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El eslabón perdido de nuestra independencia (IV) Liberales y jansenistas

9 noviembre, 2016

Instrucciones MuestraDe cómo los contenidos de un documento de 196 años de antigüedad, olvidado por los historiadores, nos brinda valiosas pistas sobre las fuentes intelectuales de las que bebieron los próceres de la independencia de El Salvador y de Centroamérica.
Transcripción
Menos de un año antes de firmarse el acta de independencia de Centromérica, el Ayuntamiento Constitucional de San Salvador, por mano de don Mariano Gómez su secretario de Actas y siguiendo pautas muy precisas por parte del procer de nuestra independencia, José Matías Delgado, redactó este documento de 14 páginas -olvidado por nuestros historiadores- muy indiscreto y revelador, que arroja luces inéditas sobre las fuentes intelectuales de las que bebieron las mentes de nuestros héroes de la independencia.
Es, podemos llamarlo así, el eslabón perdido de nuestra independencia que pone al descubierto los planes de nuestros próceres y nos ayuda a derribar muchos mitos relacionados con ellos y sus circunstancias históricas.
Bienvenidos a Alfa y Omega, la serie de videos sobre Historia del blog La Sala de la Signatura.
Esta es la cuarta parte de nuestra serie especial sobre la Indepen-dencia de Centroamérica.
Las perspectivas desde las cuales debe abordarse el estudio de este documento de las instrucciones, el eslabón perdido de nuestra inde-pendencia, no deben ser dictadas por prejuicios o ideas preconcebidas, sino deben surgir del documento mismo.
Para estos efectos hemos hecho una valoración cuantitativa y cualitativa de sus más de 4000 palabras. Eliminando los términos neutros, las preposiciones, los determinantes y las conjunciones, y enfocándonos en los verbos, sustantivos, adjetivos y adverbios más significativos, caemos en la cuenta de que más de la mitad de sus términos tienen una conno-tación económica, distribuidos en un 12% agropecuarios (en los cuales ya nos hemos explayado en los anteriores capítulos) un 10% con connotaciones fiscales impositivas y un resto, 35% de terminología económica en general.
La segunda área más importante es la eclesiástica que agrupa a un 17% de las palabras, seguida por los temas propiamente políticos (15%) y finalizando con los ideológicos (11%).
No es casual que más de la mitad del documente verse sobre la cuestión económica. El recién pasado siglo XVIII había visto nacer a la ciencia económica en forma de tesis fisiocráticas que adquirieron relevancia y se pusieron de moda en la segunda mitad de los setecientos. Tales tesis ponían su enfasis en la producción agrícola, subestimando a la industria y al comercio. Asimismo establecían una curiosa relación proporcional entre la producción agropecuaria y el crecimiento de la población, enfrentados como estaban en Europa a una crisis demográfica, especialmente en la península en donde la despoblación era un problema acuciante.
Estas tesis fisiocráticas afloran de manera natural en los textos de estas instrucciones:

Se aumentará infinitamente la poblacion pues esta siempre está en razon de la sub-sistencia y esta será abun-dantisima teniendo salida la infinita variedad de produc-ciones de estos Partidos
obstruyen el progreso de la agricultura … y causan la despoblacion del Estado

Ese extendido e infundado mito que dice que España tenía a sus colonias hundidas en la ignorancia y el oscurantismo es falso.
Nuestras élites no tenían nada que envidiarle en cultura y conocimientos a los Europeos. La Pontificia Universidad de San Carlos de Borromeo en Guatemala, en donde estudió gran parte de nuestros próceres, era un gran centro de ilustración en América que estaba completamente a la par de las últimas actualidades de las discusiones europeas, con un retardo que correspondía al tiempo que se necesitaba para transportar un libro de Europa a América.
Fray José Antonio de Goicoechea fue uno de tantos intelectuales que abrieron de par en par las cátedras a las ideas ilustradas.
Esta es precisamente la razón por la que no debemos sorprendernos de que en este documento, las tesis fisiócratas mismas se vean superadas. El comercio, uno de los términos más repetidos, se expone de manera positiva, incluso ensalzándolo.
Lo que deja en evidencia el hecho de que las tesis de Adam Smith, el responsable de esa corrección a la plana fisiócrata, era suficientemente conocido en San Salvador y en el Reyno de Guatemala como lo explica con erudito detalle el historiador salvadoreño Dr. Adolfo Bonilla.
Dice este documento

Como sin Comercio no puede haber riqueza y aquel no puede florecer con travas, és indispensable la absoluta libertad

Si a esto le añadimos que entre los términos ideológicos de este documento de las instrucciones los más citados sean; derechos, livertad – liberal, Nacion – nacional, felicidad, igualdad – desigualdad, individuo – individual, no nos costará trabajo entender que estamos ante una élite salvadoreña completamente liberal.
Y con esto no quiero decir homogéneamente liberal, pues tal adscripción ideológica daba cabida a las posturas más disímiles: desde un Saint-Just que creía que la libertad nacía en la guillotina, pasando por un corrupto y moderado Mirabeau, y un delirante universalista como Napoleón, hasta llegar a un inconstante Benjamín Constant o a un soñador Jeremy Bentham,
El traje centroamericano de liberal también era muy amplio. Lo cierto es que contrario a los que afirma el mito que divide a nuestros próceres en liberales y conservadores, estos últimos -los conservadores- no existieron en la época de nuestra independencia.
Sólo había liberales de distintos tonos, y los más exaltados y furiosos solo se quitarían la máscara de moderados, seis años después de la redacción de este documento, con la aparición del “Sátrapa Oriental” como era conocido Francisco Morazán, o, en otros ambientes: “la hiena rabiosa”.
¿Cómo es posible que unas teorías políticas -las liberales en sentido lato- basadas en un concepto epicureísta de la felicidad humana entendida esta como placer al margen de lo sobrenatural, y basadas en conceptos de un deísmo más o menos vago tan alejadas de los conceptos tradicionales de la Iglesia Católica, se manifiesten, en este documento y en los eventos independentistas, abrazados con tanta fruición por el estamento clerical, por sacerdotes como los Aguilar y José Matías Delgado?
¿Cómo se explica que miembros de la jerarquía eclesiástica -que integraban alrededor del 40% de nuestros próceres de la indepen-dencia- sostuvieran conceptos ideológicos que se habían demos-trado tan destructivos en contra de la Iglesia, para lo cual basta echarle un vistazo al genocidio resultante de la revolución francesa solo unos años atrás?
La repuesta a esta interrogante no es simple, pero la encontramos indicada en este mismo documento:

La amortisacion Eclesiastica tan Contraria á los principios de la economía Civil y al Derecho Real, és uno de tantos abusos que obstruyen el progreso…
La piedad mal entendida de los fieles
y la abaricia de muchos Eccleciasticos, asi Regulares, como Seculares, olbidados de la antigua disciplina y de los Sagrados Canones
han causado á la nacion perjuicios que no somos capaces de enumerar;
y si semejantes abusos no se cortan de raiz, llegará infaliblemente la triste epoca de la ruina de la Monarquia.

