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Mi Lepanto

7 octubre, 2019

Allá por los años veinte (¿o treinta?) del siglo pasado, un reputado y habilísimo carpintero y albañil se conducía en un automóvil por una carretera de la costa salvadoreña. Iba sentado al lado del conductor con su brazo apoyado en la ventana derecha del vehículo. Por alguna razón se detuvieron en el camino –tal vez a comprar cocos–, y mientras nuestro carpintero distraído esperaba a que el piloto se subiera al vehículo de nuevo, un desconocido que se acercó furtivo -y ebrio– le asestó –sin explicación aparente– un  machetazo en el brazo.

La herida era seria, y la situación era tanto más grave en cuanto que su brazo y su mano derecha, cuyos tendones no habían salido indemnes, le eran indispensables para su trabajo profesional, no sólo el de la carpintería y albañilería, artes en las cuales era reconocido como el mejor de la ciudad de San Salvador de esa época, sino también el de dibujo de planos, actividad en la que empezaba a destacar con mucho éxito.

Había por tanto que atender el daño con prontitud y de tal manera que la curación fuese cierta. Al carpintero le recomendaron a un médico que para ese entonces se había rodeado de cierta fama de destemplado, pero también de muy capaz. Le visitó en su clínica, y comenzó su tratamiento. Este fue largo, y exigía regulares visitas al consultorio del cirujano quien –a tono con las técnicas médicas de hace cien años– le “curaba” las heridas hasta que estas restañaron. La mano del artista había quedado incólume.

Ambos -paciente y galeno– trabaron una estrecha y acendrada amistad que duró hasta el final de sus vidas, y que engarzaron –al menos en relaciones cordiales– a los miembros de sus familias respectivas. El facultativo ganó –viéndolo desde el lado práctico– un carpintero que le proveyó poco a poco de casi todos los muebles de su casa (de calidad excelente, seguro, y a precio módico, supongo), y el albañil ganó atención médica permanente de primera calidad para él, su esposa y sus hijas –también– a tarifas preferenciales.

El carpintero-albañil-diseñador llegó –poco más tarde– a ser, de hecho y de la manera más empírica,  lo que ahora entendemos como un ingeniero constructor; en realidad, el mejor ingeniero constructor de nuestro país, y su nombre es José María (Chema) Durán. El médico cirujano era mi abuelo. Su amistad, que contagió a las siguientes generaciones de las familias, duró tanto como los muebles de Chema Durán, que eran sólidos, sobrios, bellos y bien artículados. Yo estoy en este momento escribiendo este discurso precisamente en un elegante escritorio manufacturado por Chema Durán hace poco menos de cien años, y sentado en una sólida silla de madera reclinable con tecnología ya centenaria también… y los muebles como si nada: siempre bonitos, esbeltos y macizos.

La última fotografía de mi abuelo (a la derecha) lo retrató en el lecho de muerte, consumido por una larga, paralizante y dolorosísima afección. A su lado está, de visita y con un rostro como de triste desconcierto, su amigo Chema Durán. Preciada fotografía que atestigua una indestructible devoción fraternal.

El genio de Chema Durán –ya no como carpintero, sino como arquitecto e ingeniero empírico– no podía menos que brillar en una ciudad –la mía, San Salvador– caracterizada por la vulgaridad, lo provisional y el mal gusto. Si al hecho de que esta ciudad suele ser presa de la vehemencia deletérea de recurrentes terremotos le añadimos el que nunca ha querido –o podido– perder su mentalidad provinciana, entenderemos por qué San Salvador es una ciudad desordenada, fea y pedestre. Excepciones las hay, y no pocas, pero la arquitectura capitalina es –insisto–, en general, enana, repulsiva y grosera.

