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La Peste Negra y el síncope de la civilización – (Parte III) El germen infeccioso del totalitarismo

1 abril, 2020

Este es el tercer discurso de una serie cuya primera parte pueden leer aquí y su segunda aquí.

Mientras hubo tiranos, la Iglesia y su jerarquía fueron siempre una molestia de la que había que deshacerse o a la que había que someter..

La barbarie intelectual del anticlericalismo

Pero, es que eso siempre ha sido así. Desde los emperadores romanos, Constancio, Juliano el apóstata,… a los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico Enrique IV, Federico II (el Stupor Mundi), etc., siempre los aguijoneó la tentación de imponerse por las amenazas y la violencia al pontificado para intentar destruirlo (recordemos cómo el primer papa Pedro fue crucificado), o para convertirlo en un sumiso instrumento de su política mundana como parece estar ocurriendo ahora.

Los defectos de nosotros los católicos nunca ayudaron a que, en tales conflictos, la Iglesia saliera siempre bien parada, sin embargo, mal que bien, esos tiranos –a la larga– terminaban fracasando. Pero esos fracasos, lejos de desanimar al siguiente poderosito de turno, lo envalentonaba más.

Ese fue el caso del rey capeto Felipe IV el Hermoso quien decidió secuestrar al papado para trasladarlo a Avignon, a su patio trasero. Para hacerlo, envió en 1303 a dos representantes: al cripto-cátaro Guillermo de Nogaret  y al matón mafioso italiano Sciarra Colonna. Estos dos embajadores fueron tan diplomáticos que después de golpear físicamente al anciano papa Bonifacio VIII con una manopla de hierro, le causaron la muerte. Como fuera, Felipe IV el Hermoso logró por las malas que los papas abandonaran la caótica ciudad de Roma (que estaba en manos de seculares y mafiosas familias aristocráticas seguidas de turbas insolentes) y se instalaran en Avignon de 1305 a 1378.

El Bávaro, un tirano sibarita y práctico

El siguiente tirano fue Luis IV de Wittelsbach, el Bávaro, a quien le tocó el turno de querer domesticar a la brava a los papas. Para ello –por supuesto– dispuso de la fuerza de las armas a partir de 1328, año en el que fue electo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Así como a algunos monarcas les gustaba coleccionar rarezas, a Luis de Baviera le dio por coleccionar plumas pagadas para que escribieran loas suyas e invectivas en contra del soberano pontifice de ese entonces.

Los plumíferos cortesanos del emperador no eran ningunos sencillos: uno de ellos era el arrogante Guillermo de Ockham quien elaboró parte de sus teorías para glorificar a su majestad imperial, y de quien ya hablamos aquí.

Ockham no era el único genio de la colección: uno de los más destacados fue el renombrado intelectual Marsilio de Padua (renombre que no evitó que al final de su vida fuera desechado como basura por su ingrato protector).

Cuatro años antes de que su patrón Luis el Bávaro fuera coronado emperador en Roma de la mano del matón Sciarra Colonna, Marsilio de Padua escribió en 1324, con ayuda de Johannes de Janduno, el tratado de política titulado Defensor pacis. El tratado en cuestión es un perfecto ejemplo de averroísmo político: partiendo de la distinción de los dos fines del hombre (temporal y eterno), Marsilio de Padua distingue dos modos de vida correspondientes a esos fines: la vida temporal, regulada por los príncipes conforme a las enseñanzas de la filosofía, y la vida eterna, a la que los hombres son conducidos por la Iglesia y la Revelación Divina.

El germen infeccioso del totalitarismo

Para Marsilio de Padua, la preeminencia la tiene la “vida temporal” y, por consecuencia, la preeminencia corresponde a los príncipes (Luis IV de Baviera, para ser precisos). La “vida eterna” –para Marsilio de Padua– sólo tiene una importancia accesoria en la medida en que domestica a los fieles para obedecer sumisamente a su emperador.

Sin embargo para que ese paraíso en la tierra dirigido por su majestad imperial funcione fluidamente, Marsilio de Padua hace notar la necesidad de que los curas y los papas estén a sueldo y bajo la obediencia del emperador. Si el clero deja de ser sumiso y no se limita a “enseñar el evangelio” para facilitar el trabajo de la policía… si los curas empiezan a volverse críticos contra el tirano… entonces la Iglesia se convertiría –según Marsilio de Padua– en una “peste perniciosa y destructiva de la paz”.