Este desprecio elitista y supino por la piedad popular, este prurito por señalar abusos en las estructuras eclesiasticas, y esa exaltación idea-lizada por los tiempos primitivos de la Iglesia, son las inequívocas mar-cas distintivas de una anomalía disi-dente muy en boga en el seno de la Iglesia Católica de esa época.
Esa anomalía se llama Jansenismo
El jansenismo estrictamente hablan-do fue un conjunto de proposiciones teológicas heréticas relacionadas con la gracia santificante y con la predestinación sostenidas por Jansenio y Quesnel y condenadas por la bula pontificia Unigenitus en 1653. La secta, llamémosla así por convención, que posteriormente a esta condena se extendió por toda Europa y América, se abstuvo de hundirse en más disquisiciones teológicas o filosóficas y se limitó, puede decirse, a adoptar una pose disidente y eminentemente pragmá-tica en el seno de la Iglesia Católica.
De hecho la producción teológica y filosofica jansenista fue práctica-mente inexistente y se concentraron en cuestiones canónicas (no es casualidad que el presbitero José Matías Delgado fuese doctor en cánones) prefiriendo controversias jurídicas, todas ellas hostiles a la primacía jurisdiccional del soberano pontifice, relacionadas con la potestad y jurisdicción de los obispos; límites de las potestades eclesiástica y secular; regalías y derechos mayestáticos, etc.
Se les llamó jansenistas por extensión, porque se parecían a los solitarios de Port-Royal en que simulaban hasta el extremo una rigurosa austeridad y presumían de celo por la pureza de lo que ellos nostálgicamente llamaban “la antigua disciplina de los primeros tiempos”; adversaban a la soberanía pontificia, pasaban despotricando contra abusos reales o inventados de la curia romana; acariciaban la idea de iglesias nacionales con un espíritu a veces abiertamente cismático; y, sobre todo, detestaban a la Compañía de Jesús.
Al igual que entre los liberales, los jansenistas eran de diverso tipo, la mayoría era furibundamente monár-quica, pero con facilidad dejaba de serlo dependiendo de las circuns-tancias, ya en el siglo XIX terminaron buena parte de ellos en el bando apóstata revolucionario.
A otros que fueron verdaderamente varones piadosos y de virtud, los perdía un celo falso y fuera de medida contra abusos reales o supuestos (la vida del obispo de Quito, José Pérez Calama, con su famosa anécdota del plato de crema, es una elocuente muestra de este tipo de personajes).
Don Marcelino Menéndez y Pelayo nos aclara que la mayoría de los jansenistas, no eran sino volterianos puros y netos, hijos disimulados de la ilustración y de la revolución francesa, que, no atreviéndose a hacer pública ostentación de ella, y queriendo dirigir más sobre seguro los golpes a la Iglesia, halagaban a los reyes ilustrados o a las repúblicas revolucionarias con la esperanza de convertir la Iglesia en oficina del Estado, y hacerles cabeza de ella.
Ese fue el caso de José Matías Delgado que fue nombrado por las autoridades independientes, dos años después de la redacción de este documento, y en contra de Roma, Obispo de San Salvador y desde allí dirigió la primera persecusión religiosa que asoló suelo salvadoreño.
Los principales adversarios de los jansenistas eran los Jesuitas, la Compañía de Jesús, que en ese entonces honraba su cuarto voto de obediencia al Romano Pontífice. Esta lealtad incondicional al Papa los convirtió en el centro de los ataques de todos las monarquías ilustradas o repúblicas revolucionarias que. más o menos influidos por flamantes logias masónicas, deseaban ver, como los jansenistas, a la Iglesia sometida a los dictados de la burocracia estatal. No solo eran adversarios de los jansenistas, los jesuitas eran adversarios temibles en virtud de una preparación académica asombrosa y una influencia cultural e intelectual prodigiosa, tanto en Europa como en América.
Hasta 1767, año en el que los jesuitas fueron brutal e injustamente expulsados de América y exiliados a Italia por una alianza entre los reyes ilustrados y el clero jansenista, la recepción de la novedades ilustradas y revolucionarias se hacía de un modo prudente y crítico.
Pero a partir de la expulsión de los Jesuitas, en centroamérica también, el nivel académico colapsó, las esclusas se abrieron y las noveda-des revolucionarias invadieron la academia de un modo acrítico e incontrastado.
Las preparación intelectual del jansenismo, que fue lo único que quedó en las cátedras, no era contrapeso suficiente a un Gassendi, a un Locke, a un Hume, a un Bayle, a un Rousseau y menos a un Voltaire, por eso estos fueron abrazados con tanto entusiasmo.
Se aplaude desde la actualidad la apertura intelectual de las aulas universitarias que las reformas de Carlos III y la labor de eruditos como Goicoechea hicieron posible, pero cuando nos quitamos las anteojeras y estudiamos ese fenómeno en un marco más amplio, no se puede sino estar de acuerdo con el historiador Magnus Mörner que califica este período, en contraste con el anterior y sus potencialidades, como una pérdida invaluable para la cultura.
Las relaciones entre la expulsión de los jesuitas del suelo centroamerica-no y la independencia del Reyno de Guatemala décadas después, es materia insondable de estudios aún pendientes. Pero su influencia en la deriva fanática de algunos liberales jacobinos que se dedicaron a una guerra anticlerical, de exterminio y de exacciones sin cuento, después de nuestra independencia, es algo que nos parece meridianamente claro e incontestable.
Los contenidos de este documento no caben en unos cuantos y cortos videos, pero creo que habremos cumplido si hemos logrado despertar en nuestros video-oyentes el interés por profundizar aún más en nuestra Historia…
Finalizaremos esta serie con la lectura y análisis de los pasajes de este documento en el que, inspirados en el latrocinio que significó la expulsión de los Jesuitas décadas atrás, se planifica el primer gran acto de corrupción de nuestra historia independiente… eso en el proximo capítulo.

El eslabón perdido de nuestra independencia (III) Las Instrucciones

15 septiembre, 2016

Instrucciones MuestraUn documento manuscrito de 196 años de antigüedad nos describe minuciosamente a la intendencia de San Salvador. Territorio, habitantes y agricultura en El Salvador preindependiente-

Transcripción.

Muchos acontecimientos de nuestra independencia patria son difíciles de comprender (el interés por comprenderlos tampoco es que sea enorme) pues falta mucha documentación por estudiar y las leyendas retóricas han edulcorado las motivaciones y a los protagonistas de tales hechos, elevándolos a una especie de semidioses impecables.

La realidad es otra, con ayuda de un manuscrito de 196 años de antigüedad olvidado por los historiadores, el eslabón perdido de nuestra independencia, arrojaremos luces inéditas sobre tales hechos.

Bienvenidos a Alfa y Omega, la serie de videos sobre Historia del blog La Sala de la Signatura.

Esta es la tercera parte de nuestro capítulo especial sobre la Independencia de Centroamérica.

La elección de los dos diputados que la Intendencia de San Salvador enviaría a las Cortes de Madrid de 1820, tuvo lugar el 19, 20 y 21 de septiembre de ese año.

De inmediato, el presbítero José Matías Delgado, para encarrilar en su agenda personal a su adversario, el otro diputado José María Álvarez, ordenó que el Ayuntamiento Constitucional de San Salvador elaborara a toda prisa, y siguiendo unas pautas muy precisas, unas Instrucciones con ese propósito.

Recordemos que en los capítulos anteriores explicábamos que José Matías Delgado quería, por sobre todas las cosas, ser nombrado obispo de San Salvador. Para eso tenía que lograr del Patronato Regio la erección de esa nueva diócesis.

No había tiempo: era una carrera contra el reloj, Alvarez no podía irse a España sin esas Instrucciones.

Este otro diputado, Álvarez, sospechando seguramente que querían constreñir su voluntad con tales instrucciones, precipitó su salida de la ciudad de Guatemala en donde se encontraba, y partió el 10 de octubre hacia el puerto de Omoa en el norte, a donde llegó el día 29.

Omoa, era el puerto más importante del Reyno de Guatemala en la costa atlántica y estaba protegido por la estructura militar más sofisticada y poderosa de la región: la fortaleza de San Fernando, que hacía frente a numerosos y recientes ataques de los salvajes piratas ingleses y franceses.

Una vez llegado a Omoa, el diputado Alvarez, a quien le aterraban las enfermedades tropicales de la costa, y por ello se medicaba preventivamente todo tipo de menjurjes, esperó una goleta y se embarcó hacia España.

Pero antes tenía que hacer una escala en puerto Trujillo.

Para ese momento, las Instrucciones, que habían sido redactadas minuciosamente, pero a toda prisa, ya estaban listas, y fueron remitidas a José Matías Delgado en Guatemala.

Empiezan así en su caligrafía y ortografía original:

Instrucciones que El Ayuntamiento Constitucional Dá A su Diputado en Cortes, El Señor Doctor Don Jose Maria Alvares. Formadas Por su Regidor, el Licenciado Don Mariano Franco Gomez.

Año de 1820.

Muy Ylustre Señor

Quando V. S. suponiendo en mi algunos conosimientos que no tengo, se servició comicionarme para la formacion de las Ynstrucciones… me escusé por las justas causas que entonces hice presente… y aunque V. S. las graduó de tales, con todo se sirvió compelerme á dicha formacion.

Como no sé mas que obedecer procedi inmediatamente y dirijo á V. S. lo que há salido, fiado en que la generosidad de V. S. disimulará tamaños defectos, teniendo la vondad de considerar mi escases de luces, lo angustiado del tiempo, pues cinco, ó seis dias no bastan para una obra de esta clace; y sobre todo que si hé tomado la pluma solo ha sido en virtud del precepto absoluto de V. S.

Mariano Gomez.

No solo destaca la modestia de Don Mariano, quien era un culto metapaneco que no tenía un solo pelo de tonto, sino que además brilla su sumisión hacia quien le había dado el encargo.

El punto central de estas instrucciones era la solicitud de la erección de San Salvador en Diócesis: el objetivo último del presbítero jansenista Matías Delgado y su clan.

