- Voltaire y Rousseau debatiendo sobre la Providencia Divina y el mal
- Los debates de oropel
- Las disputatio diadeveras
- Operatio sequitur esse
- ¿Puede demostrarse la existencia de Dios?
- Unde ergo sunt mala?
- Plan tentativo de mis respuestas a las objeciones de Fredy
Voltaire y Rousseau debatiendo sobre la Providencia Divina y el mal
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A las nueve y media de la mañana del día de Todos los Santos de hace 257 años, en Lisboa, mientras la inmensa mayoría de los habitantes se encontraba en las Iglesias escuchando la misa de precepto, un terremoto de 8.7 grados en la escala Richter que duró alrededor de cuatro o cinco minutos, hizo caer las bóvedas y las columnas sobre los feligreses.

Terremoto de Lisboa 1755
La urbe entera, la brillante capital de uno de los más grandes imperios ultramarinos de la época, colapsó. Seis maremotos se encargaron de reducir a lodo el polvo resultante. Hasta a las Antillas llegaron las olas que viajaban a 200 metros por segundo. Un incendio que duró seis días remató la debacle. Entre 60 000 y 100 000 fallecidos fue el saldo humano de la tragedia.
El mundo entero quedó consternado, y Voltaire, que dedicó su vida entera a destruir la religión católica a través de la parodia, la calumnia y el sarcasmo, aprovechó para cargar las tintas en un poema titulado: Poème sur le désastre de Lisbonne (Poema sobre el desastre de Lisboa) en donde, entre otras cosas, dijo rezumando burda ironía:
Dieu tient en main la chaîne, et n’est point enchaîné;
Par son choix bienfaisant tout est déterminé:
Il est libre, il est juste, il n’est point implacable.
Pourquoi donc souffrons-nous sous un maître équitable?
Voilà le nœud fatal qu’il fallait délier.
Dios tiene en su mano la cadena, y no está de ninguna manera encadenado;
Por su decisión bienhechora todo está determinado:
Él es libre, Él es justo, Él no es implacable.
¿Por qué entonces sufrimos bajo un Amo equitativo?
Ese es el nudo fatal que hay que desamarrar.
El poema es largo y –como digo– cargado de burlas y apenas disimulados escarnios en contra de la idea de un Dios bueno y providente, echándole en cara el dolor de los lisboetas. Ni un argumento, solo mofas, indirectas y desprecio disfrazados de “arte indignado”. Hasta Juan Jacobo Rousseau, que de creyente tenía lo que yo tengo de alemán, le respondió a Voltaire lo siguiente:
“Todos mis reclamos son en contra de vuestro Poema sobre el Desastre de Lisboa, porque esperaba efectos más dignos del amor por la humanidad que parecería habéroslo inspirado (…)
Cargáis de manera tal el cuadro de nuestras miserias que agraváis el sentimiento: en lugar de los consuelos que esperaría, vos no hacéis más que afligirme. (…)
No os equivoquéis señor, sucede todo lo contrario de lo que os proponéis. El optimismo que encontráis tan cruel me consuela, a pesar de todo, en los dolores que vos me pintáis como insoportables. (…)
¿Qué me dice vuestro poema? “Sufre para siempre infeliz. Si hay un Dios que te creó, sin duda es omnipotente, Él podría prevenir todos tus males; no esperes entonces que tus males terminen; pues no se sabría ver el por qué de tu existir si no es solo para sufrir y morir”. No veo como semejante doctrina pueda ser más consoladora que el optimismo y la fatalidad misma: confieso que vuestra doctrina me parece más cruel incluso que el maniqueísmo…”
Carta sobre la Providencia de Juan Jacobo Rousseau a Voltaire, 18 de agosto de 1756

Voltaire
Los señalamientos de Rousseau eran apasionados, pero aguados; sin embargo, Voltaire no contestó, no contrarreplicó. No era muy del estilo de Voltaire ése el de argumentar y contrastar sus dichos con la sana discusión. Su táctica era el panfleto incendiario, y la chanza deletérea.
Su legendario desprecio por la opinión de los demás le hizo inspirar y popularizar la manipulación de las emociones y de las bajas pasiones. De hecho, Voltaire, en ese sentido, fue el inventor de la propaganda moderna. Voltaire, más astuto que Rousseau, aunque menos constructivo, se llevó los aplausos irreflexivos pero emocionados de su audiencia, y podemos decir que “ganó” el primer debate ficticio de la época moderna.
