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La orgullosa ciudad del hombre

30 agosto, 2015

Después de ocho años de escribir bajo el pseudónimo “JC Conde de Orgaz”, desde hace quince días estoy publicando con mi verdadero nombre, José Carlos Parada.

Luego de haber revisado los orígenes del ser humano en un primer vídeo, en el que no rehuímos describir las causas y efectos de la primera revolución de la humanidad (el pecado original), pasamos, la semana pasada a discurrir sobre los fundamentos espirituales de las culturas antiguas. Fundamentos que se desarrollaron en lo que ahora llamamos el Neolítico. Así, pudimos en ese segundo vídeo, apreciar la génesis de los politeísmos y los distintos tipos de religiones paganas que sirvieron de base a la construcción de las primeras civilizaciones.

En esta ocasión los invito a que discurramos, en un tercer vídeo que solo dura 13 minutos, sobre los pilares antropológicos y políticos de las primeras civilizaciones. Echémosle un vistazo profundo e incisivo al surgimiento de las principales instituciones sociales de la Antigüedad: el esclavismo, la poligamia y otros.

Tomen asiento y acompáñennos:

TRANSCRIPCION

El camino de la insignificancia
Aquí es oportuno recordar lo que decíamos: que debido a las heridas psicosomáticas profundas que el pecado original había ocasionado en la estructura más íntima de los hombres y de su descendencia, éstos se sentían (y nos seguimos sintiendo) más inclinados a hacer el mal, que a hacer el bien…
Más inclinados a la pereza que a la laboriosidad; más proclives a la crueldad y a la venganza que a la mansedumbre y al perdón; más tendientes a la dispersión y al exceso que a la concentración y a la moderación; más prestos a la lujuria, a las aberraciones y a la destemplanza que a la castidad y a la sobriedad.
Como consecuencia de ello, las sociedades, desde sus organismos más básicos (la familia y la aldea) hasta sus entes de poder más supremos, tendieron casi irremisiblemente a constituirse y a desarrollarse sobre todo sobre la base de los vicios y no sólo sobre la de las virtudes.
Las sociedades, sedentarias o no, tendieron a organizarse encerrándose de manera egoísta en sí mismas, proliferando cada vez más la endogamia, la autarquía reductiva y el rechazo –si no el odio– a los otros. No es de extrañar esta deriva ostruna u onfálica, considerando el salvajismo del ambiente y las duras condiciones de una atmósfera en la que la fuerza bruta era la norma suprema.
El mundo se fraccionó en estancos cuyas fronteras eran literalmente infranqueables.
Siendo que el hombre es un animal social por naturaleza, el mundo tal y como se estaba estructurando, durante el Neolítico, en celdas mínimas desconectadas unas de otras y sin más relaciones que la agresividad y la violencia, se habría dirigido al sofocamiento de todo vestigio cultural y, probablemente, a la reducción de la especie humana a la insignificancia, bordando con la mera supervivencia animal.
No habría habido rutas comerciales, embajadas ni migraciones pacíficas y tal vez llegaría el caso de que se agotaría eventualmente la procreación. La humanidad estaba tomando el camino a la extinción.
La idea imperial como remedio a la extinción
Es, para los inadvertidos, curioso que, precisamente hablando de decadencia y extinción, gran número de tradiciones religiosas recojan en sus poemas el evento destructivo de un diluvio universal, que de hecho ocurrió, pero sobre el que por razones de espacio pasaré de largo. Volvamos al punto…
Providencialmente, la inteligencia y la voluntad humana salieron al paso de esta deriva y se inventó la idea imperial. La vida se abrió paso y, hasta donde sabemos, fue Sargón el primero que decidió gobernar sobre todo el mundo, rompiendo siglos de inercia pueblerina, creando el imperio sumerio. En África se confederaron -por las buenas y sobre todo por las malas- las comunidades a las orillas del Nilo y terminó erigiéndose el imperio egipcio.
Sólo en estos amplios espacios imperiales –abiertos con el uso de la fuerza para romper las cadenas del ensimismamiento– encontró la civilización y la cultura un caldo de cultivo suficiente para brotar y crecer.
Nos digan lo que nos digan los pacifistas y los revolucionarios de cafetín de nuestro siglo, los imperios y la civilización creativa van de la mano. Y es que es difícil siempre separar el grano de la paja, así que el vigor de los vicios iba siempre entrelazado con la energía de las virtudes sociales. La naturaleza del hombre estaba sólo caída, dañada, no aniquilada. De esta manera, algo tan burdo como un imperio, servía inconscientemente a los planes de Dios para la futura llegada del Χριστός (Christós).
El reino de Lucifer
Pero, con idea imperial desplegándose o no, el poder ad intra y la convivencia se organizaron –desde casi el principio de los tiempos– casi siempre alrededor de los pilares del orgullo elevado a su más aborrecible expresión; alrededor del afán sin límite de riquezas; y sobre todo alrededor de la búsqueda sin freno del poder y del placer sensual.