La parte conducente no se va por las ramas y se expresa sucintamente de la siguiente manera:.

Otra de las fuentes principales de las felicidades espirituales y temporales de este basto territorio será la ereccion en esta Ciudad de Silla Episcopal.

Además, recuerda que la solicitud ya se había hecho hacía 8 años y que algo se había avanzado en esa dirección:

Nuestro Diputado á Cortes Don Jose Ygnacio Abila el año de 1812, entabló la solicitud, la que con Real Cedula… vino á informe al Gobierno de Guatemala.

… y no habiendose logrado que se evacue dicho informe… á pesar de varias gestiones que este Cuerpo há hecho,

… el Cabildo confia y espera de su venemerito Diputado la felis conduccion de un negocio de que resultaran ventajas incalculables que por notorias no se indican.

“Ventajas incalculables”… Claro, no hay duda… Sobre todo para el que tenía planeado imponerse como su primer obispo.

No bastaba señalar que las ventajas eran notorias, se procede sutilmente a desprestigiar al Arzobispo de Guatemala don Ramón Casaus y Torres, de quien Matías Delgado quería sececionarse:

…muchos años … hace que los Ylustrisimos Prelados no visitan muchos Curatos… son notorios los graves incombenientes y perjuicios que trahen consigo tan dilatadas ausencias.

Por supuesto que las plazas y prebendas consiguientes ya estaban repartidas. El documento, las Instrucciones, no omiten recordar que todo está previsto para los miebros clericales del clan jansenista de Delgado:

Las dignidades y empleos de la Catedral serán las de Dean, Arzediano, Tesorero, maestro escuela con cargo de rector del seminario, Penitenciario y magistral. Un Sacristan Mayor con cargo de Maestro de Ceremonias, 6 Capellanes y 6 mozos de coro.

Hasta aquí lo de la Mitra episcopal.

Más claro: el agua.

Sin embargo es un documento serio, dirigido a las Cortes y a su Majestad Fernando VII, así que buena parte de sus demás contenidos versan sobre el modo en el que tal obispado, tal diócesis, tal silla episcopal, podrá sobrevivir económicamente en el futuro.

Se describe con lujo de detalles la prosperidad de la intendencia de San Salvador, sin cargar las tintas, de tal manera que los obstáculos de carácter económico queden removidos para la erección de la diócesis.

Los políticos de todas la épocas suelen desviarse de la verdad cuando rinden informes. Pero en este caso, el informe no podía ser sino veraz y sobrio, pues iba a leerlo un adversario de sus autores, conocedor de las realidades sobre las que se escribía.

“Entre gitanos no se leen la mano” reza el adagio, así que los contenidos del documento nos merecen gran credibilidad.

Es un hecho histórico que la Intendencia de San Salvador era la más próspera del Reyno de Guatemala y la relativamente más poblada.

Veamos cómo don Mariano nos describe esta jauja, real:

La Yntendencia de San Salvador, que se halla cituada sobre la Costa del Mar pacifico, comprehende las quatro que antes nombramos Provincias, de San Salvador y San Vicente que forman el sentro: la de San Miguel y la de Santa Ana, que son sus extremos.

…hay como 207 500 havitantes repartidos en tres Ciudades,

Estas eran San Salvador, San Miguel de la Frontera y San Vicente de Austria y Lorenzana. Dicho sea de paso, estas dos últimas ciudades eran, en ese entonces, tan ricas como la capital y aún más bellas y arquitectónicamente desarrolladas que aquella, pues eran abatidas con menos frecuencia por los desoladores terremotos que nos obligan, cada tantos años, a reconstruirnos casi desde cero.

Continúa don Mariano enumerando las poblaciones de la Intendencia:

…dos Villas, ciento veinte y seis Pueblos, ochenta y dos Aldeas, treinta Reducciones, quatrocientas quarenta y siete Haciendas y docientas quarenta y tres Rancherias.

Las partes que siguen hacen imposible evadir una comparación con el estado actual de cosas:

Su territorio és en lo general fertilisimo, muy abundante en aguas,

196 años después nuestros gobiernos nos anuncian que ya no tenemos agua, y el 77% de los hogares no tienen abastecimiento regular de agua potable. ¡Inaudito!

(muy abundante en) fruta y en toda clace de alimentos para el hombre

196 años después hemos perdido la soberanía alimentaria y de no ser por las importaciones, la desnutrición (que la tenemos) sería grave

(muy abundante en) pastos para la cria y mantenimiento de Animales.

196 años después, basta echarle un vistazo a nuestros paisajes, hemos transformado nuestra tierra en un erial…

Sus havitantes son muy aplicados á la Agricultura.

La agricultura, hoy por hoy, aniquilada

Se cosecha con abundancia, Asucar, Arroz, maiz, frigol, garbanzos, toda clace de cucurvitaceas, platanos, yucas, y batatas, Algodon, añil, Cacao, Balsamo, Café (café de Superior Calidad), asafran…

196 años después, muchos de estos cultivos han sencillamente desaparecido, los demás están en crisis y debemos importarlos de los países vecinos.

Hay abundancia de ganado mayor y menor.

La inmensa mayoría de la carne con la que nos alimentamos ahora viene de Nicaragua. Nuestra ganadería está ya aniquilada.

El mar inmediato y los rios Lempa, Aseluate, y Sucio la proveen de variedad de pescados esquisitos y de multitud de testáseos.

196 años después, el acelhuate es un flujo de desechos industriales.

Se pescan algunas perlas aunque de mal oriente, Carey, y en distintos puntos el famoso Caracol de Murice con que se tiñe la purpura de tiro.

Hay tambien bastantes Minas.

196 años después, sin comentarios….

Como que nuestros élites postindependentistas no han hecho un buen trabajo en este rubro.

Antes de continuar, quiero destacar el hecho incontestable de que ya en tiempos de la colonia eramos productores connotados de café, de superior calidad… como para que nos sigan martillando con la farsa de atribuirle a Gerardo Barrios, uno de los varios dictadores que han asolado nuestra tierra, la falsa historia de que fue él el que introdujo el cultivo de café a nuestro país hasta 30 años después de la elaboración de este documento.

Lo hemos dicho y lo repetimos: una cosa son las leyendas y las fantasías y otra cosa son los datos históricos puros y duros. Lo que sí nos trajo Gerardo Barrios, y no nos lo cuentan, nos lo ocultan, fue una mortífera epidemia de Cólera Morbus con su consiguiente Carreta Chillona.

Bueno… Finalicemos…

No hemos pasado del tercer folio. Hay mucho más en este eslabón perdido de la Independencia Centroamericana, en este documento de las Instrucciones. Mucho más que arroja luz sobre nuestro país en esa época, y sobre todo porque indican las fuentes que alimentaban el intelecto de nuestros próceres y deja en evidencia sus planes.

Además se planifica aquí el primer magno acto de corrupción que se llevó a cabo en nuestra vida moderna.

Hablaremos de todo esto en el siguiente capítulo.

El eslabón perdido de nuestra independencia (II) Tras la Mitra Episcopal

5 septiembre, 2016

Instrucciones MuestraDe cómo la intención de erigir la diócesis de San Salvador e imponer a José Matías Delgado como su primer obispo guiaron las acciones revolucionarias de los próceres salvadoreños, en medio de turbulentos acontecimientos históricos acaecidos en la península

Transcripción:

En el capítulo anterior discurríamos sobre los rasgos generales de la era precolombina y de la colonia en Hispanoamérica en general y en Centroamérica en particular.

Decíamos que las leyes de la Corona española habían protegido a los indígenas de los instintos predatorios de algunos conquistadores, y que a lo largo de tres pacíficos siglos se había cultivado en las Indias occidentales un enriquecedor ambiente cultural y académico. En nuestro país también. Ambos fenómenos confluyeron en provocar en los criollos y mestizos una especial conciencia de su propia valía, que les llevó a querer liberarse de la tutela de la corona española en detrimento de las comunidades indígenas.

Bienvenidos a Alfa y Omega, una serie de vídeos sobre la historia universal. Esta es la segunda parte del discurso especial sobre la independencia de Centroamérica.

Esta conciencia de los criollos, en Centroamérica se materializó en San Salvador en un cenáculo de hacendados y clérigos unidos por lazos de parentesco y de negocios, liderados por el rígido Presbítero José Matías Delgado, cuya ambición de mando, barnizada de veleidades jansenistas y revolucionarias fanáticas, tenía un objetivo muy específico: elevarse –a como diera lugar– a la dignidad episcopal.

