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Mi Lepanto

7 octubre, 2018

Allá por los años veinte (¿o treinta?) del siglo pasado, un reputado y habilísimo carpintero y albañil se conducía en un automóvil por una carretera de la costa salvadoreña. Iba sentado al lado del conductor con su brazo apoyado en la ventana derecha del vehículo. Por alguna razón se detuvieron en el camino –tal vez a comprar cocos–, y mientras nuestro carpintero distraído esperaba a que el piloto se subiera al vehículo de nuevo, un desconocido que se acercó furtivo -y ebrio– le asestó –sin explicación aparente– un  machetazo en el brazo.

La herida era seria, y la situación era tanto más grave en cuanto que su brazo y su mano derecha, cuyos tendones no habían salido indemnes, le eran indispensables para su trabajo profesional, no sólo el de la carpintería y albañilería, artes en las cuales era reconocido como el mejor de la ciudad de San Salvador de esa época, sino también el de dibujo de planos, actividad en la que empezaba a destacar con mucho éxito.

Había por tanto que atender el daño con prontitud y de tal manera que la curación fuese cierta. Al carpintero le recomendaron a un médico que para ese entonces se había rodeado de cierta fama de destemplado, pero también de muy capaz. Le visitó en su clínica, y comenzó su tratamiento. Este fue largo, y exigía regulares visitas al consultorio del cirujano quien –a tono con las técnicas médicas de hace cien años– le “curaba” las heridas hasta que estas restañaron. La mano del artista había quedado incólume.

Ambos -paciente y galeno– trabaron una estrecha y acendrada amistad que duró hasta el final de sus vidas, y que engarzaron –al menos en relaciones cordiales– a los miembros de sus familias respectivas. El facultativo ganó –viéndolo desde el lado práctico– un carpintero que le proveyó poco a poco de casi todos los muebles de su casa (de calidad excelente, seguro, y a precio módico, supongo), y el albañil ganó atención médica permanente de primera calidad para él, su esposa y sus hijas –también– a tarifas preferenciales.

El carpintero-albañil-diseñador llegó –poco más tarde– a ser, de hecho y de la manera más empírica,  lo que ahora entendemos como un ingeniero constructor; en realidad, el mejor ingeniero constructor de nuestro país, y su nombre es José María (Chema) Durán. El médico cirujano era mi abuelo. Su amistad, que contagió a las siguientes generaciones de las familias, duró tanto como los muebles de Chema Durán, que eran sólidos, sobrios, bellos y bien artículados. Yo estoy en este momento escribiendo este discurso precisamente en un elegante escritorio manufacturado por Chema Durán hace poco menos de cien años, y sentado en una sólida silla de madera reclinable con tecnología ya centenaria también… y los muebles como si nada: siempre bonitos, esbeltos y macizos.

La última fotografía de mi abuelo (a la derecha) lo retrató en el lecho de muerte, consumido por una larga, paralizante y dolorosísima enfermedad. A su lado está, de visita y con un rostro como de triste desconcierto, su amigo Chema Durán. Preciada fotografía que atestigua una indestructible devoción fraternal.

El genio de Chema Durán –ya no como carpintero, sino como arquitecto e ingeniero empírico– no podía menos que brillar en una ciudad –la mía, San Salvador– caracterizada por la vulgaridad, lo provisional y el mal gusto. Si al hecho de que esta ciudad suele ser presa de la vehemencia deletérea de recurrentes terremotos le añadimos el que nunca ha querido –o podido– perder su mentalidad provinciana, entenderemos por qué San Salvador es una ciudad desordenada, fea y pedestre. Excepciones las hay, y no pocas, pero la arquitectura capitalina es –insisto–, en general, enana, repulsiva y grosera.

Nuestra ciudad, la capital de mi país El Salvador, tiene un chato perfil horizontal en el que destaca, para su gloria arquitectónica, la silueta de la iglesia de María Auxiliadora, la  más bella de nuestro país. La construyó Chema Durán. Y la construyó pues en el barrio en donde Chema vivía (Barrio de San Miguelito) llevaban a cabo su labor evangelizadora los curas salesianos, y se trabó –en el primer tercio del siglo pasado–, entre nuestro ingeniero y estos curitas, una relación afectiva muy profunda. Tal vínculo cristalizó en que Chema Durán construyó la iglesia de marras. Hay que decir que ya casi al finalizar la obra (mediados del siglo), Chema Durán se opuso a añadir un audaz campanario de casi 100 metros de altura por considerar tal conato como una imprudencia en este valle de sismos. El curita a cargo del proyecto se puso en sus trece, y Chema Durán abandonó la dirección del proyecto que –como dije– ya estaba casi finalizado. En todo caso hay que decir que la obra es de él. Chema Durán –y su esfuerzo, hasta nuestros días, no tiene parangón digno– mejoró sustancialmente el aspecto de nuestra ciudad.

He aquí un vídeo de dos minutos y 49 segundos en el que se describe la Iglesia de María Auxiliadora (o Don Rúa, como se le conoce popularmente). Noten el vitral que aparece a la derecha en el segundo 47.

