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Los césares americanos y la “Ciencia Exacta”

12 octubre, 2017

A modo de dogma indiscutible (los que lo contestan suelen ser objeto de irracionales insultos), está en boga la opinión de que las celebraciones del 12 de octubre deben dejar de celebrar a Cristóbal Colón y a los españoles pues lo que estos “hicieron en el nuevo continente” puede resumirse sustancialmente en una “masacre de millones de indios”.

La supervivencia de un mito político secular


En mi juventud –y en los ambientes en los que crecí y fui educado (soy americano)– eso era un lugar común, una verdad diadeveras: La Leyenda Negra. Los españoles eran unos malvados a los que lo único que había que agradecerles era que se hubieran ido (¿Se fueron?). Vinieron, robaron y mataron cuales bestias apocalípticas, y el 12 de octubre no era sino el recuerdo de cómo nos invadieron y exterminaron.

Luego cumplí quince años, y tuve la curiosidad de contextualizar y buscar el origen de esas aseveraciones, y después de algunos años de perezosa y nada entretenida lectura me di cuenta de que la Historia, lo que nos cuenta es otra cosa.

Sin embargo, La Leyenda Negra (propaganda política antihistórica) se resiste a morir. Ese discurso chirle pro indigenista,  como lo llamaba mi abuelo, es un conjunto de opiniones propagandísticas negativas sobre España que los enemigos políticos de ésta (ingleses, franceses, luteranos y calvinistas) difundieron para contrarrestar su poderío imperial. Dicha propaganda la describe el profesor de Historia Philip Wayne Powell así:

“Una imagen de España puesta en circulación en Europa al final del siglo XVI, fruto de propaganda religiosa [luterana y calvinista, preciso yo] y política que tergiversaba la imagen de los Españoles y de su imperio hasta el punto de convertirlos en el símbolo de todas las fuerzas de la represión, brutalidad, intolerancia religiosa y política y de regresión artística e intelectual para los siguientes cuatro siglos…”

Claro que esa visión demoníaca sobre los españoles y sobre su labor civilizadora contiene elementos de verdad histórica: no eran unos angelitos ni nada parecido. Pero para saberlo no necesito propaganda, me bastan los hechos históricos y el conocimiento de la naturaleza humana.

Abrazarse a esa visión emotiva antiespañola me parecería casi tan infructuoso como protestar e indignarse contra la ley de entropía. Si los franceses, holandeses, belgas, suizos actuales guardaran aún agravios contra la República Romana por haberlos invadido en el 68 antes de Cristo, el sentido común nos invitaría a sonreir con ironía. Pero es el caso que los que se abrazan a la Leyenda Negra, no ven motivos para sonreir, se lo toman como algo serio y –además– comúnmente aceptado.

El Imperio Español en los siglos XV y XVI ha sido el único (léase bien) el único imperio de la Historia que –en los albores del Siglo de Oro– se planteó institucionalmente la discusión (al más alto nivel en la Controversia de Valladolid) sobre la legitimidad de sus aspiraciones imperiales (en América en particular). Y no sólo especularon acerca de ello, sino que actuaron para corregir los connaturales abusos de todas sus empresas guerreras.

Decir que para el Imperio Español de los siglos XV y XVI (y los subsiguientes) los indígenas eran solo sujetos de un plan de genocidio, es un error histórico de buenas intenciones que se corrige con leer el Sermón de Montesinos, información sobre la Junta y las Leyes de Burgos (1511-1512), la encíclica Sublimus Dei (1537), con enterarse sobre la Junta de Valladolid (1550), y con hurgar en el trabajo evangelizador de los dominicos (Bartolomé de las Casas entre ellos) y los Jesuitas.

Tan crueles como Julio César

Para Julio César los helvéticos, los galos, los vénetos, los nervios eran seres humanos, y eso no le impidió –en guerra– matar a centenares de miles de ellos. La guerra es así, y será así siempre, lo único que puede hacerse es atemperarla un poco. Lo que diferencia al Imperio Español del Romano es que mientras este último, por mano de César, esclavizó a más un millón de galos, el Español no toleró la esclavización de los indígenas desde el primer momento en que a algunos conquistadores se les ocurrió semejante idea (por mucho que en una apasionada retórica quiera equipararse la encomienda a la esclavitud).

Y sin embargo los defensores de la Leyenda Negra siguen diciendo hasta la saciedad cosas como esta:

Se valieron de la cruz y la espada, para que los americanos originarios se sometieran. Destrozaban pueblos, masacraban poblaciones enteras, niños, mujeres, ancianos… hasta conseguir con el miedo la claudicación de aquellas gentes. Quienes llegaron dijeron que los que allí vivían no tenían alma, así justificaron el sacrificio humano que ofrendaron al Dios de los recién llegados.

