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Alfa y Omega –VII– El desmantelamiento definitivo de la Torre de Babel

22 diciembre, 2015

Contenidos

  1. Los dos últimos desafíos
  2. Los deleites de Lúculo
  3. La demolición de la Torre de Babel
  4. Estabilidad indestructible
  5. El Deseado de los Pueblos

Ésta es la última parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, su tercera aquí, su cuarta aquí, su quinta aquí y su sexta aquí

Alfa y Omega

Los dos últimos desafíos

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Al derrotar a Cartago y a sus innumerables aliados del oriente, Roma se vio, involuntariamente dueña del mundo. ¡Pero seguía siendo sólo una ciudad! Todo lo que estaba allende las murallas de la Urbe, no era sino una aglomeración de pueblos otrora poderosos que hoy –arrodillados y humillados– yacían sujetos al poder, a la arbitrariedad y a la exigencia de tributos de los romanos.

G-04 Legiones RomanasLa conquista del mundo llevó a la frugal, mesurada y tradicional sociedad agrícola romana a enfrentarse con dos grandes peligros: la corrupción y la decadencia, por un lado, consecuencia de las inexhauribles riquezas que se derramaban sobre la ciudad y, por otro, el caos en el que paulatinamente se despeñaba el resto del mundo derrotado, quebradas que fueron las columnas vertebrales de decenas de reinos e imperios que antes se ocupaban de guardar un mínimo de orden. Este caos –el Mediterráneo, por ejemplo, se transformó en una peligrosísima fiesta de piratas que casi paraliza la economía mundial– provocó olas destructivas que ya presagiaban males inminentes a la ciudad victoriosa.

Los deleites de Lúculo

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Con respecto a la primera amenaza –la decadencia moral– poco se pudo hacer. La proverbial austeridad y la reciedumbre romana podían enfrentar y salir incólumes –y aún crecidas– del ataque de mil enemigos armados, pero las ingentes riquezas que anegaban a Roma provenientes de las provincias conquistadas y los vahos hediondos de amanerada decrepitud sensual que se arrastraban indetenibles desde el Oriente, fueron como el arca abierta ante la que hasta el justo peca. No debemos perder de vista, empero, que la carcoma tardaría medio milenio en fagocitar por entero las viriles energías de Roma.

Es imposible, en este punto, no evocar la vida de Lucio Licinio Lúculo, prestigioso aristócrata militar romano que en las Guerras Mitridáticas (secuela de las Guerras Púnicas) defendió a Roma y extendió su hegemonía hasta los confines orientales. Cuando extenuados y levantiscos, después de mil batallas victoriosas, sus soldados se vieron en tierras jamás vistas sobre las nevadas mesetas caucásicas, con el mar Caspio a la vista, la tropa se rebeló y Lúculo, cual Alejandro Magno frustrado, tuvo que regresar al no poder vencer la pusilanimidad de unos legionarios feroces, pero ya agotados de tanta gloria.

G-06 SaturnaliasYa de regreso, en la ciudad de Roma, jubilado, la heroica vida de Lúculo se disolvió en la riqueza, la inactividad sensual y el ocio improductivo, protagonizando el triste augurio de cómo el desenfreno, el despilfarro y la dolce vita iban –siete siglos después– a dar cuenta de las espadas romanas.

Tengamos presente que la médula de la civilización no consiste en prosperidad, fina sensibilidad, buena conversación, agradables lecturas, bella música, estilosos festines y cosas exquisitas. Esos pueden ser algunos de los gratificantes frutos de la civilización, pero no forman parte de su esencia. Roma, al final de sus días, setecientos años más tarde a estos eventos que estamos relatando, contaba todavía con esas diversiones y entretenimientos y, aún así, ya estaba muerta y en plena disolución, igual que la actual y refinada civilización moderna en la que medio vivimos, e igual que Lúculo.

La demolición de la Torre de Babel

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La segunda amenaza, el caos universal y la disolución política interna, fue enfrentada con singular éxito en la centuria inmediatamente siguiente al aniquilamiento de Cartago. Varios fueron los artífices de este trabajo hercúleo, pero destaca sobre todos ellos el Padre de la Civilización (de nuestra civilización): Julio César que, digan lo que digan los historiadores, fue nuestro primer Emperador.

G-02 César y sus legionarios

Roma, de mano de César, pasó de ser una ciudad voraz que consumía las entrañas del mundo, a ser la capital de un Imperio que llevaba orden, paz y civilización a las provincias. Los romanos dejaron de ser una minoría nacional que explotaba a los extranjeros, al establecer Julio César, de una vez para siempre, las bases inconmovibles sobre las que se asentó eventualmente un imperio de ciudadanos. Ya no sólo eran ciudadanos los privilegiados habitantes de la capital, sino que llegaron a serlo –con el tiempo– todos los habitantes del Imperio, hasta la última frontera.

Además, César cerró, como habíamos dicho, la posibilidad de que los bárbaros del norte significaran una amenaza mínimamente letal para la civilización, al someter a toda la Galia, parte de Hispania, Bélgica, Holanda, Iliria e incursionar por primera vez con sus legiones romanas en Gran Bretaña y en Alemania. Llevó así, por primera vez la civilización hasta las costas del Atlántico y convirtió el Rin en una muralla que protegió a Roma de los salvajes durante unos 400 años. Más allá de sus fronteras –exceptuando a los partos– sólo estaba el desierto o la selva, habitados por feroces bárbaros que no valía la pena incorporar sino a costa de graves perjuicios. La conquista exterior se había –por fin– clausurado. Las puertas del espacio de prosperidad más grande de la Historia se estaban sellando.

G-03 Imperio Romano

Paradójicamente, someter y adueñarse del mundo por accidente pudo haber resultado en una catástrofe para los conquistadores romanos, como le ocurrió a los crueles y tenebrosos Asirios cuya estrepitosa y fulminante caída fue causa de la alegría y del alivio universal. Pero gracias a la política de Julio César, la conquista del mundo tuvo como resultado la expansión de la justicia y el orden (a través del Derecho Romano), la instauración permanente de la organización política civilizada en los confines del mundo, propagando para siempre las semillas de la democracia municipal, y la difusión del bienestar material con sus técnicas agrícolas, su arquitectura, sus calles, su urbanización, sus acueductos, mercados, templos y puertos.

G-01 Legiones romanas en combate

Estabilidad indestructible

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Superando contra todo pronóstico la labor constructiva de Alejandro Magno, no sólo diseminó el orden y el progreso material, sino también contagió Roma al orbe entero del arte, de las ciencias y de la filosofía griegas. Pueblo práctico y escasamente inclinado a la poesía, al arte y a la ardua labor especulativa científica y filosófica, Roma adoptó íntegramente el legado intelectual y estético de los griegos. Abrió su panteón a todos los dioses imaginables –con excepción hecha del celoso Dios único de Abraham y de Moisés– y después de la muerte de César en el 44 AC, siendo que ya gobernaba todo el mundo conocido, heredó, a todos los pueblos que gobernaba, la plenitud del logro intelectivo de la Antigüedad: la Civilización Grecorromana.

G-09 Acueducto Romano

Así, en cualquier momento, por 700 años, se podían –y de hecho todavía se pueden– encontrar alrededor de todo el Mediterráneo, en Grecia, Italia, Asia Menor, Siria, Egipto, África del Norte, en España, Francia, Holanda, Gran Bretaña… podían encontrarse el mismo lenguaje arquitectónico, la misma imaginería, los mismos teatros, los mismos templos… La manera en la que las piedras de los acueductos, de los puentes, y de los circos estaban colocadas no era sólo un triunfo de habilidad técnica, también era una evidencia de enérgica y robusta confianza en el orden y en la ley. El mundo que nos legó Julio César a su muerte estaba henchido de energía y vitalidad… Era un mundo que parecía absolutamente indestructible.

El Deseado de los Pueblos

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Cada vez que Roma emprendía una guerra, el templo del dios Jano abría sus puertas. Jano fue el dios “inventor” de la ley, del dinero, y de la agricultura y era el que auguraba buenos principios y finales. Salvo una o dos excepciones brevísimas, desde su erección, el templo de Jano había tenido sus puertas abiertas siempre: siempre –durante siglos– había alguna guerra en la que Roma se veía obligada a intervenir, hasta que, de pronto, el emperador Augusto –sucesor inmediato de Julio César– mandó cerrar sus puertas. Después de siglos de “open house”, el templo se cerraba y empezaba una nueva era: la Pax Romana.

