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De cuando realmente el apocalipsis fue

15 septiembre, 2015

Le ponemos fin, con este quinto capítulo audiovisual de solo 12 minutos de duración, a más de 4 000 años de recorrido de la humanidad, desde sus más tempranos orígenes (creación del hombre, la caída del pecado original, la promesa de un Mesías..) (Cap. I), hasta el final de la Edad del Bronce (siglo XII AdC), cuando fueron liquidadas las primeras grandes civilizaciones (Egipto, Imperio Acadio, Hititas, Minoicos, Micénicos) (Cap. IV). No sin antes haber tratado sobre sus fundamentos espirituales (Cap. II) y antropológicos (Cap. III).

Hablaremos hoy, entonces, sobre las invasiones de los Pueblos del Mar, sobre la primera gran batalla del Delta del Nilo y sobre la Edad Obscura.

TRANSCRIPCION

Desde sus más lejanos orígenes, en el año 6 000 antes de Jesucristo (en el Neolítico), la ciudad portuaria de Ugarit en Siria se había transformado, cuatro milenios después -ya en plena era del bronce– en un vibrante y poderoso centro comercial, cultural y político de nivel mundial.
Sus bibliotecas (con tablas de arcilla con escritura cuneiforme), sus enormes almacenes de granos, su sofisticada contabilidad, su temprano alfabeto y su sistema político así lo atestiguaban.
Ugarit, con sus reyes y su esplendor, era cortejada por dos grandes imperios contemporáneos: el egipcio al sur, y el hitita al norte. Ugarit basculaba su vasallaje hacia uno u otro, de acuerdo a sus propias conveniencias
El mensaje de auxilio que nunca llegó
En la cumbre de su esplendor (año mil doscientos antes de Cristo) las clases dirigentes de Ugarit empezaron a recibir tenebrosas noticias. Todos sus contactos comerciales, allende el mar y las montañas, estaban desapareciendo uno tras otro. Circulaba –cada vez más frecuentemente– el rumor de que el mundo entero en ese entonces conocido estaba colapsando bajo unas agresivas, indetenibles y misteriosas invasiones.
El rumor terminó confirmándose cuando una mañana, frente a Ugarit, el horizonte estaba salpicado de decenas de amenazadoras naves con velas negras. En sólo unas horas los navíos estaban atracando en las playas dando lugar a un desembarco de miles de exóticos y terroríficos soldados que sitiaron a la ciudad con una determinación y un orden escalofriante.
Rodeada Ugarit, y a punto de caer, su príncipe escribió en una suave y húmeda arcilla el siguiente mensaje:
“Padre (…) ya han causado gran daño. Os suplico me ayudéis en esta hora aciaga”
Terminada de escribir la tablilla de barro, debía ser cocida en el horno para endurecerla, y efectivamente en el fogón la colocaron…
Nunca salió del horno, el palacio fue tomado y toda la resistencia liquidada a espada… la tablilla fue encontrada dentro del horno ceniciento demasiado tarde: tres mil años después.
De cuando la falta de preparación militar condenó a la cultura a la extinción

Gracias a las tempranas plumas de Herodoto y Tucídides (y confirmados por modernas investigaciones) sabemos que, en esa época, hace tres mil doscientos años, luego de la caída de Troya en manos de los aqueos, en la cuenca mediterránea, múltiples oleadas de pueblos guerreros de origen desconocido se lanzaron a la destrucción de cuanta civilización encontraron a su paso.
No se sabía (ni se sabe aún con certeza) de donde venían, pero sí se sabía cómo llegaban, y por qué eran tan poderosos: venían por el mar y utilizaban un novedoso metal -el hierro- que si bien no era tan sólido como el bronce, era más barato, y posibilitaba que hasta el último guerrero disponible estuviese acorazado y armado de lanza o espada, lo cual no era común. El bronce era carísimo y solo algunos jefes tenían la posibilidad de estar armados de algo más que madera afilada o piedras contundentes.

Esos misteriosos “Pueblos del mar” aniquilaron –de oeste a este, de norte a sur– a la civilización desde sus raíces, y así acabaron con el imperio hitita, dieron cuenta de los restos del imperio minoico, hundieron bajo mantos de ceniza a todo el Asia Menor y liquidaron a la cultura micénica, borrándolos con fuego literalmente de los libros de la Historia, hasta que la Arqueología moderna los rescató de las escorias milenios después.
Luego, cuando se percataron que no habían acabado con todo, los “Pueblos del Mar” fueron tras el último imperio rico y civilizado todavía entonces en pie: Egipto.

El zarpazo final de la barbarie
Como nos relatan los jeroglíficos de las paredes del templo egipcio de Medinet Habu, el faraón egipcio Ramsés III pudo contener –en una victoria pírrica– un primer embate de esos violentos y –hasta ese día–invencibles salvajes. A sabiendas de que un segundo ataque iba a ser incontenible, Ramsés –al verlos regresar– decidió enfrentarlos con sus fuerzas navales en el océano, antes de que desembarcaran.
Los Pueblos del Mar no constituían una unidad política, más bien eran gigantescas jaurías marginales heterogéneas que solo coyunturalmente unían sus espadas de hierro para atacar, saquear y destruir. Cuando el humo se disipaba, cada quien jalaba por su lado. El caos anti-imperialista no va de la mano de la cultura. El vacío de poder equivale al caos deletéreo. El anti-imperialismo per se equivale al retroceso cultural. El Faraón lo tenía claro: o defendía con las uñas y los dientes a su imperio… o la civilización, la ciencia y la cultura colapsarían. Los Pueblos del Mar no eran una opción.
Con su furia y sus abundantísimas armas de hierro, los broncos pueblos del mar eran casi imbatibles en tierra, pero de guerra marítima no sabían nada. Las naves sólo las ocupaban para el transporte, a modo de grandes enjambres de hambrientas y destructoras langostas. De esta forma, Ramsés, había escogido muy bien el campo de batalla, pues los egipcios eran muy experimentados en el mar. Y es que, lo que pasaba era que Ramsés había visto cómo el poderoso imperio hitita (que militarmente se las veía de tú a tú con los egipcios) había sido reducido a cenizas en solo uno o dos años por esas incultas hordas que ahora se lanzaban al cuello del imperio de las pirámides.
Previamente había ordenado un repliegue estratégico de enormes proporciones y la movilización general de todos sus súbditos. En la desembocadura del Nilo tuvo lugar (en el año 1 168 antes del nacimiento de Jesucristo) una desesperada y sangrienta batalla por la civilización y la cultura, contra la fuerza bruta ignorante y la bestialidad voraz. Nunca antes los valores en juego en una batalla humana habían estado tan claros y definidos.