En realidad no les hizo falta la Cruz. Les bastó con la espada y (al igual que César en el viejo continente) una hábil diplomacia que les granjeó la alianza de la mayoría de tribus nativas que querían librarse del yugo de angelitos como los Tenochcas que –esos sí– los sometían y exterminaban sistemáticamente.

La Cruz vino después, y –generalmente– para alivio de los indígenas. Esa es la segunda diferencia de la conquista española de América con las conquistas cesarianas de las Galias: en esta última, después del hierro y del fuego, hubo una sistemática labor civilizadora que elevó espiritualmente a los sometidos. En Galia sólo hubo sustitución de un paganismo feroz a uno menos feroz y sin duda mucho más constructivo y edificante.

Sobre lo de que decían que “no tenían alma”, no es del todo verdad, y me remito a los documentos e instituciones arriba mencionadas. (Aunque en realidad plantearse sólo la pregunta –aunque fuera sólo con propósitos retóricos– de si tenían o no alma, habría sido un avance civilizador que dista siglos luz del exterminio de nativos que sí se dio en el norte del continente y en las islas de Oceanía a manos de los ingleses, quienes no se planteaban esas sutilezas)

La “Ciencia Exacta”

Pero, ¿Por qué pervive hasta hoy en día la Leyenda Negra, una versión tan parcializada y enconada de acontecimientos tan lejanos?

Puedo entender que haya visiones parcializadas y apasionadas de acontecimientos recientes de los que no hemos adquirido perspectiva, pero ¿de hechos con cinco siglos de data?.

La explicación tal vez esté –no en la Historia– sino en la política. La explicación tal vez esté en la puesta en boga del “indigenismo político revolucionario” que si bien no llega a ideología, se apoya en algunas de ellas.

Establecer al “indígena” como el prototipo de un proletariado de nuevo cuño que debe rebelarse contra las clases explotadoras, le viene como anillo al dedo a un montón de personas con buenas intenciones ansiosas de abrazar causas que parezcan justas y buenas. Y como las ideologías basan su prestigio en presumirse “científicas” (o sea: la puritita verdá) el indigenismo político revolucionario se nutre de la pretensión de que la Historia humana no es sino el despliegue más o menos necesario de una fuerza indetenible y conflictiva. Siendo entonces –según estas fábulas– la Historia una “ciencia exacta“, determinada por la estructura económica, se vuelve imperioso reinterpretarla (“corregirla”) aunque sea un poquito para que sea más exacta aún que lo “real”. Para esos efectos, el mito de la Leyenda Negra es muy útil.

Tan útil como les fue la Leyenda Negra a los estadounidenses del Siglo XIX para hacerse de los territorios hispanoamericanos en sus primeros pininos de potencia colonizadora. Los gringos (William Walker entre ellos) hacían suyos los mitos de la Leyenda Negra anti española para su conquista de Nicaragua, Cuba, Puerto Rico etc, etc…, su doctrina Monroe y su Destino Manifiesto, haciéndoles sentir a ellos “buenos” y adalides de una “causa justa”.

No deja de ser irónico que el mito de la Leyenda Negra les sirva tanto a Yanquis imperialistas del siglo XIX como a indigenistas revolucionarios del XXI, sin olvidar por supuesto a los liberales, a los neo-positivistas y a los marxistas del XX.

Ese tipo de corrientes o modas pseudohistóricas tienen la innegable virtud de hacer sentir, a sus seguidores, que están abrazando una causa “justa”… pero tienen también la característica de basarse en postulados míticos que se dan por sentado demasiado fácilmente. Y uno de esos postulados míticos es precisamente la Leyenda Negra. Y a mí, en lo particular, no me gustan los afanes de “corregir o ajustar” la Historia, mucho tengo con que me guste y estudiarla. Es necesario hacer una revisión crítica de esas corrientes ideologizadas para separar la grana de la paja.

Esclavitud y los conquistadores “malvados”

Dejando ya de lado mis observaciones sobre su autenticidad histórica, coincido con los enamorados de la Leyenda Negra en la condena sin paliativos de la esclavitud (en particular la de los africanos, inventada y promovida por las mismas tribus locales de ese continente y por los musulmanes en África que eran su principales y primeros beneficiarios) de la que ningún imperio es inocente… ninguno, y menos los imperios indígenas precolombinos.

Coincido también con los amantes de la Leyenda Negra en tener una pésima imagen de los conquistadores españoles, que eran unos pecadores bastante desalmados, igual que Julio César y Alejandro Magno (y que mi compatriota salvadoreño Ramón Belloso, para el caso). Pero no adopto una visión negativa de sus proezas, creo que las conquistas hispánicas, alejandrinas, cesarianas, y el modesto pero exitoso combate que Ramón Belloso llevó a cabo contra los invasores filibusteros (con todo y sus sombras) dejaron, a la corta y a la larga, un mundo mejor. Pecadores salvajes y desalmados, pero admirables y dignos de nuestra gratitud.