Es decir separar a la Intendencia de San Salvador de la Arquidiócesis de Guatemala (a la que pertenecíamos), erigiéndola en diócesis de tal manera que Matías Delgado fuese su primer Obispo.

Tales designios se vieron favorecidos por el hecho de que en 1808, las tropas revolucionarias de Bonaparte invadieron la península española, apresando al Rey Fernando VII. Ese vacío de poder permitió a muchos grupos en América, contaminados de ideas revolucionarias, ocasionar disturbios para conseguir la Independencia: en el sur Bolívar y en el norte Los curas Hidalgo y Morelos prendieron la mecha de la guerra civil.

En Centroamérica, Matías Delgado y los suyos, en contacto con Morelos en México, intentaron en la ciudad de San Salvador dos motines en 1811 y en 1814, que fueron sofocados con mano suave y la ayuda de las otras ciudades de la Intendencia (Santa Ana, San Miguel, San Vicente…) que no apoyaron ni de lejos a los insurrectos.

Precisamente en 1814 Las tropas revolucionarias de Bonaparte son expulsadas de España y el Rey Fernando VII regresa al trono. Fernando deja sin efecto la Constitución revolucionaria que había sido aprobada dos años antes en su ausencia y luego decide enviar un ejército a restaurar el orden en América.

Se logró organizar este ejército en España hasta 5 años después. En 1820 listo para embarcarse, el ejército que para ese entonces estaba infiltrado de logias masónicas revolucionarias profrancesas, se subleva contra el Rey y en lugar de partir a América a sofocar los esfuerzos independentistas, da un golpe de Estado que obliga a su majestad Fernando VII a poner de nuevo en vigencia la Constitución Revolucionaria de 1812. Además fuerzan al Rey a convocar a Cortes (una especie de parlamento) que sesionaría en Madrid al final de ese año de 1820.

Dos representantes de la Intendencia de San Salvador tienen el derecho de asistir, uno por La Ciudad de San Salvador y otro por la de San Miguel. Contra las aspiraciones de José Matías Delgado, es electo representante de la ciudad de San Salvador un adversario de sus ambiciones, el ilustre académico José María Álvarez.

Contrariado por este pequeño obstáculo a sus ambiciones, Delgado -oriundo San Salvador- se las arregla para ser electo por la Ciudad de San Miguel

¿Cómo? No lo sabemos, pero podemos fácilmente imaginárnoslo. El fraude y la trampa no son inventos del siglo XXI.

El presbítero Delgado, decíamos, quería ser nombrado obispo a toda costa, con la Corona Española o sin ella, con el Imperio Mexicano o sin él, anexionándonos a Estados Unidos o no, con Independencia o sin ella… los medios eran secundarios y las caóticas circunstancias iban a imponer a la larga esos medios,

Lo que testarudamente le importaba a Matías Delgado por sobre todas las cosas era el fin: colocar en sus sienes la Mitra Episcopal. Y a Delgado se le ocurrió que ir a implorarla con humilde sumisión a su Majestad Fernando VII a las cortes de madrid, era lo más oportuno en esta ocasión, vistiendo el disfraz del monárquico entre los monárquicos.

Lograda entonces para su persona la diputación de San Miguel, le quedaba al Presbítero Matías Delgado allanar otra dificultad. José María Álvarez (el otro diputado de la intendencia de San Salvador) era un honesto e ilustre prelado y jurista de fama internacional, leal a la jerarquía eclesiástica y que en virtud de ello no iba a dejarse engatusar por las triquiñuelas del cenáculo jansenista revolucionario de Matías Delgado.

La solicitud ante las Cortes de Madrid de que se erigiese en diócesis la intendencia de San Salvador, debía ser unánime entre sus diputados. Había que lograr que José María Álvarez doblara su cerviz ante la solicitud sececionista. Eso no iba a ser posible por las buenas, así que Matías Delgado lo intentaría por la malas. A través de la fuerza… La fuerza de un documento legal…

Matías Delgado necesitaba un documento jurídico vinculante que obligara a su rival, el otro diputado José María Àlvarez, a adoptar en las Cortes de Madrid las posiciones que le favorecían a él, a Matías Delgado. Necesitaba ese documento y lo consiguió.

Habíamos dicho que el grupo de Matías Delgado era muy influyente en la Ciudad de San Salvador, no lo suficiente -como hemos visto- como para obtener el favor popular en la elección de diputados pero, más importante aún en estas tumultuosas circunstancias, sí como para torcer las instituciones y en particular al Ayuntamiento constitucional de San Salvador, es decir a las autoridades municipales de la ciudad.

Con la complicidad al menos del Secretario de actas del Ayuntamiento (don Mariano Francisco Gómez) y armados de una letal pluma, de un mortífero frasco de tinta de óxido de hierro y de 14 intimidantes folios de fino papel de trapo importados desde los molinos de la península, Matías Delgado procedió a dictar las “Instrucciones”, uno de los textos más reveladores, relevantes e indiscretos de la Historia Patria.

Estas “Instrucciones” son interesantísimas en todo concepto, y olvidadas por los historiadores, no han sido analizadas como es necesario. En ellas se encuentran noticias, verdaderos estudios, sobre diversos asuntos incumbentes a la Intendencia de San Salvador (territorio, habitantes, agricultura, industrias, ferias, comercio, banco industrial, caminos, diezmos, etc…). Es en definitiva una detalladísima radiografía de El Salvador preindependiente.

Además, y solo esto hace que el documento valga la pena, se planifica pormenorizadamente el primer gran atraco, exitoso -hay que decirlo- de nuestra historia patria.