El refinado intelectual no se ahorra elaborados términos para manifestar lo que opinaba de las motivaciones del sumo pontífice de su época. En Defensor Pacis, Marsilio de Padua dice que el Papa está inpirado por:

“drago ille magnus, serpens antiquus, qui digne vocari debet diabolus et sathanas, quoniam omni conamine seducit et seducere temptat universum orbim”
“el gran dragón, por la serpiente antigua, que más bien debe ser llamada diablo y satanás pues con todas sus fuerzas seduce e intenta desvirtuar al orbe entero”

Para Marsilio de Padua, en suma, el Estado debe someter a la Iglesia. Con ayuda del terminismo Ockhamiano, aniquila incluso la posibilidad racional de aprehender la Ley Natural, de tal manera que el príncipe (El Estado) se hace autosuficiente y absoluto, preanunciando así el Estado totalitario.

José Pedro Galvão de Sousa, Filósofo del Derecho de nacionalidad Brasileña y miembro de la “Academia Brasileira de Ciências Morais e Políticas” subrayó que Marsilio de Padua…

“…fue quien, por primera vez, enseñó la plenitud absoluta del poder, sin la cual no existiría el totalitarismo (…) Finalmente, por su manera de entender la legalidad con base en el monismo jurídico, y por el fondo inmanentista de su pensamiento, dejó delineada una teoría del Estado totalitario…”

O totalitarismo nas origens da moderna teoria do Estado, São Paulo, 1972, p. 212-213

Hoy por hoy, en la literatura de folletín de cuarta mano, Marsilio de Padua es presentado como un visionario y sabio prócer de la Libertad. Lo cierto es que, insisto, la ruptura de la cristiandad es, desde este momento, un hecho seguro, aunque todavía latente.

Continuará.

 

La Peste Negra y el síncope de la civilización – (Parte II) Ockham. La tradición herida de muerte

31 marzo, 2020

Este es el segundo discurso de una serie cuya primera parte pueden leer aquí

 

Aunque tuvo precedentes, Guillermo de Ockham fue el que le dio el tiro de gracia a la metafísica en general, afirmando que los conceptos metafísicos (forma, materia, accidente, ser, relación…) eran puros investismos, y que lo único que valía era el individuo concreto (o la cosa concreta, o el chunche, el bolado…), sepultando así, de manera un tanto abrupta, siglos de disquisiciones intelectuales.

El poder destructor de la palabra

Ockham decía que los conceptos metafísicos eran sólo “voces”, palabrejas sin contenido real –pero indispensables en el hablar cotidiano–; y, tomando como base el principio de economía del pensamiento, lo reelaboró de la manera siguiente: “ya que tenemos que sacarnos de la manga ‘palabritas’ para explicarnos, que estas ‘palabritas’ sean las menos posibles”. Ockham elaboró, sobre esa base, una teoría del lenguaje que se fundamenta, en última instancia, sobre la función de suppositio personalis que desempeñan los términos o nombres del discurso, es decir que Ockham partía –y terminaba– suponiendo que los términos (las palabras) sólo podían significar individuos singulares (tal bolado en concreto o fulanito de tal en su individualidad…), y que –en consecuencia– las esencias o las naturalezas (la naturaleza humana, por ejemplo) eran en definitiva incognoscibles. Contradecía, con ese simplismo (tan en boga en nuestros días), la doctrina clásica del lenguaje y conocimiento humanos que establecen que las palabras significan tanto a los conceptos universales como a las cosas concretas y reales.

Así como la peste segaba vidas humanas, las teorías gnoseológicas de Ockham “destruían” simultáneamente de raíz a la razón humana.

Para justificar semejante brutal amputación de la racionalidad, Ockam –como decíamos arriba– se escudaba en el principio de economía del pensamiento (utilizado magistralmente por Aristóteles), manipulándolo hasta extremos inapropiados. El principio de economía del pensamiento es la prudencia intelectiva que, para explicar las cosas, evita complicarse innecesariamente. Dicho de una manera más culta: “los entes (o los conceptos) no deben multiplicarse sin necesidad” o en latín: “…pluralitas non est ponenda sine necessitate…”.

Hay que entender algo: Ockam no inventó el principio de economía del pensamiento. Lo que hizo fue hacer un uso abusivo y erróneo del mismo. A esta aniquilación de los alcances y posibilidades de la razón humana se le dio en llamar a partir del siglo XIX la “Navaja de Ockham”. Luego en el siglo XX, la literatura de folletín y Hollywood se encargaron de persuadirnos de que la “Navaja de Ockham” es el signo distintivo de los “inteligentes cool”

El artificial divorcio entre la fe y la razón

Para Ockham, por lo tanto, no sólo la metafísica (aristotélica, tomista, scotista o de cualquier otro cuño…) no era posible, sino que en consecuencia era imposible el conocimiento de Dios por la razón… El creía en Dios, aparentemente (era fraile, si eso es significar algo), así que –para salir de su laberinto mental– dio inicio a un resurgimiento del fideísmo, que es el rechazo del uso del intelecto para adherirnos a las verdades de fe, de lo que se sigue que hay que aceptarlas sólo porque Dios las propuso aunque fueran absurdas. Como ya dije en alguna ocasión, eso no es lo que la Iglesia Católica afirma. Lo que afirma la Iglesia Católica es que la razón sí tiene un papel que jugar en el desarrollo y aceptación de los misterios de fe: la fe y la razón sí son compatibles.