De la conjunción de estos explosivos ingredientes, más que engendradas, fueron vomitadas instituciones aberrantes como la esclavitud, que se desarrolló a escala planetaria; la poligamia y la prostitución, que aplastaban a la mujer y especialmente a las viudas y a las niñas hasta convertirlas en la hez de la sociedad; la sodomía como artículo de pedestre lujo; y el infanticidio realizado en monstruosas proporciones que se combinó como guante a la mano de los sacrificios humanos.
En un ambiente tan infernal como ese, las rebeliones habrían estado –incontenibles– a la orden del día, si no hubiese sido porque se aplicó, desde el poder constituido, una represión tan permanente como cruel y despiadada, que para imaginárnosla –aunque sea sólo imprecisamente– debemos acudir a los peores genocidios del siglo XIX y del XX (el de la Revolución Francesa, el de Mao Tsé Tung, el de Lenin y Stalin, y otros no por menos sangrientos y publicitados, menos terroríficos).
Compendio y rito culminante de esta brutalidad inicua es la crucifixión. Método de tortura y de ejecución inventado por los tenebrosos Asirios, quienes institucionalizaron en una macabra mitología el culto al demonio y a sus ángeles caídos. La crucifixión fue adoptada después por los fenicios y por sus hijos cartagineses, quienes por cierto llegaron a ser la más sofisticada cultura hegemónica del Mediterráneo, arquetipo de lo peor y de lo más eficiente del mundo pagano. Posteriormente, también los Romanos adoptarían la crucifixión y actualizaron sus más repugnantes y salvajes potencialidades.
En este marco tan sádico, el politeísmo fue llamado a jugar un papel añadido y distinto al de “religador” con las deidades, un papel no menos visible en la Antigüedad.
Desde el origen de la humanidad, el gobierno de las sociedades en el estado de naturaleza caída, se movió por cauces pragmáticos que tenían que ver –fundamentalmente– con la consecución, guarda y expansión del poder rector, con la comida de los súbditos (para evitar las rebeliones a las que nos referíamos), los tributos (para pagar la represión de rebeliones y la agresión permanente de los vecinos siempre hostiles), el comercio, el amacenaje de vituallas y riquezas.
La primera ideología revolucionaria
Esos factores de decisión política –universales en el tiempo y en el espacio– no son atractivos ni poéticos cuando son ejercidos –como era la norma– de modo despótico, más bien producen ciertamente el rechazo de las masas. Y los grandes de la tierra cayeron en la cuenta que al uso indiscriminado de la fuerza había que añadir el factor estético como pieza fundamental del ejercicio del poder: a los súbditos debe parecerles “bello” obedecer, someterse y pagar tributos. De lo contrario la unidad política se disuelve y el poder cae. La crueldad, la avaricia y la ambición descarnadas, a la larga, sólo producen rechazo.
Así que durante más de tres milenios, desde la invención de la rueda y de la escritura allá por Uruk, el aspecto poético de la justificación del poder la pusieron las leyendas, el paganismo y la superstición (de lo que pasó antes de la escritura, por lo general sólo podemos especular cuando faltan tradiciones orales fiables, aunque todos los indicios nos sugieren que no debió ser diferente). Había que obedecer al príncipe, no porque fuera un conspirador consumado, un cruel, un avaricioso y un gran canalla. Había que obedecerlo porque era “descendiente directo de los dioses”… Y allí cumplían su nuevo papel las supersticiones, el paganismo y las leyendas. Los paganismos, casi sin excepción, crecían sometidos al poder político, como si fueran uno más de sus recursos.
No hay que perder de vista, que tal “poesía”, tales mitos, tales justificaciones, eran sólo eso: justificaciones y factores de unidad comunitaria. Difícilmente llegaban a establecer límites al ejercicio del poder.
Sólo en dos lugares se fue a contracorriente de esta lógica del poder ilimitado ungido por la mitología: los griegos en occidente y los judíos en oriente. Pueblo éste último que no se cansaba de rezar y suplicar día y noche por la urgente venida del Χριστός

La Conjura de Cronos

24 agosto, 2015

Después de ocho años de escribir con el pseudónimo “JC Conde de Orgaz”, desde la semana pasada estoy publicando con mi verdadero nombre, José Carlos Parada.

Comenzamos con una serie de cortos audiovisuales titulados “Alfa y Omega” cuyo primer capítulo de 20 minutos fue una escueta aproximación al origen de la humanidad, y una somera explicación de por qué el ser humano es como es. También hablamos de la relación del hombre con Dios y de cómo y por qué Éste nos prometió la llegada del Χριστός (el Ungido). Asimismo discurrimos de por qué tardó tanto en venir el Cristo y dimos un par de brochazos para figurarnos en qué consistió “la plenitud de los tiempos”.