Entraremos a analizar sus jugosísimos contenidos en el siguiente capítulo

El eslabón perdido de nuestra independencia (I) Prolegómenos

31 agosto, 2016

Transcripción

Lamentablemente, hemos nacido y crecido -todos nosotros- en un ambiente en el que la Historia es ignorada, prohibida incluso, o relegada a una especie de arbitrarios cuentos de hadas. Aprender sobre el Imperio Aqueménida es casi tan relevante, para nosotros, los ciudadanos de la Modernidad, como ver la película del Señor de los Anillos.
La Historia, hemos aprendido casi por ósmosis, es como una mala versión fílmica de un mal libro de aventuras ficticias. La guerra de Troya solo nos evoca a Brad Pitt y Sócrates no es más que un futbolista brasileño.
En el mejor de los casos, si logramos superar ese ínfimo nivel de ignorancia, se nos antoja que tenemos derecho a aferrarnos a las versiones pseudo-poéticas y maniqueas de los acontecimientos del pasado que más nos gustan, versiones que han sido fabricadas -de hecho- en aras de los intereses ideológicos de turno.
Pero la Historia no es eso. La Historia es una ciencia cuyo objeto material es la Humanidad y cuyo objeto formal es su pasado a la luz de la documentación no escrita, la escrita y la tradición. Es la búsqueda de la verdad, de hechos puros y duros, sean agradables para nosotros o no.
Es decir que usualmente, cuando vemos confrontadas nuestras placenteras fantasías históricas a los hechos puros y duros, los documentados, nuestro desconcierto inicial no ayuda a poner en tela de juicio lo que nos ha sido enseñado y que ha terminado por gustarnos, sino que terminamos rechazando lo cierto desconcertante por lo incierto placentero. Estamos condicionados -casi- a poner por encima de la verdad sólida y desabrida, nuestras emociones y sentimientos.
Aprovechemos la oportunidad de poner en tela de juicio todas esas fantasías en las que fuimos formados –más bien deformados–, y cuestionemos esas telareñas “modernas”.
Por ello, en estos discursos audiovisuales, arremetemos contra esos mitos y les invitamos a ustedes a ver la Historia con los ojos de la cultura perenne, con los ojos de la cultura clásica.
Les invitamos ver la Historia Universal y la nuestra, la historia patria, como una Historia Integral, completa. Sin arrancarle las páginas que nos incomodan.
Pasemos entonces a lo que nos traía: la independencia patria, la independencia de El Salvador.
Antes de la conquista española, lo que después se llamó América se encontraba en la misma edad de piedra de la que Europa ya había salido hacía 5 500 años. La inmensa mayoría de sus pueblos bordeaban apenas la supervivencia animal, viviendo de la recolección o la caza.
Las guerras de exterminio entre las tribus eran el pan de cada día y la esclavitud era la institución básica sobre la que se erigía su modesto edificio social.
Las lacras del paganismo que en Europa se habían reducido significativamente casi hasta su desaparición, como la esclavitud, los sacrificios humanos, la sodomía, la poligamia, el canibalismo, etc… entre las tribus nativas precolombinas eran vicios socialmente aceptados e idolatrados a través de pétreas y temibles divinidades sedientas de sangre fresca.
A nivel técnico, los logros de las tribus nativas americanas eran –luminosos, a veces, considerando su retraso general– pero escasos.
No habían inventado la rueda y sus sistemas de escritura eran sólo una combinación de logogramas con elementos silábicos… primitivos, pues.
Los asombrosos conocimientos astronómicos precolombinos estaban casi al nivel de la ciencia babilónica, es decir que tenían tres mil años de retraso.
En un modesto intento de ejecutar una rudimentaria idea imperial, solo tres importantes edificios sociales habían logrado cuajar: el Mexica o Azteca al norte; el Maya al centro; y el Inca al sur. Tales congregaciones sociales se basaban en la explotación tributaria y humana de tribus sometidas por la fuerza.
Las rebeliones y las guerras civiles estaban a la orden del día y terminaron por hacer que la civilización Maya colapsara autodestruyéndose en una orgía de sangre y de decadencia moral. Esos imperios eran tan tiránicos, arbitrarios y sangrientos como el Asirio (a veces más), y como el Asirio eran insostenibles.
Esta es una rapidísima síntesis de los hechos puros y duros… Pueden no gustarnos, pero así son.
Los que nos repiten machaconamente que la era precolombina era una paradisíaca utopía digna de imitarse o revivirse… o se engañan, o nos engañan, o no saben lo que dicen. La Historia es una cosa, las leyendas y las fantasías son otras.
Luego de la conquista española, sobre la que pasaré de largo por razones de tiempo reservándome tratarla con más detenimiento en un futuro capítulo, casi todo el continente pasó a formar parte de la Corona Española.
El primer impulso de los españoles (que como buenos seres humanos no eran unas mansas palomas) fue reducir a la esclavitud a los indígenas locales.
Sin embargo esa intención fue abortada casi desde el principio por rigurosas leyes de la Corona que prohibieron tajantemente e imposibilitaron tal cosa (me refiero a las Leyes de Burgos, Las leyes nuevas y a la recopilación final que se llamó Leyes de Indias).
Esas leyes permitieron que los Indígenas gozaran de protección a sus personas en calidad de súbditos de la corona, a sus propiedades y gozaran hasta el final del periodo colonial de cierta autonomía en sus cuestiones políticas.
No en balde la gran mayoría de rebeliones indígenas tuvieron lugar después y no antes de la independencia.
Esa protección a la población nativa no existió en el caso de otros colonizadores europeos. Los Holandeses y los anglosajones dejaron a sus colonias en América y a otras colonias en el resto del mundo sin población originaria a la que simplemente exterminaron como a plaga, la cual fue sustituida por esclavos importados.
Dentro de ese contexto histórico, y desde una perspectiva desprejuiciada y objetiva, la labor civilizadora española es notable.
Después de tres siglos de dominio español, en las vísperas de la independencia, siglos en los que había reinado la paz interna (óigase bien: sin ningún ejército de ocupación), España dejó firmemente establecidas en sus colonias, 24 universidades cuyo prestigio superaba muchas veces a las universidades del viejo mundo, y 16 Escuelas o Colegios de naturaleza técnica o profesional.
Viene al caso mencionar que los nativos podían estudiar en ellas y de hecho lo hacían.
Por ejemplo: nuestros próceres de la Independencia adquirieron en la Pontificia Universidad de San Carlos Borromeo en la capital del Reino de Guatemala al que pertenecíamos una ilustración notable.
Por el contrario podríamos preguntar: ¿Cuantas universidades dejó Inglaterra en sus 13 colonias del norte de América?… Ni una sola ¿Escuelas o Colegios? sólo 9.
En un próximo capítulo tendremos la oportunidad de profundizar sobre las características de esta pujante vida intelectual en las colonias hispanoamericanas que deliberadamente se nos oculta en la historiografía oficial tanto de derechas como de izquierdas.
Solo me queda señalar que los criollos (los españoles nacidos aquí en América) se beneficiaron de esa vigorosa actividad especulativa cultivando una especial conciencia de su propia valía, que a su vez alimentaba unas inagotables ansias de mandar, queriéndose liberar de las restricciones que la corona Española dispensaba para proteger a los Indígenas.
Por eso, en el Acta de independencia de Centroamerica se lee:

“…siendo la independencia del Gobierno español la voluntad general (…) el Señor Jefe Político la mande publicar, para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo puebl

o”.
No eran muy democráticos nuestros próceres…
Dados estos brevísimos antecedentes, entraremos de lleno al tema de la independencia americana en general y centroamericana en particular en el siguiente capítulo

De cuando realmente el apocalipsis fue

15 septiembre, 2015

Le ponemos fin, con este quinto capítulo audiovisual de solo 12 minutos de duración, a más de 4 000 años de recorrido de la humanidad, desde sus más tempranos orígenes (creación del hombre, la caída del pecado original, la promesa de un Mesías..) (Cap. I), hasta el final de la Edad del Bronce (siglo XII AdC), cuando fueron liquidadas las primeras grandes civilizaciones (Egipto, Imperio Acadio, Hititas, Minoicos, Micénicos) (Cap. IV). No sin antes haber tratado sobre sus fundamentos espirituales (Cap. II) y antropológicos (Cap. III).

Hablaremos hoy, entonces, sobre las invasiones de los Pueblos del Mar, sobre la primera gran batalla del Delta del Nilo y sobre la Edad Obscura.

TRANSCRIPCION

Desde sus más lejanos orígenes, en el año 6 000 antes de Jesucristo (en el Neolítico), la ciudad portuaria de Ugarit en Siria se había transformado, cuatro milenios después -ya en plena era del bronce– en un vibrante y poderoso centro comercial, cultural y político de nivel mundial.
Sus bibliotecas (con tablas de arcilla con escritura cuneiforme), sus enormes almacenes de granos, su sofisticada contabilidad, su temprano alfabeto y su sistema político así lo atestiguaban.
Ugarit, con sus reyes y su esplendor, era cortejada por dos grandes imperios contemporáneos: el egipcio al sur, y el hitita al norte. Ugarit basculaba su vasallaje hacia uno u otro, de acuerdo a sus propias conveniencias
El mensaje de auxilio que nunca llegó
En la cumbre de su esplendor (año mil doscientos antes de Cristo) las clases dirigentes de Ugarit empezaron a recibir tenebrosas noticias. Todos sus contactos comerciales, allende el mar y las montañas, estaban desapareciendo uno tras otro. Circulaba –cada vez más frecuentemente– el rumor de que el mundo entero en ese entonces conocido estaba colapsando bajo unas agresivas, indetenibles y misteriosas invasiones.
El rumor terminó confirmándose cuando una mañana, frente a Ugarit, el horizonte estaba salpicado de decenas de amenazadoras naves con velas negras. En sólo unas horas los navíos estaban atracando en las playas dando lugar a un desembarco de miles de exóticos y terroríficos soldados que sitiaron a la ciudad con una determinación y un orden escalofriante.
Rodeada Ugarit, y a punto de caer, su príncipe escribió en una suave y húmeda arcilla el siguiente mensaje:
“Padre (…) ya han causado gran daño. Os suplico me ayudéis en esta hora aciaga”
Terminada de escribir la tablilla de barro, debía ser cocida en el horno para endurecerla, y efectivamente en el fogón la colocaron…
Nunca salió del horno, el palacio fue tomado y toda la resistencia liquidada a espada… la tablilla fue encontrada dentro del horno ceniciento demasiado tarde: tres mil años después.
De cuando la falta de preparación militar condenó a la cultura a la extinción

Gracias a las tempranas plumas de Herodoto y Tucídides (y confirmados por modernas investigaciones) sabemos que, en esa época, hace tres mil doscientos años, luego de la caída de Troya en manos de los aqueos, en la cuenca mediterránea, múltiples oleadas de pueblos guerreros de origen desconocido se lanzaron a la destrucción de cuanta civilización encontraron a su paso.
No se sabía (ni se sabe aún con certeza) de donde venían, pero sí se sabía cómo llegaban, y por qué eran tan poderosos: venían por el mar y utilizaban un novedoso metal -el hierro- que si bien no era tan sólido como el bronce, era más barato, y posibilitaba que hasta el último guerrero disponible estuviese acorazado y armado de lanza o espada, lo cual no era común. El bronce era carísimo y solo algunos jefes tenían la posibilidad de estar armados de algo más que madera afilada o piedras contundentes.