Hace unos meses, en el discurso Salvam Fac Galliam IV, (pueden leerlo pulsando aquí) dije que creo que la Providencia Divina actúa, por lo general, de modo sutil y misterioso; y que la seguridad de que Dios interviene en la Historia de los hombres es una certeza mía también.
Jesús Alfredo Campos (Fredy Campos para sus amigos), uno de los lectores más antiguos de esta bitácora, y con quien nos unen fuertes lazos de respeto, amistad y aprecio, dijo no estar de acuerdo con eso, y escribió un artículo que pueden leer pulsando aquí (Artículo de Fredy Campos).
Me encantan los debates. El intercambio fructífero de ideas es lo más propiamente humano. La discusión es la mejor manera de aprender más, de profundizar en el conocimiento de las cosas y –cuando es el caso– de corregirnos a nosotros mismos. Es una pena que en la actualidad la palabra “disputa” esté cargada de connotaciones negativas que evocan pleito irracional, y defensa acérrima y emocional de prejuicios (en parte por la herencia Voltairiana). Por eso se huye indebidamente de la discusión como de la peste.
Y lo que sucede es que –por una diversidad de razones de las que hablaré oportunamente– hemos crecido en un ambiente marsh mellow que nos disuade de contrastar abiertamente nuestras opiniones con las de otros a la luz de la recta razón, a la luz de la lógica, pues nos hace considerar nuestras opiniones casi como absolutas e intocables.
Nos hemos nutrido de elementos intelectuales que, hostiles a la objetividad y a la realidad de las cosas, más bien nos hacen amantes de la propia subjetividad, de las propias emociones y gustos, amantes del sentimentalismo, del golpe de efecto, de la emoción y del gesto. Y, anclados en la propia subjetividad, no parece tener mucho sentido –por supuesto– debatir con los demás: ¡se corre el riesgo de que descubramos que no estamos en la razón!. La soberbia es la peor enemiga de la conversación, de la lógica y de la razón. Para debatir con fruto debo ser humilde: yo no hago la verdad, sólo la descubro, y en compañía de otros.
Los debates de oropel
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Pero se presenta la paradoja de que si bien el ambiente light de los dos siglos anteriores y de éste nos hacen alérgicos a los debates diadeveras, nos han hecho –como contrapartida– adictos a los debates de mentirijillas. El niño bienpeinadito y con corbatita se pone de pie sobre la tarima escolar e, impostando la voz, da un discurso pueril apoyando tal cosa; luego, un coetáneo suyo igualmente engomadito y disfrazado de señor, declama con toda clase de ademanes otro discursito sosteniendo una tesis distinta. Fascinados, los padres de familia aplauden a rabiar a su respectivo hijo, y los demás se inclinan por el niño más listín, por aquel que hizo su papel de adultillo de la manera más convincente, por aquel que nos arrancó el más largo awwwww. Ése es el “debate actual”: impresiones, estética, sensaciones y sentimientos, aplausos de la audiencia, lo que “más me gusta” gana.
Trasladen esa escena a un canal de televisión nacional con “líderes de opinión”, “analistas”, o “candidatos”, y no apreciaremos ninguna diferencia sustancial: impresiones, estética, sensaciones y sentimientos, golpes de efecto, gestos y aplausos. Talvez estemos más familiarizados con el debate de metirijillas versión Miss Teen Cacaopera (o Washington, no importa): las chicas desfilan, se muestran (cuantas veces sea necesario), se les cuestiona, vuelven a desfilar y se aplaude a rabiar: impresiones, estética, sensaciones y sentimientos, golpes de efecto, gestos, aplausos o mensajitos. O American Idol…
En los debates de mentirijillas que tanto nos gustan, y tanto dinero le da a los anunciantes, el que “gana” es el que habla más bonito, el que se exhibe mejor, el que logra concitar más adhesiones… El que más “nos llega”, el que más “nos suena”, el que más nos gusta.
Las disputatio diadeveras
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El debate diadeveras (“Disputatio” le llamaban los filósofos clásicos) es otra cosa. La disputatio seria es ajena al subjetivismo y a la autocomplacencia. Es el contraste humilde, riguroso, ordenado y lógico de planteamientos opuestos para dilucidar la verdad: y es necesario tener claro que no puede abordarse sin el deseo de aprender más de lo que uno ya sabe, ni puede hacerse tampoco sin contemplar la posibilidad de estar uno mismo equivocado.