Nuestra ciudad, la capital de mi país El Salvador, tiene un chato perfil horizontal en el que destaca, para su gloria arquitectónica, la silueta de la iglesia de María Auxiliadora, la  más bella de nuestro país. La construyó Chema Durán. Y la construyó pues en el barrio en donde Chema vivía (Barrio de San Miguelito) llevaban a cabo su labor evangelizadora los curas salesianos, y se trabó –en el primer tercio del siglo pasado–, entre nuestro ingeniero y estos sacerdotes, una relación afectiva muy profunda. Tal vínculo cristalizó en que Chema Durán construyó la iglesia de marras. Hay que decir que ya casi al finalizar la obra (mediados del siglo), Chema Durán se opuso a añadir un audaz campanario de casi 100 metros de altura por considerar tal conato como una imprudencia en este valle de sismos. Los salesianos se pusieron en sus trece, y Chema Durán abandonó la dirección del proyecto que –como dije– ya estaba casi finalizado. En todo caso hay que decir que la obra es de él. Chema Durán –y su esfuerzo, hasta nuestros días, no tiene parangón digno– mejoró sustancialmente el aspecto de nuestra ciudad.

He aquí un vídeo de dos minutos y 49 segundos en el que se describe la Iglesia de María Auxiliadora (o Don Rúa, como se le conoce popularmente). Noten el vitral que aparece a la derecha en el segundo 47.

Fr. Alfredo Pío Álvarez O. P.

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario en 1938 antes de que los dominicos post conciliares la aniquilaran

Por el otro lado, mi abuelo también había tejido nexos de afinidad con otros sacerdotes: la Orden de Predicadores (mejor conocidos como dominicos). Así como Chema Durán construía para los salesianos, mi abuelo era el médico ad honorem de los dominicos. De mi abuelo no puede decirse que haya sido alguien visiblemente piadoso –al menos exteriormente, para nada–, sin embargo sus horizontes intelectuales eran vastos, y enganchó inmediatamente con la erudición y amor por la cultura clásica de algunos de los frailes.

Digno de destacar es el abundante intercambio epistolar que mantuvo hasta su muerte con Fray Alfredo Pío Álvarez O.P., un connotado dominico asturiano de altos vuelos literarios y filosóficos. Mientras los auscultaba y recetaba, mi abuelo se sumergía con algunos de esos frailes (no todos eran de grandes luces) en deliciosas tertulias sobre letras y temas humanísticos. Los dominicos regenteaban la iglesia de Nuestra Señora del Rosario (a unas cuantas calles de la casa de mi abuelo) a donde mi abuela –que sí era una mujer piadosa– llegaba puntualmente todos los viernes a rezar los misterios dolorosos.

Hay acá un interesante paralelismo entre los dos amigos protagonistas de este discurso, pues la advocación de la Virgen de ambas iglesias (María Auxiliadora y Nuestra Señora del Rosario) tienen el mismo origen. Un día como hoy, 7 de octubre, de 1571 en la más grande batalla naval de la historia, los cristianos derrotaron, por primera vez, al poderío marítimo musulmán en el marco de la segunda Yihad. El papa Pío V (dominico también) decretó que ese día se celebraría en adelante la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, y añadió a las letanías el título de “Auxilio de los Cristianos”. Gregorio XIII, el papa siguiente, cambió el nombre de la fiesta que conmemoraba la batalla de Lepanto a  “Nuestra Señora del Rosario”.

En suma: tanto la iglesia de María Auxiliadora (que construyó Chema Durán) como la iglesia Nuestra Señora del Rosario (en donde rezaba mi abuela, y llegaba mi abuelo a dar atención médica a los frailecitos) fueron construídas para conmemorar la Batalla de Lepanto cuya efeméride celebramos hoy.

Vitral de San Pío V y la Batalla de Lepanto ubicado en la Iglesia María Auxiliadora

No es de ninguna manera entonces una casualidad que uno de los vitrales de la iglesia María Auxiliadora de los salesianos represente la Batalla de Lepanto, única muestra pictórica de tal evento en un edificio público en nuestro país. Tampoco es casualidad que Fray Alfredo Pío Álvarez escribiera con alguna frecuencia sobre la memoria de esa batalla en los periódicos de los países en los que se encontró (El Salvador, Guatemala y Costa Rica). Y tampoco es sólo un acaso el que mi abuelo, en el apogeo de su carrera profesional como médico e historiador, se casara por la Iglesia precisamente un 7 de octubre.