Esos misteriosos “Pueblos del mar” aniquilaron –de oeste a este, de norte a sur– a la civilización desde sus raíces, y así acabaron con el imperio hitita, dieron cuenta de los restos del imperio minoico, hundieron bajo mantos de ceniza a todo el Asia Menor y liquidaron a la cultura micénica, borrándolos con fuego literalmente de los libros de la Historia, hasta que la Arqueología moderna los rescató de las escorias milenios después.
Luego, cuando se percataron que no habían acabado con todo, los “Pueblos del Mar” fueron tras el último imperio rico y civilizado todavía entonces en pie: Egipto.

El zarpazo final de la barbarie
Como nos relatan los jeroglíficos de las paredes del templo egipcio de Medinet Habu, el faraón egipcio Ramsés III pudo contener –en una victoria pírrica– un primer embate de esos violentos y –hasta ese día–invencibles salvajes. A sabiendas de que un segundo ataque iba a ser incontenible, Ramsés –al verlos regresar– decidió enfrentarlos con sus fuerzas navales en el océano, antes de que desembarcaran.
Los Pueblos del Mar no constituían una unidad política, más bien eran gigantescas jaurías marginales heterogéneas que solo coyunturalmente unían sus espadas de hierro para atacar, saquear y destruir. Cuando el humo se disipaba, cada quien jalaba por su lado. El caos anti-imperialista no va de la mano de la cultura. El vacío de poder equivale al caos deletéreo. El anti-imperialismo per se equivale al retroceso cultural. El Faraón lo tenía claro: o defendía con las uñas y los dientes a su imperio… o la civilización, la ciencia y la cultura colapsarían. Los Pueblos del Mar no eran una opción.
Con su furia y sus abundantísimas armas de hierro, los broncos pueblos del mar eran casi imbatibles en tierra, pero de guerra marítima no sabían nada. Las naves sólo las ocupaban para el transporte, a modo de grandes enjambres de hambrientas y destructoras langostas. De esta forma, Ramsés, había escogido muy bien el campo de batalla, pues los egipcios eran muy experimentados en el mar. Y es que, lo que pasaba era que Ramsés había visto cómo el poderoso imperio hitita (que militarmente se las veía de tú a tú con los egipcios) había sido reducido a cenizas en solo uno o dos años por esas incultas hordas que ahora se lanzaban al cuello del imperio de las pirámides.
Previamente había ordenado un repliegue estratégico de enormes proporciones y la movilización general de todos sus súbditos. En la desembocadura del Nilo tuvo lugar (en el año 1 168 antes del nacimiento de Jesucristo) una desesperada y sangrienta batalla por la civilización y la cultura, contra la fuerza bruta ignorante y la bestialidad voraz. Nunca antes los valores en juego en una batalla humana habían estado tan claros y definidos.

La primera batalla naval de la Historia

Los egipcios sabían que estaban jugándoselo todo y, con una última resolución de subsistir y de defender su modo de vida, enfrentaron –con todo– a los invasores que ya podían atisbarse desde la costa. Podemos fácilmente imaginarnos la batalla si evocamos esas realistas escenas del desembarco en Normandía en la película “Saving Private Ryan”. El enemigo –de pronto– se vio acosado por los barcos de guerra egipcios que maniobraban cual desesperados, acorralados, hambrientos y furiosos perros de presa.
Tormentas de flechas caían sobre los invasores mientras estos buscaban como salvación tirarse al agua, donde eran rematados. Numerosas tropas de los “Pueblos del mar”, sin embargo, lograron tocar tierra en donde la mejor infantería de Ramsés las enfrentaban con una superioridad numérica aplastante (había hasta mujeres y niños combatiendo), situación en la cual sus númerosas espadas férreas solo lograron conseguir –casi– un embarazoso empate militar.
Con costos altísimos, la batalla marítima se ganó. En tierra, el Faraón –apenas victorioso– tuvo que negociar con los Pueblos del Mar. En todo caso, el peligro había sido conjurado.

La segunda caída del hombre
Así, mortalmente herido, y a duras penas, el imperio egipcio fue el único gran sobreviviente a esas hordas de bárbaros. No recuperaría, no obstante, su antiguo esplendor, y hallaría -desde ese momento- su ineluctable camino a la decadencia.
Asiria, otrora imperio poderoso, a duras penas subsistió el embate de los salvajes gracias a unas inmensas ganas de resistir demostradas con una inaudita ferocidad y crueldad guerrera que solo fue desenterrada por las hordas revolucionarias tres mil años después.
Otro pequeño “islote” quedó también a salvo de la destrucción total: Atenas (gracias a la huida de la descendencia de Neleo desde Pilos hacia sus murallas).
Por lo demás, el mundo conocido se despobló, la economía fue aniquilada, las ciudades se esfumaron, se perdió la escritura, la tecnología agrícola desapareció, el sedentarismo abrió paso al regresivo nomadismo; y la sofisticación y la civilización sufrieron un colapso fulminante y profundo del que no se levantarían sino hasta medio milenio después.
La lenta resurrección de la cultura
Fue, en suma, un barrido de dimensiones apocalípticas –sin precedentes ni reediciones en la Historia– que todavía mantiene a esa época –la edad oscura– hundida en las tinieblas, y que significó una regresión a una nueva edad de piedra desde donde se tuvo que partir, prácticamente, desde cero.
Tuvieron que transcurrir quinientos largos y oscuros años para que, desde Atenas y las colonias griegas alrededor del mar Egeo, de la mano de la tradición oral de Homero, las espesas nieblas del retroceso intelectual se empezaran a despejar lentamente… para que la escritura renaciera, y la cultura volviera a brillar, dándosele inicio, con Tales de Mileto, a una de las más apasionantes y enriquecedoras aventuras del hombre: la búsqueda racional de la verdad… la Filosofía.
Justo 39 años antes de que en una pequeña e insignificante aldea campesina en Italia se proclamara la República Romana.

Los funerales de Héctor

8 septiembre, 2015

Luego de haber conversado hace quince días sobre los fundamentos espirituales de sus religiones (Capítulo II) y de haber explorado, la semana pasada, las bases antropológicas de sus principales instituciones y estructuras socio-políticas (Capítulo III), entramos hoy en materia discurriendo, en este capítulo V, sobre las primeras civilizaciones surgidas en la Edad del Bronce: Egipto, los Minoicos, los Sumerios, los Babilonios, los Micénicos, los Hititas y los Asirios. También echaremos unos brochazos sobre la caída de Troya, sus causas y consecuencias.
Les recomiendo, si no lo han visto, el Capítulo I de esta serie de audiovisuales, en donde a grandes rasgos dejamos sentadas las bases sobre las cuales la Historia de la Humanidad ha echado sus raíces: el origen del hombre, el pecado original, la promesa de un Mesías y la plenitud de los tiempos.