G-07 José y María hacia Belén

Los espíritus más cultivados, las élites intelectuales en Judea, en Alejandría, y a lo largo de la diáspora judía, veían, en ese insólito acontecimiento (en el cierre de las puertas del templo de Jano el año 8 AC), la señal de la “plenitud de los tiempos”… Sus incesantes súplicas parecían haber sido por fin, escuchadas


Antifona 07

Ciertamente la atmósfera del mundo entero, como dice Fray Justo de Urbel estaba como hechizada de promesas y esperanzas. En el año 40 AC, el gran Virgilio ya había escrito en su Égloga IV:

“Ya viene la postrera edad de la profecía de Cumas; de nuevo aparece la gran serie de siglos. Ya vuelve también la Virgen, y vuelve el reinado de Saturno; ya una nueva generación desciende de lo alto del cielo. Dígnate, tú, casta Lucina, velar por el nacimiento del niño, por quien se extinguirá la raza de hierro, y en el mundo entero surgirá la raza de oro: ¡tu Apolo ya reina! bajo tu consulado, ¡oh, Polión!, bajo tu consulado dará principio esta edad gloriosa, y bajo tus órdenes empezarán a transcurrir los grandes meses (…) Él vivirá la vida de los dioses y verá a los héroes con los dioses mezclados, y él será visto por ellos, regirá el mundo apaciguado por las virtudes de su padre.”

Nos dice Fray Justo de Urbel:

“Los hombres han realizado ya todos sus esfuerzos; la filosofía ha probado todos sus sistemas; el arte ha recorrido el ciclo de sus evoluciones; la religión se ha prosternado ante todos los dioses imaginables, y las almas buscan sedientas el secreto de la felicidad, que en vano han prometido los políticos y los pensadores, los legisladores y los hierofantes. El aire está encendido de magia expectativa.”

Todas la mentes perspicaces de Israel se pusieron en alerta cuando el grecoárabe Herodes (más tarde llamado el Grande) con el apoyo de los líderes romanos –a la sazón Marco Antonio– se coronó Rey de Judea en el año 37 AC, liquidando a la familia de los asmoneos que ostentaba legítimamente el cetro de Israel desde la rebelión Macabea. Los justos de Israel pusieron con asombro sus ojos en las palabras proféticas de Jacob expresadas en su lecho de muerte:

“El cetro no le será arrebatado a Judá, ni a su posteridad el caudillo, hasta que venga el que ha de ser enviado, y éste será la esperanza de las naciones”

Génesis 49,10

Urbel sigue describiéndonos esos trepidantes últimos años:

“Se presiente una oleada de renovación moral. Esta renovación es buscada con delirante afán en el ambiente confuso de los misterios. Se anuncia la proximidad de un libertador providencial, corren de mano en mano y de escuela en escuela augurios astrológicos, vaticinios sibilinos, teogonías orientales, fantásticos apocalípsis judaicos, fragmentos de cantos órficos, ecos de revelaciones primitivas, cosmologías pitagóricas, vagos rumores de profecías bíblicas y confusas intuiciones de poetas empeñados en hacer olvidar al mundo su cansancio con la perspectiva de una inmensa esperanza. Toda la naturaleza gemía y estaba de parto, según la enérgica expresión paulina.”

En el año 6 AC, el emperador de Roma ordenó un empadronamiento de todos sus súbditos…. Como lo había previsto el profeta, estaba por nacer pasado mañana, en Belén, el Mesías, el Christós

Sin duda, después de haber conducido Dios a través de un plan maravilloso, con mano firme pero suave, el devenir histórico de los hombres, otra Era comenzaba. Terminaba una y empezaba otra, el fin y el principio, el año cero, estaba por venir el Alfa y el Omega.

FIN
G-08 Gerard van Honthorst

Alfa y Omega –VI– La última batalla

21 diciembre, 2015

F-03 La LobaContenidos

  1. La Loba
  2. Las hogueras de Dido
  3. Las grandes batallas que salvaron al hombre
  4. ¡Delenda est Carthago!

Ésta es la sexta parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, su tercera aquí, su cuarta aquí y su quinta aquí.

La Loba

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Roma empezó como una aldea de campesinos y de ricos agricultores fundada por exilados troyanos a las orillas del río Tíber. Rodeada como estaba de tribus hostiles en la península itálica, tuvo –por su propia sobrevivencia– que combatirlos y los venció uno a uno. En un par de siglos la pequeña y relativamente primitiva ciudad dominaba todo lo que conocemos ahora como Italia habiéndose ido dotando –por necesidad– de la maquinaria de matar más eficiente de la Historia: las Legiones.

F-07 Legiones

Roma era, decíamos, una ciudad de agricultores prácticos que infundieron ese pragmatismo a su modesta mitología, enardeciendo virtudes como el amor a la familia monogámica, el aprecio al terruño y a sus antepasados y, por sobre todo, el honor, la valentía, la austeridad y el orden. Este afán por el orden, insuflado por la benevolente influencia de la isonomía griega, dio a luz a uno de los edificios más logrados de la humanidad: el Derecho Romano, que hoy por hoy sigue siendo, 2 200 años después, la columna del orden de la actual civilización global.

F-04 RomaPoderosa como se había involuntariamente vuelto, Roma veía con recelo la hegemonía en el Mediterráneo de Cartago, una próspera talasocracia de origen fenicio-oriental cuya sede estaba desafiantemente instalada desde antaño en África del norte, frente a las costas romanas.

las hogueras de Dido

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Cartago, decíamos, era la más sofisticada cultura hegemónica del Mediterráneo, arquetipo de lo peor y de lo más eficiente del mundo pagano. Dominando todo el norte de Africa, España, las principales islas y costas del Mediterráneo occidental con unas tecnológicamente avanzadas marinas de guerra y mercantes, era gobernada por una arrogante casta de plutócratas comerciantes cuyo único afán era la consecución y el disfrute inmoderado de las riquezas (como Wall Street). El lujo decadente de fuerte impronta oriental de su oligarquía era una bofetada a la austeridad de la clase senatorial romana vestida de sus sobrias togas. El despotismo descarado de la élite cartaginesa usurera en contra de sus pobres mayoritarios contrastaba con los duros y sordos conflictos con los que debía lidiar la organización política romana para mantener el difícil equilibrio republicano isonómico entre los ricos –los optimates– y su pueblo pobre. Equilibrio que si bien siempre en Roma estuvo sometido a luchas, era un equilibrio bastante logrado.

F-02 Senado RomanoLa religión cartaginesa, oscura, macabra y pesimista, llevaba directamente –en lo doméstico– al ultraje permanente a las mujeres, institucionalizadas como estaban la prostitución forzada y la poligamia. Esa organización social cartaginesa era conceptuada por los severos y parcos romanos como una indignante degeneración, ellos que eran tan profundamente devotos de la honorabilidad de sus matronas e hijas y de la virtud de su matrimonio monogámico. No perdamos de vista que la independencia de la ciudad de Roma del yugo etrusco –y el comienzo de su gloria– tuvo como motivo inmediato la defensa del honor de una matrona romana, Lucrecia, que viéndose privada de su honor al ser violada por el déspota de turno, se quitó la vida. El honor. Honor del que los opulentos aristócratas cartagineses no podían menos que reirse burlonamente.

Finalmente hay que mencionar que la cúspide de la mitología politeísta cartaginesa estaba coronada por Moloch-Baa,l un demoníaco dios al que los ricos mercaderes dueños de la ciudad imperial le ofrecían decenas de miles de recién nacidos inmolados en crueles y permanentes sacrificios humanos. Al igual que la sofisticada sociedad moderna, con el aborto elevado a dogma oficial, la cartaginesa se asentaba en el masivo asesinato de niños, a modo de holocausto satánico. Hasta los romanos que, a pesar de sus innegables cualidades humanas, podían ser también refinadamente crueles e –incluso– llegaban a exponer con frecuencia a sus hijos recién nacidos, hasta ellos se escandalizaban de esas matanzas sin freno.

Las grandes batallas que salvaron al hombre

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Por su lado, los cartagineses veían con desprecio a esos “campesinos polvorientos y pueblerinos pero excesivamente orgullosos” de Roma. El desprecio era justificado, los niveles de desarrollo del imperio naval cartaginés estaba por entonces a años luz de los de Roma, que en comparación de la ciudad africana, más parecía paupérrimo pueblo de arcilla.

Eventualmente, el mundo entero, liderado por Cartago, se lanzó a la yugular de Roma.