Se nos olvida a veces que la Batalla de Lepanto (relato detallado y completo de la cual pueden leer acá) es una batalla muy nuestra, pues a la fecha del suceso éramos parte integral de la Monarquía Española, a cincuenta años por cierto de haber empezado, como nación, a dar nuestros primeros pasos en la Historia. Así que la batalla también fue nuestra y –más que seguro– se rezaron Rosarios para su buen éxito en lo que entonces era San Salvador del Mundo. Por eso las siguientes palabras de mi abuelo vienen como anillo al dedo:

“La Colonia es fuente y origen de nuestra vida nacional, y es tan odiada como incomprendida por falta de estudio; por lo menos de un estudio en que se pusiera un grano de cariño y un adarme de gratitud, después de una buena jabonada a esa costra de malquerencia que hemos venido heredando a través de tanto discurso chirle de 15 de septiembre, en que la muletilla obligada era hablar mal, a todo trapo, de España, “la que nunca dio flores sino fruto útil e sano”, echando en olvido o desconociendo que si algo bueno tenemos a ella se le debe, y que a ella habemos de convertirnos espiritualmente para que podamos seguir rezando a Jesucristo en nuestro idioma Español”.

Esa conversión espiritual es la que hace que, para mí, la efeméride de la Batalla de Lepanto sea la memoria de Chema Durán, el aniversario de bodas de mis abuelos, las iglesias de María Auxiliadora y de Nuestra Señora del Rosario, y la vida tímida, oscura –pero para mí llena de  refulgencias– de mi abuelo.

Ese es mi Lepanto.

El navegante español Pedro de Heredia funda la ciudad de Cartagena de Indias en la actual Colombia (1º de Junio de 1522)

30 abril, 2019

El primer español en llegar a lo que hoy es Cartagena de Indias fue Rodrigo de Bastidas, notario en Sevilla. Bastidas había participado en uno de los primeros viajes del descubridor Cristóbal Colón a América. Inicialmente el área fue bautizada con el nombre de Golfo de Barú por el mismo Bastidas. En 1503 el cosmógrafo cántabro Juan de la Cosa pidió a la Reina de España Isabel la Católica que cambiara el nombre de Golfo de Barú por el de “Bahía de Cartagena”. La Reina ordenó entonces cambiar el nombre por Real Provisión. El nombre de Cartagena fue dado debido a la similitud de la bahía con la de Cartagena de Levante en España y fue dado por acuerdo entre Juan de la Cosa y la misma Reina.

La ciudad fue fundada el 1 de junio de 1533 por Pedro de Heredia y los soldados que le acompañaban, muchos de ellos originarios de Andalucía y Extremadura. La capitulación que le autorizaba decía:

“Vos doy licencia y facultad para que podáis hacer y hagáis en la dicha provincia una fortaleza cual convenga para la defensa del español que en ella residiesen, en la parte que mejor os pareciese”.

En la isla Calamarí, donde había un poblado indígena, asentó Heredia su cuartel y procedió a nombrar el Cabildo y trazar la ciudad.​ Para el asentamiento de Pedro de Heredia y la fundación de Cartagena de Indias fue clave el enlace que hizo la india Catalina, tal como consta en una Probanza del Alguacil de Cartagena en 1535, Álvaro de Torres, documento transcrito desde el Archivo General de Indias y publicado en 2006 por Hernán Urbina Joiro, donde consta:

Si saben que viniendo el señor Pedro de Heredia, gobernador de la dicha ciudad, a poblar y pacificar la tierra, tocó en Santa Marta para tomar lenguas [hacer averiguaciones, conseguir información], y que no se la quisieren dar, antes pusieron gente de guarda en toda la costa, para que ninguna cosa de la tierra pudiese tomar, y que estando yo en la dicha provincia, contra la voluntad de García de Lerma gobernador de ella, di una lengua al dicho Pedro de Heredia, sin que por ella pidiese ni llevase ninguna cosa por ella. Si saben que con esta lengua que yo le di, el dicho Pedro de Heredia ha poblado esta tierra, por ser la dicha lengua como es, sobrina de los caciques principales de esta provincia, y que ella los apaciguó e hizo todos de paz, lo que sin ella no se pudiera hacer, por ser los cristianos y la tierra muy belicosa.