Hoy los invito a ver el vídeo de la segunda parte titulado “La Conjura de Cronos” -y que dura solo 14 minutos- en donde discurriremos sobre los fundamentos espirituales de las civilizaciones antiguas, desarrollados durante el período que solemos denominar como Neolítico.

Tomen asiento y acompáñennos

TRANSCRIPCION

El innombrable

Tomaría muchos siglos el alcanzarse la plenitud de los tiempos. Si bastan tres generaciones para que a nosotros nos resulte imposible reconocer a los primos lejanos en medio de discordias familiares, no es de extrañar que en estas cada vez menos pequeñas migraciones del comienzo de la humanidad, el planeta se fuese poblando de comunidades que empezaban a verse unas a otras como extrañas, si no como enemigas.
Esta fragmentación era más acusada en la medida en que la tradición de lo sucedido, de lo por venir y del común origen, se iba desestimando y traicionando.
La idea de un Dios providente, trascendente y amoroso con quien se estaba en deuda, fue perdiéndose, desvaneciéndose… y los corazones de los hombres se precipitaron en la idolatría de sus bajas pasiones o de dioses metafóricos que sólo vagamente recordaban al Verdadero.
Así surgió el paganismo, la idolatría y el politeísmo, al ritmo del desplome de la inteligencia y de la voluntad humanas en los abismos del error y del vicio.
La idea de un Dios único, infinitamente perfecto, trascendente, creador, amoroso y providente no fue entonces el final de un proceso evolutivo, sino todo conduce a concluir que la certeza original sobre su existencia fue obliterada gradualmente en aras de novedades sincréticas más ventajosas para el orgullo humano.
Las más completas y desprejuiciadas investigaciones sobre religiones comparadas dejan en evidencia el hecho irrefutable de que las grandes mitologías paganas politeístas tienen todas, casi sin excepción, una especie de telón de fondo que se prefiere poner entre paréntesis: la existencia de un “padre de todos los dioses” o de una “realidad suprema” que evoca el origen común al que me refiero (piénsese en el Nun egipcio, en el Urano griego o el Caelum Romano, en el espíritu creador Altjira de los aborígenes australianos, o en el “Cielo” confuciano).

Los orígenes del paganismo

No es solo el “olvido” del deudor frente al acreedor el que explica el politeísmo pagano, sino también la expansión militar de los pueblos. Al irse agregando las comunidades a la potencia expansiva, el nombre que la localidad le daba al Dios creador se iba sumando al panteón constituido por otros tantos nombres que solían referirse al mismo Dios. Ese fue el caso preciso del paganismo Egipcio, padre de todos los paganismos. Pero también el del sumerio, griego y romano. La diferenciación de lo que en principio era lo mismo –la diferenciación entre esos “dioses” locales– corrió a cargo de sugerentes y –a veces– bellos mitos llenos de poesía y de básica pero errónea filosofía.
Empero, como ya dijimos, casi todas esas novedades religiosas conservaron, más o menos latente, envuelta en un velo de relativo y –a veces– respetuoso silencio, la idea más o menos vaga, de un Dios único supremo y creador de todas las cosas.
Y no es esta la única realidad común que todos los paganismos conservaron, también contamos entre ellas la realidad común del sacrificio.
Todas las religiones del planeta cuentan entre sus ritos el del sacrificio, que consiste en la ofrenda de un animal, frutos vegetales o bebidas que se ofrece a los dioses y generalmente se consumen durante o después de la ceremonia.
Desde los egipcios, pasando por los persas, celtas, los yoruba africanos, griegos, romanos hasta los aztecas y mayas, todos celebraban sacrificios. Algunos de esos pueblos, y no los más atrasados precisamente, llegaron, ya veremos por qué, a practicar sacrificios humanos.
La celebración de dichos ritos sacrificiales, herederos de los ritos primigenios que pretendían –sin duda– simbolizar la satisfacción que se adeudaba por el primer pecado de nuestros padres y que pretendían preanunciar el sumo sacrificio del Christós… La celebración de dichos ritos sacrificiales, decía, fue exigiendo la existencia de personas dedicadas, consagradas, a esos menesteres y así surgió la casta sacerdotal… presente también en todas las nuevas religiones, en todas las latitudes del planeta.

Los tipos de Paganismo

Es necesario, para los efectos de este discurso, señalar que hubo diversos tipos de paganismo. Me referiré en particular a tres: el alegórico poético, el práctico–utilitario y el paganismo demoníaco.