Tres grandes conflagraciones de consecuencias planetarias se habían dado en la Antigüedad hasta este momento en el que estaban Cartago y Roma frente a frente: la caída de Troya y la subsecuente invasión de los Pueblos del Mar que redujeron a astillas la civilización entera, obligándola a renacer lentamente de sus cenizas (1200 años antes de Cristo); después, las Guerras Médicas (470 AC), en cuyas hogueras el oriente persa fracasó frente a las huestes griegas en su afán de dominar el mundo, permitiendo así el florecimiento libre de la herencia mediterránea grecorromana; y en tercer lugar la diseminación e implantación de la cultura griega en todo el mudo conocido con la ayuda imprescindible del genio y de la espada de Alejandro Magno, de la que hablamos en el capítulo precedente (323 AC).

La cuarta contienda militar de implicaciones determinantes para el futuro de la humanidad fue el inevitable enfrentamiento entre el lujoso paganismo demoníaco de Cartago y la cultura Romana, hecha esta última (a pesar de sus defectos) más a la medida de la naturaleza humana y del futuro mensaje que traería el Redentor del Mundo, el Χριστός-Christós.

Casi simultáneamente a estos acontecimientos, en el Imperio greco-seléucida un pueblo se levantaba en armas en contra de los sucesores de Alejandro. Los judíos, dirigidos por la familia de los Macabeos, se rebelaron frente al intento de entronizar a los dioses del Olimpo en el Templo de Salomón. Tras décadas de lucha, lograron la independencia, restauraron el cetro de Judá y reacondiciaron el Templo para que los levitas siguieran clamando por la venida del Χριστός, cantado algo así como esto

Antifona 06

¡Delenda est Carthago!

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F-05 LegionesHe tenido que vencer la tentación de relatar las Guerras Púnicas (Cartago Vrs. Roma) pues de no haberlo hecho, esta serie de discursos no habría sido terminada nunca. Sin embargo, déjenme decir –al menos– lo siguiente:

De todas las guerras de la humanidad, pocas revisten un carácter tan épico como la guerra entre Romanos y Cartagineses y sus aliados griegos del resto del mundo (que duró casi 120 años). Pocas están revestidas de tantas luces dramáticas y sombras trágicas, y escasas son aquellas cuyos protagonistas sean tan admirables y legendarios como Marco Atilio Régulo, Escipión el Africano, Jantipo, Aníbal y Fabio Máximo. Fue una larga y agotadora colisión de titanes en la que estuvo en juego la hegemonía de la sombría civilización cartaginesa con sus proporciones infernales o el triunfo de la virtud, del orden y de la austeridad romanas de dimensiones y armonías más humanas.

Como dijo Chesterton, fue la gran batalla de los dioses contra los demonios. Cuando los agobiados ciudadanos romanos, vislumbrando una derrota inminente, veían desde las murallas de su ciudad asediada al aparentemente invencible y cosmopolita ejército de Aníbal el cartaginés devastando sus campos, la humanidad estaba pasando por su noche más oscura. La batalla de Cannas, en donde perecieron en una tarde 70 000 valientes legionarios, la flor y nata del ejército romano, fue el solsticio de la raza humana. Pero Roma y su paganismo pragmático y doméstico, luchando como perro de presa acosado por miles de jabalíes salvajes, fueron los que triunfaron finalmente sobre los holocaustos sangrientos de Moloch-Baal.
F-06 Legiones

Al final, después de haber destruido hasta sus cimientos la ciudad de Dido y de haber dado cuenta del último titán cartaginés, el Rayo de Baal, Roma cayó en la cuenta que, sin quererlo, había conquistado casi todo el mundo conocido. La Luz se abría paso, el Χριστός estaba cerca.

Continúa en el siguiente discurso

Alfa y Omega –V– Los inmarcesibles frutos del ocio

21 diciembre, 2015

Contenidos

  1. El non plus ultra de la sensibilidad
  2. La gran aventura del intelecto humano
  3. El segundo vuelo de Ícaro
  4. El Gran Alejandro

Ésta es la quinta parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, su tercera aquí y su cuarta aquí.

He dicho que los pilares de las civilizaciones que fueron naciendo, luchando, muriendo y sucediéndose unas a otras en la Antigüedad, eran fundamentalmente los vicios. Con esto no pretendo afirmar que la virtud, los hábitos operativos moralmente buenos, estaban ausentes en la Antigüedad. No sólo la intervención indirecta y natural de Dios evitó su destierro absoluto de la vida de los hombres y de las sociedades, sino que por su propia naturaleza –benigna para la convivencia y para otros menesteres prácticos– virtudes humanas como el orden, la austeridad, la solidaridad, la paciencia, la prudencia encontraron, por sus propias fuerzas naturales, nido adecuado en los hombres y en algunas sociedades más que en otras.

Las dos sociedades paradigmáticas en este sentido fueron la Grecia helénica (ya vimos en un capítulo anterior cómo en Atenas se había inventado la isonomía), y la ciudad de Roma.


E-01

El non plus ultra de la sensibilidad

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Después de la hecatombre que significó la caída de la civilización ocasionada por las invasiones de los Pueblos del Mar, fue germinando lentamente de nuevo la civilización alrededor del Mediterráneo y en particular del mar Egeo, sobre todo en su costa oriental. El mundo griego se iba consolidando en pequeñas comunidades autónomas entre sí pero unidas por el mismo idioma y la misma mitología politeísta poética. En dichos pueblos, el ocio y la curiosidad eran marca de la casa. Y eso, y quién sabe qué más, permitió que los griegos llevaran el arte a su más sublime expresión humanamente hablando, e inventaran la ciencia y descubrieran la filosofía y la llevaran hasta sus últimas consecuencias.

E-02 VictoriaLos griegos sintieron desde sus orígenes la necesidad de desarrollar sus facultades intelectuales y sensibles de tal manera que los aproximara, lo más posible, a un ideal de perfección. Gracias a su paganismo poético y a su inclinación a la búsqueda lógica e inteligente de respuestas y soluciones, la imaginación sensible griega tomó forma en una imagen de proporción armónica y de racionalidad humana, mientras que la imaginación de otras culturas tomó formas más bien absurdas o tenebrosas.

Grecia había satisfecho estos impulsos artísticos a través de los mitos, a través de la danza y el canto, a través de sistemas filosóficos, y a través del orden que le impuso al mundo visible. Los frutos de su imaginación son también la expresión de un ideal.

Este ideal artístico fue inventado en Grecia faltando 500 años para la venida del Mesías, del Χριστός, y fue, sin duda, una de las más extraordinarias creaciones de la Historia. Tan completa, tan convincente, tan satisfactoria para la mente y para los sentidos, que permaneció prácticamente invariable por más de seis siglos. Grecia, como isla en medio de la devastación y de las adversidades propias de la naturaleza caída, en un esfuerzo de sensibilidad supremo y perseverante llevó al arte a su humana plenitud y perfección.

E-03 LacoonteSólo la Luz de lo alto podría mejorarlo, y así sucedió después de la venida de Cristo. La mesa estaba servida y los cimientos estaban plantados para la futura aparición del Greco, de Bach y de Bernini. Sin la dramaturgia griega, Calderón de la Barca y Shakespeare serían inconcebibles; sin la música griega, Beethoven no habría sido sino un borrachín inútil y Bach un carpintero talvez. Sin los griegos, sin su celestial escultura y perfecta arquitectura, los modernos no seríamos sino unos pobres diablos.

La sensibilidad humana, después de haber recorrido el mayor número de caminos posibles en su búsqueda de lo estético, con los griegos fue capaz de elaborar un mapa perfecto y definitivo comúnmente compartido sobre lo bello.

La gran aventura del intelecto humano

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E-05 Ciencia GriegaNo sólo inventó la isonomía y la perfección del arte… El pueblo griego inventó también las ciencias y las llevó a sus últimas consecuencias posibles dadas las lamentables circunstancias del género humano. Desarrollaron al máximo el segundo nivel de abstracción, sacando a las matemáticas de la oscuridad mítica de los templos persas y egipcios, dándole, mediante el razonamiento deductivo, carta de naturaleza científica. Tales de Mileto, Pitágoras, Eudoxio y Euclides son los más destacados científicos en esta área. Sin ellos, Descartes no habría pasado de ser un vulgar soldado.