En 1538, la Corona autorizó el repartimiento general de indios entre los vecinos, y tasó los tributos. Cartagena es convertida en una sociedad de encomenderos. El puerto fue cobrando importancia gracias a su bahía protegida por los militares españoles, la construcción de los fuertes y murallas y a su cercanía con la ciudad de Panamá otro puerto español importante.​

En los años siguientes Heredia fue encarcelado por crímenes contra el pueblo de los Sinú y, más tarde, condenado a muerte. Contrariamente a lo que se cree, la Corona protegía activamente a los Indígenas de conformidad a las Leyes de Indias.

Lo que debe recordarnos que la conquista de la América Hispana no fue solamente militar, sino, ante todo, jurídica e institucional, además de religiosa pues transcurre en paralelo a la Evangelización. La Monarquía Hispánica trasplantó al Nuevo Mundo el Derecho castellano, de raíz romana y con huellas de toda su trayectoria histórica medieval. Un Derecho en el que cabían la publicidad, la controversia y la disparidad de opiniones y que, para no degenerar en arbitrariedad, necesitaba el soporte documental y burocrático propio del primer Estado Moderno.

En ese sistema, los conquistadores españoles, no solamente respondían a su particular iniciativa en lo material y económico, sino que —en una admirable conjunción de criterios— eran oficiales públicos en su gobierno y su ejercicio judicial. Por eso estaban sometidos a la fiscalización de sus actos y debían dar cuenta al rey de las responsabilidades contraídas en el desempeño de su cargo.

Sin embargo Heredia logró escapar a España. De nada le valdría, pues murió al hundirse su navío en medio del océano.

En poco tiempo Cartagena de Indias se convertirá en uno de los puertos más transitados e importantes del continente americano, sobre todo por ser el puerto de partida de las enormes riquezas que se extraen de las colonias, para ser llevadas a través del mar, hasta los puertos de Cartagena, Cádiz y Sevilla.

Mapa de la ciudad en su reciente creación y sin las murallas (c.1550)

La asamblea de Noyon proclama rey de Francia a Hugo Capeto (1º de Junio de 987)

30 abril, 2019

En Francia, tras fallecer en un accidente de caza Luis V, último rey de la dinastía Carolingia sin dejar heredero, la asamblea de Noyon proclama rey a Hugo Capeto. Se inicia la dinastía de los Capetos que gobernará Francia hasta 1328

Hugo Capeto (nacido hacia el 940, muerto el 24 de octubre de 996), duque de los francos (960–987), después rey de los francos (987–996), fue el primer soberano de la Casa de los Capetos. Hijo de Hugo el Grande y de su esposa Hedwige de Sajonia, fue heredero de la poderosa Casa Robertina, linaje que competía por el poder con las grandes familias aristocráticas de Francia en los siglos IX y X.

A finales del siglo X comienza una revolución económica y social que iba a llegar a su apogeo hacia el 1100.​ Los progresos agrícolas, el comienzo de los desbrozos y el aumento de la capacidad de intercambio que conllevó la introducción del dinar por los primeros carolingios, supusieron una dinámica económica aún tímida pero real. Al mismo tiempo, el fin de las invasiones y la continuidad de las guerras privadas conllevaron la construcción de los primeros castillos feudales donde podían encontrar refugio los campesinos. Al mismo tiempo, la nueva élite guerrera, los caballeros, entraron en competencia con la antigua aristocracia funcionarial carolingia. Para canalizar a estos recién llegados y para asegurar la protección de sus bienes, la aristocracia y la Iglesia sostuvieron y explotaron el movimiento de la paz de Dios. Es en este contexto donde Hugo Capeto pudo instaurar la dinastía capeta.

En principio se benefició de la obra política de su padre que logró contener las ambiciones de Heriberto II de Vermandois, además neutralizando el linaje. Sin embargo, esto no se pudo hacer sino ayudando a los carolingios a mantenerse, aunque de hecho estuvieron totalmente excluidos de la carrera por la corona desde la decadencia de Carlos el Simple. En 960, Hugo Capeto heredó el título de duque de los francos obtenido por su padre a cambio de la concesión de la corona a Luis IV de Ultramar. Pero, antes de lograr el poder, debió liberarse de la tutela de los otonianos y eliminar a los últimos carolingios. Con el apoyo de la Iglesia, y en particular del obispo Adalberón de Reims y de Gerberto de Aurillac, ambos próximos a la corte otoniana, fue finalmente elegido y consagrado rey de los francos un día como hoy en 987.