La primera batalla naval de la Historia

Los egipcios sabían que estaban jugándoselo todo y, con una última resolución de subsistir y de defender su modo de vida, enfrentaron –con todo– a los invasores que ya podían atisbarse desde la costa. Podemos fácilmente imaginarnos la batalla si evocamos esas realistas escenas del desembarco en Normandía en la película “Saving Private Ryan”. El enemigo –de pronto– se vio acosado por los barcos de guerra egipcios que maniobraban cual desesperados, acorralados, hambrientos y furiosos perros de presa.
Tormentas de flechas caían sobre los invasores mientras estos buscaban como salvación tirarse al agua, donde eran rematados. Numerosas tropas de los “Pueblos del mar”, sin embargo, lograron tocar tierra en donde la mejor infantería de Ramsés las enfrentaban con una superioridad numérica aplastante (había hasta mujeres y niños combatiendo), situación en la cual sus númerosas espadas férreas solo lograron conseguir –casi– un embarazoso empate militar.
Con costos altísimos, la batalla marítima se ganó. En tierra, el Faraón –apenas victorioso– tuvo que negociar con los Pueblos del Mar. En todo caso, el peligro había sido conjurado.

La segunda caída del hombre
Así, mortalmente herido, y a duras penas, el imperio egipcio fue el único gran sobreviviente a esas hordas de bárbaros. No recuperaría, no obstante, su antiguo esplendor, y hallaría -desde ese momento- su ineluctable camino a la decadencia.
Asiria, otrora imperio poderoso, a duras penas subsistió el embate de los salvajes gracias a unas inmensas ganas de resistir demostradas con una inaudita ferocidad y crueldad guerrera que solo fue desenterrada por las hordas revolucionarias tres mil años después.
Otro pequeño “islote” quedó también a salvo de la destrucción total: Atenas (gracias a la huida de la descendencia de Neleo desde Pilos hacia sus murallas).
Por lo demás, el mundo conocido se despobló, la economía fue aniquilada, las ciudades se esfumaron, se perdió la escritura, la tecnología agrícola desapareció, el sedentarismo abrió paso al regresivo nomadismo; y la sofisticación y la civilización sufrieron un colapso fulminante y profundo del que no se levantarían sino hasta medio milenio después.
La lenta resurrección de la cultura
Fue, en suma, un barrido de dimensiones apocalípticas –sin precedentes ni reediciones en la Historia– que todavía mantiene a esa época –la edad oscura– hundida en las tinieblas, y que significó una regresión a una nueva edad de piedra desde donde se tuvo que partir, prácticamente, desde cero.
Tuvieron que transcurrir quinientos largos y oscuros años para que, desde Atenas y las colonias griegas alrededor del mar Egeo, de la mano de la tradición oral de Homero, las espesas nieblas del retroceso intelectual se empezaran a despejar lentamente… para que la escritura renaciera, y la cultura volviera a brillar, dándosele inicio, con Tales de Mileto, a una de las más apasionantes y enriquecedoras aventuras del hombre: la búsqueda racional de la verdad… la Filosofía.
Justo 39 años antes de que en una pequeña e insignificante aldea campesina en Italia se proclamara la República Romana.

Los funerales de Héctor

8 septiembre, 2015

Luego de haber conversado hace quince días sobre los fundamentos espirituales de sus religiones (Capítulo II) y de haber explorado, la semana pasada, las bases antropológicas de sus principales instituciones y estructuras socio-políticas (Capítulo III), entramos hoy en materia discurriendo, en este capítulo V, sobre las primeras civilizaciones surgidas en la Edad del Bronce: Egipto, los Minoicos, los Sumerios, los Babilonios, los Micénicos, los Hititas y los Asirios. También echaremos unos brochazos sobre la caída de Troya, sus causas y consecuencias.
Les recomiendo, si no lo han visto, el Capítulo I de esta serie de audiovisuales, en donde a grandes rasgos dejamos sentadas las bases sobre las cuales la Historia de la Humanidad ha echado sus raíces: el origen del hombre, el pecado original, la promesa de un Mesías y la plenitud de los tiempos.