El paganismo poético

De alguna forma el primero de esos paganismos se concentraba en la elaboración y contemplación de los pintorescos mitos que individuaban a cada una de las deidades y que al mismo tiempo pretendían darle una básica coherencia a cada panteón. Esas mitologías, en su calidad de alegorías poéticas solían estar preñadas de una elemental descripción metafórica del origen y de la constitución del mundo.
Por supuesto que estos tejidos de leyendas y de mitos no exigían una adhesión incondicional del intelecto y de la voluntad sino que estaban orientadas a la satisfacción sensible de los hombres. No había tal cosa como un “credo del Olimpo”… Decir “creo firmemente en la existencia de Júpiter y de Marte”, no tenía ningún sentido.

El paganismo práctico-utilitario

Estaba también el paganismo práctico que inclinaba el quehacer de sus diosecillos o “fuerzas” a velar por (u obstaculizar en su caso) las actividades vitales del hombre, desde levantarse en la mañanas, pasando por la comida, el cultivo, la cosecha, la familia, la guerra, el comercio… hasta llegar al sueño.
A veces –no era la norma– incluía unas pocas directrices morales fundamentales para la vida en sociedad. Este paganismo, como el de los romanos o el de los chinos, no solía estar adornado de las espectaculares sagas mitológicas que podemos apreciar en los nórdicos, en los egipcios o en los griegos, por ejemplo. Más bien eran religiones que apuntaban al quehacer diario y estacional.
El paganismo demoníaco
Pero cuando surgía el afán imperioso de manipular en su propio beneficio las fuerzas naturales hasta sacarlas de su cauce, el ser humano aprendió pronto a invocar las fuerzas demoníacas.
Y supo de inmediato que para hacerlas presentes y hacerlas actuar, a estas fuerzas demoníacas, no bastaba con una cándida libación o con una inocente oblación de frutas frescas, era menester hundirse ceremonialmente en las ciénagas más hediondas y profundas.
Así surgió el horrendo paganismo demoníaco que fue el que institucionalizó los sacrificios humanos y glorifíco la sodomía (como el culto a Moloch de los fenicios y cartagineses, o el culto azteca a Huitzilopochtli) o los cultos secretos orgiásticos que surgían como hongos en el oriente o las truculentas tinieblas religiosas de los Asirios y Babilonios.
Estos tres tipos de paganismo, debido a su carácter politeísta, no se presentaban aislados en toda su integridad. Prácticamente todas las comunidades del planeta contaban con alguna dosis de cada uno de ellos, se encontraban en cada caso entretejidos entre sí, pero siempre era uno el que dominaba. El griego era el modelo de un paganismo primordialmente poético; el romano el del paganismo sustancialmente práctico; y el cartaginés y el azteca los paradigmas del demoníaco.

Todavía se clamaba por el Χριστός (Christós)

Vagas, superficiales, desviadas, supersticiosas, erradas, alevosamente falsas, terroríficas en ocasiones, las religiones paganas eran, no obstante, el cauce en que casi la entera humanidad empezó a canalizar –vanamente– su honda, profunda y natural sed de religarse con el buen Dios.
Y digo “casi toda la humanidad” pues no faltaron –hay que decirlo– vigorosos eslabones en la transmisión de la verdad original –o mentes geniales y heroicamente honestas como nenúfares en el pantano– que buscaban con valentía la Verdad en medio de la confusión y que en el mejor de los casos seguían fieles, sin paliativos, al verdadero Dios de nuestros padres.
Aludo a los patriarcas antediluvianos y –más tarde– a personalidades como Jenófanes, Amenhotep IV, Séneca, Aristóteles, Platón y muchos más.
Siglos después de aquella nefasta revolución, en lo que ahora llamamos el Neolítico, todavía había quienes –no habiendo perdido del todo la brújula– desde lo más profundo de su corazón, velada o abiertamente, conscientemente o no, suplicaban con harta sed algo así como esto:

La primera Revolución

17 agosto, 2015

Como les dije hace unos días, acontecimientos personales, nacionales y mundiales recientes han dado por finalizada mi necesidad de escribir desde el anonimato. Así que ya no usaré más mi pseudónimo “JC Conde de Orgaz”. A partir de hoy seguiré escribiendo estos discursos con los temas de siempre, con mi verdadero nombre: José Carlos Parada.

Aunque, más que escribirlos, los conversaré con ustedes a través de pequeños audiovisuales que espero tengan una duración promedio de 15 minutos. El vídeo con el que empezaremos este nuevo caminar, por razones excepcionales dura 20 minutos. Espero que no les parezca intolerablemente largo.

Es mi pretensión, de ahora en adelante, hacer un recorrido por la historia de la humanidad desde sus orígenes hasta la actualidad. Espero les guste y que sepan pasar por alto varios defectos técnicos propios de una obra hecha con medios insuficientes y caseros. Les recuerdo además que sus comentarios son bienvenidos.