Por eso los protagonistas de carne y hueso de un debate de verdad pasan a un segundo plano: lo que importa es la coherencia, la lógica y la verdad de sus ideas. En los debates de verdad, los “me gusta” o los “no me gusta” salen sobrando, pues las disputatio no se emprenden con el afán de “ganarle” al adversario y de adular a la audiencia, sino con el afán de salir de uno mismo y acercarse a la realidad de las cosas, nos sean desagradables o no.
Se plantea primero una cuestión Quaestio (en este caso es: ¿Interviene Dios en la Historia?) luego alguien plantea las objeciones –opponens– a la cuestión principal (es lo que hizo muy bien Fredy en su artículo); luego se desmenuzan y analizan esas objeciones con lo que se llamaba un respondens (que en este caso es lo que me toca hacer a mí); finalmente se llegaba a una conclusión (determinatio).
Ese contraste de tesis se hace a la luz de la razón para averiguar si cada uno de los dichos de los sustentantes es coherente con los demás elementos de su tesis, y si –a la vez– ese conjunto está indubitablemente unido a la realidad de las cosas, y si son compatibles con los primeros principios del pensamiento y de la realidad, a través de una cadena ordenada e invencible de silogismos.

Aristóteles
Por eso no hay que olvidar lo que nos decía el Estagirita:
“No se debe discutir con todo el mundo, ni hacerlo con cualquiera; pues hay personas con las que necesariamente se razonará muy mal”
Aristóteles en su obra “Tópicos”. Libro octavo. De la Práctica Dialéctica. Capítulo XIV “De la práctica de las discusiones dialécticas”, § 16
Schopenhauer, en su libro póstumo conocido como Dialektik, nos desarrollaba, ya en las últimas páginas, lo que a su juicio dijo el Filósofo:
“No disputar con cualquiera; sino solamente con quienes se conoce, de quienes se sabe tener intelecto suficiente para no despistar hacia el absurdo (…); capaces de disputar con fundamentos, y no con pretensiones de poder; que escuchen argumentos y los acepten; y finalmente que aprecien la verdad, aprecien buenas razones, aunque vengan de la boca del adversario: que tengan fuerza de espíritu suficiente para soportar ver demostrado que se han equivocado, cuando la verdad se encuentra en la otra parte. De esto se sigue que entre cien apenas habrá uno que valga el inicio de una disputa.”
Que mi amigo Fredy tiene todas las cualidades que enumera Schopenhauer, es algo que me ha probado ya varias veces, no es primera vez que conversamos con fruto sobre diferencias entre nuestras convicciones. Que yo tenga esas cualidades, ya es harina de otro costal. En todo caso trataré de poner mi mejor esfuerzo. Vamos a comenzar un debate, una disputatio de verdad. Veamos sus contenidos:
Operatio sequitur esse
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En el cuarto párrafo de su artículo, Fredy (el opponens) expresa la parte sustancial de su tesis:
“El Dios en el que creo y guía mi vida es algo mucho más grande y poderoso que eso, a ese Dios no le preocupa que lo ensalsen ni glorifiquen ni alaben ni lo adoren, EL es demasiado grande y poderoso como para exigir estupideces como esas. Tiene asuntos muchísimo más importantes en qué ocuparse que en cosas tan nimias como mi comportamiento individual, o como el comportamiento colectivo de indivíduos en sociedad, en otras palabras, como el DEVENIR HISTORICO”
En negrillas señalo algunas cualidades que el autor atribuye a Dios y que a su juicio Le impiden intervenir en la Historia, a saber: 1) su grandeza, 2) su poder, y 3) el hecho de que “tiene asuntos muchísimo más importantes en qué ocuparse”.

Dios creando al hombre
El método es correcto: para juzgar sobre la operación u operaciones de un ente, en este caso Dios, primero hay que interrogarse sobre su naturaleza, sus atributos y sus cualidades. Dependiendo de cómo y qué es ese ente, cómo y qué es Dios, así serán sus operaciones, su actuar. Los filósofos clásicos lo decían con este apotegma filosófico: Operatio sequitur esse (la operación se sigue del ser), dependiendo de qué se es y de cómo se es, así se actúa. Y, en este caso, si Dios no pudiera o no quisiera actuar en la Historia de los hombres, sería porque su constitución natural, sus atributos específicos, hacen que así sea.