TRANSCRIPCION

Los imperios de la Edad del Bronce
Desde el neolítico, el mundo civilizado conocido se limitaba a… o se extendía por estas cuatro zonas: las cuencas de los ríos Tigris y del Eufrates, el Levante, el Nilo y el mediterráneo oriental, más precisamente alrededor de Creta. En esa zona -como dicen los anglosajones- “sucedían las cosas” y –entre otros eventos– se creó la escritura y nacieron las primeras ciudades de las que se tiene noticia: Çatal Hüyük en Turquía y Jericó en Judea. Se desarrolló la metalurgia alrededor de la aleación del cobre y del estaño, dando como resultado lo que conocemos como la Edad del Bronce.
Para los efectos de este breve discurso tomaré como evento inicial de la Antigüedad del Bronce la unificación de Egipto bajo el Cetro del Faraón Menes y la fundación de su capital Menfis. Y tomaré como evento final la Batalla del Delta del Nilo en la que el Faraón Ramsés III derrotó a los Bárbaros (que duró 2925 – 1178 AdC)
En esa época y en esas zonas precisamente, por lógica consecuencia, florecieron las primeras civilizaciones imperiales: el Imperio Egipcio (3000 AdC), la civilización Minoica (2700 AdC) y el Imperio Acadio (2300 AdC).
La cadena de eventos que se me antoja más relevante de este período -claro- es la consolidación de Egipto como la potencia hegemónica del mundo conocido, cuyos territorios llegaron a abarcar hasta Siria y su influencia religiosa, científica y cultural no conoció límites. No en balde el edificio conocido más alto del mundo durante más de cuatro milenios era suyo. Todos los sabios iban a sus templos religiosos a aprender los rudimentos de la agricultura, matemáticas y astronomía. Los orígenes de lo que después se conoció como civilización griega, se reducen en última instancia a una influencia civilizadora y pseudocolonial egipcia.
Él imperio Acadio, con Sargón, -como dijimos en el capítulo precedente- fue el primer imperio que reivindicó para sí el logro de conquistar todo el mundo conocido. Llegó a conquistar desde la desembocadura de los ríos Tigris y Eúfratres en el Golfo Pérsico hasta el mediterráneo.
Eventualmente el Imperio Acadio fue sustituido (después de un breve interregno de ciudades sumerias) por el Imperio Babilónico (1800 AdC) el cual a su vez fue reducido a cenizas por unos bárbaros de los hablaremos en el capítulo siguiente.
Por su lado, la civilización Minoica llegó a edificar un imperio marítimo-comercial de grandes proporciones que iban desde Sicilia hasta las costas de Asia Menor. Una titánica erupción volcánica, y los mismos bárbaros que hemos mencionado le pusieron fin.
Estos imperios primigenios (el Egipcio, el Minoico, y el Acadio – Babilonio) se conocieron y comerciaron entre ellos, intercambiando bienes, cultura y sabiduría. A veces, también combatían entre ellos.
El florecimiento de estas primeras culturas imperiales no excluía –por supuesto– la existencia de culturas periféricas que sólo excepcionalmente eran tan civilizadas como el centro (caso de los los Hititas, los Micénicos y los nacientes Asirios). La mayoría de los otros pueblos periféricos eran marginales y –relativamente hablando– de escaso valor humano y cultural. Con contadas excepciones, eran bárbaros.
El Reino Hitita (con base en lo que ahora se conoce por Turquía) , también se ganó –al final de esta etapa– un puesto entre las grandes potencias llegando a un virtual empate militar con los Egipcios a raíz de la famosa batalla de Kadesh.
Así, luego de esa batalla, el mundo conocido, la Ecúmene, estaba dividida como apreciamos en este mapamundi.
A pesar de que la humanidad había sorteado los peligros de la extinción, su panorama no era halagador. Los seres humanos, sin faltar éxitos impresionantes, no habían podido evitar irse encarcelando, cautivos en una gran mazmorra cultural y espiritual de dimensiones planetarias. La civilización, con todo y sus luces, pulsaba en tinieblas y en sombras de muerte. La esclavitud, la poligamia, la prostitución forzada, el despotismo de la violencia arbitraria y la crueldad y los sacrificios humanos eran los grilletes que sujetaban al hombre por doquier. Estábamos como Prometeo encadenado.
“Yo Soy el que Soy”
Dios no abandonó al mundo en manos del demonio y de las fuerzas disolventes que lo estaban transformando en un infierno terrestre. En la medida en que Éste ejecutaba, por medio de causas segundas, con mano firme y suave el plan maravilloso al que nos referimos en el primer capítulo de estos discursos, por vías indirectas y naturales sostuvo el cultivo (incluso a nivel institucional) de las virtudes necesarias para preservar a la humanidad de su autodestrucción.
Pero también, y esto es más relevante, por vías más directas irrumpió como protagonista de pleno derecho en la Historia –incluso milagrosamente– al escoger a un pueblo (el judío) para que salvaguardara sus tradiciones incólumes y que le recordarían -a toda la humanidad- Su existencia, el origen del hombre, el orden moral por Él decretado y sus promesas de enviarle al Ungido, al Mesías, al Χριστός.
Así, Dios dotó a su pueblo escogido de una biblioteca de bellos libros inspirados por Él, más o menos extensos, en donde se recogieron fielmente las tradiciones orales que en otros pueblos se habían tergiversado u olvidado, revelaciones de parte de Dios, y en donde podían leerse las profecías más significativas sobre el inminente Mesías.
Esta es la razón fundamental por la que las Sagradas Escrituras son documentos aún más valiosos que la Ilíada, que la Epopeya de Gilgamesh o que los Vedas, para la comprensión de la Historia de la humanidad. Las religiones védicas y el imperio sumerio fueron flor de un día mientras que las instituciones y los pueblos protagonistas de la Biblia, a varios milenios de su origen siguen vivitos y coleando.
Por las razones que ya hemos apuntado, no cualquier hombre de la Antigüedad podía elevarse hasta comprender con claridad la promesa del Mesías. Por eso Dios, por medio de los profetas, puso de manifiesto a los hombres detalles sobre el Χριστός y sobre su misión. El período de las profecías mesiánicas abarca miles de años, partiendo de nuestros primeros padres Adán y Eva hasta la época próxima a la llegada del Ungido al principio de nuestra era.
Ero Cras
En los libros que Dios inspiró a los judíos se hallan varios centenares de profecías referentes al Mesías. Los que más escribieron sobre el Mesías son Moisés, el rey David y los profetas Isaías y Daniel. Me limitaré a señalar que fueron profetizados el tiempo de Su venida (Daniel 9:25); que nacería en Belén (Miqueas 5:2); que nacería de una virgen (Isaías 7:14); y que –tal como expliqué en el primer discurso de esta serie– el Χριστός sería Dios hecho hombre (Isaías 9:6).
Hay que reconocer que el pueblo judío, al defender con uñas y dientes su legado recibido directamente de Dios, no era el más popular de los pueblos. Llegó a estar esclavizado bajo la férula de los faraones hasta que lograron salir en el éxodo hacia sus tierras en el final de la Edad del Bronce.
No resultaban simpáticos, al contrario: su tozuda negativa a disolver a su Dios verdadero en los inciensos de los panteones politeístas le granjeó la enemistad y hostilidad de casi toda las potencias vecinas, que los invadieron y pretendieron aniquilarlos una y otra vez, sin éxito.
En todo caso lo que esta animadversión causó a la larga, fue la diáspora del pueblo judío quien se llegó a instalar sólidamente en casi todas las importantes ciudades de la Ecumene, desde las columnas de Hércules en el extremo occidente hasta los confines del imperio persa al oriente. Su comunidad más numerosa se estableció siglos después en Alejandría, que en su momento llegó a ser la capital del intelecto de la civilización pagana.
El diluvio de hierro
Con el equilibrio logrado por los Imperios de los que en este capítulo hemos hablado parecía haberse logrado un ambiente de paz bastante aceptable, interrumpido sólo por breves enfrentamientos entre grandes potencias o pequeños zipizapes entre culturas o ciudades periféricas.
De manera inesperada, uno de estos zipizapes, protagonizado por la ciudad de Troya –epítome de la civilización lograda hasta esa época– y a la sazón vasalla del imperio Hitita, dio al traste con este equilibrio. Las razzias piratas con el propósito de raptar mujeres en ciudades o costas extrañas eran moneda común en los márgenes más alejados de los centros civilizados, debido -probablemente- a un instinto biológico que pugnaba por romper las ataduras de la endogamia todavía imperante en esos ambientes. Y Herodoto -el primer historiador del que se conservan registros- nos hace notar en su obra magna que esos raptos solían provocar frecuentes guerras. Pues es el caso que debido a uno de estos incidentes, Troya fue destruída por los micénicos-griegos.
La ciudad de Troya era garante de toda la seguridad del comercio que pasaba por el Bósforo y era escudo eficaz contra salvajes y agresivos bárbaros que empujaban desde el norte y el occidente. Caída la ciudad de Troya las esclusas de la barbarie se abrieron y un pavoroso cataclismo cayó sobre la civilización y terminó con la Edad de Bronce.
Estas incontenibles invasiones bárbaras, fueron como un segundo diluvio universal, causado por los hombres mismos, que sepultó los rescoldos de la cultura y de la civilización bajo un espeso y extenso campo de cenizas. Tinieblas y sombras de muerte que tardarían tres siglos en disiparse. Hablaremos de estos salvajes destructores -los pueblos del mar- en el siguiente capítulo de esta serie.
Pero antes de caer, Troya nos brindó el más glorioso ejemplo de bravura que hayan conocido hasta ese entonces los siglos. Nos brindó a Héctor, quien a sabiendas de que Aquiles era indestructible decidió combatirlo cara a cara valientemente, sabiendo que iba a morir. Una lección -real, amigos, real-conmovedora y edificante cuyos frutos veremos con persistencia a lo largo de la Historia doquiera la humanidad, la cultura y la civilización hayan estado en peligro. El espíritu de Héctor, al finalizar la Edad de Bronce, hizo posibles después Las Termópilas, Issos, Zama, Los campos cataláunicos, Poitiers, Otumba y Lepanto.