TRANSCRIPCION

En la aurora de la humanidad, en los comienzos de la especie humana, cuando la población mundial ascendía sólo a dos, los seres humanos se rebelaron a una en contra de Dios –su Creador– rechazando sus dones y el llamado que Éste les hizo a participar de su vida divina.
Desde nuestro moderno ambiente de comodidades superfluas, lecturas inexistentes o frívolas, pantallas y tonterías, nos es difícil, francamente arduo, hacernos una idea –ni siquiera una vaga– del impacto deletéreo que tal rebelión significó para la humanidad en su conjunto y de lo calamitosa que fue esa catástrofe para el universo creado. Así como todos aún llevamos al ADN mitocondrial de nuestra primera madre, Eva, también cargamos cada uno de nosotros con las fatídicas consecuencias de ese primer motín antinatural.
Entre otras nocivas secuelas, esa afrenta a Dios por parte de nuestros primeros padres descompuso nuestra biología, alteró de modo pernicioso nuestra equilibrada relación con el entorno, con el mundo creado, y perturbó profundamente el dominio que nuestra mente debía ejercer sobre nuestro cuerpo y sobre las facultades mentales inferiores (como la memoria y la imaginación). A raíz de este funesto suceso hemos quedado más inclinados al mal que al bien. Lo peor de todo es que nos privó de la participación de un gratificante nivel de vida superior: el sobrenatural.
Estábamos condenados. Preferimos –como humanidad– en ese momento, vivir como enemigos del buen Dios.
A pesar de los datos que la Revelación nos brinda no logro imaginarme –supongo que es imposible hacerlo con precisión– cómo habrá sido esa “Edad de Oro”, ese paradisíaco lapso previo a esa revuelta antinatural que hoy llamamos pecado original. Pero las primeras generaciones inmediatamente posteriores a nuestros primeros padres sí que se lo imaginaban claramente gracias a las vívidas descripciones y relatos que nacían en la boca de esos dos dolidos patriarcas. Digo dolidos pues, inmediatamente después de la caída, nuestros primeros padres se arrepintieron del colosal error que cometieron. ¿Por qué esa compunción no bastó para restituir el estado original de gracia y para empezar de nuevo como si nada?

Un callejón sin salida

Veamos por qué no bastaba. Si le hacemos un desaire a alguien, eso está mal. Pero si ese “alguien” no es cualquiera sino un amigo muy cercano que, además, nos acaba de salvar la vida (por ejemplo), el mismo menosprecio sería mucho más grave. La gravedad de nuestras acciones morales no dependen –por tanto– sólo de nuestra intención, sino también de la objetividad de las circunstancias. En el caso de las ofensas, la gravedad de éstas dependen de la dignidad del ofendido.
Pongamos otra analogía: la gravedad del daño que causo al lanzar una piedra no sólo depende de mi intención y fuerza al lanzarla, sino del valor del objeto que quiebro con la piedra. Si lo que rompo es el cristal de una ventana, con pedir disculpas y repararla equilibro la situación, pero si lo que se destroza es un jarrón de porcelana de la dinastía Ming con una enorme dosis de valor sentimental para el propietario, compensar la pérdida, equilibrar la situación, reparar el daño, probablemente exceda nuestras fuerzas y, aún cuando fueran aceptadas, nuestras disculpas no ayudarían mucho a olvidar del todo el asunto. Es de justicia reparar el daño causado, y Dios, que no es un ente arbitrario y enloquecido, piensa y actúa en las coordenadas de la justicia pues es infinitamente justo.
La humanidad, por tanto, al haber cometido una ofensa a Dios (de dignidad infinita) cometió un acto de gravedad infinita. Por otro lado, los daños de la misma acción eran de suyo –por la misma razón antes apuntada– infinitos. De lo anterior se sigue que para reparar el daño cometido –que es lo que exige la justicia– se necesitaba un arrepentimiento, una compensación, una satisfacción de carácter igualmente infinito. Y tal cosa era –es– imposible por parte de los seres humanos pues estos son, por naturaleza, finitos, limitados en su ser y en su actuar. En resumidas cuentas estábamos en un menudo problema causado por nosotros mismos, pero que no podíamos resolver por nuestras propias fuerzas. Además, los destrozos causados por el pecado original nos habían dejado, como especie, sometidos al Demonio (sí, amigos, el Demonio existe).