Va a ser necesario entonces examinar esos atributos y cuestionarnos sobre la naturaleza de Dios. Vamos a cuestionar a Fredy sobre sí es verdad que son, esos que él dice, auténticos atributos de Dios, y si de ellos se concluye con indubitable certeza que Dios actúa como él colige, es decir con indiferencia frente al ser humano, a sus sociedades y a su historia.
Entre otras cosas nos preguntaremos: ¿Por qué de la “grandeza” y del “poder” de Dios se desprende necesariamente una indiferencia ante los seres humanos tan radical como la que describe Fredy? ¿Es que acaso Dios no creó de la nada al universo? ¿Sí o no? y ¿Por qué? ¿Es Dios de naturaleza espiritual o solo es materia? ¿Por qué?…
¿Puede demostrarse la existencia de Dios?
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Pero, ¿es que acaso Dios existe en realidad? ¿No nos estaremos embarcando en responder preguntas serias sobre un tema tan ficticio como los marcianitos, los unicornios o la nueva era del mundo según el calendario maya? ¿Estaremos embarcándonos en un debate ocioso y de fantasía? ¿Se puede demostrar racionalmente la existencia de Dios?… Podría ser que sí, podría ser que no. Pero necesitamos saberlo con certeza y precisión.
A algunos les gusta pensar que Dios existe, a otros les gusta pensar que no existe y a otros ni siquiera se les pasa por la mente planteárselo. Pero, ya dije, aquí los gustos salen sobrando. Vamos primero a tener –si se puede– que demostrar rigurosamente que Dios existe. Luego, si podemos lograr lo anterior, entonces nos preguntaremos sobre su naturaleza y atributos.
El artículo del opponens comienza haciendo una profesión de fe en la existencia de Dios: “yo creo en la existencia de Dios”, dice Fredy. En otras circunstancias, ya lo dije arriba, el dicho seguido de aplausos o abucheos habría bastado para zanjar la cuestión. Aquí, afortunadamente, no estamos en esas circunstancias, así que no nos bastan –en este contexto– nuestras creencias. Entre otras cosas porque estoy seguro que más de algún lector nuestro no las comparte. Tenemos que acudir a la lógica, a la experiencia y a la razón.
De nuevo, entonces: vamos a tener que averiguar si se puede demostrar con el uso de la sola razón la existencia de Dios, y de ser así, proceder a demostrarla… Paso a paso.
Unde ergo sunt mala?
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No se acabará allí la cosa. Vamos a suponer que concluimos, a lo largo de esta serie de discursos que da comienzo hoy, que la existencia de Dios es demostrable por las solas fuerzas de nuestra razón (es decir, haciendo abstracción de la fe); vamos a imaginar también que logramos demostrar su existencia con éxito; vamos a asumir que, además, logramos establecer, mediante una cadena estricta de silogismos basados en la verdad de las cosas, los atributos de la naturaleza de Dios; y vamos a figurarnos también que de tales atributos lograremos deducir que Dios sí interviene en la Historia. Vamos a imaginarnos todo eso.
Pues resulta que Fredy –previsor– se nos ha adelantado y ha planteado varias objeciones que podrían echar al traste tanta “lógica” y tanto “razonamiento”, pues nos opone la realidad pura y dura de la Historia que parece contradecir la existencia de un Dios interventor y providente. En el sexto párrafo de su artículo, Fredy dice:
“Pero aceptemos por un minuto que es cierto lo que decís JC, “que Dios interviene misteriosamente en el devenir histórico del mundo”, si eso es así, explicame vos ¿En dónde estuvo el misterio y cuál fue su intervención en el Holocausto? ¿Cuál fue el propósito al intervenir para que se masacraran a seis millones de seres humanos? ¿En dónde estuvo su intervención misteriosa cuando el 5 de agosto de 1945, noventa mil personas se pulverizaran en cuestión de segundos en Hyroshima?”

Epicuro
En suma, Fredy plantea las inquietudes que el Terremoto de Lisboa provocó hace dos siglos y medio: ¿Cómo compaginar la existencia de un Dios interventor y providente, cómo compaginar la existencia de la Providencia Divina con la innegable y abundante existencia del mal en el mundo y en la historia? Pero no sólo los filósofos de la Ilustración del siglo XVIII se planteaban esa duda: ya en el siglo III antes de Cristo, el filósofo Epicuro (citado por Lactancio seis siglos más tarde) se hacía la misma pregunta:
Deus, inquit, aut uult tollere mala et non potest; aut potest et non uult; aut neque uult, neque potest; aut et uult et potest. Si uult et non potest, imbecillis est; quod in Deum non cadit. Si potest et non uult, inuidus; quod aeque alienum a Deo. Si neque uult, neque potest, et inuidus et imbecillis est; ideoque neque Deus. Si uult et potest, quod solum Deo conuenit, unde ergo sunt mala?
