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Egmont o la eviterna búsqueda del Vellocino de Oro (II)

10 enero, 2018

Esta es la segunda parte de una serie cuyo inicio pueden leer aquí

“…una de las odiseas guerreras más estéticas, en esta misión argonáutica hacia la Cólquide, son las conflagraciones surgidas a raíz de la fractura de la Cristiandad provocada por Martín Lutero en 1517…”

Desde que –en los comienzos del Siglo XVI– Lutero decretó el sometimiento de la estructura de las iglesias a los nobles y poderosos, la cristiandad se sumió en una serie de sangrientos conflictos religioso-políticos que habría de durar ciento cincuenta años, hasta que, derrotada que fue la Casa de Austria (los Habsburgo), terminó en 1645 con los Tratados de Westfalia. En uno de esos conflictos brilló de manera peculiar el padre del guerrero caído años después en Ivry, el caballero de la Insigne Orden del Vellocino de Oro: Lamoraal, graaf van Egmond.

Júpiter y Marte en el Siglo XVI

En el marco de estos conflictos tan influyentes y decisivos para la humanidad, los Habsburgo Españoles, soberanos del primer imperio global, se convirtieron casi de modo natural en los defensores del catolicismo en contra de las oligarquías protestantes.

Los protagonistas hercúleos de la Casa de Austria serían Carlos, (A la izquierda. Rey de Romanos Emperador Siempre Augusto, Rey de las Españas, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Cerdeña, de Córcega, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias islas y tierra firme del Mar Océano, Conde de Barcelona, del Rosellón y de Cerdeña, Duque de Atenas y de Neopatria, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña y de Brabante) que gobernó en la primera mitad del siglo XVI y su Hijo Felipe II de Austria, el Prudente (Arriba a la derecha. Rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Inglaterra e Irlanda, Duque de Milán, Duque titular de Borgoña y Soberano de los Países Bajos) que gobernó en la segunda mitad de ese siglo.

Las guerras a las que dio lugar la reforma protestante fueron muchas, y sus escenarios fueron de lo más variados, aunque puede decirse que sus epicentros se encontraban básicamente en el norte de Alemania, en los Países Bajos y en Francia.

Espinas en las llanuras burguesas

Una vez subió al trono Felipe II, este conflicto político–religioso comenzó a tomar, en 1566, derroteros especialmente interesantes en Las Diecisiete Provincias o Países Bajos (en la actual Bélgica, Holanda, Luxemburgo, y Norte de Francia y Alemania), parte integrante en ese entonces del Imperio Español. Si hacemos caso omiso de los anabaptistas (considerados en esos entonces demasiado peligrosos y violentos hasta por Lutero) y otros grupos calvinistas radicales, hay que decir que en esas tierras empapadas de espíritu mercantil, corporativo, burgués, pragmático y cervecero, convivían inusualmente en relativa paz (o al menos indiferencia) algunas sectas protestantes y los católicos.

Eso se debió, no sólo a los hábitos pragmatistas de sus habitantes sino también a la política de moderación que Carlos V, padre de Felipe II, había desplegado en sus reinos en la primera mitad del siglo. Hay que hacer notar que el papa San Pío V le recomendó vivamente a Felipe II que –al igual que su padre Carlos V– visitara la región de Flandes, y tratara a sus súbditos con paternal providencia, siendo suave y blando con los contradictores para no empeorar las cosas.

El conde de Egmont

El padre de Philips Van Egmond, el guerrero caído en combate en Ivry del que hablábamos en el artículo anterior, era Lamoraal Conde de Egmont y Príncipe de Gavre, un trágico y excepcional personaje que vivió y murió en esa época desbordado por los acontecimientos. Lamoraal Conde de Egmont era un valiente y exitoso guerrero, católico piadoso, y un perspicaz hombre de Estado que estaba convencido de que la Cristiandad había sido fracturada por la Reforma de modo irreversible, de tal manera que la práctica de la tolerancia cara a los herejes se había vuelto ineludible.

En virtud de la nobleza de su origen y de los importantes cargos que desempeñaba (Estatúder de Brabante y Artois, comandante general de Flandes y miembro del Consejo de Estado del Rey), entre las amistades de Lamoraal conde de Egmond se contaban muchos líderes protestantes o ex-protestantes –Guillermo el Taciturno, uno de ellos– que naturalmente y sin duda alguna, desde la Corte de Madrid, sólo podían percibirse como radicales peligrosos.

No está de más decir que el Conde de Egmont era –de hecho– un leal súbdito de la Corona española pues, entre otras cosas, era primo de Felipe II de Austria, Rey de España. Había sido uno de los principales protagonistas de la victoria hispana en la Batalla de San Quintín, cuando dirigió la caballería, y fue el comandante que posibilitó el éxito de las Españas en la batalla de Gravelinas. Había sido un cercano asesor del emperador Carlos V y, en tal calidad, fue el embajador enviado a Inglaterra a pedir la mano de su majestad María I Tudor de Inglaterra en nombre de Felipe II su primo.

La trágica lucha por la legitimidad –en contra del parecer de su primo–  que marcó los últimos años de su vida, se volverá irónicamente –a pesar de sus irresoluciones rayanas con la pusilanimidad– un ícono de la valentía, de la fidelidad y del honor.

Continuará

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