“Él aplastará tu cabeza”

Dios, infinitamente justo pero también inconmensurablemte misericordioso, decidió acto seguido resolver el embrollo. Porque hay que aclarar que esa idea macabra pero tan en boga de un Dios frío, distante e indiferente a sus criaturas, es sólo una caricatura sin fundamento racional suficiente creado por filósofos empiristas del siglo XVIII y vulgarizado para consumo de las masas por Voltaire y otros de su calaña, una caricatura muy distinguida por su origen, tal vez, pero vulgar, burda y desesperanzadora en su lógica interna. Dios –que en realidad es amor infinito– decidió aceptar el arrepentimiento de sus criaturas y se ofreció para pagar Él mismo el daño ocasionado por las ofensas de los hombres.
Pero para que la satisfacción, para que la reparación del daño, para que el rescate pagado fuera justo, éste debía proceder del ofensor (el ser humano mismo), por lo que Dios decidió asumir la naturaleza humana y hacerse un hombre como nosotros, para poder actuar así en nuestro nombre con toda legitimidad. Así, una Persona que sería plenamente Dios y plenamente hombre al mismo tiempo, en representación del género humano al que pertenecería, pagaría con su omnipotencia propia de su naturaleza divina, el rescate infinito necesario para salvarnos, redimirnos de la esclavitud del pecado y del Demonio, y abrirnos las puertas de la vida sobrenatural de nuevo.
Con este propósito, Dios prometió, poco después de rayar el día de la humanidad y consumado que fue el pecado original, la futura llegada de un Salvador, de un Ungido… del Χριστός (Christós). Adán y Eva después de probar el fruto prohibido escucharon cómo Dios dijo al Demonio, que tomando el aspecto de una serpiente había instigado a la rebelión:

“Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tú le morderás el calcañal”
(Gen. 3:15).

Así Dios condenó a Lucifer y aceptó el arrepentimiento de nuestros antepasados prometiendo que llegaría el día en el que un descendiente de “la Mujer” aplastaría la “cabeza” del Demonio que indujo la revuelta humana. Es interesante cómo se refiere al Mesías como “linaje de la mujer,” lo que nos preanuncia suu milagroso nacimiento de “la Mujer” que concibió al Mesías sin participación de hombre. Esto se deduce de la antigua costumbre de llamar a los descendientes según el padre y no la madre.

Larga espera de la mano de la tradición

Estos relatos sobre la Edad Dorada, el amanecer y la caída del hombre, la expulsión del paraíso y la promesa de un Mesías, de un futuro redentor, se fue transmitiendo verbalmente de generación en generación en la medida en que nuestra especie humana iba recorriendo los caminos y poblando la tierra. De nuevo: es difícil para nosotros –estranguladas como están nuestras inteligencias por las pantallas digitales, los cables y el wi-fi– es difícil, decía, que nos hagamos en nuestras circunstancias una idea correcta de la solidez y confiabilidad de la tradición oral llevada a hombros por la memoria de los poetas y cantores.
Esta tradición de estos relatos y de otros habría llegado hasta nosotros con fidelidad digital, si no fuera por la debilidad del espíritu humano y su naturaleza caída con toda la inclinación a la soberbia y a las cosas pedestres y malas que conlleva. La naturaleza caída nos hace incómodo estarnos enfrentando constantemente con nuestras deudas, errores y defectos. Así que esta tradición fue olvidándose, dejándose de lado paulatinamente y ocultándose tras versiones en las que la imagen de Dios se edulcoraba o se eclipsaba tras mitos más convenientes al libertinaje y a la vanidad humanas.
Y es que entre la promesa del Salvador y su llegada pasó mucho tiempo. No debe extrañarnos eso, pues la llegada del Mesías estaba orientada a restaurar la delicada constitución más íntima del ser humano como especie, tanto en su espíritu como en su cuerpo, como ya lo he indicado, lo que implicaba también la redención de un transtorno cosmológico, pues el hombre había sido creado como cúspide del universo material.
Pero, más importante que ello, la venida del Redentor tenía relación directa con la dignidad de Dios, que había sido afrentada y que, como ya hemos dicho, es de proporciones infinitas y que hacía conveniente que Dios se hiciese Hombre en una misma y sola Persona que conservara intactas simultáneamente su naturaleza divina y su naturaleza humana. Esa operación, por llamarla así, ameritaba una logística –hablando en términos terrestres– de dimensiones olímpicas. Como diría después un profeta, era necesario
“…trazar un plan maravilloso, llevar a un gran acierto…”
Isaías, 28:29
La plenitud de los tiempos
En todo caso no se trataba de soplar y hacer botellas. Asimismo, la misión del Dios hecho Hombre, del Χριστός, en la Tierra –una vez estuviere con nosotros– iba a significar el despliegue complejo de múltiples actividades que en su conjunto constituirían la más importante y emocionante aventura de todos los tiempos. Para que tal aventura redentora encontrara un campo fértil en la humanidad, que por supuesto debía acogerla voluntariamente, ésta debía encontrarse en su punto.
La humanidad debía, antes de la llegada del Χριστός, desarrollar hasta sus más altas expresiones posibles todas y cada una de sus facultades.
En cuanto a su facultad de procrear debía haber, hasta cierto punto aceptable, henchido la Tierra. Sus facultades intelectivas debían haber intentado alcanzar la verdad en los diferentes dominios del saber hasta donde sus propias fuerzas naturales –heridas– se lo permitieran. El ejercicio de su voluntad debía ya estar familiarizada con los fantásticos extremos de lo imposible. La sensibilidad humana, después de haber recorrido el mayor número de caminos posibles en su búsqueda de lo estético, debería ser capaz de elaborar un mapa mental comúnmente compartido sobre lo bello. El dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, debía ya para el tiempo de la Venida, haber sufrido las suficientes derrotas y haber experimentado los suficientes éxitos como para que la humanidad –orgullosa de las facultades dadas por Dios, estuviese lista para un nuevo comienzo. Y finalmente debía imperar, hasta donde las débiles fuerzas del hombre le permitieran, debía reinar la paz, lo más intensa y extensamente posible.
En suma, había que preparar, y esperar, la plenitud de los tiempos.

