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Los sarracenos al mando de Al Malik Al-Ashraf Kalil abren brecha en las murallas de la ciudad de San Juan de Acre, último bastión cristiano en Tierra Santa (18 de mayo 1291)

18 mayo, 2020

Contenidos

  1. Los sarracenos entran a Acre
  2. El Gran Maestre del Temple es herido de muerte
  3. Testimonio de Jean de Villiers
  4. Última resistencia

Después de 43 días de asedio, las operaciones que los zapadores musulmanes llevaban a cabo por debajo de los muros de la Ciudad Real de San Juan de Acre habían avanzado con rapidez extraordinaria, y se encontraban casi debajo de la barbacana del Rey Hugo, corriendo dicha edificación el riesgo de venirse abajo, por lo que poco tiempo después, la barbacana, justo delante de la Torre del Rey Enrique, hubo de ser abandonada y durante la semana siguiente, los zapadores del sultán minaron las torres Inglesa y de la Condesa de Blois. Toda la muralla exterior se derrumbaba ante el bombardeo incesante de las catapultas y los mandrones del sultán.

El 15 de mayo, las fuerzas de Al-Ashraf atacaron la puerta de San Antonio, situada junto al castillo, siendo, inicialmente, rechazados por defensores templarios y hospitalarios tras un duro enfrentamiento. No obstante, tres días más tarde, las fuerzas mamelucas atacaron de nuevo la entrada.

Los sarracenos entran a Acre

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Un día como hoy, 18 de mayo, las tropas del Sultán abrieron brecha en la Torre Maldita, por donde irrumpieron los mamelucos rechazando a los defensores hasta muralla interior. El Temple y el Hospital tuvieron que acudir a reforzar el sector, pues en el suyo, la presión de los ejércitos de Hama y Damasco era mucho menos fuerte. Sin embargo toda la zona estaba perdida, pues más al sur, Otón de Grandsdon había cedido ante el empuje atacante y había perdido la torre de San Nicolás.

Antes de entrar y repitiendo la táctica intimidatoria inicial, Al-Ashraf ordenó el asalto acompañado de un importante número de tambores, trompetas y timbales. Eficaces arqueros preparaban el camino a la primera línea de atacantes compuesta por escuadrones suicidas. Montones de musulmanes ya corrían por la ciudad.

El Gran Maestre del Temple es herido de muerte

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Para empeorar las cosas, el mismo día sucedió lo siguiente: Estando el Gran Maestre del Temple, Gillaume de Beaujeu, liderando la defensa cerca de la muralla en el sector de la Torre Maldita, se le vio repentinamente arrojar la espada y alejarse del combate hacia el interior de la ciudad, sus caballeros le reprocharon su cobardía. Pero Beaujeu respondió:

Je ne m’enfuit pas; je suis mort. Voici le coup.

Que traducido quiere decir: “No estoy huyendo, estoy muerto, aquí está la herida”, y simultáneamente alzó el brazo dejando ver la mortal herida que había recibido en un costado, bajo la axila. Entonces sus caballeros lo transportaron por una de las poternas de la muralla del Montmusard, a una casa del barrio, cerca de la puerta de San Antonio. Donde más tarde, tanto él, como Mateo de Clermont, mariscal del Hospital, murieron. Los caballeros del Temple, transportando los cuerpos de ambos, se pusieron bajo las órdenes del Mariscal de la Orden Pierre de Severy, quién ordenó la retirada hacia la fortaleza templaria, en el sur de la ciudad, cerca del puerto.

Al enterarse de esto, el maestre del Hospital decidió retirase también, para que, tanto hospitalarios como templarios resistieran juntos en la fortaleza del Temple, sin embargo, en la retirada fue alcanzado entre los omóplatos por una lanza y, contra su voluntad, embarcado por sus hombres. Lo mismo hicieron Otón de Grandsdon y el rey Enrique junto a su hermano Amalarico.

Al enterarse de la noticia de que los jefes cristianos huían y la ciudad de Acre estaba irremediablemente perdida, el miedo se contagió a la aterrorizada población que huyó presa de pánico hacia los muelles intentando caóticamente encontrar sitio en los pocos barcos disponibles. Como los habitantes de Acre eran muchos y los barcos tan pocos, no había suficiente lugar para todos, algunos fueron literalmente abordados y sobrepasados por el excesivo peso de las atemorizadas gentes.

Testimonio de Jean de Villiers

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Semejante caos lo describe Jean de Villiers en una carta que escribió en su lecho de muerte:

Ellos [los musulmanes] entraron en la ciudad desde todos los frentes temprano en la mañana y en fuerza de hombres muy numerosa. Nosotros y nuestra orden les hicimos guerra en la puerta de San Antonio, donde había tantos sarracenos que no podía uno contarlos. Aun así, los rechazamos tres veces tan lejos como hasta el lugar llamado “Maldito”. Y en esa acción y otras pelearon los hermanos de nuestra Orden en defensa de la ciudad y de sus vidas y de su país.

Poco a poco perdimos todo el castillo de nuestra Orden, que es muy merecido de orar en él y que está muy cerca de la Santa Iglesia, y luego les llegó el fin. Entre ellos mi querido amigo y hermano Mateo de Clermont, nuestro mariscal, resultó muerto. Era noble y esforzado y sabía muchas cosas de armas y guerra. ¡Que Dios lo tenga en su gracia! Ese mismo día el Maestre del Temple también murió de una herida mortal de jabalina. ¡Que Dios tenga piedad de su alma!

Ese día yo mismo luché contra la muerte debido a una herida que me provocó un jabalinazo entre los hombros, una herida que hace que la redacción de esta carta sea una tarea muy difícil. Mientras tanto una gran multitud de sarracenos entraba en la ciudad por todos nuestros flancos, por tierra y agua, moviéndose a lo largo de los muros, que estaban todos perforados y rotos, hasta que llegaron a nuestros refugios. Nuestros sargentos, los muchachos, los mercenarios, los cruzados y todos los otros desistieron de toda esperanza y corrieron raudos hacia los barcos, deshaciéndose de sus armas y armaduras. Nosotros y nuestros hermanos, la mayoría de los cuales habían sido heridos de muerte o se hallaban gravemente lesionados, resistimos tanto como pudimos, Dios es testigo.

Y algunos de nosotros yacíamos como si estuvieramos medio muertos, estábamos muy pálidos y desmayándonos pero luchando contra nuestros enemigos, nuestros sargentos y nuestros pajes jóvenes me transportaron, mortalmente herido, mientras nuestros otros hermanos se retiraban, y gran peligro corrían. Y hasta aquí yo y otros hermanos escapamos, como Dios quiso, muchos de los cuales estábamos heridos y maltrechos sin esperanza de cura, y fuimos llevados a la isla de Chipre. En el día en que esta carta es escrita nosotros seguimos aquí, en gran pena de nuestro corazón y prisioneros de un dolor insoportable.

Última resistencia

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Al-Ashraf había conseguido reconquistar la mayor parte de Acre, únicamente la fortaleza templaria situada de espaldas al mar en el extremo sur de la ciudad, se mantuvo en pie. Alrededor de doscientos caballeros templarios se habían refugiado tras sus muros defendiendo a varios cientos de civiles. Tras varios días de bombardeo, el sultán, viendo la determinación de los defensores, les ofreció la posibilidad de embarcarse sin ser molestados y envió un destacamento para controlar los preparativos.

El día 28 los cristianos se rendirán y los supervivientes de las Órdenes Militares se refugiarán en la isla mediterránea de Chipre.

 

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