
y su Reino no tendrá fin.

En latín sería:

Et resurrexit tertia die,
secundum scripturas.
Et ascendit in caelum,
sedet ad dexteram Patris.
Et iterum venturus est cum gloria
iudicare vivos et mortuos,
cuius regnit non erit finis

Escuchemos y veamos (3 minutos y 29 segundos de vídeo).

La pieza tiene varias partes que –aunque ya de por sí empiezan con una mayestática festividad– se van escalonando en clímax hasta que alcanzan su momento culminante entre (2:31) y (2:53).

Feliz y santa Pascua de Resurrección.

«…Cuando los Angeles le interpretan música a Dios, ellos ejecutan a Bach. Para cualquier otro, tocan a Mozart….»

Sir Isaiah Berlin, Filósofo e Historiador de las Ideas

FIN