La orgullosa ciudad del hombre

30 agosto, 2015

Después de ocho años de escribir bajo el pseudónimo “JC Conde de Orgaz”, desde hace quince días estoy publicando con mi verdadero nombre, José Carlos Parada.

Luego de haber revisado los orígenes del ser humano en un primer vídeo, en el que no rehuímos describir las causas y efectos de la primera revolución de la humanidad (el pecado original), pasamos, la semana pasada a discurrir sobre los fundamentos espirituales de las culturas antiguas. Fundamentos que se desarrollaron en lo que ahora llamamos el Neolítico. Así, pudimos en ese segundo vídeo, apreciar la génesis de los politeísmos y los distintos tipos de religiones paganas que sirvieron de base a la construcción de las primeras civilizaciones.

En esta ocasión los invito a que discurramos, en un tercer vídeo que solo dura 13 minutos, sobre los pilares antropológicos y políticos de las primeras civilizaciones. Echémosle un vistazo profundo e incisivo al surgimiento de las principales instituciones sociales de la Antigüedad: el esclavismo, la poligamia y otros.

Tomen asiento y acompáñennos:

TRANSCRIPCION

El camino de la insignificancia
Aquí es oportuno recordar lo que decíamos: que debido a las heridas psicosomáticas profundas que el pecado original había ocasionado en la estructura más íntima de los hombres y de su descendencia, éstos se sentían (y nos seguimos sintiendo) más inclinados a hacer el mal, que a hacer el bien…
Más inclinados a la pereza que a la laboriosidad; más proclives a la crueldad y a la venganza que a la mansedumbre y al perdón; más tendientes a la dispersión y al exceso que a la concentración y a la moderación; más prestos a la lujuria, a las aberraciones y a la destemplanza que a la castidad y a la sobriedad.
Como consecuencia de ello, las sociedades, desde sus organismos más básicos (la familia y la aldea) hasta sus entes de poder más supremos, tendieron casi irremisiblemente a constituirse y a desarrollarse sobre todo sobre la base de los vicios y no sólo sobre la de las virtudes.
Las sociedades, sedentarias o no, tendieron a organizarse encerrándose de manera egoísta en sí mismas, proliferando cada vez más la endogamia, la autarquía reductiva y el rechazo –si no el odio– a los otros. No es de extrañar esta deriva ostruna u onfálica, considerando el salvajismo del ambiente y las duras condiciones de una atmósfera en la que la fuerza bruta era la norma suprema.
El mundo se fraccionó en estancos cuyas fronteras eran literalmente infranqueables.
Siendo que el hombre es un animal social por naturaleza, el mundo tal y como se estaba estructurando, durante el Neolítico, en celdas mínimas desconectadas unas de otras y sin más relaciones que la agresividad y la violencia, se habría dirigido al sofocamiento de todo vestigio cultural y, probablemente, a la reducción de la especie humana a la insignificancia, bordando con la mera supervivencia animal.
No habría habido rutas comerciales, embajadas ni migraciones pacíficas y tal vez llegaría el caso de que se agotaría eventualmente la procreación. La humanidad estaba tomando el camino a la extinción.
La idea imperial como remedio a la extinción
Es, para los inadvertidos, curioso que, precisamente hablando de decadencia y extinción, gran número de tradiciones religiosas recojan en sus poemas el evento destructivo de un diluvio universal, que de hecho ocurrió, pero sobre el que por razones de espacio pasaré de largo. Volvamos al punto…
Providencialmente, la inteligencia y la voluntad humana salieron al paso de esta deriva y se inventó la idea imperial. La vida se abrió paso y, hasta donde sabemos, fue Sargón el primero que decidió gobernar sobre todo el mundo, rompiendo siglos de inercia pueblerina, creando el imperio sumerio. En África se confederaron -por las buenas y sobre todo por las malas- las comunidades a las orillas del Nilo y terminó erigiéndose el imperio egipcio.
Sólo en estos amplios espacios imperiales –abiertos con el uso de la fuerza para romper las cadenas del ensimismamiento– encontró la civilización y la cultura un caldo de cultivo suficiente para brotar y crecer.
Nos digan lo que nos digan los pacifistas y los revolucionarios de cafetín de nuestro siglo, los imperios y la civilización creativa van de la mano. Y es que es difícil siempre separar el grano de la paja, así que el vigor de los vicios iba siempre entrelazado con la energía de las virtudes sociales. La naturaleza del hombre estaba sólo caída, dañada, no aniquilada. De esta manera, algo tan burdo como un imperio, servía inconscientemente a los planes de Dios para la futura llegada del Χριστός (Christós).
El reino de Lucifer
Pero, con idea imperial desplegándose o no, el poder ad intra y la convivencia se organizaron –desde casi el principio de los tiempos– casi siempre alrededor de los pilares del orgullo elevado a su más aborrecible expresión; alrededor del afán sin límite de riquezas; y sobre todo alrededor de la búsqueda sin freno del poder y del placer sensual.
De la conjunción de estos explosivos ingredientes, más que engendradas, fueron vomitadas instituciones aberrantes como la esclavitud, que se desarrolló a escala planetaria; la poligamia y la prostitución, que aplastaban a la mujer y especialmente a las viudas y a las niñas hasta convertirlas en la hez de la sociedad; la sodomía como artículo de pedestre lujo; y el infanticidio realizado en monstruosas proporciones que se combinó como guante a la mano de los sacrificios humanos.
En un ambiente tan infernal como ese, las rebeliones habrían estado –incontenibles– a la orden del día, si no hubiese sido porque se aplicó, desde el poder constituido, una represión tan permanente como cruel y despiadada, que para imaginárnosla –aunque sea sólo imprecisamente– debemos acudir a los peores genocidios del siglo XIX y del XX (el de la Revolución Francesa, el de Mao Tsé Tung, el de Lenin y Stalin, y otros no por menos sangrientos y publicitados, menos terroríficos).
Compendio y rito culminante de esta brutalidad inicua es la crucifixión. Método de tortura y de ejecución inventado por los tenebrosos Asirios, quienes institucionalizaron en una macabra mitología el culto al demonio y a sus ángeles caídos. La crucifixión fue adoptada después por los fenicios y por sus hijos cartagineses, quienes por cierto llegaron a ser la más sofisticada cultura hegemónica del Mediterráneo, arquetipo de lo peor y de lo más eficiente del mundo pagano. Posteriormente, también los Romanos adoptarían la crucifixión y actualizaron sus más repugnantes y salvajes potencialidades.
En este marco tan sádico, el politeísmo fue llamado a jugar un papel añadido y distinto al de “religador” con las deidades, un papel no menos visible en la Antigüedad.
Desde el origen de la humanidad, el gobierno de las sociedades en el estado de naturaleza caída, se movió por cauces pragmáticos que tenían que ver –fundamentalmente– con la consecución, guarda y expansión del poder rector, con la comida de los súbditos (para evitar las rebeliones a las que nos referíamos), los tributos (para pagar la represión de rebeliones y la agresión permanente de los vecinos siempre hostiles), el comercio, el amacenaje de vituallas y riquezas.
La primera ideología revolucionaria
Esos factores de decisión política –universales en el tiempo y en el espacio– no son atractivos ni poéticos cuando son ejercidos –como era la norma– de modo despótico, más bien producen ciertamente el rechazo de las masas. Y los grandes de la tierra cayeron en la cuenta que al uso indiscriminado de la fuerza había que añadir el factor estético como pieza fundamental del ejercicio del poder: a los súbditos debe parecerles “bello” obedecer, someterse y pagar tributos. De lo contrario la unidad política se disuelve y el poder cae. La crueldad, la avaricia y la ambición descarnadas, a la larga, sólo producen rechazo.
Así que durante más de tres milenios, desde la invención de la rueda y de la escritura allá por Uruk, el aspecto poético de la justificación del poder la pusieron las leyendas, el paganismo y la superstición (de lo que pasó antes de la escritura, por lo general sólo podemos especular cuando faltan tradiciones orales fiables, aunque todos los indicios nos sugieren que no debió ser diferente). Había que obedecer al príncipe, no porque fuera un conspirador consumado, un cruel, un avaricioso y un gran canalla. Había que obedecerlo porque era “descendiente directo de los dioses”… Y allí cumplían su nuevo papel las supersticiones, el paganismo y las leyendas. Los paganismos, casi sin excepción, crecían sometidos al poder político, como si fueran uno más de sus recursos.
No hay que perder de vista, que tal “poesía”, tales mitos, tales justificaciones, eran sólo eso: justificaciones y factores de unidad comunitaria. Difícilmente llegaban a establecer límites al ejercicio del poder.
Sólo en dos lugares se fue a contracorriente de esta lógica del poder ilimitado ungido por la mitología: los griegos en occidente y los judíos en oriente. Pueblo éste último que no se cansaba de rezar y suplicar día y noche por la urgente venida del Χριστός