La relativa debilidad de Hugo Capeto era paradójicamente una ventaja para su elección por las otras grandes familias con el apoyo de los otonianos, ya que suponía poca amenaza a los ojos de los grandes vasallos y para las ambiciones imperiales. Sin embargo, si bien fue cierto que el nuevo rey no logró someter a sus indisciplinados vasallos, su reinado supuso una modificación de la concepción del reino y del rey. Así, Hugo Capeto se reconcilió con la Iglesia rodeándose sistemáticamente de los principales obispos y se acercó a la aristocracia aliándose con los grandes príncipes territoriales (el duque de Normandía o el conde de Anjou), lo que reforzó su trono. Conocemos la historia del primer Capeto principalmente gracias al monje erudito Richer de Reims.

La Francia occidentalis se encontraba definitivamente separada del Imperio y el primer Capeto, como sus sucesores, puso toda su energía en crear una dinastía continua, consolidando su poder sobre sus dominios y asociando al trono a su hijo Roberto II el Piadoso el día de Navidad del año 987.3​ La corona fue, en efecto, transmitida a su hijo tras su muerte en 996. La casa de los capetos así fundada durará más de ocho siglos y dará origen a dinastías reales en España, Portugal, Brasil, Italia, Hungría y Polonia.​

Mort du Maréchal Louis-Nicolas Davout, duc d’Auerstaedt et Prince d’Eckmühl (le 1er juin 1823)

30 abril, 2019

Louis Nicolas Davout naît le 10 mai 1770 dans la commune d’Annoux dans l’Yonne, fils aîné de Jean-François d’Avout et de Françoise Adélaïde Minard de Velars. Sous-lieutenant au Régiment Royal-Champagne-Cavalerie avant la révolution ; il fait partie de l’Expédition d’Égypte. En 1802, il commande les Grenadiers de la Garde Consulaire.

Élevé à la dignité de Maréchal d’Empire, le 19 mai 1804, lors de la remise en place de cette distinction et ce, avec la première promotion. Il participe aux batailles d’Ulm, d’Austerlitz, remporte le 14 octobre 1806, la bataille d’Auerstaedt, aux conséquences plus grandes que la victoire simultanée de l’Empereur à Iéna. Nommé de 1807 à 1809, gouverneur du Grand Duché de Varsovie, alors reconstitué par Napoléon, il réorganise l’Armée Polonaise. Il organise le « Corps d’Observation de l’Elbe » embryon de la Grande Armée avant la campagne de Russie.

Blessé à la Moskowa, il réussit à empêcher son Ier Corps de se faire écraser par les troupes de Mikhaïl Il. Koutouzov et les Cosaques de Mikhaïl An. Milodarovitch. Lors de la campagne d’Allemagne de 1813, Davout tient victorieusement le siège de Hambourg face à 80 000 coalisés Prussiens, Russes et Suédois.

Napoléon le nomme ministre de la Guerre lors des 100 jours, en vue de préparer la campagne de Belgique, son absence se fait sentir sur le terrain. Le 2 juillet 1815, il signe la Convention de Paris à Saint-Cloud, stipulant que l’Armée Française doit se retirer derrière la Loire. Ensuite, Davout se retire. Il ne paraît qu’une fois pour défendre le Maréchal Ney à son procès. Davout se rallie à la Restauration et entre à la Chambre des Pairs.

C’est un des rares maréchaux invaincus. Duc d’Auerstaedt et prince d’Eckmühl, il figure parmi les plus grands chefs militaires de l’empire. Il a participé à une douzaine de batailles, reçu plusieurs distinctions comme le Grand-Aigle de la Légion d’honneur. Il décède le 1er juin 1823 à l’âge de 53 ans et est enterré au Cimetière du Père Lachaise.

Traité de Douvres (le 1er juin 1670)

30 abril, 2019

Le traité de Douvres est un accord secret entre l’Angleterre et la France contre les Provinces-Unies. Charles II d’Angleterre, qui admire beaucoup Louis XIV, s’engage à collaborer avec lui, contre les Hollandais. Il s’engage aussi à adhérer à la religion catholique dès que la situation intérieure de l’Angleterre le permettra (la grande majorité du Parlement anglais est antipapiste et francophobe). Louis XIV lui promet lorsque ces conditions seront remplies une aide financière et militaire.

