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En la batalla de Poitiers, los francos –mandados por Carlos Martel– derrotan al ejército musulmán, con lo que detienen el avance de estos a Europa (25 de octubre 732 d.C.)

5 noviembre, 2018

Transcripción

Carlos Martel, el salvador, el nuevo fundador del Regnum de los Francos, nunca tomó el título de Rey. Sin embargo, actuó como tal. No se acompaña de un colegio asesor (ni siquiera ficticio), ni de un mayordomo de palacio en Neustria: es inútil, el país, o más bien su aristocracia, ha colapsado.

El merovingio Thierry IV, no es más que una sombra; cuando fallece (737), Carlos ni siquiera lo reemplaza.

Él juzga y gobierna solo, contentándose con el título de Mayordomo. Concentra en sus manos todos los poderes pues su tarea es ardua. Necesita someter bajo la autoridad franca a los Germanos, Alamanes, Turingios, Bávaros y a los de la Provenza. Todos los años debe hacer campañas militares en el Norte, en el Este, en el Sur, en el Sudeste…

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Discurriremos brevemente esta vez sobre la figura de Carlos Martel y sobre su más grande hazaña, su victoria sobre los sarracenos en la decisiva batalla de Poitiers

Si bien Carlos Martel logra neutralizar a los Alamanes y a los Frisones, tuvo que dejar a cargo de Baviera a un duque nativo. Tampoco pudo someter él solo a Eudes de Aquitania: necesitó la ayuda de los Lombardos para aplastar al patricio de la Provenza sublevada.

El episodio más célebre de su principado fue su victoria sobre los musulmanes.

En 711, o sea a penas 80 años después de la muerte de Mahoma, los musulmanes invaden España, la que atraviesan en 8 años, y ocupan en 719 el Languedoc actual. Esta provincia, entre los Pirineos y el Ródano, se llama en esa épòca Septimania o Gótica, por el recuerdo de los visigodos arrianos y por sus siete ciudades principales (Narbona, Agde, Béziers, Nîmes, Maguelone, Lodève y Elne).

Desde allí, los Musulmanes (Árabes y Bereberes) se lanzan en contra de Eudes, duque de Aquitania. Vencido, implora la ayuda de Carlos Martel. Una expedición importante dirigida por el mismo Wali de España, Abd al-Rahman Al Ghafiqi, irrumpe en Aquitania y se dirige hacia Tours, para saquear el tesoro de San Martín.

A solicitud de la Iglesia, el líder de los Francos, acude al auxilio de Eudes. Después de reunir a toda prisa un ejército, Carlos Martel llega frente a las tropas musulmanas, en Moussais, cerca de una vía romana que comunica Châtellerault con Poitiers.

El sábado 25 de octubre de 732, los invasores musulmanes se deciden a presentar batalla, al norte de Poitiers, Su caballería ligera y desordenada , se estrella con el muro infranqueable que forma la disciplinada y acorazada infantería franca. Abd al-Rahman es muerto en la batalla

Por su lado, Carlos Martel atribuye su victoria a la intercesión de la Virgen María.

No se podría existimar la importancia de la lucha de Carlos contra los Sarracenos. Sin sus victorias, no hay duda que Aquitania y el valle del Ródano, Francia entera serían países musulmanes, como lo fue España.

Sin embargo, el Islam no se amilanó. Las poblaciones de Septimania, incluso de la Provenza, debido al sustrato arriano legado por los visigodos, parecen haber preferido a los infieles que a los francos. Carlos tuvo que combatir en Septimania y Provenza. Obtuvo una importante victoria en los pantanos de Berre, pero fracasó en el sitio de Narbona (737). En su retirada, hizo de la Septimania Gótica un desierto.

Para que estas expediciones incesantes y lejanas tuvieran éxito, Carlos hubo menester de grandes cantidades de guerreros, caballeros, sobre todo. ¿Dónde encontrar los recursos necesarios para mantenerlos? Los impuestos centrales habían prácticamente dejado de ser percibidos. La economía estaba en crisis debido al férreo bloqueo que los musulmanes habían impuesto al comercio marítimo en el Mediterráneo.

Los dominios merovingios estaban disipados, incluso los carolingios habrían sido insuficientes. Quedaba la Iglesia. Obispados y monasterios habían obtenido a lo largo del siglo precedente, diplomas de inmunidad que los dispensaba del pago de impuestos sobre sus bienes inmuebles, que eran considerables.

Sin dejarse inquietar por escrúpulos legales, Carlos Martel, presionado por las necesidades circunstantes, tomó medidas radicales.

Por la fuerza, hizo instalar guerreros suyos en las sedes episcopales y monásticas y se hizo conceder una parte enorme de los bienes eclesiásticos para el mantenimiento de la caballería franca. El clero de Galia nunca se lo perdonó y su memoria quedó en execración por los siglos venideros.

Este rudo e inmisericorde guerrero era no obstante un hombre piadoso. Fue gracias a su apoyo que el inglés Winfrid (San Bonifacio) pudo, a partir de 719, completar la orgnización de la Iglesia Católica en el valle del Rin y del Main y fundar obispados en Baviera.

Carlos Martel aparece al final de su vida como el príncipe más poderoso del Occidente Cristiano. Para ese entoces, ya el Papado, en la persona de Gregorio III, se vuelve hacia él e intenta, vanamente, de obtener su protección contra los lombardos.

Esa gran alianza entre la Santa Sede y los Francos tendría lugar años después con el hijo y el nieto de Carlos… pero esa es otra historia.

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