La Conjura de Cronos

24 agosto, 2015

Después de ocho años de escribir con el pseudónimo “JC Conde de Orgaz”, desde la semana pasada estoy publicando con mi verdadero nombre, José Carlos Parada.

Comenzamos con una serie de cortos audiovisuales titulados “Alfa y Omega” cuyo primer capítulo de 20 minutos fue una escueta aproximación al origen de la humanidad, y una somera explicación de por qué el ser humano es como es. También hablamos de la relación del hombre con Dios y de cómo y por qué Éste nos prometió la llegada del Χριστός (el Ungido). Asimismo discurrimos de por qué tardó tanto en venir el Cristo y dimos un par de brochazos para figurarnos en qué consistió “la plenitud de los tiempos”.

Hoy los invito a ver el vídeo de la segunda parte titulado “La Conjura de Cronos” -y que dura solo 14 minutos- en donde discurriremos sobre los fundamentos espirituales de las civilizaciones antiguas, desarrollados durante el período que solemos denominar como Neolítico.

Tomen asiento y acompáñennos

TRANSCRIPCION

El innombrable

Tomaría muchos siglos el alcanzarse la plenitud de los tiempos. Si bastan tres generaciones para que a nosotros nos resulte imposible reconocer a los primos lejanos en medio de discordias familiares, no es de extrañar que en estas cada vez menos pequeñas migraciones del comienzo de la humanidad, el planeta se fuese poblando de comunidades que empezaban a verse unas a otras como extrañas, si no como enemigas.
Esta fragmentación era más acusada en la medida en que la tradición de lo sucedido, de lo por venir y del común origen, se iba desestimando y traicionando.
La idea de un Dios providente, trascendente y amoroso con quien se estaba en deuda, fue perdiéndose, desvaneciéndose… y los corazones de los hombres se precipitaron en la idolatría de sus bajas pasiones o de dioses metafóricos que sólo vagamente recordaban al Verdadero.
Así surgió el paganismo, la idolatría y el politeísmo, al ritmo del desplome de la inteligencia y de la voluntad humanas en los abismos del error y del vicio.
La idea de un Dios único, infinitamente perfecto, trascendente, creador, amoroso y providente no fue entonces el final de un proceso evolutivo, sino todo conduce a concluir que la certeza original sobre su existencia fue obliterada gradualmente en aras de novedades sincréticas más ventajosas para el orgullo humano.
Las más completas y desprejuiciadas investigaciones sobre religiones comparadas dejan en evidencia el hecho irrefutable de que las grandes mitologías paganas politeístas tienen todas, casi sin excepción, una especie de telón de fondo que se prefiere poner entre paréntesis: la existencia de un “padre de todos los dioses” o de una “realidad suprema” que evoca el origen común al que me refiero (piénsese en el Nun egipcio, en el Urano griego o el Caelum Romano, en el espíritu creador Altjira de los aborígenes australianos, o en el “Cielo” confuciano).

Los orígenes del paganismo

No es solo el “olvido” del deudor frente al acreedor el que explica el politeísmo pagano, sino también la expansión militar de los pueblos. Al irse agregando las comunidades a la potencia expansiva, el nombre que la localidad le daba al Dios creador se iba sumando al panteón constituido por otros tantos nombres que solían referirse al mismo Dios. Ese fue el caso preciso del paganismo Egipcio, padre de todos los paganismos. Pero también el del sumerio, griego y romano. La diferenciación de lo que en principio era lo mismo –la diferenciación entre esos “dioses” locales– corrió a cargo de sugerentes y –a veces– bellos mitos llenos de poesía y de básica pero errónea filosofía.
Empero, como ya dijimos, casi todas esas novedades religiosas conservaron, más o menos latente, envuelta en un velo de relativo y –a veces– respetuoso silencio, la idea más o menos vaga, de un Dios único supremo y creador de todas las cosas.
Y no es esta la única realidad común que todos los paganismos conservaron, también contamos entre ellas la realidad común del sacrificio.
Todas las religiones del planeta cuentan entre sus ritos el del sacrificio, que consiste en la ofrenda de un animal, frutos vegetales o bebidas que se ofrece a los dioses y generalmente se consumen durante o después de la ceremonia.
Desde los egipcios, pasando por los persas, celtas, los yoruba africanos, griegos, romanos hasta los aztecas y mayas, todos celebraban sacrificios. Algunos de esos pueblos, y no los más atrasados precisamente, llegaron, ya veremos por qué, a practicar sacrificios humanos.
La celebración de dichos ritos sacrificiales, herederos de los ritos primigenios que pretendían –sin duda– simbolizar la satisfacción que se adeudaba por el primer pecado de nuestros padres y que pretendían preanunciar el sumo sacrificio del Christós… La celebración de dichos ritos sacrificiales, decía, fue exigiendo la existencia de personas dedicadas, consagradas, a esos menesteres y así surgió la casta sacerdotal… presente también en todas las nuevas religiones, en todas las latitudes del planeta.