Fr. Alfredo Pío Álvarez O. P.

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario en 1938 antes de que los dominicos post conciliares la aniquilaran

Por el otro lado, mi abuelo también había tejido nexos de afinidad con otros sacerdotes: la Orden de Predicadores (mejor conocidos como dominicos). Así como Chema Durán construía para los salesianos, mi abuelo era el médico ad honorem de los dominicos. De mi abuelo no puede decirse que haya sido alguien visiblemente piadoso –al menos exteriormente, para nada–, sin embargo sus horizontes intelectuales eran vastos, y enganchó inmediatamente con la erudición y amor por la cultura clásica de algunos de los frailes.

Digno de destacar es el abundante intercambio epistolar que mantuvo hasta su muerte con Fray Alfredo Pío Álvarez O.P., un connotado dominico asturiano de altos vuelos literarios y filosóficos. Mientras los auscultaba y recetaba, mi abuelo se sumergía con algunos de esos frailes (no todos eran de grandes luces) en deliciosas tertulias sobre letras y temas humanísticos. Los dominicos regenteaban la iglesia de Nuestra Señora del Rosario (a unas cuantas calles de la casa de mi abuelo) a donde mi abuela –que sí era una mujer piadosa– llegaba puntualmente todos los viernes a rezar los misterios dolorosos.

Hay acá un interesante paralelismo entre los dos amigos protagonistas de este discurso, pues la advocación de la Virgen de ambas iglesias (María Auxiliadora y Nuestra Señora del Rosario) tienen el mismo origen. Un día como hoy, 7 de octubre, de 1571 en la más grande batalla naval de la historia, los cristianos derrotaron, por primera vez, al poderío marítimo musulmán en el marco de la segunda Yihad. El papa Pío V (dominico también) decretó que ese día se celebraría en adelante la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, y añadió a las letanías el título de “Auxilio de los Cristianos”. Gregorio XIII, el papa siguiente, cambió el nombre de la fiesta que conmemoraba la batalla de Lepanto a  “Nuestra Señora del Rosario”. En suma: tanto la iglesia de María Auxiliadora (que construyó Chema Durán) como la iglesia Nuestra Señora del Rosario (en donde rezaba mi abuela, y llegaba mi abuelo a dar atención médica a los frailecitos) fueron construídas para conmemorar la Batalla de Lepanto cuya efeméride celebramos hoy.

Vitral de San Pío V y la Batalla de Lepanto ubicado en la Iglesia María Auxiliadora

No es de ninguna manera entonces una casualidad que uno de los vitrales de la iglesia María Auxiliadora de los salesianos represente la Batalla de Lepanto, única muestra pictórica de tal evento en un edificio público en nuestro país. Tampoco es casualidad que Fray Alfredo Pío Álvarez escribiera con alguna frecuencia sobre la memoria de esa batalla en los periódicos de los países en los que se encontró (El Salvador, Guatemala y Costa Rica). Y tampoco es sólo un acaso el que mi abuelo, en el apogeo de su carrera profesional como médico e historiador, se casara por la Iglesia precisamente un 7 de octubre.

Se nos olvida a veces que la Batalla de Lepanto (relato detallado y completo de la cual pueden leer acá) es una batalla muy nuestra, pues a la fecha del suceso éramos parte integral de la Monarquía Española, a cincuenta años por cierto de haber empezado, como nación, a dar nuestros primeros pasos en la Historia. Así que la batalla también fue nuestra y –más que seguro– se rezaron Rosarios para su buen éxito en lo que entonces era San Salvador del Mundo. Por eso las siguientes palabras de mi abuelo vienen como anillo al dedo:

“La Colonia es fuente y origen de nuestra vida nacional, y es tan odiada como incomprendida por falta de estudio; por lo menos de un estudio en que se pusiera un grano de cariño y un adarme de gratitud, después de una buena jabonada a esa costra de malquerencia que hemos venido heredando a través de tanto discurso chirle de 15 de septiembre, en que la muletilla obligada era hablar mal, a todo trapo, de España, “la que nunca dio flores sino fruto útil e sano”, echando en olvido o desconociendo que si algo bueno tenemos a ella se le debe, y que a ella habemos de convertirnos espiritualmente para que podamos seguir rezando a Jesucristo en nuestro idioma Español”.

Esa conversión espiritual es la que hace que, para mí, la efeméride de la Batalla de Lepanto, sea la memoria de Chema Durán, el aniversario de bodas de mis abuelos, las iglesias de María Auxiliadora y de Nuestra Señora del Rosario, y la vida tímida, oscura –pero para mí llena de  refulgencias– de mi abuelo.

Ese es mi Lepanto.

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11 comentarios leave one →
  1. amdg permalink
    7 octubre, 2011 11:31 AM

    Una petición JC: ¿puedes hacer que los artículos se publiquen enteros en el Google Reader?

    Y una cosa que te gustará:

    http://www.laiglesiaenlaprensa.com/2011/10/recordando-a-jobs-eco-y-la-catolicidad-de-apple.html

    • 7 octubre, 2011 11:49 AM

      Ya arreglé lo del reader. Gracias por la sugerencia.