Ce traité est appliqué deux années plus tard, pour la troisième guerre anglo-néerlandaise. Pomponne, ministre de Louis XIV, est chargé de gagner la neutralité des Suédois et des Allemands, afin que la France ait le champ libre pour mener à bien le conflit, la France se chargeant des opérations terrestres, l’Angleterre, des opérations navales. En échange de son aide, l’Angleterre annexerait les territoires à l’embouchure de l’Escaut.

Mort du Maréchal Jean Lannes suite à la bataille d’Essling (le 31 mai 1809)

30 abril, 2019

Né à Lectoure le 10 avril 1769, fils d’un petit marchand, il rejoint la Garde Nationale en 1792. Il est promu sous-lieutenant la même année. De 1793 à 1795, il combat avec vaillance les Espagnols dans le Roussillon.

En 1796, il participe à la première campagne d’Italie comme simple soldat. Il se distingue à Dego (15 avril 1796) où le Général Bonaparte le remarque et le promeut Général de Brigade. Il participe au Coup d’Etat du 18 Brumaire. En 1800, il participe à la Seconde Campagne d’Italie, s’empare d’Aoste et bat les Autrichiens du Général Peter-Carl Ott à Montebello le 9 juin. Puis il commande la Garde Consulaire. De 1802 à 1804, Jean Lannes est nommé à l’Ambassade de France, où son manque de diplomatie oblige Bonaparte à le rappeler.

En 1804, l’empereur l’élève à la dignité de Maréchal d’Empire, puis lui donne le titre de Duc de Montebello quatre ans plus tard, en 1808. Le 22 mai 1809, Lannes est blessé d’un boulet de canon. Malgré les soins prodigués par Larrey, chirurgien personnel de l’Empereur, Lannes meurt le 31 mai 1809 à l’âge de quarante ans.

L’Empereur alors écrit une lettre de condoléances à la seconde épouse de Lannes, Louise Guéhéneux, dans laquelle il dit :

« Le Maréchal est mort ce matin des blessures qu’il a reçues au champ d’honneur. Ma peine égale la vôtre. Je perds le Général le plus distingué de mes armées, mon compagnon d’armes depuis seize ans, celui que je considérais comme mon meilleur ami […] ».

Avec Davout et Suchet, il est l’un des seuls Maréchaux d’Empire resté invaincu de la Grande Armée. Le Maréchal Jean Lannes est inhumé au Panthéon. La promotion Saint-Cyr de 1993-1996 porte son nom.

Paul-Émile Boutigny, Lannes blessé et amputé de la jambe.

Zarpa Cristóbal Colón para realizar su tercer viaje al Nuevo Mundo, al finalizar el cual es encadenado (30 de mayo 1498)

30 abril, 2019

De Sanlúcar de Barrameda, España, zarpa Cristóbal Colón para realizar su tercer viaje al Nuevo Mundo, el más doloroso y triste, pues algunos de los españoles que vuelven de América acusarán de mal gobierno a Colón ante la Corte, por lo que los Reyes Católicos decidirán enviar a la isla Antillana de La Española al administrador real Francisco de Bobadilla en 1500, que a su llegada el 23 de agosto, mandará detener a Colón y a sus hermanos embarcándolos de vuelta a España.

El tercer viaje de Cristóbal Colón fue una expedición transoceánica comandada por Cristóbal Colón que tuvo como objetivo continuar la exploración de las nuevas tierras en nombre de los reyes de España. En esta expedición recaló en la costa norte de la actual Venezuela.

Contenidos de este capítulo

  1. El viaje
  2. Colón descubre el continente americano
  3. Regreso a La Española
  4. Colón encadenado
  5. Consecuencias

El viaje

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El 6 de febrero de 1498 partieron de Sanlúcar de Barrameda dos carabelas, al mando de Pedro Fernández Coronel, con provisiones y al menos 55 soldados para La Española.