E-04 Arquímedes

Arquímedes

A partir de las matemáticas, los griegos le dieron vital impulso a la física y a la astronomía. Además hemos de contar entre sus inventos la ciencia histórica, la ciencia teológica, la biología, la zoología, la retórica, etc… Sin Aristarco de Samos, Eratóstenes, Parménides, Aristóteles, y una pléyade de científicos griegos, Pasteur, Einstein, Copérnico, Edison y miles de otros científicos e inventores simplemente no habrían existido como tales. Es decir que la actual sociedad moderna le debe sus logros científicos, no a sí misma, sino primordialmente a la civilización griega. Punto.

Finalmente, y más importante aún que la isonomía, el arte y las ciencias particulares, los griegos inventaron la Filosofía. En su inextinguible y fecunda curiosidad, no se dieron por satisfechos por las explicaciones limitadas que daban las ciencias particulares, la matemática, la física, la biología, la historia y la astronomía… Los griegos querían las últimas respuestas a los postreros porqués de la totalidad del universo. Se preguntaron e investigaron la plenitud de lo real ¿De qué está constituído –en última instancia– todo lo real? ¿Cuál es su origen último? ¿Qué es lo espiritual? ¿Qué es la materia? ¿Existe Dios? ¿Por qué? ¿Por qué las cosas se mueven? ¿Qué es el movimiento?

E-07 Aristoteles y Platón

Platón y Aristótelea

El segundo vuelo de Ícaro

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Las respuestas a estas preguntas se buscaron siguiendo un método racional. No les bastó a los griegos describir y constatar, necesitaron conocer las causas y razones, y por tratar su investigación de todo lo real, tales causas y principios deberían ser los primeros, aquellos de los que dependen todas las cosas. Así los griegos llegaron a descubrir por vías eminentemente racionales la existencia de un Dios único. Sin Platón, Heráclito, Tales de Mileto, y fundamentalmente sin Aristóteles que fue la cumbre del pensamiento en la Antigüedad, Marx no habría pasado de ser un pequeño burgués insignificante, Hegel un malhumorado pastor luterano desconocido y Sartre un desagradable y feo hombrecillo.

Todos estos grandes logros estéticos y especulativos de la genialidad griega, con sus errores y aciertos, con toda su perfección y debilidad humana ínsita, no eran sino barruntos, vagos atisbos de lo que la Sabiduría infinita del Dios amoroso, omnipotente y providente creador del universo y de la humanidad, nos reservaba con el envío de su Hijo, de su Ungido, de su Χριστός a partir del día de nuestra redención.

El Gran Alejandro

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Esta sabiduría humana griega fue compartida al mundo entero por la espada del Gran Alejandro (Μέγας Αλέξανδρος), discípulo belicoso de Aristóteles, que la llevó en hombros de sus falanges victoriosas en un inolvidable y épico periplo, desde Atenas hasta las riberas del Ganges en la India, pasando por Jerusalén, la capital de los judíos.

E-09 Alejandro Magno en el Templo

Alejandro Magno en el Templo de Salomón


 

Cuando Alejandro Magno entró al Templo de Salomón ¿Habrá escuchado a los sacerdotes levitas cantar suplicando por la venida del Χριστός algo así como esto?


Antifona 05

La conquista del Imperio Persa y del más allá que emprendió y consumó Alejandro, lo hizo enfrentarse frecuentemente de tú a tú con lo imposible, venciéndolo una y otra vez. La batalla de Issos, en donde venció al ejército persa que lo duplicaba en número, es un magnífico ejemplo. El sitio de Tiro es otro: en donde Nabucodonosor siglos antes sólo había vencido después de un asedio de 13 años que culminó en una negociación, Alejandro venció en siete meses lanzando, literalmente, una ciudad al mar. No podemos dejar de mencionar el heroico repliegue a través del desierto de Gedrosia en donde los griegos demostraron un temple jamás exhibido. Pero lo que definitivamente es la prueba de la predilección de lo alto por nuestro personaje es cuando culminó con éxito el logro más increíble –nunca jamás repetido– de la Historia militar: el aplastamiento de la resistencia de Bactriana y Sogdana parapetada en las Montañas Asesinas, los Parapamisos. Se les llamaba así por lo escarpado del terreno, por el mortal frío y las letales y masivas cantidades de nieve. Encaramado Alejandro en las nevadas cumbres del techo del mundo (en lo que hoy es Afganistán y Pakistán) seguramente terminó de convencerse de que era hijo de Zeus, pero –parafraseando a Zweig– ¿Cómo podía ser de oto modo cuando estaba viendo en sus manos el logro maldito de lo inverosimil?
E-10 Alejandro Magno

Lo imposible estaba vencido: lo derrotó el Gran Alejandro. Napoleón, Hitler y otros de similar calaña, a la par del Conquistador, no fueron sino modestos y miserables enanos, pues el hijo de Zeus no solo destruyó con su espada sino unió y construyó con su espíritu.

Efectivamente: Alejandro Magno llevó la cultura griega a todo el Oriente. Lo que hoy es Turquía, Siria, Palestina, Irak, Irán, Armenia, Afganistán, Pakistán, Egipto… fue convertido por el conquistador en un océano de cultura griega. Pérgamo en Anatolia y Alejandría en Egipto eran las luminarias de la cultura universal. Se hablaba griego en todo ese gran imperio y no había ciudad importante en donde faltara una biblioteca y en donde no se leyera y discutiera a Platón o a Epicuro. El diseño reticular de las ciudades (inventado por los griegos) se convirtió en el patrón de todas las urbanizaciones de la Ecumene. El arte griego inundó la tierra conocida y atrajo como meta final los esfuerzos de los músicos, de los dramaturgos, de los pintores, de los escultores y de los arquitectos. Saliendo de sus aldeas gracias al genio de Alejandro, las artes y las ciencias griegas se volvieron cosmopolitas y universales.

E-08 Aristóteles y Alejandro

Alejandro Magno y su maestro Aristóteles


Habría seguramente llegado hasta el Océano Pacífico en China, pero agotadas y hastiadas sus tropas se negaron a seguirlo al llegar a la India a las orillas del Ganges. Regresó, después de haber conquistado el Oriente, con el propósito de descansar sólo un rato y lanzarse a la conquista del Mediterráneo Occidental, pero murió en Babilonia el Gran Alejandro. La unidad de su imperio no duró mucho y se dividió en el reino greco-egipcio Ptolemaico, el greco-sirio seléucida, y el macedonio antigónida.

Pero su legado no murió, sería recogido pronto por brazos dignos. Justo en este momento (200 AC) irrumpió en la Historia un pueblo de recios campesinos que –subido en los hombros de la inmortal Grecia– habría de superar con creces los sueños alejandrinos y forjar el mundo a su voluntad: Roma.

Continúa en el siguiente discurso

Alfa y Omega –IV– La venganza de Prometeo

20 diciembre, 2015

Contenidos

  1. Una nueva esperanza
  2. “Yo Soy el que Soy”
  3. Ero Cras
  4. El diluvio de hierro

Ésta es la cuarta parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, y su tercera aquí.

Una nueva esperanza

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A pesar de que la humanidad había sorteado los peligros de la extinción, como lo hemos venido describiendo en los tres capítulos precedentes, su panorama no era halagador. Los seres humanos, sin faltar éxitos, no habían podido evitar irse encarcelando, cautivos en una gran mazmorra cultural y espiritual de dimensiones planetarias. La civilización, con todo y sus luces, pulsaba en tinieblas y en sombras de muerte. La esclavitud, la poligamia, la prostitución forzada, el despotismo de la violencia arbitraria y la crueldad y los sacrificios humanos eran los grilletes que sujetaban al hombre por doquier. Como Prometeo encadenado.


D-02 Prometeo encadenado

Pero, súbitamente, alumbró una poderosa esperanza. En la Antigüedad, en medio del caos delicuescente apenas contenido por la fuerza bruta, los griegos y los judíos –en momentos y por vías diferentes– comenzaron a guiarse por dos conceptos cuyos nacimientos iban a ser –momentáneamente– pasados por alto por los grandes poderes de la época: la igualdad ante la ley y el Dios único. Este último concepto también se le ocurrió –al parecer prestado de los judíos– a un faraón egipcio, pero sus sacerdotes paganos le pusieron rápido y sangriento fin a sus ocurrencias.