La muerte del Conde de Orgaz

9 agosto, 2015

He estado comunicándome con ustedes, estimados amigos, desde el año 2007 (en el finado blog La Terminal) y, desde el 2010, desde esta bitácora “La Sala de la Signatura”, bajo el pseudónimo “JC Conde de Orgaz”. El nom de plume respondía a que precisamente la famosa pintura del Greco, “El entierro del conde de Orgaz”, es una de mis obras de arte preferidas.

Pues resulta que acontecimientos personales, nacionales y mundiales recientes han dado por finalizada la necesidad de escribir desde el anonimato. Así que tengo el pesar de comunicarles el sensible fallecimiento de “JC Conde de Orgaz”.

Su sepelio tendrá lugar en esta misma bitácora el próximo miércoles (12 de agosto), día a partir del cual seguiré escribiendo estos discursos con los temas de siempre, con mi verdadero nombre y apellido.

Al mismo tiempo quiero anunciarles mi deseo de relanzar -si Dios quiere- con nuevos bríos este blog con un formato audiovisual a partir del próximo lunes 16.

FIN

La Resurrección según Juan Sebastián Bach: Cujus Regni Non Erit Finis

5 abril, 2015

Contenidos

  1. La victoria sobre la muerte en una trenza de celestiales coros
  2. La apoteosis diadeveras

«…Para descubrir la naturaleza humana hasta que sus atributos divinos sean revelados, para insuflar las actividades ordinarias con fervor espiritual, para dar alas de eternidad a lo más efímero; para hacer humano lo divino y divino lo humano; tal es Bach, el más grande y puro momento de la música de todos los tiempos…»

Pablo Casals

La victoria sobre la muerte en una trenza de celestiales coros

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En el Resurrexit de la Gran Misa Católica en Si Menor BWV 232 de Juan Sebastián Bach, lo que se respira es majestuosidad exultante. Escuchemos su introducción (13 segundos de audio):

La euforia optimista, la alegría y la felicidad son los distintivos propios de esta pieza. ¿Y cómo no iba a ser de así, si lo que se canta es la resurrección victoriosa del Χριστός sobre el pecado y la muerte?

El Resurrexit cuenta con sus propias fugas vocales (la entrada sucesiva de diferentes voces hasta juntar un haz coral coordinado) pero, por la temática, estas fugas se encuentran pletóricas de alborozo y celebración. Escuchemos la fuga en la que dice “y resucitó al tercer día” (Et resurrexit tertia die). Al principio entra el grupo de bajos dicendo et resurre… y se quedan sosteniendo la e. Luego entran los altos de igual manera. Posteriormente se adjuntan los tenores y finalmente (un grupo tras otro) los dos coros de sopranos se unen sucesivamente.

Se corona ese segmento con un borbotón (de todas las voces juntas) cantando resurrexit tertia die, no exactamente con los mismos tiempos, pero todos terminando perfectamente sincronizados. Escuchemos cómo se van acomodando gradualmente señoriales, sublimes y festivos coros (19 segundos de audio):

Ya he dicho varias veces que esta parte (Resurrexit) es mi preferida de toda la Misa en Si Menor de Bach, pero no es por que tenga un buen oído (de ninguna manera puede ser por eso) sino más bien al contrario. Sumergirse en el verum de una pieza musical es más complejo de lo que parece.

Lo cierto es que con un conocimiento promedio de música, es natural que uno se sienta más atraído hacia las tonadas movidas que hacia las tranquilas. Sin embargo –por supuesto– hay más bajo la superficie.

La apoteosis diadeveras

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Escuchemos (y veamos ahora) la fiesta de coros que Bach le dedica al momento culminante de la Resurrección de aquel Niño Jesús que –habiéndose encarnado por nosotros– sufrió y murió en la Cruz.

Total que la Resurrección es el final de la trayectoria terrena del Christos que inició con la Encarnación.