TRANSCRIPCION

Los imperios de la Edad del Bronce
Desde el neolítico, el mundo civilizado conocido se limitaba a… o se extendía por estas cuatro zonas: las cuencas de los ríos Tigris y del Eufrates, el Levante, el Nilo y el mediterráneo oriental, más precisamente alrededor de Creta. En esa zona -como dicen los anglosajones- “sucedían las cosas” y –entre otros eventos– se creó la escritura y nacieron las primeras ciudades de las que se tiene noticia: Çatal Hüyük en Turquía y Jericó en Judea. Se desarrolló la metalurgia alrededor de la aleación del cobre y del estaño, dando como resultado lo que conocemos como la Edad del Bronce.
Para los efectos de este breve discurso tomaré como evento inicial de la Antigüedad del Bronce la unificación de Egipto bajo el Cetro del Faraón Menes y la fundación de su capital Menfis. Y tomaré como evento final la Batalla del Delta del Nilo en la que el Faraón Ramsés III derrotó a los Bárbaros (que duró 2925 – 1178 AdC)
En esa época y en esas zonas precisamente, por lógica consecuencia, florecieron las primeras civilizaciones imperiales: el Imperio Egipcio (3000 AdC), la civilización Minoica (2700 AdC) y el Imperio Acadio (2300 AdC).
La cadena de eventos que se me antoja más relevante de este período -claro- es la consolidación de Egipto como la potencia hegemónica del mundo conocido, cuyos territorios llegaron a abarcar hasta Siria y su influencia religiosa, científica y cultural no conoció límites. No en balde el edificio conocido más alto del mundo durante más de cuatro milenios era suyo. Todos los sabios iban a sus templos religiosos a aprender los rudimentos de la agricultura, matemáticas y astronomía. Los orígenes de lo que después se conoció como civilización griega, se reducen en última instancia a una influencia civilizadora y pseudocolonial egipcia.
Él imperio Acadio, con Sargón, -como dijimos en el capítulo precedente- fue el primer imperio que reivindicó para sí el logro de conquistar todo el mundo conocido. Llegó a conquistar desde la desembocadura de los ríos Tigris y Eúfratres en el Golfo Pérsico hasta el mediterráneo.
Eventualmente el Imperio Acadio fue sustituido (después de un breve interregno de ciudades sumerias) por el Imperio Babilónico (1800 AdC) el cual a su vez fue reducido a cenizas por unos bárbaros de los hablaremos en el capítulo siguiente.
Por su lado, la civilización Minoica llegó a edificar un imperio marítimo-comercial de grandes proporciones que iban desde Sicilia hasta las costas de Asia Menor. Una titánica erupción volcánica, y los mismos bárbaros que hemos mencionado le pusieron fin.
Estos imperios primigenios (el Egipcio, el Minoico, y el Acadio – Babilonio) se conocieron y comerciaron entre ellos, intercambiando bienes, cultura y sabiduría. A veces, también combatían entre ellos.
El florecimiento de estas primeras culturas imperiales no excluía –por supuesto– la existencia de culturas periféricas que sólo excepcionalmente eran tan civilizadas como el centro (caso de los los Hititas, los Micénicos y los nacientes Asirios). La mayoría de los otros pueblos periféricos eran marginales y –relativamente hablando– de escaso valor humano y cultural. Con contadas excepciones, eran bárbaros.
El Reino Hitita (con base en lo que ahora se conoce por Turquía) , también se ganó –al final de esta etapa– un puesto entre las grandes potencias llegando a un virtual empate militar con los Egipcios a raíz de la famosa batalla de Kadesh.
Así, luego de esa batalla, el mundo conocido, la Ecúmene, estaba dividida como apreciamos en este mapamundi.
A pesar de que la humanidad había sorteado los peligros de la extinción, su panorama no era halagador. Los seres humanos, sin faltar éxitos impresionantes, no habían podido evitar irse encarcelando, cautivos en una gran mazmorra cultural y espiritual de dimensiones planetarias. La civilización, con todo y sus luces, pulsaba en tinieblas y en sombras de muerte. La esclavitud, la poligamia, la prostitución forzada, el despotismo de la violencia arbitraria y la crueldad y los sacrificios humanos eran los grilletes que sujetaban al hombre por doquier. Estábamos como Prometeo encadenado.
“Yo Soy el que Soy”
Dios no abandonó al mundo en manos del demonio y de las fuerzas disolventes que lo estaban transformando en un infierno terrestre. En la medida en que Éste ejecutaba, por medio de causas segundas, con mano firme y suave el plan maravilloso al que nos referimos en el primer capítulo de estos discursos, por vías indirectas y naturales sostuvo el cultivo (incluso a nivel institucional) de las virtudes necesarias para preservar a la humanidad de su autodestrucción.
Pero también, y esto es más relevante, por vías más directas irrumpió como protagonista de pleno derecho en la Historia –incluso milagrosamente– al escoger a un pueblo (el judío) para que salvaguardara sus tradiciones incólumes y que le recordarían -a toda la humanidad- Su existencia, el origen del hombre, el orden moral por Él decretado y sus promesas de enviarle al Ungido, al Mesías, al Χριστός.
Así, Dios dotó a su pueblo escogido de una biblioteca de bellos libros inspirados por Él, más o menos extensos, en donde se recogieron fielmente las tradiciones orales que en otros pueblos se habían tergiversado u olvidado, revelaciones de parte de Dios, y en donde podían leerse las profecías más significativas sobre el inminente Mesías.
Esta es la razón fundamental por la que las Sagradas Escrituras son documentos aún más valiosos que la Ilíada, que la Epopeya de Gilgamesh o que los Vedas, para la comprensión de la Historia de la humanidad. Las religiones védicas y el imperio sumerio fueron flor de un día mientras que las instituciones y los pueblos protagonistas de la Biblia, a varios milenios de su origen siguen vivitos y coleando.
Por las razones que ya hemos apuntado, no cualquier hombre de la Antigüedad podía elevarse hasta comprender con claridad la promesa del Mesías. Por eso Dios, por medio de los profetas, puso de manifiesto a los hombres detalles sobre el Χριστός y sobre su misión. El período de las profecías mesiánicas abarca miles de años, partiendo de nuestros primeros padres Adán y Eva hasta la época próxima a la llegada del Ungido al principio de nuestra era.
Ero Cras
En los libros que Dios inspiró a los judíos se hallan varios centenares de profecías referentes al Mesías. Los que más escribieron sobre el Mesías son Moisés, el rey David y los profetas Isaías y Daniel. Me limitaré a señalar que fueron profetizados el tiempo de Su venida (Daniel 9:25); que nacería en Belén (Miqueas 5:2); que nacería de una virgen (Isaías 7:14); y que –tal como expliqué en el primer discurso de esta serie– el Χριστός sería Dios hecho hombre (Isaías 9:6).
Hay que reconocer que el pueblo judío, al defender con uñas y dientes su legado recibido directamente de Dios, no era el más popular de los pueblos. Llegó a estar esclavizado bajo la férula de los faraones hasta que lograron salir en el éxodo hacia sus tierras en el final de la Edad del Bronce.
No resultaban simpáticos, al contrario: su tozuda negativa a disolver a su Dios verdadero en los inciensos de los panteones politeístas le granjeó la enemistad y hostilidad de casi toda las potencias vecinas, que los invadieron y pretendieron aniquilarlos una y otra vez, sin éxito.
En todo caso lo que esta animadversión causó a la larga, fue la diáspora del pueblo judío quien se llegó a instalar sólidamente en casi todas las importantes ciudades de la Ecumene, desde las columnas de Hércules en el extremo occidente hasta los confines del imperio persa al oriente. Su comunidad más numerosa se estableció siglos después en Alejandría, que en su momento llegó a ser la capital del intelecto de la civilización pagana.
El diluvio de hierro
Con el equilibrio logrado por los Imperios de los que en este capítulo hemos hablado parecía haberse logrado un ambiente de paz bastante aceptable, interrumpido sólo por breves enfrentamientos entre grandes potencias o pequeños zipizapes entre culturas o ciudades periféricas.
De manera inesperada, uno de estos zipizapes, protagonizado por la ciudad de Troya –epítome de la civilización lograda hasta esa época– y a la sazón vasalla del imperio Hitita, dio al traste con este equilibrio. Las razzias piratas con el propósito de raptar mujeres en ciudades o costas extrañas eran moneda común en los márgenes más alejados de los centros civilizados, debido -probablemente- a un instinto biológico que pugnaba por romper las ataduras de la endogamia todavía imperante en esos ambientes. Y Herodoto -el primer historiador del que se conservan registros- nos hace notar en su obra magna que esos raptos solían provocar frecuentes guerras. Pues es el caso que debido a uno de estos incidentes, Troya fue destruída por los micénicos-griegos.
La ciudad de Troya era garante de toda la seguridad del comercio que pasaba por el Bósforo y era escudo eficaz contra salvajes y agresivos bárbaros que empujaban desde el norte y el occidente. Caída la ciudad de Troya las esclusas de la barbarie se abrieron y un pavoroso cataclismo cayó sobre la civilización y terminó con la Edad de Bronce.
Estas incontenibles invasiones bárbaras, fueron como un segundo diluvio universal, causado por los hombres mismos, que sepultó los rescoldos de la cultura y de la civilización bajo un espeso y extenso campo de cenizas. Tinieblas y sombras de muerte que tardarían tres siglos en disiparse. Hablaremos de estos salvajes destructores -los pueblos del mar- en el siguiente capítulo de esta serie.
Pero antes de caer, Troya nos brindó el más glorioso ejemplo de bravura que hayan conocido hasta ese entonces los siglos. Nos brindó a Héctor, quien a sabiendas de que Aquiles era indestructible decidió combatirlo cara a cara valientemente, sabiendo que iba a morir. Una lección -real, amigos, real-conmovedora y edificante cuyos frutos veremos con persistencia a lo largo de la Historia doquiera la humanidad, la cultura y la civilización hayan estado en peligro. El espíritu de Héctor, al finalizar la Edad de Bronce, hizo posibles después Las Termópilas, Issos, Zama, Los campos cataláunicos, Poitiers, Otumba y Lepanto.

La orgullosa ciudad del hombre

30 agosto, 2015

Después de ocho años de escribir bajo el pseudónimo “JC Conde de Orgaz”, desde hace quince días estoy publicando con mi verdadero nombre, José Carlos Parada.