En términos generales, este fideísmo impulsado por Ockham preparó el camino a muchos pensadores y filósofos (destaca entre ellos Kant) que terminaron (o comenzaron) afirmando de variadas maneras, y con intensidades distintas, que la razón y la fe son incompatibles.

Insisto entonces en lo que comentaba en un discurso anterior: la Iglesia Católica Romana afirma y ha afirmado inmutablemente a lo largo de veinte siglos que los misterios no son absurdos, sólo sobrepasan a la razón limitada del ser humano. Claro está: para entender esto plenamente –enseña la Iglesia– hay que tener fe (y se refiere con ello a una virtud sobrenatural infundida gratuitamente por Dios y que, para tenerla, debe ser libremente aceptada por cada interesado).

Para tener fe, hay que querer tenerla.

La civilización en manos de las ratas, un fraile y una bacteria

En todo caso, decía que Guillermo de Ockham, a pesar de que vivía y se desplazaba en salones y corredores palaciegos, fue uno de los primeros clérigos víctima de la Peste Negra. Otros sacerdotes y religiosos, demasiados en realidad, le siguieron. Cumpliendo con sus obligaciones de llevar los últimos sacramentos a los moribundos, miles de sacerdotes (probablemente lo mejor de la Iglesia en ese tiempo) se infectaron con la enfermedad –al igual que los médicos– y murieron tras una más o menos larga, pero dolorosa agonía. Dos siglos tardaría la Iglesia Católica en recuperarse de esa pérdida: fue demasiado tarde.

No puedo dejar de pensar en cómo tanta tragedia debía hacer temblar la fe de los más devotos: las oraciones parecían no tener efecto… Dios parecía ausente.

La Peste y su cortejo de dolores y desgracias despertaron las más bajas pasiones y –a pesar de las indicaciones en contrario de la Iglesia Católica– los judíos fueron en algunos lugares culpados de la tragedia y perseguidos. Las supersticiones y las herejías (los flagelantes, los espirituales y algunas formas evolucionadas de los resabios cátaros-gnósticos) florecieron como alternativa popular a la aparente impotencia de los sacerdotes. La economía colapsó, las expediciones marítimas se detuvieron y las ciudades se despoblaron… Todo eso en sólo cinco años. En las décadas siguientes, rebrotes de la misma enfermedad asolaron aún más a Europa, y las consecuencias nos alcanzan.

La cristiandad (lo que ahora llamamos Europa) ya no fue la misma después de la Peste Negra. La Iglesia Católica, diezmada en sus filas, descuidó la formación de su clero en aras de la urgencia de reponerlo,y con la caída de su calidad humana preparó el camino hacia la ruptura de la cristiandad en ese torbellino de herejías que hoy llamamos la Reforma.

Si bien la civilización clásica sobreviviría aún cuatro siglos más, podemos sin duda identificar la conjunción de Ockham y de la Peste Negra como el punto de inflexión a partir del cual aquella estuvo herida de muerte, sentando las bases del clímax crítico de los siglos XV y posteriores.

Continuará.

 

La Peste Negra y el síncope de la Civilización – (Parte I) El nacimiento de la polifonía

30 marzo, 2020

Escuchábamos en un discurso anterior la parte del Credo que expresa la fe en el misterio cristiano de la Encarnación, en la versión homofónica del gregoriano Credo III para la Missa de Angelis. La melodía era sencilla aunque augusta, y perennemente fácil de cantar. De hecho, el canto gregoriano fue diseñado precisamente para que los faltos de instrucción en música pudieran participar fácilmente en los actos litúrgicos.

Pero el que hubiese versiones gregorianas (sencillas) de los cantos litúrgicos, no sólo no disuadió, sino alentó a muchos músicos a hacer versiones musicalizadas más complejas de las mismas oraciones.

La polifonía y Guillermo de Machaut

En esta serie de discursos escucharemos la versión del Incarnatus del francés Guillermo de Machault, quien fuera un prolífico poeta, escritor y músico del siglo XIV, cuya producción marcó definitivamente el arte de la cristiandad durante varias décadas. La homofonía (una sola melodía fácilmente tarareable) predominaba en la música sacra y en la mundana, probablemente por cierto apego a formas estéticas romanas clásicas.