Los tipos de Paganismo

Es necesario, para los efectos de este discurso, señalar que hubo diversos tipos de paganismo. Me referiré en particular a tres: el alegórico poético, el práctico–utilitario y el paganismo demoníaco.

El paganismo poético

De alguna forma el primero de esos paganismos se concentraba en la elaboración y contemplación de los pintorescos mitos que individuaban a cada una de las deidades y que al mismo tiempo pretendían darle una básica coherencia a cada panteón. Esas mitologías, en su calidad de alegorías poéticas solían estar preñadas de una elemental descripción metafórica del origen y de la constitución del mundo.
Por supuesto que estos tejidos de leyendas y de mitos no exigían una adhesión incondicional del intelecto y de la voluntad sino que estaban orientadas a la satisfacción sensible de los hombres. No había tal cosa como un “credo del Olimpo”… Decir “creo firmemente en la existencia de Júpiter y de Marte”, no tenía ningún sentido.

El paganismo práctico-utilitario

Estaba también el paganismo práctico que inclinaba el quehacer de sus diosecillos o “fuerzas” a velar por (u obstaculizar en su caso) las actividades vitales del hombre, desde levantarse en la mañanas, pasando por la comida, el cultivo, la cosecha, la familia, la guerra, el comercio… hasta llegar al sueño.
A veces –no era la norma– incluía unas pocas directrices morales fundamentales para la vida en sociedad. Este paganismo, como el de los romanos o el de los chinos, no solía estar adornado de las espectaculares sagas mitológicas que podemos apreciar en los nórdicos, en los egipcios o en los griegos, por ejemplo. Más bien eran religiones que apuntaban al quehacer diario y estacional.
El paganismo demoníaco
Pero cuando surgía el afán imperioso de manipular en su propio beneficio las fuerzas naturales hasta sacarlas de su cauce, el ser humano aprendió pronto a invocar las fuerzas demoníacas.
Y supo de inmediato que para hacerlas presentes y hacerlas actuar, a estas fuerzas demoníacas, no bastaba con una cándida libación o con una inocente oblación de frutas frescas, era menester hundirse ceremonialmente en las ciénagas más hediondas y profundas.
Así surgió el horrendo paganismo demoníaco que fue el que institucionalizó los sacrificios humanos y glorifíco la sodomía (como el culto a Moloch de los fenicios y cartagineses, o el culto azteca a Huitzilopochtli) o los cultos secretos orgiásticos que surgían como hongos en el oriente o las truculentas tinieblas religiosas de los Asirios y Babilonios.
Estos tres tipos de paganismo, debido a su carácter politeísta, no se presentaban aislados en toda su integridad. Prácticamente todas las comunidades del planeta contaban con alguna dosis de cada uno de ellos, se encontraban en cada caso entretejidos entre sí, pero siempre era uno el que dominaba. El griego era el modelo de un paganismo primordialmente poético; el romano el del paganismo sustancialmente práctico; y el cartaginés y el azteca los paradigmas del demoníaco.

Todavía se clamaba por el Χριστός (Christós)

Vagas, superficiales, desviadas, supersticiosas, erradas, alevosamente falsas, terroríficas en ocasiones, las religiones paganas eran, no obstante, el cauce en que casi la entera humanidad empezó a canalizar –vanamente– su honda, profunda y natural sed de religarse con el buen Dios.
Y digo “casi toda la humanidad” pues no faltaron –hay que decirlo– vigorosos eslabones en la transmisión de la verdad original –o mentes geniales y heroicamente honestas como nenúfares en el pantano– que buscaban con valentía la Verdad en medio de la confusión y que en el mejor de los casos seguían fieles, sin paliativos, al verdadero Dios de nuestros padres.
Aludo a los patriarcas antediluvianos y –más tarde– a personalidades como Jenófanes, Amenhotep IV, Séneca, Aristóteles, Platón y muchos más.
Siglos después de aquella nefasta revolución, en lo que ahora llamamos el Neolítico, todavía había quienes –no habiendo perdido del todo la brújula– desde lo más profundo de su corazón, velada o abiertamente, conscientemente o no, suplicaban con harta sed algo así como esto:

La primera Revolución

17 agosto, 2015

Como les dije hace unos días, acontecimientos personales, nacionales y mundiales recientes han dado por finalizada mi necesidad de escribir desde el anonimato. Así que ya no usaré más mi pseudónimo “JC Conde de Orgaz”. A partir de hoy seguiré escribiendo estos discursos con los temas de siempre, con mi verdadero nombre: José Carlos Parada.

Aunque, más que escribirlos, los conversaré con ustedes a través de pequeños audiovisuales que espero tengan una duración promedio de 15 minutos. El vídeo con el que empezaremos este nuevo caminar, por razones excepcionales dura 20 minutos. Espero que no les parezca intolerablemente largo.

Es mi pretensión, de ahora en adelante, hacer un recorrido por la historia de la humanidad desde sus orígenes hasta la actualidad. Espero les guste y que sepan pasar por alto varios defectos técnicos propios de una obra hecha con medios insuficientes y caseros. Les recuerdo además que sus comentarios son bienvenidos.

TRANSCRIPCION

En la aurora de la humanidad, en los comienzos de la especie humana, cuando la población mundial ascendía sólo a dos, los seres humanos se rebelaron a una en contra de Dios –su Creador– rechazando sus dones y el llamado que Éste les hizo a participar de su vida divina.
Desde nuestro moderno ambiente de comodidades superfluas, lecturas inexistentes o frívolas, pantallas y tonterías, nos es difícil, francamente arduo, hacernos una idea –ni siquiera una vaga– del impacto deletéreo que tal rebelión significó para la humanidad en su conjunto y de lo calamitosa que fue esa catástrofe para el universo creado. Así como todos aún llevamos al ADN mitocondrial de nuestra primera madre, Eva, también cargamos cada uno de nosotros con las fatídicas consecuencias de ese primer motín antinatural.
Entre otras nocivas secuelas, esa afrenta a Dios por parte de nuestros primeros padres descompuso nuestra biología, alteró de modo pernicioso nuestra equilibrada relación con el entorno, con el mundo creado, y perturbó profundamente el dominio que nuestra mente debía ejercer sobre nuestro cuerpo y sobre las facultades mentales inferiores (como la memoria y la imaginación). A raíz de este funesto suceso hemos quedado más inclinados al mal que al bien. Lo peor de todo es que nos privó de la participación de un gratificante nivel de vida superior: el sobrenatural.
Estábamos condenados. Preferimos –como humanidad– en ese momento, vivir como enemigos del buen Dios.
A pesar de los datos que la Revelación nos brinda no logro imaginarme –supongo que es imposible hacerlo con precisión– cómo habrá sido esa “Edad de Oro”, ese paradisíaco lapso previo a esa revuelta antinatural que hoy llamamos pecado original. Pero las primeras generaciones inmediatamente posteriores a nuestros primeros padres sí que se lo imaginaban claramente gracias a las vívidas descripciones y relatos que nacían en la boca de esos dos dolidos patriarcas. Digo dolidos pues, inmediatamente después de la caída, nuestros primeros padres se arrepintieron del colosal error que cometieron. ¿Por qué esa compunción no bastó para restituir el estado original de gracia y para empezar de nuevo como si nada?