D-01 PartenónEl primer concepto, la igualdad ante la ley o isonomía (ἰσονομία) establecía severos e inusitados límites al ejercicio del poder, basados los judíos en la Revelación, el respeto escrupuloso a la persona humana y su cuerpo; y basados en la razón y el ejercicio práctico de la democracia, en particular en Atenas después de las reformas de Calístenes, los griegos. La isonomía es la igualdad de derechos civiles y políticos de los ciudadanos. Es el concepto que expresaba de la forma más sucinta la oposición al ejercicio ilimitado del poder. Su surgimiento no expresó revolución alguna, sino que fue el fruto –en Occidente– del cuidadoso respeto y desarrollo de lo mejor de las tradiciones políticas griegas. Las diferentes formas de gobierno (monarquía, aristocracia o democracia) podían convivir con esa igualdad de los súbditos ante la ley .

En cuanto a los judíos, estos entendían –al igual que los paganos circundantes– que el poder político era dado de lo alto, pero a diferencia de ellos, los judíos concebían esta delegación, no como un cheque en blanco para la arbitrariedad, sino como una terrible responsabilidad para los gobernantes que los limitaba severamente en su ejercicio político: no podían los jueces, y después los reyes, pasar por encima de los deberes morales claramente estipulados por Dios. Más que un privilegio, la investidura de los grandes era una carga encadenada a una moral superior y de todos compartida.

El segundo concepto, el monoteísmo, planteó un sordo y paulatino cambio sustancial que los griegos, como Jenófanes, Parménides, Sócrates, Platón y Aristóteles, incoaron con la ayuda de su razón especulativa al darle nacimiento a la Filosofía, como explicaremos después. Este esfuerzo científico por alcanzar el conocimiento de la realidad suprema, procedió poco a poco, guiado por la sola luz natural, por los efectos y por lo que perciben los sentidos, apenas llegó, no sin grandes esfuerzos y numerosos extravíos, a contemplar las cosas invisibles de Dios y al conocimiento de la primera causa y autor de todo.

D-04 TemploLos Judíos llegaron a esta conclusión a través de la fe en lo que protagonistas históricos de la talla de Abraham y Moisés les decían en nombre del omnipotente, providente y amoroso Dios que se llamó a sí mismo “El que Soy”, y que se les había manifestado directamente.

“Yo Soy el que Soy”

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Dios no abandonó al mundo en manos del demonio y de las fuerzas disolventes que lo estaban transformando en un infierno terrestre. En la medida en que Ëste ejecutaba, por medio de causas segundas, con mano firme y suave el plan maravilloso al que nos referimos en el primer capítulo de este discurso, por vías indirectas y naturales sostuvo el cultivo (incluso a nivel institucional) de las virtudes necesarias para preservar a la humanidad de su autodestrucción.

Pero también, y esto es más relevante, por vías más directas irrumpió como protagonista de pleno derecho en la Historia –incluso milagrosamente– al escogitar a un pueblo (el judío) que salvaguardaría sus tradiciones incólumes y que le recordarían a toda la humanidad Su existencia, el origen del hombre, el orden moral por Él decretado y sus promesas de enviarle al Ungido, al Mesías, al Χριστός.

D-03 PrometeoAsí, Dios dotó a su pueblo escogido de una biblioteca de bellos libros inspirados por Él, más o menos extensos, en donde se recogieron fielmente las tradiciones orales que en otros pueblos se habían tergiversado u olvidado, revelaciones de parte de Dios, y en donde podían leerse las profecías más significativas sobre el inminente Mesías.

Por las razones que ya hemos apuntado, no cualquier hombre de la Antigüedad podía elevarse hasta comprender con claridad la promesa del Mesías. Por eso Dios por medio de los profetas puso de manifiesto a los hombres detalles sobre el Χριστός y sobre su misión. El período de las profecías mesiánicas abarca miles de años, partiendo de nuestros primeros padres Adán y Eva hasta la época próxima a la llegada del Ungido al principio de nuestra era.

Ero Cras

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En los libros que Dios inspiró a los judíos se hallan varios centenares de profecías referentes al Mesías. Los que más escribieron sobre el Mesías son Moisés, el rey David y los profetas Isaías y Daniel. No pretendo dar un discurso bíblico así que me limitaré a señalar que fueron profetizados el tiempo de Su venida (Daniel 9:25); que nacería en Belén (Miqueas 5:2); que nacería de una virgen (Isaías 7:14); y que –tal como expliqué en el primer discurso de esta serie– el Χριστός sería Dios hecho hombre (Isaías 9:6).

Debo reconocer que el pueblo judío, al defender con uñas y dientes su legado recibido directamente de Dios, no era el más popular de los pueblos. Al contrario: su tozuda negativa a disolver a su Dios verdadero en los inciensos de los panteones politeístas le granjeó la enemistad y hostilidad de casi toda las potencias vecinas, que los invadieron y pretendieron aniquilarlos una y otra vez, sin éxito. En todo caso lo que esta animadversión causó, fue la diáspora del pueblo judío quien se llegó a instalar sólidamente en casi todas las importantes ciudades de la Ecumene, desde las columnas de Hércules en el extremo occidente hasta los confines del imperio persa al oriente. Su comunidad más numerosa se estableció en Alejandría, la capital del intelecto de la civilización pagana.


D-05 Cordero

Los siglos pasaban y Dios les enviaba intermitentemente profetas que los amonestaban y les exhortaban a ser fieles. Espoleados por éstos, en sus sinagogas y en su magnífico templo en Jerusalén, los judíos rezaban e imploraban casi sin interrupción por la pronta llegada del Χριστός con cantos parecidos a este (Audio de 1 minuto y 4 segundos de duración):

Antifona 04

D-05 DavidEl diluvio de hierro

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Es curioso notar que –faltando unos 1 200 años para el advenimiento del Χριστός– cuando la civilización antigua del Levante y del Mediterráneo colapsó pulverizada por las invasiones de los Pueblos del Mar, cuando la ciudad de Troya –epítome de la civilización lograda hasta esa época– fue aniquilada por los aqueos, sólo cuatro pueblos sobrevivieron a esa hecatombe: los egipcios, que entraron en una pendiente decadente de la que nunca se recuperaron; los asirios que llegarían después a conquistar por un breve lapso el mundo conocido; los griegos atenienses protegidos tras sus murallas; y los judíos que pelearon como gatos panza arriba contra los bárbaros filisteos, protegiendo con su sangre sus papiros revelados y su arca de la Alianza, hasta que los vencieron.

David derrotando a Goliath fue sólo un espectacular episodio de esta lucha entre la civilización y la barbarie, entre Prometeo y los demonios.

La invasión de los Pueblos del Mar, fue como un segundo diluvio universal, causado por los hombres mismos, que sepultó los rescoldos de la cultura y de la civilización bajo un espeso y extenso campo de cenizas. Tinieblas y sombras de muerte que tardarían tres siglos en disiparse

Continúa en el siguiente discurso

Alfa y Omega –III– La orgullosa Ciudad del Hombre

19 diciembre, 2015

Contenidos

  1. La naturaleza caída en acción
  2. La idea imperial como remedio a la extinción
  3. El reino de Lucifer
  4. La primera ideología revolucionaria

Ésta es la tercera parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, y su segunda aquí.

La naturaleza caída en acción

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Aquí es oportuno recordar lo que decíamos: que debido a las heridas psicosomáticas profundas que el pecado original había ocasionado en la estructura más íntima de los hombres y de su descendencia, éstos se sentían (y nos seguimos sintiendo) más inclinados a hacer el mal, que a hacer el bien… Más inclinados a la pereza que a la laboriosidad; más proclives a la crueldad y a la venganza que a la mansedumbre y al perdón; más tendientes a la dispersión y al exceso que a la concentración y a la moderación; más prestos a la lujuria, a las aberraciones y a la destemplanza que a la castidad y a la sobriedad.


C-01

Como consecuencia de ello, las sociedades, desde sus organismos más básicos (la familia y la aldea) hasta sus entes de poder más supremos, tendieron casi irremisiblemente a constituirse y a desarrollarse sobre todo sobre la base de los vicios y no sólo sobre la de las virtudes.

C-06Las sociedades, sedentarias o no, tendieron a organizarse encerrándose de manera egoísta en sí mismas, proliferando cada vez más la endogamia, la autarquía reductiva y el rechazo –si no el odio– a los otros. No es de extrañar esta deriva ostruna u onfálica, considerando el salvajismo del ambiente y las duras condiciones de una atmósfera en la que la fuerza bruta era la norma suprema. El mundo se fraccionó en estancos cuyas fronteras eran literalmente infranqueables.