Sin embargo, en lugares más alejados de estas tradiciones musicales (como Inglaterra con su gymel y Bélgica), comenzó, en el prolífico y decisivo siglo XII, a experimentarse con la polifoníaes decir con la conjunción de dos o más melodías cantadas o ejecutadas simultáneamente.

La técnica musical que permite que una polifonía suene bien se llama contrapunto, y –500 años después de su creación– Johann Sebastian Bach lo llevó en el siglo XVIII a sus más perfectas e insuperables consecuencias.

Guillermo de Machaut (quien al igual que el célebre músico Antonio Vivaldi, era clérigo) sirvió a muchos representantes de la alta aristocracia quienes hacían las veces de sus mecenas.

La gran mortandad

En ese entonces, durante la vida de Guillermo de Machaut, ocurrió en Europa una tragedia insólita y sin reediciones.

Un silencioso y fantasmagórico barco genovés encalló de noche en las costas italianas del Adriático en 1347. En su interior sólo llevaba cadáveres pestilentes y un espíritu de muerte: la Peste Negra traída de Crimea. En sólo seis años, en un macabro y espantoso holocausto expansivo, la mitad de la población Europea había pasado por una pustulenta y dolorosa agonía, hasta ser arrojada en brazos de la muerte.

En muchísimas ciudades, la vida de las tres cuartas partes de los pobladores fueron segadas. Ricos o pobres, clérigos y laicos, sabios e ignorantes… la Peste no hizo acepción de personas. Nadie sabía por qué ocurría, era una guerra sin gloria y sin ejércitos y una batalla sin enemigo visible.

Ni siquiera las masacres de las guerras mundiales del siglo pasado se equiparan a la mortandad relativa que la Peste Negra causó en Occidente. Y a lo monstruoso de sus dimensiones hay que añadir el pavor que producía el no saber nada de nada de lo que ocurría. Los conocimientos médicos no alcanzaban a prevenir ni a curar la enfermedad, y los médicos caían como moscas al igual que sus pacientes.

Ockham: el destructor

Una de las primeras víctimas de la Peste Negra fue precisamente otro clérigo de nombre Guillermo. Pero este era inglés y se apellidaba Ockham. De cultura enciclopédica y de inteligencia notable, Guillermo de Ockham llamado con cierta ironía Venerabilis inceptor, había puesto su mente al servicio de dos fines: someter a la Iglesia Católica bajo las cadenas de los políticos (un cierto regreso al paganismo) y acabar con el pensamiento metafísico clásico, herencia de los griegos y de pensadores cristianos de la talla de Boecio, San Agustín y Santo Tomás de Aquino.

Para el cumplimiento de estas metas, Guillermo de Ockham se refugió bajo las faldas de los poderosos de la tierra diciéndole al –en ese entonces– emperador del Sacro Imperio Romano Germánico:

“O imperator, defende me gladio et ego defendam te verbo”

“Oh emperador, defiéndeme con tu espada y yo te defenderé con mi elocuencia”

Continuará

Fides et Ratio. Et Incarnatus Est – (Parte II)

27 marzo, 2020

Esta es la segunda y última parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí

No en contra, sino más allá de…

Uno de los misterios expresados en el Credo, decíamos, es el Misterio de la Encarnación que los católicos acabamos de celebrar el miércoles 25 de marzo recién pasado. El misterio de la Encarnación es como se le llama al hecho, más allá de nuestro entendimiento, de que –según el magisterio católico– Dios infinito, espiritual y omnipotente se hizo hombre (limitado) en la persona del Χριστός (Christós).

Hoy quiero concentrarme en los elementos constitutivos de ese fenómeno con el objeto –no de persuadir a mis lectores de que eso es verdad, que lo es– sino con el propósito de tratar de explicar el por qué este misterio en particular no es un absurdo.

Decir por ejemplo: Fulano tiene una naturaleza que es simultáneamente infinita y finita, es un absurdo, viola el principio de no contradiccion. No es ese el caso de la Encarnación: el Χριστός (Cristo) no tenía una naturaleza contradictoria en sí misma (humana y divina al mismo tiempo y con respecto a la misma naturaleza) sino que tenía –tiene, según la Iglesia Católica, Apostólica y Romana– las dos naturalezas: una naturaleza humana (limitada) y OTRA naturaleza divina (ilimitada). Las características que más se nos presentan como incompatibles (lo finito y lo infinito) no se asientan en lo mismo, se asientan cada una de ellas en en dos naturalezas –principios de operaciones– respectivamente distintas.