Un callejón sin salida

Veamos por qué no bastaba. Si le hacemos un desaire a alguien, eso está mal. Pero si ese “alguien” no es cualquiera sino un amigo muy cercano que, además, nos acaba de salvar la vida (por ejemplo), el mismo menosprecio sería mucho más grave. La gravedad de nuestras acciones morales no dependen –por tanto– sólo de nuestra intención, sino también de la objetividad de las circunstancias. En el caso de las ofensas, la gravedad de éstas dependen de la dignidad del ofendido.
Pongamos otra analogía: la gravedad del daño que causo al lanzar una piedra no sólo depende de mi intención y fuerza al lanzarla, sino del valor del objeto que quiebro con la piedra. Si lo que rompo es el cristal de una ventana, con pedir disculpas y repararla equilibro la situación, pero si lo que se destroza es un jarrón de porcelana de la dinastía Ming con una enorme dosis de valor sentimental para el propietario, compensar la pérdida, equilibrar la situación, reparar el daño, probablemente exceda nuestras fuerzas y, aún cuando fueran aceptadas, nuestras disculpas no ayudarían mucho a olvidar del todo el asunto. Es de justicia reparar el daño causado, y Dios, que no es un ente arbitrario y enloquecido, piensa y actúa en las coordenadas de la justicia pues es infinitamente justo.
La humanidad, por tanto, al haber cometido una ofensa a Dios (de dignidad infinita) cometió un acto de gravedad infinita. Por otro lado, los daños de la misma acción eran de suyo –por la misma razón antes apuntada– infinitos. De lo anterior se sigue que para reparar el daño cometido –que es lo que exige la justicia– se necesitaba un arrepentimiento, una compensación, una satisfacción de carácter igualmente infinito. Y tal cosa era –es– imposible por parte de los seres humanos pues estos son, por naturaleza, finitos, limitados en su ser y en su actuar. En resumidas cuentas estábamos en un menudo problema causado por nosotros mismos, pero que no podíamos resolver por nuestras propias fuerzas. Además, los destrozos causados por el pecado original nos habían dejado, como especie, sometidos al Demonio (sí, amigos, el Demonio existe).

“Él aplastará tu cabeza”

Dios, infinitamente justo pero también inconmensurablemte misericordioso, decidió acto seguido resolver el embrollo. Porque hay que aclarar que esa idea macabra pero tan en boga de un Dios frío, distante e indiferente a sus criaturas, es sólo una caricatura sin fundamento racional suficiente creado por filósofos empiristas del siglo XVIII y vulgarizado para consumo de las masas por Voltaire y otros de su calaña, una caricatura muy distinguida por su origen, tal vez, pero vulgar, burda y desesperanzadora en su lógica interna. Dios –que en realidad es amor infinito– decidió aceptar el arrepentimiento de sus criaturas y se ofreció para pagar Él mismo el daño ocasionado por las ofensas de los hombres.
Pero para que la satisfacción, para que la reparación del daño, para que el rescate pagado fuera justo, éste debía proceder del ofensor (el ser humano mismo), por lo que Dios decidió asumir la naturaleza humana y hacerse un hombre como nosotros, para poder actuar así en nuestro nombre con toda legitimidad. Así, una Persona que sería plenamente Dios y plenamente hombre al mismo tiempo, en representación del género humano al que pertenecería, pagaría con su omnipotencia propia de su naturaleza divina, el rescate infinito necesario para salvarnos, redimirnos de la esclavitud del pecado y del Demonio, y abrirnos las puertas de la vida sobrenatural de nuevo.
Con este propósito, Dios prometió, poco después de rayar el día de la humanidad y consumado que fue el pecado original, la futura llegada de un Salvador, de un Ungido… del Χριστός (Christós). Adán y Eva después de probar el fruto prohibido escucharon cómo Dios dijo al Demonio, que tomando el aspecto de una serpiente había instigado a la rebelión:

“Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tú le morderás el calcañal”
(Gen. 3:15).

Así Dios condenó a Lucifer y aceptó el arrepentimiento de nuestros antepasados prometiendo que llegaría el día en el que un descendiente de “la Mujer” aplastaría la “cabeza” del Demonio que indujo la revuelta humana. Es interesante cómo se refiere al Mesías como “linaje de la mujer,” lo que nos preanuncia suu milagroso nacimiento de “la Mujer” que concibió al Mesías sin participación de hombre. Esto se deduce de la antigua costumbre de llamar a los descendientes según el padre y no la madre.