Siendo que el hombre es un animal social por naturaleza, el mundo tal y como se estaba estructurando en celdas mínimas desconectadas unas de otras y sin más relaciones que la agresividad y la violencia, habría conducido al sofocamiento de todo vestigio cultural y, probablemente, a la reducción de la especie humana a la insignificancia, bordando con la mera supervivencia animal. No habría habido rutas comerciales, embajadas ni migraciones pacíficas y tal vez llegaría el caso de que se agotaría eventualmente la procreación. La humanidad estaba tomando el camino a la extinción.

La idea imperial como remedio a la extinción

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C-04SargonEs, para los inadvertidos, curioso que, precisamente hablando de decadencia y extinción, gran número de tradiciones religiosas recojan en sus poemas el evento destructivo de un diluvio universal, que de hecho ocurrió, pero sobre el que por razones de espacio pasaré de largo. Volvamos al punto…

Afortunadamente, la inteligencia y la voluntad humana salieron al paso de esta deriva y se inventó la idea imperial. La vida se abrió paso y, hasta donde sabemos, fue Sargón el primero que decidió gobernar sobre todo el mundo, rompiendo siglos de inercia pueblerina, creando el imperio sumerio. En África se confederaron las comunidades a las orillas del Nilo y terminó erigiéndose el imperio egipcio. Sólo en estos amplios espacios imperiales –abiertos con el uso de la fuerza para romper las cadenas del ensimismamiento– encontró la civilización y la cultura un caldo de cultivo suficiente para brotar y crecer.

Los imperios y la civilización creativa van de la mano. Y es que es difícil siempre separar el grano de la paja, así que el vigor de los vicios iba siempre entrelazado de la energía de las virtudes sociales. La naturaleza del hombre estaba sólo caída, dañada, no aniquilada. De esta manera, algo tan burdo como un imperio, servía inconscientemente a los planes de Dios para la futura llegada del Χριστός (Christós).

El reino de Lucifer

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C-03Pero, con idea imperial desplegándose o no, el poder ad intra y la convivencia se organizaron –desde casi el principio de los tiempos– casi siempre alrededor de los pilares del orgullo elevado a su más aborrecible expresión; alrededor del afán sin límite de riquezas; y sobre el de la búsqueda sin freno del poder y del placer sensual. De la conjunción de estos explosivos ingredientes, más que engendradas, fueron vomitadas instituciones aberrantes como la esclavitud, que se desarrolló a escala planetaria; la poligamia y la prostitución, que aplastaban a la mujer y especialmente a las viudas y a las niñas hasta convertirlas en la hez de la sociedad; y el infanticidio realizado en monstruosas proporciones que se conjugó como guante a la mano de los sacrificios humanos.

En un ambiente tan infernal como ese, las rebeliones habrían estado –incontenibles– a la orden del día, si no hubiese sido porque se aplicó, desde el poder constituido, una represión tan permanente como cruel y despiadada, que para imaginárnosla –aunque sea sólo imprecisamente– debemos acudir a los peores genocidios del siglo XIX y del XX (el de la Revolución Francesa, el de Mao Tsé Tung, el de Lenin y Stalin, y otros no por menos sangrientos y publicitados, menos terroríficos).

Compendio y rito culminante de esta brutalidad inicua es la crucifixión. Método de tortura y de ejecución inventado por los Asirios, quienes institucionalizaron en una macabra mitología el culto al demonio. La crucifixión fue adoptada después por los fenicios y por sus hijos cartagineses, que llegaron a ser la más sofisticada cultura hegemónica del Mediterráneo, arquetipo de lo peor y de lo más eficiente del mundo pagano. Posteriormente, también los Romanos adoptarían la crucifixión y la elevaron a sus más repugnantes y salvajes potencialidades.

C-05En este marco tan sádico, el paganismo fue llamado a jugar un papel añadido y distinto al de “religador” con las deidades, un papel no menos visible en la Antigüedad. Desde el origen de la humanidad, el gobierno de las sociedades en el estado de naturaleza caída, se movió por tanto por cauces pragmáticos que tenían que ver –fundamentalmente– con la consecución, guarda y expansión del poder rector, con la comida de los súbditos (para evitar las rebeliones a las que nos referíamos), los tributos (para pagar la represión de rebeliones y la agresión permanente de los vecinos siempre hostiles), el comercio, el amacenaje de vituallas y riquezas.

La primera ideología revolucionaria

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Esos factores de decisión política –universales en el tiempo y en el espacio– no son atractivos ni poéticos cuando son ejercidos –como era la norma– de modo despótico, más bien producen ciertamente el rechazo de las masas. Y los grandes de la tierra cayeron en la cuenta que al uso indiscriminado de la fuerza había que añadir el factor estético como pieza fundamental del ejercicio del poder: a los súbditos debe parecerles “bello” obedecer, someterse y pagar tributos. De lo contrario la unidad política se disuelve y el poder cae. La crueldad, la avaricia y la ambición descarnadas, a la larga, sólo producen rechazo.

Así que durante más de tres milenios, desde la invención de la rueda y de la escritura allá por Uruk, el aspecto poético de la justificación del poder la pusieron las leyendas, el paganismo y la superstición (de lo que pasó antes de la escritura, por lo general sólo podemos especular cuando faltan tradiciones orales fiables, aunque todos los indicios nos sugieren que no debió ser diferente). Había que obedecer al príncipe, no porque fuera un conspirador consumado, un cruel, un avaricioso y un gran canalla. Había que obedecerlo porque era “descendiente directo de los dioses”… Y allí cumplían su nuevo papel las supersticiones, el paganismo y las leyendas. Los paganismos, casi sin excepción, crecían sometidos al poder político, como si fueran uno más de sus recursos.

C-02No hay que perder de vista, que tal “poesía”, tales mitos, tales justificaciones, eran sólo eso: justificaciones y factores de unidad comunitaria. Difícilmente llegaban a establecer límites al ejercicio del poder.

Sólo en dos lugares se fue a contracorriente de esta lógica del poder ilimitado ungido por la mitología: los griegos en occidente y los judíos en oriente. Pueblo éste último que no se cansaba de rezar y suplicar día y noche por la urgente venida del Χριστός de maneras parecidas a esta Antífona de Adviento (Audio de 1 minuto y 4 segundos de duración):


Antifona 03

Continúa en el siguiente discurso

Alfa y Omega –II– La conjura de Cronos

18 diciembre, 2015

Cronos devorando a sus hijos

Cronos devorando a sus hijos

Esta es la segunda parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí

Contenidos

  1. El innombrable
  2. Los orígenes del paganismo
  3. Los tipos de Paganismo
  4. El paganismo poético
  5. El paganismo práctico-utilitario
  6. El paganismo demoníaco
  7. Todavía se clamaba por el Χριστός (Christós)

El innombrable

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Tomaría muchos siglos en alcanzarse la plenitud de los tiempos. Si bastan tres generaciones para que a nosotros nos resulte imposible reconocer a los primos lejanos en medio de discordias familiares, no es de extrañar que en estas cada vez menos pequeñas migraciones del comienzo de la humanidad, el planeta se fuese poblando de comunidades que empezaban a verse unas a otras como extrañas, si no como enemigas. Esta fragmentación era más acusada en la medida en que la tradición de lo sucedido, de lo por venir y del común origen, se iba desestimando y traicionando.

La idea de un Dios providente, trascendente y amoroso con quien se estaba en deuda, fue perdiéndose y desvaneciéndose y los corazones de los hombres se precipitaron en la idolatría de sus bajas pasiones o de dioses metafóricos que sólo vagamente recordaban al Verdadero. Así surgió el paganismo, la idolatría y el politeísmo, al ritmo del desplome de la inteligencia y de la voluntad humanas en los abismos del error y del vicio.

B-01La idea de un Dios único, infinitamente perfecto, trascendente, creador, amoroso y providente no fue entonces el origen o el final de un proceso evolutivo, sino todo conduce a concluir que la certeza original sobre su existencia fue obliterada gradualmente en aras de novedades sincréticas más ventajosas para el orgullo humano. Las más completas y desprejuiciadas investigaciones sobre religiones comparadas dejan en evidencia el hecho irrefutable de que las grandes mitologías paganas politeístas tienen todas, casi sin excepción, una especie de telón de fondo que se prefiere poner entre paréntesis: la existencia de un “padre de todos los dioses” o de una “realidad suprema” que evoca el origen común al que me refiero (piénsese en el Nun egipcio, en Urano, en el espíritu creador Altjira de los aborígenes australianos, o en el “Cielo” confuciano).