Et homo factus est

Esto nos lleva –por supuesto– a preguntarnos ¿Cómo se unen, cómo se relacionan, estas dos naturalezas distintas (la humana y la divina)? Bueno, pues el magisterio de la Iglesia nos ha explicado siempre que ambas naturalezas están unidas en una Persona (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad) de tal manera que siguen siendo naturalezas divina y humana con operaciones propias distintas.

No entraré –por supuesto- a hacer una análisis del misterio de la Santísima Trinidad, (aunque buena falta hace), pero escuchemos el mismo Credo III en la parte donde se refiere a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad (19 segundos de audio):


Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Logos, el Verbo, tiene la naturaleza divina, es “Dios de Dios”. Aunque –al no tener Fe– no se acepte la verdad de esa afirmación, es obvio que –desde una perspectiva lógica formal– el juicio como tal no admite reparo alguno, de hecho es casi una tautología. Lo intrincado, lo misterioso de la cuestión, surge cuando resulta que esa Segunda Persona de la Santísima Trinidad –el Verbo, el Logos– asume en el tiempo y en el espacio –en la Historia– una segunda naturaleza (sin perder la anterior divina), cuando se hace carne:
“Et homo factus est”.

La hipóstasis

Al asumir la naturaleza humana, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad no deja de ser Persona, ni deja de tener su naturaleza divina. Estamos frente a una persona (Χριστός), de nombre Jesús, que tiene dos naturalezas distintas, dos “principios de operaciones” como habría dicho Aristóteles, es hombre (plenamente hombre) y Dios (plenamente Dios). La unión de las dos naturalezas distintas se da en la PERSONA, y la Iglesia le ha llamado: unión hipostática, del griego hypostasis (ὑπόστᾰσις “lo que permanece bajo las apariencias, la realidad”) aunque se utiliza más bien en el preciso sentido de persona.

Jesucristo, entonces, es UNA persona (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Logos) que es Dios (naturaleza divina) y Hombre verdadero. Tiene por lo tanto dos inteligencias, una inteligencia humana y por lo mismo limitada como la de todos nosotros; y una inteligencia divina ilimitada, como corresponde a Dios. También tiene dos voluntades, una divina y una humana, distinción que explica lo acaecido durante la Oración en el Huerto.

Misterio sin duda, más allá de la razón, pero no opuesta a ella. Podría parecer una sutileza sin mayor consecuencia, pero en realidad los fundamentos de lo que fue nuestra Civilización Occidental (como lo expliqué en esta serie audiovisual), descansan, precisamente, en las relaciones que hay entre la fe y la razón, y en la existencia y naturaleza de un Señor llamado Jesús, el Χριστός. Como bien sabía el osado y confundido Sigerio de Brabante.

Oigamos el fragmento del Credo III en el que se canta la profesión de fe de este misterio en particular (disculpemos a los pobres monjes que –como ya advertí– parece que tienen gripe o coronavirus) 14 segundos de audio:

Ésta, la de la Misa en la que contraje matrimonio hace muchos años, es la otra versión que les mencioné de la misma profesión de fe cantada por mortales comunes y corrientes,, más salvadoreños que el pan con chumpe (20 segundos de audio).

FIN

Fides et Ratio. Et Incarnatus Est – (Parte I)

26 marzo, 2020

Si se expresa una proposición como la que sigue: “un triángulo tiene cuatro lados” se está diciendo un absurdo. O tiene cuatro o tiene tres, pero no puede tener al mismo tiempo –y bajo el mismo respecto– ambas cantidades pues son excluyentes. Es el principio de no contradicción, sólo contestado por la dialéctica hegeliana (hoy bastante desacreditada) y por ciertas interpretaciones de la dialéctica marxista (más de moda que la anterior).

El principio de no contradicción es la piedra angular del raciocinio humano. Su aceptación –consciente o inconsciente– permite la investigación científica, la comunicación, el lenguaje y el simple razonamiento humano.

Señalo lo anterior para comenzar a poner en contexto las relaciones entre fe religiosa y razón. Recordemos que:

Algunas religiones sostienen que el ser humano -en virtud de su dimensión limitada- no puede, con sus solas fuerzas, comprehender la verdad y el significado de realidades vinculadas a lo infinito (o sea, a Dios). Es por esta razón, arguyen, que Dios se revela a sí mismo mediante acciones extraordinarias, para poner al alcance de sus criaturas verdades que, de otro modo, difícilmente –o de ninguna manera– alcanzarían.
El cristianismo en general, y la Iglesia Católica Romana en particular, forman parte de este tipo de religiones. Así, el cristianismo en general está –como doctrina– estructurado alrededor de estas verdades –algunas de ellas inalcanzables por otras vías–  que, de modo gratuito, dicen que fueron puestas a disposición del hombre por Dios mismo.