Una analogía inevitable

En este sentido vale la pena señalar las similitudes extraordinarias que hay entre las conquistas cesarianas y las de los españoles en América. En primer lugar, tanto las conquistas de Julio César como las de los hidalgos españoles del siglo XVI fueron especialmente crueles. Recordemos cómo se detectaba la cercanía de las legiones de Julio César al ver en el lejano horizonte las humaredas de las aldeas quemadas a su paso.

En segundo lugar, ambas conquistas se hicieron sobre pueblos salvajes que apenas habían salido del neolítico o, en todo caso, de la edad de bronce: ni los celtas, ni los incas, ni los aztecas, ni los helvecios o los belgas habían entrado a la Historia escrita, ni querían entrar.

No perdamos de vista tampoco que los dos conjuntos de pueblos conquistados (me refiero a los celtas europeos y a los indígenas americanos) tenían entre sus instituciones vigentes los sacrificios humanos, algo que ni en la República Romana ni en el Imperio Español se toleraba.

También, tanto Julio César como los conquistadores españoles, no habrían podido de ningún modo darle feliz cumplimiento a sus hazañas sin el concurso de las tribus locales aliadas que estaban ya hartas de las respectivas tiranías indígenas que las sojuzgaban, César contó –por mencionar solo a un aliado– con la alianza delos Eduos, y Cortés –vaya otro pequeño ejemplo– con la de los Tlaxcaltecas.

Finalmente, ambas conquistas integraron plenamente –civilizándolos– a los sojuzgados bajo las leyes de sus respectivos Estados en términos de igualdad. Los galos se convirtieron a largo plazo en ciudadanos romanos, dando posteriormente nacimiento a Francia, Bélgica y Suiza, y los indígenas americanos fueron a corto plazo conceptuados como súbditos de pleno derecho de la Corona, dándole nacimiento después de unos siglos a los distintos países de Hispanoamérica.

En suma: tan sensato (o ridículo, como quiera verse) es quejarse a estas alturas de la conquista española como lo sería quejarse de la conquista romana de las Galias.

Cito de nuevo a mi abuelo, historiador y autor de “Discursos médico-históricos salvadorteños”, quien el 16 de febrero de 1942 escribió:

“La Colonia es fuente y origen de nuestra vida nacional, y es tan odiada como incomprendida por falta de estudio; por lo menos de un estudio en que se pusiera un grano de cariño y un adarme de gratitud, después de una buena jabonada a esa costra de malquerencia que hemos venido heredando a través de tanto discurso chirle de 15 de septiembre, en que la muletilla obligada era hablar mal, a todo trapo, de España,“la que nunca dio flores sino fruto útil e sano”, echando en olvido o desconociendo que si algo bueno tenemos a ella se le debe, y que a ella habemos de convertirnos espiritualmente para que podamos seguir rezando a Jesucristo en nuestro idioma Español”.

Y es que, para terminar, es la hispanidad que nos permite a los que denostan a España y a los “disidentes” ventilar nuestras diferencias en lengua española. Pero es un hecho que valorar ese sustrato cultural (así como la herencia religiosa) es cada vez más difícil: tanto la religión católica como la lengua castellana, se ven cada vez más como algo digno de atropellar, y no como algo digno de respeto. Al menos a juzgar por la pésima ortografía al uso y las iglesias vacías.

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2 comentarios leave one →
  1. amdg permalink
    13 octubre, 2017 1:12 PM

    ¿unos pecadores bastante desalmados? Pecadores, todos, pero ¿desalmados?

    Y tampoco creo que los españoles pudieran destruir mucho porque eran muy pocos. Muy pocos. Tanto en México como en Perú. Es prácticamente increíble que se atrevieran. Lo que si fue terrible fueron las epidemias.

    • 13 octubre, 2017 7:23 PM

      Desalmados (Crueles, inhumanos) absolutamente necesario para ganar una guerra contra salvajes que adoraban a Huitzilopochtli. Pedro de Alvarado (el padre de nuestra patria, conquistador y mano derecha de Hernán Cortés) era ejemplar en ese sentido, aunque los hubo peores. No me quita el sueño, le admiro y le estoy agradecido. Hubo quienes, como Cortés, eran todos unos caballeros, pero no era común. Tenochtitlán la arrasaron y practicamente no dejaron piedra sobre piedra debido a la irracional resistencia numantina que se opuso. Por lo demás, no había nada que “destruir” (creo no haber dicho eso). Todo lo bueno que tenemos se lo debemos a esos salvajes pecadores (y, sí, un poco desalmados: eso de “¡Apuraos!” nunca nos gustó).

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