Colón partió desde el mismo puerto de Sanlúcar el 30 de mayo de 1498 con otros seis navíos: Santa Cruz, Santa Clara, Castilla, Mabel, La Rábida, Santa María de Guía, Gaza y Vaqueña. Dicha flota contaba con una tripulación de 226 personas, entre las que se encontraban los Hermanos Niño, fieles colaboradores del Almirante desde el primer viaje.

Colón navegó con su flota hacia el sur, hasta Madeira por un camino poco frecuente para evitar a una armada francesa que le estaba esperando cerca del Cabo San Vicente. Llegaron a la isla de Porto Santo, donde vivió con su esposa Felipa Moniz y donde nació su hijo, Diego Colón. Posteriormente se dirigió a la región de Funchal de la isla de Madeira. De ahí partió para llegar, el 19 de junio, al fondeadero de San Sebastián, en la isla canaria de La Gomera.

En las islas Canarias la flota se dividió en dos. Envió seis barcos directamente a la isla de La Española y Colón continuó con tres, dos carabelas y una nao, para atravesar el Atlántico desde más al sur con la idea de que, a su llegada a las Indias, dejase La Española al norte. Con sus barcos, Colón pretendía descubrir una tierra más grande que no fuese una isla, sino tierra firme. Zarpó de La Gomera el 21 de junio de 1498 hacia las islas de Cabo Verde. El 4 de julio izaba velas en la isla de Santiago.

En esta ruta los barcos de Colón sufrieron calma chicha y una ola de calor tan fuerte que nadie deseaba bajar bajo cubierta. Este calor duró ocho días, de los cuales el primero fue soleado y los restantes con nubes y lluvia.

Posteriormente, navegó hacia el oeste a la altitud de Sierra Leona, con pronóstico de llegar a tierra para reparar los navíos y rearmarse de víveres. Realizado el camino a las Indias a través del Atlántico, el marino Alonso Pérez avistó tierra el 31 de julio, señalando lo que eran tres montañas de una isla, la isla de Trinidad.

Colón descubre el continente americano

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Colón se encontraba al norte de la actual Venezuela. Descubrió un cabo al que llamó de la Galea, y que actualmente se llama cabo Galeote, y una isla cercana a la que bautizó como Trinidad cerca de la costa continental sudamericana, a la que llamó Tierra de Gracia y que hoy se corresponde con Macuro, en el estado de Sucre, Venezuela. En esa región descubrió casas, indígenas y tierras que consideró muy hermosas y verdes, comparándolas con las huertas de Valencia en marzo de aquel año.

Posteriormente llegó a la Punta del Arenal. De acuerdo con las descripciones de Colón, los indios de esta zona eran más blancos que los indios que había visto en las islas en sus dos anteriores viajes.

A su barco llegó una canoa con 24 indios. Al verlos llegar Colón pensó en hacer sonar un tambor y poner a varios chicos de la tripulación a bailar, pensando que los indios mostrarían interés en la fiesta, pero al verlos así comenzaron a lanzarles flechas. Colón mandó sacar una ballesta y entonces les dejaron en paz, yéndose a otra carabela donde se le dio como regalo al que parecía el principal indio de la canoa un sayo y un bonete, en señal de concordia para que hablara de ello con los indios en la playa.

Navegando por el sur de Trinidad cerca de la Boca de Serpientes, se aproximó al delta del río Orinoco comparando la fuerza del agua en su desembocadura con la fuerza del río Guadalquivir en tiempo de crecidas. Una noche, cerca de la desembocadura, se aproximó una ola del tamaño del barco que casi tumba la nave de Colón.

Recorrió la costa del golfo de Paria y logró conseguir algunas perlas. Colón tuvo ocasión de probar un vino que realizaban los indígenas de la zona que no era de uvas, y que él sospechaba que hacían de otras frutas o de maíz.

Pisó Macuro, ya tierra firme, el 3 de agosto, estando allí 12 días y entablando buenas relaciones con los indígenas. Una de las cosas que más llamó la atención a Colón fue que el agua dulce siempre vencía en esas zonas, y esto es debido a la desembocadura de un río caudaloso, que solamente puede provenir de tierra firme.