Los misterios cristianos

Decíamos también que el Magisterio de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana sostiene que todos los misterios a los que Dios –a través de ella– propone la adhesión del intelecto humano son racionales, es decir que no son absurdos. No contrarían la razón, sólo la superan. Y la superan en virtud de que tales misterios tienen relación con la naturaleza infinita de Dios, inabarcable por la finitud de la razón humana.

El hecho de que el ser humano no entienda en determinadas circunstancias algo, no hace de ese “algo” un absurdo, un contradictorio. No entendemos del todo, por ejemplo, la esencia de la luz, sólo podemos explicar ciertos comportamientos a través de modelos corpusculares y ondulatorios. Eso no convierte a la existencia de la luz en un absurdo contradictorio.

En suma, los misterios que estructuran el corpus doctrinal cristiano, si bien –dice la Iglesia– algunos son incomprensibles, no son contradictorios ni absurdos. Y eso es porque para el Magisterio Católico, Dios es Racional en esencia.

A la pregunta de quinceañero: “Si Dios es omnipotente, ¿Puede hacer una piedra tan grande, tan grande, que ni Él mismo la pudiera levantar?” la respuesta católica ha sido siempre clara y conteste: Dios es omnipotente, no tonto. No la haría, pues eso supondría un absurdo, una contradicción y Dios es la razón pura en esencia, el LOGOS. Claro que el fondo de la pregunta y de la respuesta no son de quinceañero: hunden sus raíces en elaboraciones filósoficas de más larga data que el pánico por el coronavirus.

El voluntarismo y la irracionalidad

Para otros, la respuesta a esa pregunta es afirmativa. Algunos de ellos son pensadores profundos y legendarios que, basándose en reflexiones de Juan Duns Escoto y Averroes, supusieron que la omnipotencia de Dios lo dejaba a  Él “libre” de hacer lo que le “diera la gana” y que si Dios quería hacer un cuadrado de cinco lados, lo podía hacer… si problema.

Por supuesto que esa percepción de las cosas llevaba a destruir la misma definición de verdad. A Sigerio de Brabante, por ejemplo, un pensador acucioso y valiente que desempolvó teorías gnósticas como la del eterno retorno, no le quedó más remedio que llevar su tesis hasta sus últimas consecuencias y llegó a pensar que habían “dos niveles de verdad” igualmente “verdaderas” aunque fueran contradictorias entre ellas: la destrucción del principio de no contradicción, uno de los tres pilares del pensamiento. Lo acucioso y lo valiente no garantiza infalibilidad

Vuelvo al punto: para el Magisterio Católico, Dios es Racional (no porque el hombre lo sea, como sugería Feuerbach, más bien el hombre es racional porque su creador lo hizo a su imagen y semejanza) y Dios sólo hace cosas racionales y sólo propone a sus creaturas racionales, verdades racionales para que adhieran su intelecto libremente a ellas. Estas “verdades”, repito, no por ser racionales dejan –a veces– de constituir auténticos misterios.

De hecho, tan racionales dice la Iglesia que son estos misterios que durante veinte siglos, una pléyade de filósofos y teólogos se ha dado a la tarea de escrutarlos, y de tratar de sacar de ellos sus últimas consecuencias racionales. El exclarecimiento de esos misterios dentro del Magisterio de la Iglesia Católica está expresado en niveles de sofisticación para todos los gustos. El nivel más básico está contenido en el Credo, una oración que resume los principales misterios de la fe católica expresados en profesiones de fe.

El Credo III

A esa sencilla oración, desde la fórmula bautismal de Jerusalén en los primeros años de la Iglesia, se le ha puesto música. Los devotos han tratado de ponerle la más bella música a su disposición.

No tenemos en nuestras manos todas esas primitivas partituras (entre otras cosas porque no las hubo), pero de una de las más antiguas de las que sí disponemos es de la versión en canto gregoriano que suele acompañar a a la Missa de Angelis –el Credo III– que remonta sus orígenes hasta el siglo VII con San Gregorio Magno.

Más que su antigüedad, lo que sorprende es que todavía se cante por los fieles en donde hay todavía resabios de cultura católica (no es el caso de El Salvador en donde tal cosa, si la hubo alguna vez, se acabó entre los años cincuenta y los sesenta del siglo pasado).