Luego de haber revisado los orígenes del ser humano en un primer vídeo, en el que no rehuímos describir las causas y efectos de la primera revolución de la humanidad (el pecado original), pasamos, la semana pasada a discurrir sobre los fundamentos espirituales de las culturas antiguas. Fundamentos que se desarrollaron en lo que ahora llamamos el Neolítico. Así, pudimos en ese segundo vídeo, apreciar la génesis de los politeísmos y los distintos tipos de religiones paganas que sirvieron de base a la construcción de las primeras civilizaciones.

En esta ocasión los invito a que discurramos, en un tercer vídeo que solo dura 13 minutos, sobre los pilares antropológicos y políticos de las primeras civilizaciones. Echémosle un vistazo profundo e incisivo al surgimiento de las principales instituciones sociales de la Antigüedad: el esclavismo, la poligamia y otros.

Tomen asiento y acompáñennos:

TRANSCRIPCION

El camino de la insignificancia
Aquí es oportuno recordar lo que decíamos: que debido a las heridas psicosomáticas profundas que el pecado original había ocasionado en la estructura más íntima de los hombres y de su descendencia, éstos se sentían (y nos seguimos sintiendo) más inclinados a hacer el mal, que a hacer el bien…
Más inclinados a la pereza que a la laboriosidad; más proclives a la crueldad y a la venganza que a la mansedumbre y al perdón; más tendientes a la dispersión y al exceso que a la concentración y a la moderación; más prestos a la lujuria, a las aberraciones y a la destemplanza que a la castidad y a la sobriedad.
Como consecuencia de ello, las sociedades, desde sus organismos más básicos (la familia y la aldea) hasta sus entes de poder más supremos, tendieron casi irremisiblemente a constituirse y a desarrollarse sobre todo sobre la base de los vicios y no sólo sobre la de las virtudes.
Las sociedades, sedentarias o no, tendieron a organizarse encerrándose de manera egoísta en sí mismas, proliferando cada vez más la endogamia, la autarquía reductiva y el rechazo –si no el odio– a los otros. No es de extrañar esta deriva ostruna u onfálica, considerando el salvajismo del ambiente y las duras condiciones de una atmósfera en la que la fuerza bruta era la norma suprema.
El mundo se fraccionó en estancos cuyas fronteras eran literalmente infranqueables.
Siendo que el hombre es un animal social por naturaleza, el mundo tal y como se estaba estructurando, durante el Neolítico, en celdas mínimas desconectadas unas de otras y sin más relaciones que la agresividad y la violencia, se habría dirigido al sofocamiento de todo vestigio cultural y, probablemente, a la reducción de la especie humana a la insignificancia, bordando con la mera supervivencia animal.
No habría habido rutas comerciales, embajadas ni migraciones pacíficas y tal vez llegaría el caso de que se agotaría eventualmente la procreación. La humanidad estaba tomando el camino a la extinción.
La idea imperial como remedio a la extinción
Es, para los inadvertidos, curioso que, precisamente hablando de decadencia y extinción, gran número de tradiciones religiosas recojan en sus poemas el evento destructivo de un diluvio universal, que de hecho ocurrió, pero sobre el que por razones de espacio pasaré de largo. Volvamos al punto…
Providencialmente, la inteligencia y la voluntad humana salieron al paso de esta deriva y se inventó la idea imperial. La vida se abrió paso y, hasta donde sabemos, fue Sargón el primero que decidió gobernar sobre todo el mundo, rompiendo siglos de inercia pueblerina, creando el imperio sumerio. En África se confederaron -por las buenas y sobre todo por las malas- las comunidades a las orillas del Nilo y terminó erigiéndose el imperio egipcio.
Sólo en estos amplios espacios imperiales –abiertos con el uso de la fuerza para romper las cadenas del ensimismamiento– encontró la civilización y la cultura un caldo de cultivo suficiente para brotar y crecer.
Nos digan lo que nos digan los pacifistas y los revolucionarios de cafetín de nuestro siglo, los imperios y la civilización creativa van de la mano. Y es que es difícil siempre separar el grano de la paja, así que el vigor de los vicios iba siempre entrelazado con la energía de las virtudes sociales. La naturaleza del hombre estaba sólo caída, dañada, no aniquilada. De esta manera, algo tan burdo como un imperio, servía inconscientemente a los planes de Dios para la futura llegada del Χριστός (Christós).
El reino de Lucifer
Pero, con idea imperial desplegándose o no, el poder ad intra y la convivencia se organizaron –desde casi el principio de los tiempos– casi siempre alrededor de los pilares del orgullo elevado a su más aborrecible expresión; alrededor del afán sin límite de riquezas; y sobre todo alrededor de la búsqueda sin freno del poder y del placer sensual.
De la conjunción de estos explosivos ingredientes, más que engendradas, fueron vomitadas instituciones aberrantes como la esclavitud, que se desarrolló a escala planetaria; la poligamia y la prostitución, que aplastaban a la mujer y especialmente a las viudas y a las niñas hasta convertirlas en la hez de la sociedad; la sodomía como artículo de pedestre lujo; y el infanticidio realizado en monstruosas proporciones que se combinó como guante a la mano de los sacrificios humanos.
En un ambiente tan infernal como ese, las rebeliones habrían estado –incontenibles– a la orden del día, si no hubiese sido porque se aplicó, desde el poder constituido, una represión tan permanente como cruel y despiadada, que para imaginárnosla –aunque sea sólo imprecisamente– debemos acudir a los peores genocidios del siglo XIX y del XX (el de la Revolución Francesa, el de Mao Tsé Tung, el de Lenin y Stalin, y otros no por menos sangrientos y publicitados, menos terroríficos).
Compendio y rito culminante de esta brutalidad inicua es la crucifixión. Método de tortura y de ejecución inventado por los tenebrosos Asirios, quienes institucionalizaron en una macabra mitología el culto al demonio y a sus ángeles caídos. La crucifixión fue adoptada después por los fenicios y por sus hijos cartagineses, quienes por cierto llegaron a ser la más sofisticada cultura hegemónica del Mediterráneo, arquetipo de lo peor y de lo más eficiente del mundo pagano. Posteriormente, también los Romanos adoptarían la crucifixión y actualizaron sus más repugnantes y salvajes potencialidades.
En este marco tan sádico, el politeísmo fue llamado a jugar un papel añadido y distinto al de “religador” con las deidades, un papel no menos visible en la Antigüedad.
Desde el origen de la humanidad, el gobierno de las sociedades en el estado de naturaleza caída, se movió por cauces pragmáticos que tenían que ver –fundamentalmente– con la consecución, guarda y expansión del poder rector, con la comida de los súbditos (para evitar las rebeliones a las que nos referíamos), los tributos (para pagar la represión de rebeliones y la agresión permanente de los vecinos siempre hostiles), el comercio, el amacenaje de vituallas y riquezas.
La primera ideología revolucionaria
Esos factores de decisión política –universales en el tiempo y en el espacio– no son atractivos ni poéticos cuando son ejercidos –como era la norma– de modo despótico, más bien producen ciertamente el rechazo de las masas. Y los grandes de la tierra cayeron en la cuenta que al uso indiscriminado de la fuerza había que añadir el factor estético como pieza fundamental del ejercicio del poder: a los súbditos debe parecerles “bello” obedecer, someterse y pagar tributos. De lo contrario la unidad política se disuelve y el poder cae. La crueldad, la avaricia y la ambición descarnadas, a la larga, sólo producen rechazo.
Así que durante más de tres milenios, desde la invención de la rueda y de la escritura allá por Uruk, el aspecto poético de la justificación del poder la pusieron las leyendas, el paganismo y la superstición (de lo que pasó antes de la escritura, por lo general sólo podemos especular cuando faltan tradiciones orales fiables, aunque todos los indicios nos sugieren que no debió ser diferente). Había que obedecer al príncipe, no porque fuera un conspirador consumado, un cruel, un avaricioso y un gran canalla. Había que obedecerlo porque era “descendiente directo de los dioses”… Y allí cumplían su nuevo papel las supersticiones, el paganismo y las leyendas. Los paganismos, casi sin excepción, crecían sometidos al poder político, como si fueran uno más de sus recursos.
No hay que perder de vista, que tal “poesía”, tales mitos, tales justificaciones, eran sólo eso: justificaciones y factores de unidad comunitaria. Difícilmente llegaban a establecer límites al ejercicio del poder.
Sólo en dos lugares se fue a contracorriente de esta lógica del poder ilimitado ungido por la mitología: los griegos en occidente y los judíos en oriente. Pueblo éste último que no se cansaba de rezar y suplicar día y noche por la urgente venida del Χριστός