Después de recorrer el golfo de Paria, atraviesa la boca del Dragón con rumbo al noroeste y divisó tres islas, dos de ellas pequeñas, bajas y áridas (las actuales Coche y Cubagua), separadas por un canal de una tercera, mayor, cubierta de vegetación y poblada de indígenas que la llamaban Paraguachoa, vocablo que significa según historiadores “peces en abundancia” y según otros “gente de mar”.

Colón bautizó la isla con el nombre de la Asunción, por haber sido descubierta en la fecha en la cual se hicieron cristianos. Al año siguiente, en 1499, Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra la rebautizaron con el nombre de la Margarita debido a la abundancia de perlas encontradas en la región.

Regreso a La Española

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La Española era una isla colonizada por los españoles de la que el mismo Almirante Cristóbal Colón fue gobernador. En este momento se encontraba al mando de la isla su hermano, Bartolomé Colón. La capital de la Isla era Santo Domingo, una ciudad que se había fundado en la costa sur de la isla.

Desde la isla de Margarita navegó hacia el norte rumbo a la isla de La Española y desembarca en Santo Domingo. Allí, un grupo de españoles, encabezados por el Alcalde Mayor Francisco Roldán se habían rebelado contra la autoridad de Bartolomé Colón y se habían replegado hacia el interior. Los rebelados argumentaban una decepción con respecto a las riquezas que se les había prometido encontrar en el Nuevo Mundo, ya que el poco oro encontrado no satisfacía todas las expectativas lanzadas por Cristóbal Colón, y por las duras condiciones de gobierno de Bartolomé Colón.

Roldán había conseguido el apoyo de algunos indios prometiéndoles eximirles del pago de tributos en oro, que recogían de los ríos, y en 1498 también había logrado el apoyo de la mitad de los españoles y de todas las villas y fortalezas de isla de La Española menos La Vega y La Isabela. Una vez en Santo Domingo, Cristóbal Colón intentó negociar con los alzados, cediendo a dejar usar a los indígenas como servicio personal. En la negociación de Colón con los rebeldes de agosto 1499 se amnistiaba a todos los que se habían rebelado, y se les permitía volver a España cuando lo desearan y a unirse con las taínas y se les pagó los salarios que no hubieran cobrado de los dos últimos años, aunque no hubieran trabajado.

Colón encadenado

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También se argumentaron quejas en contra de la forma en que los hermanos Colón manejaban los asuntos administrativos. Por otro lado la isla de La Española, en vez de aportar dinero a las arcas reales, solo demandaba gastos. Todo esto llegó a oídos de los Reyes de España, que enviaron al Juez Pesquisador Francisco de Bobadilla, el cual llegó a Santo Domingo el 23 de agosto de 1500.

El Juez enviado por los reyes procedió a arrestar a Cristóbal Colón, a su hermano Bartolomé Colón y a su otro hermano Diego Colón y los embarcó encadenados a España en octubre de 1500. Llegaron a Cádiz, en España, el 25 de noviembre de 1500.

En España, Colón es liberado por Isabel la Católica pero debe renunciar a los derechos otorgados en el Nuevo Mundo. En 1501, se envía como gobernador de la Española a Nicolás de Ovando, para sustituir a Francisco de Bobadilla.

Consecuencias

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Colón sacó algunas conclusiones en este viaje sobre la esfericidad de la Tierra que se aproximan a la realidad.

Colón llegaría el primero, además, al continente americano, que él seguía identificando como algún lugar de Asia, es decir, las Indias, y no como un nuevo continente. Además, Colón descubriría territorios de gran importancia, como la isla de Trinidad, la actual Venezuela y el potencial perlifero de la isla de Margarita.

Juan de la Cosa, cartógrafo de la expedición de Alonso de Ojeda, dibujó el primer mapa de la costa occidental de Venezuela y donde aparece el nombre como tal convirtiéndose en el primera referencia cartográfica donde se señala a Venezuela, localizada entre la península de la Guajira y la península de Paraguaná.

Se considera que durante esta expedición Colón fue el primer europeo en explorar la costa continental de Sudamérica.

Colón rehusará que se le quiten los grilletes durante el viaje y escribirá una larga carta a los Reyes Católicos. Al llegar a España el 25 de noviembre recuperará su libertad, pero habrá perdido todo su prestigio y sus poderes. En 1502 aún hará un cuarto viaje a América.