O Dios quiere prevenir el mal y no puede, o puede prevenirlo y no quiere, o ni quiere ni puede, o quiere y puede. Si quiere y no puede, es una debilidad que no cabe en Dios. Si puede y no quiere, sería una envidia igualmente ajena a la naturaleza divina. Si no quiere ni puede, estamos en presencia entonces de debilidad y envidia juntos. Si quiere y puede, que es lo que correspodería a la naturaleza Divina ¿Por qué no evita el mal entonces? ¿Por qué hay tantos males en el mundo?
Lucius Caecilius Lactancius. Liber De Ira Dei ad Donatum. Capítulo XIII, último párrafo.
Para abordar estas inquietudes –y poder darles una respuesta apropiada– vamos a tener también que cuestionarnos sobre la naturaleza del mal, de la muerte y del ser humano.
En pocas palabras: Fredy me ha metido en camisa de once varas. Siempre ha sido para mí complicado escribir sobre Filosofía en esta bitácora, pues no me ha sido fácil compaginar sus contenidos con un contexto oportuno, y con una narrativa que sea entretenida para ustedes, nuestros lectores. Solo lo he intentado dos veces (aquí y aquí) y no creí volver a repetir la experiencia.

Teseo y el Minotauro
Mi amigo Fredy Campos me ha dado la oportunidad que no encontraba. Continuaremos entonces con una serie de discursos –que promete ser larga– en la que recorreremos los laberintos filosóficos en busca de la Divina Providencia.
Dejaremos nuestras Biblias en casa, y juntos –les invito– trataremos de hallarle salida a esta cuestión tratando de responder, haciendo uso de la sola razón, una a una las objeciones que Fredy detalló en su artículo .
Plan tentativo de mis respuestas a las objeciones de Fredy
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Como la pelota está en mi cancha, procederemos –en esa serie de discursos futuros– a analizar las demostraciones que la razón natural nos da de la existencia de Dios. Veinticinco siglos de la Historia de la Filosofía nos brindan muchos esfuerzos racionales por demostrar la existencia de Dios: no vamos a pretender aquí inventar el agua helada. Así que haremos un somero análisis de los mismos; descartaremos los métodos que no sean concluyentes, y seleccionaremos los más contundentes, si los hubiere. Se trata de saber si nuestra razón natural basta para saber algo de Dios, para saber sobre su existencia, para saber si Dios es accesible a nuestro conocimiento humano.
Para que el análisis sea fructuoso y comprensible para aquellos que no somos profesionales de la Filosofía, talvez ni siquiera aficionados, trataremos de usar un lenguaje sencillo y comprensible, y dejaremos previamente aclaradas las cuestiones básicas sin cuya correcta comprensión no podríamos entender con facilidad las vías demostrativas de la existencia de Dios. Esas cuestiones básicas son: el modo en que el ser humano conoce las cosas (experiencia, raciocinio y fe); la manera en que surgen dichos conocimientos y se vuelven sistemáticos (los tres niveles de abstracción); la noción de potencia y acto, y sus derivados (materia y forma; sustancia y accidentes; esencia y acto de ser). Y otras que vayan resultando necesarias en el camino.
Si lográramos dejar establecido, y debidamente probado, que es posible demostrar racionalmente la existencia de Dios, pasaremos a una segunda etapa: preguntarnos si con el uso de nuestra sola razón es posible saber algo de la naturaleza de Dios, si es posible saber qué y cómo Dios es, o cómo y qué no es. No basta entonces demostrar la existencia de Dios, necesitaremos saber qué es para saber cómo actúa. Si fuera el caso de que es posible saber algo acerca de la naturaleza Divina, entonces estaremos en condiciones de averiguar si tales datos son compatibles o incompatibles con una acción interventora y providente de Dios en la Historia de los hombres. Estaremos en condiciones de saber si la abundancia de mal que parece hegemonizar nuestra Historia es racionalmente compatible con la existencia de una Providencia Divina.
Sin duda que este debate no será cuestión de un fin de semana solo. Y a ver si en este laberinto no nos terminamos encontrando más bien con el Minotauro
Continuará…