Los orígenes del paganismo

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B-00a

No es solo el “olvido” del deudor frente al acreedor el que explica el politeísmo pagano, sino también la expansión militar de los pueblos. Al irse agregando las comunidades a la potencia expansiva, el nombre que la localidad le daba al Dios creador se iba sumando al panteón constituido por otros tantos nombres que solían referirse al mismo Dios. Ese fue el caso preciso del paganismo Egipcio, padre de todos los paganismos. Pero también el del sumerio, griego y romano. La diferenciación de lo que en principio era lo mismo –la diferenciación entre esos “dioses” locales– corrió a cargo de sugerentes y –a veces– bellos mitos llenos de poesía y de básica filosofía.

B-03Empero, como ya dijimos, casi todas esas novedades religiosas conservaron, más o menos latente, envuelta en un velo de relativo y –a veces– respetuoso silencio, la idea más o menos vaga, de un Dios único supremo y creador de todas las cosas. Y no es esta la única realidad común que todos los paganismos conservaron, también contamos entre ellas el del sacrificio. Todas las religiones del planeta cuentan entre sus ritos el del sacrificio, que consiste en la ofrenda de un animal, frutos vegetales o bebidas que se ofrece a los dioses y generalmente se consumen durante o después de la ceremonia. Desde los egipcios, pasando por los persas, celtas, los yoruba africanos, griegos, romanos hasta los aztecas y mayas, todos celebraban sacrificios. Algunos de esos pueblos, y no los más atrasados precisamente, llegaron, ya veremos por qué, a practicar sacrificios humanos.

La celebración de dichos ritos sacrificiales, herederos de los ritos primigenios que pretendían –sin duda– simbolizar la satisfacción que se adeudaba por el primer pecado de nuestros padres, fue exigiendo la existencia de personas dedicadas, consagradas, a esos menesteres y así surgió la casta sacerdotal, presente también en todas las nuevas religiones, en todas las latitudes del planeta.

Los tipos de Paganismo

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Es necesario, para los efectos de este discurso, señalar que hubo diversos tipos de paganismos. Me referiré en particular a tres: el alegórico poético, el práctico–utilitario y el paganismo demoníaco.

El paganismo poético

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De alguna forma el primero de esos paganismos se concentraba en la elaboración y contemplación de los pintorescos mitos que individuaban a cada una de las deidades y que al mismo tiempo pretendían darle una básica coherencia a cada panteón. Esas mitologías, en su calidad de alegorías poéticas solían estar preñadas de una elemental descripción metafórica del origen y de la constitución del mundo.

B-02Por supuesto que estos tejidos de leyendas y de mitos no exigían una adhesión incondicional del intelecto y de la voluntad sino que estaban orientadas a la satisfacción sensible de los hombres. No había tal cosa como un “credo del Olimpo”, decir “creo firmemente en la existencia de Júpiter y de Marte”, no tenía ningún sentido.

El paganismo práctico-utilitario

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Estaba también el paganismo práctico que inclinaba el quehacer de sus diosecillos o “fuerzas” a velar por (u obstaculizar en su caso) las actividades vitales del hombre, desde levantarse en la mañanas, pasando por la comida, el cultivo, la cosecha, la familia, el comercio hasta llegar al sueño.

A veces –no era la norma– incluía unas pocas directrices morales fundamentales para la vida en sociedad. Este paganismo, como el de los romanos o el de los chinos, no solía estar adornado de las espectaculares sagas mitológicas que podemos apreciar en los nórdicos, en los egipcios o en los griegos, por ejemplo. Más bien eran religiones que apuntaban al quehacer diario y estacional.

El paganismo demoníaco

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Pero cuando surgía el afán imperioso de manipular en su propio beneficio las fuerzas naturales hasta sacarlas de su cauce, el ser humano aprendió pronto a invocar las fuerzas demoníacas. Y supo de inmediato que para hacerlas presentes y hacerlas actuar, no bastaba con una cándida libación o con una inocente oblación de frutas frescas, era menester hundirse ceremonialmente en las ciénagas más hediondas y profundas.

Cartagineses sacrificando niños a Moloch-Baal

Cartagineses sacrificando niños a Moloch-Baal

Así surgió el horrendo paganismo demoníaco que fue el que institucionalizó los sacrificios humanos (como el culto a Moloch de los fenicios y cartagineses, o el culto azteca a Huitzilopochtli) o los cultos secretos orgiásticos que surgían como hongos en el oriente o las tinieblas religiosas de los Asirios.

Estos tres tipos de paganismo, debido a su carácter politeísta, no se presentaban aislados en toda su integridad. Prácticamente todas las comunidades del planeta contaban con alguna dosis de cada uno de ellos, se encontraban en cada caso entretejidos entre sí, pero siempre era uno el que dominaba. El griego era el modelo de un paganismo prordialmente poético; el romano el del paganismo sustancialmente práctico; y el cartaginés y el azteca los paradigmas del demoníaco.

Todavía se clamaba por el Χριστός (Christós)

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Vagas, superficiales, desviadas, supersticiosas, erradas, alevosamente falsas, terroríficas en ocasiones, las religiones paganas eran, no obstante, el cauce en que casi la entera humanidad debía canalizar –vanamente– su honda, profunda y natural sed de religarse con el buen Dios.

Y digo “casi toda la humanidad” pues no faltaron vigorosos eslabones en la transmisión de la verdad original –o mentes geniales y heroicamente honestas como nenúfares en el pantano– que buscaban con valentía la Verdad en medio de la confusión y que en el mejor de los casos seguían fieles, sin paliativos, al verdadero Dios de nuestros padres. Aludo a los patriarcas antediluvianos y –más tarde– a personalidades como Jenófanes, Amenhotep IV, Séneca, Aristóteles, Platón y muchos más.

Siglos después de aquella nefasta revolución, en lo que ahora llamamos el Neolítico,todavía había quienes –no habiendo perdido del todo la brújula– desde lo más profundo de su corazón, velada o abiertamente, conscientemente o no, suplicaban con harta sed algo así como esto:


Antifona 02

Continúa en el siguiente discurso, aquí

Alfa y Omega. La primera y la última razón de la Navidad

17 diciembre, 2015

Contenidos

  1. La Revolución primigenia
  2. Un callejón sin salida
  3. “Él aplastará tu cabeza”
  4. Larga espera de la mano de la tradición
  5. La Plenitud de los tiempos

La Revolución primigenia

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En la aurora de la humanidad, en los comienzos de la especie humana, cuando la población mundial ascendía sólo a dos, los seres humanos se rebelaron a una en contra de Dios –su Creador– rechazando sus dones y el llamado que Éste les hizo a participar de su vida divina.

A-01Desde nuestro moderno ambiente de comodidades superfluas, lecturas inexistentes o frívolas, pantallas y tonterías, nos es difícil, francamente arduo, hacernos una idea –ni siquiera una vaga– del impacto deletéreo que tal rebelión significó para la humanidad en su conjunto y de lo calamitosa que fue esa catástrofe para el universo creado. Así como todos aún llevamos al ADN mitocondrial de nuestra primera madre, Eva, también cargamos cada uno de nosotros con las fatídicas consecuencias de ese primer motín antinatural.

Entre otras nocivas secuelas, esa afrenta a Dios por parte de nuestros primeros padres descompuso nuestra biología, alteró de modo pernicioso nuestra equilibrada relación con el entorno, con el mundo creado, y perturbó profundamente el dominio que nuestra mente debía ejercer sobre nuestro cuerpo y sobre las facultades mentales inferiores (como la memoria y la imaginación). A raíz de este funesto suceso hemos quedado más inclinados al mal que al bien. Lo peor de todo es que nos privó de la participación de un gratificante nivel de vida superior: el sobrenatural.

Estábamos condenados. Preferimos –como humanidad– en ese momento, vivir como enemigos del buen Dios.

A pesar de los datos que la Revelación nos brinda no logro imaginarme –supongo que es imposible hacerlo con precisión– cómo habrá sido esa “Edad de Oro”, ese paradisíaco lapso previo a esa revuelta antinatural que hoy llamamos pecado original. Pero las primeras generaciones inmediatamente posteriores a nuestros primeros padres sí que se lo imaginaban claramente gracias a las vívidas descripciones y relatos que nacían en la boca de esos dos dolidos patriarcas. Digo dolidos pues, inmediatamente después de la caída, nuestros primeros padres se arrepintieron del colosal error que cometieron. ¿Por qué esa compunción no bastó para restituir el estado original de gracia y para empezar de nuevo como si nada?