      No lo vas a creer: leí el artículo en la madrugada y pensé en replicarlo. Es genial, o me lo tomo como una genial broma o me asombra. Se ve que leemos y pensamos de modo similar.

      Gracias por venir

  2. Roxana permalink
    7 octubre, 2011 9:24 PM

    Señor Conde de Orgaz:

    Me encantó el artículo, no hay ninguna duda al respecto, felicidades por el mismo. Que curioso el compartir el amor y el gusto por estas dos iglesias tan bellas. Desde que tengo memoria, paso la vista por sus vitrales y que casualidad que los dos que más llaman mi atención, son precisamente el citado en este artículo, la visión del Papa Pío V de la Victoria de Lepanto y la entrada de Jan III Sobieski, Rey de Polonia, a Viena, al finalizar el sitio a esta ciudad. Gracias por compartir estas anécdotas tan especiales de familia y de vida….

    • 7 octubre, 2011 9:38 PM

      Roxana:

      Es un honor tenerte por acá. Sabía que te iba a gustar. Espero regreses por acá y te vuelvas lectora habitual de nuestros discursos. Saludos

  3. Mogul permalink
    8 octubre, 2011 12:51 AM

    Sensacional. Da gusto leer el tramado de tus posts.
    En relacion a la construccion del campanario de la Iglesia Mauria Auxiliadora, sabes por casualidad quien dirigio la construccion? Tengo la rara noción de que Napoleon Duarte tuvo algo que ver.
    Por otro lado, ojala reprodujéramos mas “Chema’s Durán” para construir una ciudad de mayor delicadeza.
    Tambien, ojala tuvieramos mas Medicos virtuosos como tu abuelo.
    Un saludo.
    PD, gracias por actualizarme este cambio de blog. Felicitaciones.

    • 8 octubre, 2011 9:57 AM

      Gran alegría la mía de leer tus comentarios, amigo Mogul. No sé quién dirigió la construcción del campanario, fijate. Sin embargo todavía eventualmente me junto con alguna de las descendientes de Chema Durán y les preguntaré cuando las vea.

      No sé si Napoleón Duarte (el presidente más anti comunista que ha tenido nuestro país después de Mauricio Funes) tuvo que ver. Podría ser alguna confusión lo que te hace relacionarlo pues Duarte se casó con una de las hijas de Chema Durán, así que una sucesora del que empezó como humilde albañil y carpintero llegó a ser primera dama de nuestro país en una de las épocas más difíciles de nuestra historia.

      Efectivamente –como todo el mundo lo sabe– Napoleón Duarte era ingeniero y construyó el actual edificio del Liceo Salvadoreño de los hermanos maristas (masa conventualoide sin espíritu ni gracia y fea donde las haya) pero –insisto– no sé si tuvo que ver con el audaz campanario de marras.

      Como te digo, trataré de averiguarlo.

      Un placer tenerte por acá. Saludos

      JC

  4. 16 octubre, 2011 12:29 PM

    Todos deberiamos escribir las biografias de los nuestros… Buen articulo!!

    • 16 octubre, 2011 1:02 PM

      Tony, te agradezco la visita y el coentario. Tienes razón, escribiré un poco más de estas cosas de mi abuelo. Saludos

  5. KIKE permalink
    20 octubre, 2011 5:55 PM

    Bueno si esa aca es donde se escribe el comentario sera así ……. la verdad es interesante ver analogía que presentas, si no equivoco, interesante sobre todo por como lo narraste ademas de la magnificencia del trabajo de ebanista de Don Chema que lo he visto y por supuesto que la vocación ineludible de los galenos de antaño, de sobre manera me inquieta las coincidencias historicas y las representaciones clerigales pero mas aun la coincidencia que despues de leer tu articulo encontrara un brandy de jerez “Lepanto Solera Gran Reserva” y sus fabricantes, un familia española, del 1800 quienes quisieron como tributo a dicha batalla memorable inmortalizarla.

    • 20 octubre, 2011 6:17 PM

      Vaya hombre! Por fin comentas. Pues gracias… Supongo que era una invitación velada a que celebremos la batalla con ese Jerez… ¿O no?

  6. Rocío Maravilla permalink
    8 octubre, 2018 7:17 AM

    Muy buenos días JC, te saludo en un día muy lluvioso, encantada de leer tu discurso, y de imaginarte relatando propiamente de tu voz parte de la historia y coincidencias de la vida que involucraron directamente a tu abuelito y a Don Chema en la vida cotidiana y desarrollo de nuestro país; disfrute mucho el discurso con el hecho que relacionaras los eventos unidos a la construcción de las iglesias y la batalla de Lepanto, pues precisamente ayer el padre en la misa de la Ciudadela Don Bosco, mencionó ese día especial, donde surgieran esas advocaciones especiales a María Auxiliadora y el rezo del Santo Rosario. Me has ilustrado muchísimo, disculpa si no te comento los otros discursos pero por la escasez de tiempo, me limito solo a leerlos. Un gusto saludarte, bendiciones!

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