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Tres meses después de haber decretado la secesión pacífica de España, las provincias del territorio centroamericano deciden casi por unanimidad integrarse al Imperio de México. San Salvador se opone (5 de enero de 1822)

4 enero, 2019

Un día como hoy, y después de haberse realizado consultas populares para anexar sus provincias al Primer Imperio Mexicano tras su separación de la corona española, el territorio centroamericano pasa a formar parte del Imperio de México. La anexión durará dieciocho meses.

La Independencia de México y el Plan de Iguala de Iturbide hubo de refluir sobre las provincias centroamericanas cuyos hombres vacilaban ante el nebuloso porvenir que se les ponía por delante. Se había vivido durante tres siglos bajo la Pax Hispánica, en un crecimiento constante de carácter cultural y económico, como miembros autónomos del Virreinato de México y unidos por una sola fe y la lealtad a una Corona. Las consecuencias de la secesión pacífica de la Corona Española eran, para estos pueblos, entorpecedoras y difíciles; y mientras oteaban en el horizonte la salida salvadora, se desenvolvieron los acontecimientos que daban por resultado la creación de un nuevo imperio.

Tenían las provincias del reino de Guatemala como director a Gabino Gaínza y entre a sus colaboradores tres o cuatro liberales exaltados que no acertaban con una actitud firme y resuelta y que eran –más o menos– neutralizados por el sentido común todavía imperante.

El Plan de Iguala y los tratados de Córdoba levantados a base de delicadas negociaciones y de la primacía del interés general, concitaron la admiración de los países vecinos. Ya la provincia de Chiapas, por acta de 8 de septiembre de 1821, se había adherido al movimiento mexicano. León de Nicaragua aceptaba la independencia de España, se desligaba de Guatemala y se adhería al plan de Iguala. Comayagua seguía el mismo derrotero de León; Quezaltenango y Sololá se adherían al nuevo imperio… El Salvador (cuya élite local tenía sus particulares objetivos) juraba su independencia absoluta; sólo Tegucigalpa permanecía unida a Guatemala, y Costa Rica mantenía una situación neutral y expectante.

De pronto, llega un oficio del excelentísimo señor Don Agustín de Iturbide dirigido a la Junta provincial:

“Guatemala no debe quedar independiente de México –decía proféticamente Iturbide– sino formar con su virreinato un grande imperio bajo el Plan de Iguala y los tratados de Córdoba” y, apuntando un argumento supremo agregaba “Guatemala se halla todavía impotente para gobernarse por sí misma y llegará a ser objeto de la ambición extranjera” Para complementar la obra, Iturbide agregaba “Marcha en estos momentos hacia la frontera un grueso ejército protector”.

La Junta provisional, con Gaínza a la cabeza y Don José Cecilio Del Valle a la zaga, dió curso sereno a los acontecimientos; y –sin darle innecesarias largas al asunto– en vez de esperarse que se reuniese el Congreso General que ya estaba convocado para febrero –pero que resultaría en un conventículo demasiado estrecho–, resolvió abrir cabildos para que todos los ayuntamientos de los pueblos conociesen del llamado que se hacía de México, y se resolviese por plebiscito lo que mejor conviniera. La abrumadora mayoría de los pueblos se manifestaban unánimemente y mostraban sus inclinaciones a la instauración del Imperio. Sólo entre los Criollos surgían unas cuantas voces discrepantes y que coincidían en ser los más radicales revolucionarios y furiosos anticlericales, sin embargo, estaban en menor número y llegaron a mostrar encono irracional hacia los amigos de la anexión, adoptando, como fué el caso de la camarilla clerical salvadoreña, actitudes casi suicidas.

Los escasos reluctantes a la anexión manifestaban oponerse, con toda la brillantez de su dialéctica y de su existimada autoestima, a lo que ellos creían ser una pérdida de la independencia, y descargaban los rayos de sus furias sobre todos los demás. Era tal su irreflexiva oposición al sentir general, que el síndico municipal de Guatemala Don Pedro de Arroyave pidió a la Junta Consultiva que se decretará la expulsión de tres de esos hombres, por peligrosos para la tranquilidad de la nación.

Venció al cabo el sentir unánime. En una sesión celebrada el 28 de noviembre se acordó dirigirse a todos los ayuntamientos para que, a Cabildo abierto, se requiriera el parecer de los pueblos. La circular se mandó a los dos días, y el 5 de enero se levantó en el Palacio el acta famosa de la anexión documento, que causa pena al patriotismo y rubor a la dignidad. De esa acta los pormenores más relevantes son los siguientes:

De los ayuntamientos que respondieron a la Junta, 104 convinieron llanamente con la unión a México; 11 le pusieron algunas condiciones; 32 se sometieron a lo que dispusiera la Junta; 21 estuvieron por lo que resolviera el Congreso que estaba convocado para febrero; y 2 ¡solamente dos! estuvieron por el rechazo inmediato de la invitación de Iturbide, entre ellos San Salvador que quería asegurarse de que su líder, el presbítero José Matías Delgado, fuese nombrado obispo de la provincia respectiva.

La junta desde luego reflexionó así: –Hecho un cálculo aproximado, sobre los censos existentes y las respuestas de los ayuntamientos, se ve que la voluntad manifestada llanamente por la unión excede a la mayoría absoluta. Y computándose la de la Intendencia de Nicaragua que, desde su declaratoria de la independencia de España, se unió a la de México; la de Comayagua, que se halla en el mismo caso; la de Chiapas, que se unió al Imperio antes de declararse la Independencia; la de Quezaltenango, Sololá y otros pueblos, ya se han adherido con antelación, se encuentra que la voluntad general se eleva casi a la totalidad; y teniendo presente la Junta que su deber, en este caso, no es otro que trasladar al gobierno de México lo que los pueblos quieren, acordó verificarlo así

Y la anexión al Imperio Mexicano se consumó, sin que nadie en aquellos momentos supusiese cuán efímero iba a ser el nuevo estado de cosas y cuantos quebrantos, dineros, energías y esfuerzos iba a costar a Centroamérica la oposición testaruda de las minorías.

La fecha del 5 de enero tiene, así, una significación extrema; tres meses y medio hacía que se había levantado un acta redactada por el sabio Valle declarando la secesión pacífica de las provincias del Reino de Guatemala (la actual Centroamérca) de la Corona española, y al correr de esos tres meses y medio, el mismo sabio redactaba otra acta en que –dándole continuidad a la anterior y extrayendo sus últimas consecuencias– se sustituía una Corona por otra de raigambre local, siguiendo el ejemplo –exitoso, hay que decirlo– de Brasil. Por otro lado, el clan clerical salvadoreño, que giraba alrededor de las ambiciones del prócer Matías Delgado, argumentaba que la anexión a México era la pérdida de la nacionalidad, el empalme de nuestras tierras, la creación de un poder, del que la patria sería tributaria y servidora. Así, sólo la ciudad de San Salvador –mi ciudad–, como en muchas circunstancias de la vida comunal, se mantuvo en su gesto altivo y llegó a tomar las armas, desligándose de Guatemala, y –con tal de obtener la Mitra para su líder– proclamó el abyecto y paradójico proyecto de anexarse a los Estados Unidos.

Paradójicamente, en cierto modo, el tiempo les dió la razón a los seguidores de Delgado y se ganaron, para ellos y para San Salvador el respeto regional.

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