Sólo dispongo de dos versiones, una de unos monjes benedictinos de Brasil, y la otra es el Credo cantado en la misa de mi matrimonio, como prueba de que el canto gregoriano está hecho para que lo cante cualquiera… Sí: cualquiera. La versión de los monjes benedictinos comienza así (21 segundos de audio):

Continuará…

La astronomía y su asombrosa historia – V – Festum Incarnationis

20 marzo, 2020

Contenidos

  1. Recapitulando
  2. El equinoccio místico y la música pitagórica
  3. El canto humilde y primaveral del gorrión
  4. “…Este te aplastará la cabeza…”

Esta es la quinta y última parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, su tercera aquí, y su cuarta parte aquí

“…se establecen fechas convencionales para propósitos  espirituales (…) para recordarnos que somos criaturas de Dios y que Él nos creó de la nada en un momento concreto. Para que le agradezcamos y le adoremos. Y para servir a ese propósito, la Astronomía nos cae de pelos… “

Recapitulando

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Lucifer fue derrotado en los cielos, y la Aurora de la Mañana cayó estrepitosamente en el Seol. Esa trayectoria, y la de todas las estrellas, cometas y planetas despertó la curiosidad del primer Homo Sapiens, y así surgió la Astronomía. Con el estudio de la Astronomía, el ser humano pretendía conocerse mejor a sí mismo, examinar la voluntad de los dioses, prever mejor los cambios climáticos, elaborar calendarios cada vez más precisos, comprender el funcionamiento del universo… en suma: saber todo acerca del equinoccio de primavera, el paso de la muerte a la vida, de la nada al ser, del frío al calor, del invierno a la primavera.

Griegos como Pitágoras, Heráclides Póntico, Eudoxo de Cnido, Aristarco de Samos, Aristóteles, Eratóstenes y Claudio Ptolomeo le dieron a la Astronomía carta de ciudadanía entre las ciencias racionales, empezando a separarla de la superstición.

Destaca entre ellos Pitágoras quien –habiendo como los ciegos errado en algunos detalles y acertado en otros– legó a la posteridad el culto hacia las Matemáticas, y la certeza de que detrás de las órbitas y de los ciclos espaciales sonaba portentosamente una divina pieza musical.

El equinoccio místico y la música pitagórica

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Luego de la venida del Χριστός (Christós), la Iglesia Católica recogió la tradición astronómica antigua y –luego de la condena de las tesis averroistas por la Universidad de París en 1277– le dio el impulso definitivo que consagró a la Astronomía como ciencia moderna y pujante.

Desde entonces, a la carrera por encontrar con exactitud el equinoccio de primavera, se sumó una brillante pléyade de clérigos católicos que todavía reluce en la actualidad.

Y así, terminó fijándose la fecha de la derrota celestial y terrena de Lucifer. De modo convencional, a sólo unos días del equinoccio, se fijó la venida de Dios a la Tierra para hacerse hombre. Se fijó el 25 de marzo para celebrar el descenso de Dios al Vientre de la Virgen María, para celebrar la Encarnación.

Ese día, asistimos a un paralelismo contrastante: tanto Lucifer como la Segunda Persona de la Santísima Trinidad “bajaron” de los Cielos. Pero Lucifer, derrotado con soberbia; Χριστός, triunfante con humildad. El primero, en estrepitosa caída humillante, como meteorito sin freno; el segundo, en serena y triunfante llegada, como la luz del amanecer.

Uno de los compositores más grandes de todos los tiempos, Mozart, haciéndole honor a la “música universal pitagórica”, nos canta en su Missa Brevis (Spatzen-Messe) en Do Mayor K220, el equinoccio, la llegada de la primavera, la Encarnación y la derrota de Lucifer, siguiendo el texto del Credo Niceno

“Qui propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis…

“Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo…”

 

El canto humilde y primaveral del gorrión

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Es así cantada la Encarnación de Dios, exactamente nueve meses antes de la Navidad (el nacimiento del Χριστός). Nueve meses de embarazo que dan comienzo el 25 de marzo, en el que –a diferencia de Lucifer, que bramó gélidamente “¡Non Serviam!”– la humildad y la disponibilidad de María fueron fecundadas en una primavera mística por el Espíritu Santo, haciendo posible la voluntad divina de asumir la naturaleza humana. El día de la Anunciación, de la Encarnación, otrora se llamó:

FESTUM INCARNATIONIS, INITIUM REDEMPTIONIS CONCEPTIO CHRISTI, ANNUNTIATIO CHRISTI, ANNUNTIATIO DOMINICA.

 

No es casualidad que Wolfgang Amadeus Mozart haya titulado a esta obra como la “Misa de los Gorriones” (Spatzen-Messe) pues al igual que esta Misa, los gorriones son breves (pequeños) y hacen sus nidos abriéndose a la fertilidad y al amor justo luego del equinoccio: en primavera. Además, los gorriones son pajaritos universales (del griego καθολικός katholikós, universal), pues viven y cantan en los cinco continentes. Tan universales como la validez de las Matemáticas y de la fe cristiana.