Larga espera de la mano de la tradición

Estos relatos sobre la Edad Dorada, el amanecer y la caída del hombre, la expulsión del paraíso y la promesa de un Mesías, de un futuro redentor, se fue transmitiendo verbalmente de generación en generación en la medida en que nuestra especie humana iba recorriendo los caminos y poblando la tierra. De nuevo: es difícil para nosotros –estranguladas como están nuestras inteligencias por las pantallas digitales, los cables y el wi-fi– es difícil, decía, que nos hagamos en nuestras circunstancias una idea correcta de la solidez y confiabilidad de la tradición oral llevada a hombros por la memoria de los poetas y cantores.
Esta tradición de estos relatos y de otros habría llegado hasta nosotros con fidelidad digital, si no fuera por la debilidad del espíritu humano y su naturaleza caída con toda la inclinación a la soberbia y a las cosas pedestres y malas que conlleva. La naturaleza caída nos hace incómodo estarnos enfrentando constantemente con nuestras deudas, errores y defectos. Así que esta tradición fue olvidándose, dejándose de lado paulatinamente y ocultándose tras versiones en las que la imagen de Dios se edulcoraba o se eclipsaba tras mitos más convenientes al libertinaje y a la vanidad humanas.
Y es que entre la promesa del Salvador y su llegada pasó mucho tiempo. No debe extrañarnos eso, pues la llegada del Mesías estaba orientada a restaurar la delicada constitución más íntima del ser humano como especie, tanto en su espíritu como en su cuerpo, como ya lo he indicado, lo que implicaba también la redención de un transtorno cosmológico, pues el hombre había sido creado como cúspide del universo material.
Pero, más importante que ello, la venida del Redentor tenía relación directa con la dignidad de Dios, que había sido afrentada y que, como ya hemos dicho, es de proporciones infinitas y que hacía conveniente que Dios se hiciese Hombre en una misma y sola Persona que conservara intactas simultáneamente su naturaleza divina y su naturaleza humana. Esa operación, por llamarla así, ameritaba una logística –hablando en términos terrestres– de dimensiones olímpicas. Como diría después un profeta, era necesario
“…trazar un plan maravilloso, llevar a un gran acierto…”
Isaías, 28:29
La plenitud de los tiempos
En todo caso no se trataba de soplar y hacer botellas. Asimismo, la misión del Dios hecho Hombre, del Χριστός, en la Tierra –una vez estuviere con nosotros– iba a significar el despliegue complejo de múltiples actividades que en su conjunto constituirían la más importante y emocionante aventura de todos los tiempos. Para que tal aventura redentora encontrara un campo fértil en la humanidad, que por supuesto debía acogerla voluntariamente, ésta debía encontrarse en su punto.
La humanidad debía, antes de la llegada del Χριστός, desarrollar hasta sus más altas expresiones posibles todas y cada una de sus facultades.
En cuanto a su facultad de procrear debía haber, hasta cierto punto aceptable, henchido la Tierra. Sus facultades intelectivas debían haber intentado alcanzar la verdad en los diferentes dominios del saber hasta donde sus propias fuerzas naturales –heridas– se lo permitieran. El ejercicio de su voluntad debía ya estar familiarizada con los fantásticos extremos de lo imposible. La sensibilidad humana, después de haber recorrido el mayor número de caminos posibles en su búsqueda de lo estético, debería ser capaz de elaborar un mapa mental comúnmente compartido sobre lo bello. El dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, debía ya para el tiempo de la Venida, haber sufrido las suficientes derrotas y haber experimentado los suficientes éxitos como para que la humanidad –orgullosa de las facultades dadas por Dios, estuviese lista para un nuevo comienzo. Y finalmente debía imperar, hasta donde las débiles fuerzas del hombre le permitieran, debía reinar la paz, lo más intensa y extensamente posible.
En suma, había que preparar, y esperar, la plenitud de los tiempos.

La muerte del Conde de Orgaz

9 agosto, 2015

He estado comunicándome con ustedes, estimados amigos, desde el año 2007 (en el finado blog La Terminal) y, desde el 2010, desde esta bitácora “La Sala de la Signatura”, bajo el pseudónimo “JC Conde de Orgaz”. El nom de plume respondía a que precisamente la famosa pintura del Greco, “El entierro del conde de Orgaz”, es una de mis obras de arte preferidas.

Pues resulta que acontecimientos personales, nacionales y mundiales recientes han dado por finalizada la necesidad de escribir desde el anonimato. Así que tengo el pesar de comunicarles el sensible fallecimiento de “JC Conde de Orgaz”.

Su sepelio tendrá lugar en esta misma bitácora el próximo miércoles (12 de agosto), día a partir del cual seguiré escribiendo estos discursos con los temas de siempre, con mi verdadero nombre y apellido.

Al mismo tiempo quiero anunciarles mi deseo de relanzar -si Dios quiere- con nuevos bríos este blog con un formato audiovisual a partir del próximo lunes 16.

FIN

La Resurrección según Juan Sebastián Bach: Cujus Regni Non Erit Finis

5 abril, 2015

Contenidos

  1. La victoria sobre la muerte en una trenza de celestiales coros
  2. La apoteosis diadeveras

«…Para descubrir la naturaleza humana hasta que sus atributos divinos sean revelados, para insuflar las actividades ordinarias con fervor espiritual, para dar alas de eternidad a lo más efímero; para hacer humano lo divino y divino lo humano; tal es Bach, el más grande y puro momento de la música de todos los tiempos…»

Pablo Casals

La victoria sobre la muerte en una trenza de celestiales coros

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En el Resurrexit de la Gran Misa Católica en Si Menor BWV 232 de Juan Sebastián Bach, lo que se respira es majestuosidad exultante. Escuchemos su introducción (13 segundos de audio):

La euforia optimista, la alegría y la felicidad son los distintivos propios de esta pieza. ¿Y cómo no iba a ser de así, si lo que se canta es la resurrección victoriosa del Χριστός sobre el pecado y la muerte?

El Resurrexit cuenta con sus propias fugas vocales (la entrada sucesiva de diferentes voces hasta juntar un haz coral coordinado) pero, por la temática, estas fugas se encuentran pletóricas de alborozo y celebración. Escuchemos la fuga en la que dice “y resucitó al tercer día” (Et resurrexit tertia die). Al principio entra el grupo de bajos dicendo et resurre… y se quedan sosteniendo la e. Luego entran los altos de igual manera. Posteriormente se adjuntan los tenores y finalmente (un grupo tras otro) los dos coros de sopranos se unen sucesivamente.

Se corona ese segmento con un borbotón (de todas las voces juntas) cantando resurrexit tertia die, no exactamente con los mismos tiempos, pero todos terminando perfectamente sincronizados. Escuchemos cómo se van acomodando gradualmente señoriales, sublimes y festivos coros (19 segundos de audio):

Ya he dicho varias veces que esta parte (Resurrexit) es mi preferida de toda la Misa en Si Menor de Bach, pero no es por que tenga un buen oído (de ninguna manera puede ser por eso) sino más bien al contrario. Sumergirse en el verum de una pieza musical es más complejo de lo que parece.

Lo cierto es que con un conocimiento promedio de música, es natural que uno se sienta más atraído hacia las tonadas movidas que hacia las tranquilas. Sin embargo –por supuesto– hay más bajo la superficie.

La apoteosis diadeveras

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Escuchemos (y veamos ahora) la fiesta de coros que Bach le dedica al momento culminante de la Resurrección de aquel Niño Jesús que –habiéndose encarnado por nosotros– sufrió y murió en la Cruz.

Total que la Resurrección es el final de la trayectoria terrena del Christos que inició con la Encarnación.

La letra en español va así:

Y resucitó al tercer día,
según las escrituras.
Y subió al cielo,
está sentado a la derecha del Padre.
Y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y a muertos
y su Reino no tendrá fin.

En latín sería:

Et resurrexit tertia die,
secundum scripturas.
Et ascendit in caelum,
sedet ad dexteram Patris.
Et iterum venturus est cum gloria
iudicare vivos et mortuos,
cuius regnit non erit finis

Escuchemos y veamos (3 minutos y 29 segundos de vídeo).


La pieza tiene varias partes que –aunque ya de por sí empiezan con una mayestática festividad– se van escalonando en clímax hasta que alcanzan su momento culminante entre (2:31) y (2:53).

Feliz y santa Pascua de Resurrección.

«…Cuando los Angeles le interpretan música a Dios, ellos ejecutan a Bach. Para cualquier otro, tocan a Mozart….»

Sir Isaiah Berlin, Filósofo e Historiador de las Ideas

FIN