Un callejón sin salida

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Veamos por qué no bastaba. Si le hacemos un desaire a alguien, eso está mal. Pero si ese “alguien” no es cualquiera sino un amigo muy cercano que, además, nos acaba de salvar la vida (por ejemplo), el mismo menosprecio sería mucho más grave. La gravedad de nuestras acciones morales no dependen –por tanto– sólo de nuestra intención, sino también de la objetividad de las circunstancias. En el caso de las ofensas, la gravedad de éstas dependen de la dignidad del ofendido.

Pongamos otra analogía: la gravedad del daño que causo al lanzar una piedra no sólo depende de mi intención y fuerza al lanzarla, sino del valor del objeto que quiebro con la piedra. Si lo que rompo es el cristal de una ventana, con pedir disculpas y repararla equilibro la situación, pero si lo que se destroza es un jarrón de porcelana de la dinastía Ming con una enorme dosis de valor sentimental para el propietario, compensar la pérdida, equilibrar la situación, reparar el daño, probablemente exceda nuestras fuerzas y, aún cuando fueran aceptadas, nuestras disculpas no ayudarían mucho a olvidar del todo el asunto. Es de justicia reparar el daño causado, y Dios, que no es un ente arbitrario y enloquecido, piensa y actúa en las coordenadas de la justicia pues es infinitamente justo.

La humanidad, por tanto, al haber cometido una ofensa a Dios (de dignidad infinita) cometió un acto de gravedad infinita. Por otro lado, los daños de la misma acción eran de suyo –por la misma razón antes apuntada– infinitos. De lo anterior se sigue que para reparar el daño cometido –que es lo que exige la justicia– se necesitaba un arrepentimiento, una compensación, una satisfacción de carácter igualmente infinito. Y tal cosa era –es– imposible por parte de los seres humanos pues estos son, por naturaleza, finitos, limitados en su ser y en su actuar. En resumidas cuentas estábamos en un menudo problema causado por nosotros mismos, pero que no podíamos resolver por nuestras propias fuerzas. Además, los destrozos causados por el pecado original nos habían dejado, como especie, sometidos al Demonio (sí, amigos, el Demonio existe).

“Él aplastará tu cabeza”

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Dios, infinitamente justo pero también inconmensurablemte misericordioso, decidió acto seguido resolver el embrollo. Porque hay que aclarar que esa idea macabra pero tan en boga de un Dios frío, distante e indiferente a sus criaturas, es sólo una caricatura sin fundamento racional suficiente creado por filósofos empiristas del siglo XVIII y vulgarizado para consumo de las masas por Voltaire y otros de su calaña, una caricatura muy distinguida por su origen, tal vez, pero vulgar, burda y desesperanzadora en su lógica interna. Dios –que en realidad es amor infinito– decidió aceptar el arrepentimiento de sus criaturas y se ofreció para pagar Él mismo el daño ocasionado por las ofensas de los hombres.

Pero para que la satisfacción, para que la reparación del daño, para que el rescate pagado fuera justo, éste debía proceder del ofensor (el ser humano mismo), por lo que Dios decidió asumir la naturaleza humana y hacerse un hombre como nosotros, para poder actuar así en nuestro nombre con toda legitimidad. Así, una Persona que sería plenamente Dios y plenamente hombre al mismo tiempo, en representación del género humano al que pertenecería, pagaría con su omnipotencia propia de su naturaleza divina, el rescate infinito necesario para salvarnos, redimirnos de la esclavitud del pecado y del Demonio, y abrirnos las puertas de la vida sobrenatural de nuevo.

A-02Con este propósito, Dios prometió, poco después de rayar el día de la humanidad y consumado que fue el pecado original, la futura llegada de un Salvador, de un Ungido… del Χριστός (Christós). Adán y Eva después de probar el fruto prohibido escucharon cómo Dios dijo al Demonio, que tomando el aspecto de una serpiente había instigado a la rebelión:

“Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tu le morderás el calcañal”

(Gen. 3:15).

Así Dios condenó a Lucifer y aceptó el arrepentimiento de nuestros antepasados prometiendo que llegaría el día en el que un descendiente de “la Mujer” aplastaría la “cabeza” del Demonio que indujo la revuelta humana. Es interesante cómo se refiere al Mesías como “linaje de la mujer,” lo que nos preanuncia suu milagroso nacimiento de “la Mujer” que concibió al Mesías sin participación de hombre. Esto se deduce de la antigua costumbre de llamar a los descendientes según el padre y no la madre.

Larga espera de la mano de la tradición

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Estos relatos sobre la Edad Dorada, el amanecer y la caída del hombre, la expulsión del paraíso y la promesa de un Mesías, de un futuro redentor, se fue transmitiendo verbalmente de generación en generación en la medida en que nuestra especie humana iba recorriendo los caminos y poblando la tierra. De nuevo: es difícil para nosotros –estranguladas como están nuestras inteligencias por las pantallas digitales, los cables y el wi-fi– es difícil, decía, que nos hagamos en nuestras circunstancias una idea correcta de la solidez y confiabilidad de la tradición oral llevada a hombros por la memoria de los poetas y cantores.

Esta tradición de estos relatos y de otros habría llegado hasta nosotros con fidelidad digital, si no fuera por la debilidad del espíritu humano y su naturaleza caída con toda la inclinación a la soberbia y a las cosas pedestres y malas que conlleva. La naturaleza caída nos hace incómodo estarnos enfrentando constantemente con nuestras deudas, errores y defectos. Así que esta tradición fue olvidándose, dejándose de lado paulatinamente y ocultándose tras versiones en las que la imagen de Dios se edulcoraba o se eclipsaba tras mitos más convenientes al libertinaje y a la vanidad humanas.

A-03Y es que entre la promesa del Salvador y su llegada pasó mucho tiempo. No debe extrañarnos eso, pues la llegada del Mesías estaba orientada a restaurar la delicada constitución más íntima del ser humano como especie, tanto en su espíritu como en su cuerpo, como ya lo he indicado, lo que implicaba también la redención de un transtorno cosmológico, pues el hombre había sido creado como cúspide del universo material.

Pero, más importante que ello, la venida del Redentor tenía relación directa con la dignidad de Dios, que había sido afrentada y que, como ya hemos dicho, es de proporciones infinitas y que hacía conveniente que Dios se hiciese Hombre en una misma y sola Persona que conservara intactas simultáneamente su naturaleza divina y su naturaleza humana. Esa operación, por llamarla así, ameritaba una logística –hablando en términos terrestres– de dimensiones olímpicas. Como diría después un profeta, era necesario

trazar un plan maravilloso, llevar a un gran acierto.

Isaías, 28:29

La plenitud de los tiempos

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En todo caso no se trataba de soplar y hacer botellas. Asimismo, la misión del Dios hecho Hombre, del Χριστός, en la Tierra –una vez estuviere con nosotros– iba a significar el despliegue complejo de múltiples actividades que en su conjunto constituirían la más importante y emocionante aventura de todos los tiempos. Para que tal aventura redentora encontrara un campo fértil en la humanidad, que por supuesto debía acogerla voluntariamente, ésta debía encontrarse en su punto. La humanidad debía, antes de la llegada del Χριστός, desarrollar hasta sus más altas expresiones posibles todas y cada una de sus facultades.

En cuanto a su facultad de procrear debía haber, hasta cierto punto aceptable, henchido la Tierra. Sus facultades intelectivas debían haber intentado alcanzar la verdad en los diferentes dominios del saber hasta donde sus propias fuerzas naturales –heridas– se lo permitieran. El ejercicio de su voluntad debía ya estar familiarizada con los fantásticos extremos de lo imposible. La sensibilidad humana, después de haber recorrido el mayor número de caminos posibles en su búsqueda de lo estético, debería ser capaz de elaborar un mapa mental comúnmente compartido sobre lo bello. El dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, debía ya para el tiempo de la Venida, haber sufrido las suficientes derrotas y haber experimentado los suficientes éxitos como para que la humanidad –orgullosa de las facultades dadas por Dios, estuviese lista para un nuevo comienzo. Y finalmente debía imperar, hasta donde las débiles fuerzas del hombre le permitieran, debía reinar la paz, lo más intensa y extensamente posible.

En suma, había que preparar, y esperar, la plenitud de los tiempos.

Mientras se ejecutaba ese arduo plan maravilloso, los hombres que esperaban con impaciencia al Χριστός suplicaron durante siglos así (Audio de 1 minuto):

Antifona 01

Continúa en el siguiente discurso