“…Este te aplastará la cabeza…”

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Buen día para recordar cómo, después del pecado original, Dios le advirtió a Lucifer:

“…inimicitias ponam inter te et mulierem et semen tuum et semen illius ipsa conteret caput tuum et tu insidiaberis calcaneo eius…”

“…Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; Este te aplastará la cabeza…”

 

También es un buen día para recordar que somos seres humanos desde el momento de la concepción y que no podemos permanecer indiferentes frente al abominable crimen del aborto que el actual régimes dictatorial que sufrimos se está aprestando a despenalizar en las sombras, lo creamos o no.

Finalmente, les propongo que veamos y escuchemos completa, hoy que celebramos el equinoccio (20 de marzo del 2020), la versión del Credo Niceno Constantinopolitano, la profesión de Fe del Cristiano desde hace 1 700 años en su versión Mozartiana de la Missa Brevis (Spatzen-Messe) en Do Mayor K220 (4 escasos minutos de duración):

FIN

La astronomía y su asombrosa historia – IV – La maximización del contexto

17 marzo, 2020

Contenidos

  1. Y se cierra el círculo
  2. La maximización del contexto: el mayor logro de la civilización occidental

Esta es la cuarta parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, y su tercera aquí.

“…Pero ¿A qué se debe este curioso romance entre la Iglesia Católica y esta ancestral Ciencia? Yo diría que se debe a tres razones…… “

En primer lugar a que…

“…Mientras más conozcamos la creación más admiraremos al Creador. La Iglesia y los creyentes, en particular los católicos, no sólo no ven con desconfianza el avance de las ciencias y en particular el de la Astronomía, sino que consideran estos avances con admiración, orgullo y una especie de temor reverente al contemplar la belleza incomparable de las obras que han salido de la mano de Dios”

En segundo lugar, a la fuerza de la tradición clásica.

Y, en tercer lugar, al interés por fijar las fechas más trascendentales de la Historia de la Salvación, de los Mysteria Fidei. Citaré sólo cinco hitos históricos a los que la Cristiandad (y grandes civilizaciones anteriores a ella) ha deseado fechar con ayuda de las estrellas y el calendario: la creación del mundo, el nacimiento del Χριστός-Cristo, su concepción por obra del Espíritu Santo en el Vientre de la Virgen María (la Encarnación), la muerte y resurrección de Cristo… y la caída de Lucifer.

Y se cierra el círculo

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¿Cuándo caíste del cielo, Lucifer, Hijo de la Aurora? ¿Ubi cecidisti de caelo? Desde tiempos inmemoriales, desde cuando nació la escuela rabínica en el cautiverio babilónico (la cuna de los astrónomos), por motivos que trascienden lo simbólico, se ha creído que la fecha de la derrota del demonio en los cielos debe ser la misma que la fecha de la creación del mundo y la misma que la derrota de Lucifer en la Tierra. Y existía, ya en la época cristiana, la convicción de que a esas fechas estaba íntimamente ligado el final del invierno (el final de la nada, el final de la muerte), y el inicio de la vida y de la primavera. El triunfo del Χριστός y el fracaso de Satanás debían celebrarse en el equinoccio de primavera, y fijar esa fecha correspondía a los sabios escrutadores de los cielos, a los astrónomos. De  hecho, por cierto, el equinoccio de primavera, este año de 2020, ocurre exactamente el próximo viernes 20 de marzo.

Algunas sectas cristianas, dadas a la iconoclastia, y enemigas de la cultura clásica, han repulsado desde los primeros siglos de nuestra era este esfuerzo por fijar convencionalmente tales fechas.

La fijación de tales efemérides responde al propósito de maximizar el contexto histórico de la venida del Χριστός (Cristo), transparentando  que tales acontecimientos se dieron realmente en la línea de tiempo humana.

La maximización del contexto: el mayor logro de la civilización occidental

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No hay registros históricos–aún- de la fecha exacta en la que nació Jesucristo, pero hay razones de peso –traídas de la mano de la Tradición– que dan certeza moral de que el 25 de diciembre es una fecha real.

Lo mismo ocurre con la fecha de la creación: las investigaciones científicas aún distan eones de llegar a un acuerdo sobre tal cosa (aunque las teorías del Big Bang algo parecen aportar por el momento). A la espera de una fecha precisa e indiscutible (dato que puede tardar en llegar, si llega) se establece una fecha convencional con propósitos  espirituales.

¿Cuál es este propósito “espiritual”?: recordarnos que somos criaturas de Dios y que Él nos creó de la nada en un momento concreto y que triunfó sobre Lucifer. Para que le agradezcamos y le adoremos. Y para servir a ese propósito, la Astronomía nos cae de pelos.

No se pierdan la última parte de esta serie.

Continuará…