La letra en español va así:

Y resucitó al tercer día,
según las escrituras.
Y subió al cielo,
está sentado a la derecha del Padre.
Y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y a muertos
y su Reino no tendrá fin.

En latín sería:

Et resurrexit tertia die,
secundum scripturas.
Et ascendit in caelum,
sedet ad dexteram Patris.
Et iterum venturus est cum gloria
iudicare vivos et mortuos,
cuius regnit non erit finis

Escuchemos y veamos (3 minutos y 29 segundos de vídeo).


La pieza tiene varias partes que –aunque ya de por sí empiezan con una mayestática festividad– se van escalonando en clímax hasta que alcanzan su momento culminante entre (2:31) y (2:53).

Feliz y santa Pascua de Resurrección.

«…Cuando los Angeles le interpretan música a Dios, ellos ejecutan a Bach. Para cualquier otro, tocan a Mozart….»

Sir Isaiah Berlin, Filósofo e Historiador de las Ideas

FIN

Abandonemos el temor y las penas – Lasset das Zagen, verbannet die Klage

25 diciembre, 2014

Una gran cosa…

Todos sabemos que El burrito sabanero es una obra de arte insuperable en su género, pero de vez en cuando debemos variar un poco.

Ya hemos dicho que Bach no inventó nada, no inventó tampoco los oratorios (Vivaldi, por ejemplo, hizo decenas de ellos) pero Bach hizo los mejores. Uno de ellos es este, cuyo fenomenal coro introductorio, les invitamos a escuchar. El oratorio está dedicado a la Navidad, y su nombre original (en alemán) es Weihnachts Oratorium. El primer coro se llama Jauchzet, frohlocket, y su letra es la siguiente (en alemán con su traducción al castellano):

Para los cánones cumbieros que predominan en nuestro país en estas épocas, la pieza es un poco larga, pero sus 7 minutos y pico (lo que dura un delicioso cigarrillo) valen definitivamente la pena. Como decía un compositor y teórico alemán llamado Johann Friedrich Daube, autor de obras para laúd y de varios tratados musicales (entre ellos “El dilettante musical”):

«…Aquellos que nunca lo han escuchado [A Bach], nunca han escuchado gran cosa….»

Pues, parafraseándolo, podemos decir: quien nunca ha escuchado música navideña compuesta por Bach, nunca ha escuchado gran cosa.

“El Oratorio de Navidad [de Johann Sebastian Bach] es la celebración del nacimiento y adoración del Niño Jesús, con un componente narrativo lo cual justifica su denominación de “oratorio” frente al de “cantata”. Combina alegría y optimismo con ternura y dulzura. Una buena muestra de la primera sería el jubiloso coro que abre la obra “Jauchzet, frohlocket, auf, preiset die Tage”, quizás el coro más famoso de Bach y que, con trompetas y timbales, es capaz de resucitar a un muerto en sus primeros acordes”

No olviden que este día (la Navidad) es el cumpleaños del Χριστός (Christós), aunque a veces nos guste simular que es otra cosa, así que acuérdense de Él si celebran la fiesta. Así –si nos suele pasar– esta vez no nos sentiremos solos, ni apenados, ni tristes. Y para eso, Bach ayuda.

FIN

Tres minutos con Bach – BWV 1056

11 diciembre, 2014

“su obra y su vida nos enseñan que es tan difícil aproximarnos a él como dejar de intentarlo. Es difícil porque encarna los valores más altos del arte y de la vida, porque da expresión sabia y humana a todo, excepto a la mezquindad, que es lo fácil. Bach es esencialmente un músico de la meditación religiosa. Y esta clase de meditación, más que ninguna otra, es difícil para los hombres de nuestra época. Reconoce Bach que Dios le ha dado más talentos que a los demás hombres, y se siente por ello el más deudor entre los deudores de Dios”

Julio Sánchez Reyes

Eventualmente iremos publicando algunas piezas de Bach sin contextualizarlas demasiado y solo con el exclusivo objeto de que nuestros lectores vayan familiarizándose con su obra. Escogeré para tales efectos mis piezas preferidas, omitiendo adrede las más populares de nuestro compositor.

Cuando tenga tiempo, pondré a su disposición la letra, su traducción y – de ser posible– los tiempos y algún video. Cuando el tiempo me falte, me limitaré a brindarles la oportunidad de escuchar el audio sin más.

En esta ocasión, escucharemos el 1º movimiento del 5º Concierto para clavecín y cuerdas BWV 1056.

A continuación tienen el audio de una interprtación en el Harpsicordio para el que fue compuesta la pieza, y abajo tienen a su disposición un vídeo de la misma pieza, lamentablemente interpretada en piano, pero de una manera exquisita por el célebre, excéntrico y joven pianista pirenaico David Fray (audio de 3 minutos con 8 segundos):

Vídeo de 3 minutos con 29 segundos:

FIN