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Fides et Ratio. Et Incarnatus Est – (Parte II)

27 marzo, 2020

Esta es la segunda y última parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí

No en contra, sino más allá de…

Uno de los misterios expresados en el Credo, decíamos, es el Misterio de la Encarnación que los católicos acabamos de celebrar el miércoles 25 de marzo recién pasado. El misterio de la Encarnación es como se le llama al hecho, más allá de nuestro entendimiento, de que –según el magisterio católico– Dios infinito, espiritual y omnipotente se hizo hombre (limitado) en la persona del Χριστός (Christós).

Hoy quiero concentrarme en los elementos constitutivos de ese fenómeno con el objeto –no de persuadir a mis lectores de que eso es verdad, que lo es– sino con el propósito de tratar de explicar el por qué este misterio en particular no es un absurdo.

Decir por ejemplo: Fulano tiene una naturaleza que es simultáneamente infinita y finita, es un absurdo, viola el principio de no contradiccion. No es ese el caso de la Encarnación: el Χριστός (Cristo) no tenía una naturaleza contradictoria en sí misma (humana y divina al mismo tiempo y con respecto a la misma naturaleza) sino que tenía –tiene, según la Iglesia Católica, Apostólica y Romana– las dos naturalezas: una naturaleza humana (limitada) y OTRA naturaleza divina (ilimitada). Las características que más se nos presentan como incompatibles (lo finito y lo infinito) no se asientan en lo mismo, se asientan cada una de ellas en en dos naturalezas –principios de operaciones– respectivamente distintas.

Et homo factus est

Esto nos lleva –por supuesto– a preguntarnos ¿Cómo se unen, cómo se relacionan, estas dos naturalezas distintas (la humana y la divina)? Bueno, pues el magisterio de la Iglesia nos ha explicado siempre que ambas naturalezas están unidas en una Persona (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad) de tal manera que siguen siendo naturalezas divina y humana con operaciones propias distintas.

No entraré –por supuesto- a hacer una análisis del misterio de la Santísima Trinidad, (aunque buena falta hace), pero escuchemos el mismo Credo III en la parte donde se refiere a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad (19 segundos de audio):


Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Logos, el Verbo, tiene la naturaleza divina, es “Dios de Dios”. Aunque –al no tener Fe– no se acepte la verdad de esa afirmación, es obvio que –desde una perspectiva lógica formal– el juicio como tal no admite reparo alguno, de hecho es casi una tautología. Lo intrincado, lo misterioso de la cuestión, surge cuando resulta que esa Segunda Persona de la Santísima Trinidad –el Verbo, el Logos– asume en el tiempo y en el espacio –en la Historia– una segunda naturaleza (sin perder la anterior divina), cuando se hace carne:
“Et homo factus est”.

La hipóstasis

Al asumir la naturaleza humana, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad no deja de ser Persona, ni deja de tener su naturaleza divina. Estamos frente a una persona (Χριστός), de nombre Jesús, que tiene dos naturalezas distintas, dos “principios de operaciones” como habría dicho Aristóteles, es hombre (plenamente hombre) y Dios (plenamente Dios). La unión de las dos naturalezas distintas se da en la PERSONA, y la Iglesia le ha llamado: unión hipostática, del griego hypostasis (ὑπόστᾰσις “lo que permanece bajo las apariencias, la realidad”) aunque se utiliza más bien en el preciso sentido de persona.

Jesucristo, entonces, es UNA persona (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Logos) que es Dios (naturaleza divina) y Hombre verdadero. Tiene por lo tanto dos inteligencias, una inteligencia humana y por lo mismo limitada como la de todos nosotros; y una inteligencia divina ilimitada, como corresponde a Dios. También tiene dos voluntades, una divina y una humana, distinción que explica lo acaecido durante la Oración en el Huerto.

Misterio sin duda, más allá de la razón, pero no opuesta a ella. Podría parecer una sutileza sin mayor consecuencia, pero en realidad los fundamentos de lo que fue nuestra Civilización Occidental (como lo expliqué en esta serie audiovisual), descansan, precisamente, en las relaciones que hay entre la fe y la razón, y en la existencia y naturaleza de un Señor llamado Jesús, el Χριστός. Como bien sabía el osado y confundido Sigerio de Brabante.

Oigamos el fragmento del Credo III en el que se canta la profesión de fe de este misterio en particular (disculpemos a los pobres monjes que –como ya advertí– parece que tienen gripe o coronavirus) 14 segundos de audio:

Ésta, la de la Misa en la que contraje matrimonio hace muchos años, es la otra versión que les mencioné de la misma profesión de fe cantada por mortales comunes y corrientes,, más salvadoreños que el pan con chumpe (20 segundos de audio).

FIN

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