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Egmont o la eviterna búsqueda del Vellocino de Oro (I)

9 enero, 2018

La batalla sangrienta parecía haber llegado a su fin. La Liga Católica, que representaba a por lo menos cuatro quintas partes de Francia, tenía prácticamente controlada la situación, y el líder de los calvinistas no aparecía por ningún lado. Debía estar muerto o capturado, por lo que los soldados hugonotes empezaron a huir.

Otra batalla que cambió al mundo

En ese combate en el norte de Francia se decidía, en 1590, si el ancestral trono de los Capetos iba a pasar legítimamente a posesión de un hugonote, o si –al contrario– la Corona de Carlomagno seguiría en manos de un católico. Era una dura contienda en la que ambos bandos (hugonotes calvinistas por un lado, y católicos por otro) luchaban por la legitimidad de la Corona de Francia.

Huyendo estaban ya los hugonotes cuando de pronto se oyó una potente voz que gritaba con energía:

“…¡Voltead vuestros rostros de tal manera que si no queréis combatir, al menos contempléis mi muerte!…”


Era Enrique de Navarra, el aspirante hugonote al trono, que con ese bramido detuvo de tajo la huida de sus soldados, y, dándole un giro de 180 grados al curso de la conflagración, guió a sus tropas a una sorpresiva victoria en contra de las escuadras católicas de Carlos II de Lorena, Duque de Mayena en las llanuras de Ivry.

Terminada la batalla, un 14 de marzo hace 427 años, Enrique de Navarra se paseó triunfante a caballo encima de 13 000 cadáveres franceses, de mercenarios alemanes, españoles y flamencos que vaciaban su última sangre en el lodo.

Los cascos de su corcel se toparon con un estandarte único mezclado con el fango sanguinolento: una sucia tela amarilla bordada con inconfundibles escuadras rojas. Al lado de la bandera yacía destrozado su señor con la espada aún asida por sus pálidas, tiesas y exánimes manos. Era el cuerpo, sin su alma, del general flamenco Philips Van Egmond, Príncipe de Gavres.

Enrique de Navarra, mientras ordenaba le dieran cristiana sepultura y la captura de tan prestigiosa bandera, no pudo evitar reflexionar sobre cómo una degollina por la legitimidad había puesto fin a la ilustre e inolvidable estirpe de los Egmond.

Surgían como reyes de Francia, en la persona de Enrique, los poderosos Borbones, mientras se extinguía en el holocausto de la batalla la heroica Casa de Egmond.

El estado permanente del mundo

Lejos de Ivry en el tiempo y en el espacio, en el alba de la humanidad, Abel ofrendaba en holocausto un inmaculado cordero a su Creador. Envidioso, su hermano Caín le asesinó, dejando sentado –desde muy temprano y para todos los tiempos– que la guerra sería el estado permanente de la Historia.

La legitimidad de la oblación (simbolizada por la oveja sacrificada) quedaría accidental y estrechamente vinculada al ejercicio de la violencia y del poder. El poder y la violencia deberán –desde entonces– estudiarse a la luz de la legitimidad, de la legitimidad de origen, de la legitimidad de ejercicio.

Distinguir entre el poder legítimo y el ilegítimo, entre la violencia legítima y la ilegítima, asir la piel del cordero, será un distintivo infaltable del ejercicio especulativo perenne. Aristóteles, Séneca, Cicerón, San Agustín, el Aquinate, William de Ockham, Hobbes, Kant, Marx… emprenderían sendas expediciones de la mente en busca de una definición de la legitimidad del poder y de la violencia, en busca de la piel velluda de ese cordero sacrificado.

A su modo, con más o menos éxito, cada uno de esos grandes filósofos vivirán el relato griego que recoge la misma tradición del cordero sagrado… esos filósofos seguirán –sin falta– los pasos de Jasón y sus argonautas hacia Cólquide en busca de esa piel de la oveja ofrendada, el vellocino… el Vellocino de Oro.

De hecho, si se me pidiera resumir la aventura del hombre, podría decir que la Historia es la búsqueda eviterna de este Vellocino de Oro.

Los argonautas del siglo XVI

Esta búsqueda de la legitimidad se ha hecho desde dos perspectivas íntimamente entretejidas: la lucha de hecho, pacífica o violenta, por su posesión (como en Ivry) y la lucha espiritual e intelectual por su entendimiento y escrutinio. Guerreros y filósofos tras de lo mismo.

En este sentido, a mi juicio, una de las odiseas guerreras más estéticas en esta misión argonáutica hacia la Cólquide, son las conflagraciones surgidas a raíz de la fractura de la Cristiandad provocada por Martín Lutero en 1517.

Desde que –en el primer cuarto del siglo XVI– Lutero decretó el sometimiento de la estructura de las iglesias a los nobles y poderosos, la cristiandad se sumió en un sangriento conflicto religioso-político que habría de durar ciento cincuenta años, hasta que, derrotada que fue la Casa de Austria (los Habsburgo), terminó en 1645 con los Tratados de Westfalia.

De ese conflicto fue peculiar y trágico protagonista el padre del guerrero caído en Ivry, el caballero de la Insigne Orden del Vellocino de Oro: Lamoraal Graaf van Egmond.

De él conversaremos en esta serie de discursos.

Continúa aquí

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