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El eslabón perdido de nuestra independencia (V) El Primer Gran Atraco

18 febrero, 2017


A partir de un documento manuscrito de 196 años de antigüedad olvidado por los historiadores –las “Instrucciones”– estudiaremos la planificación y ejecución del primer gran acto de corrupción de nuestra República.
TRANSCRIPCION
Como dijimos en el video anterior, la secta jansenista y la camarilla masónica anticlerical del monarca ilustrado Carlos III, se libraron -manu militari- de su más acérrima adversaria: la Compañía de Jesús.
En 1767, y al mismo tiempo que en el resto del imperio español, los 14 sacerdotes jesuitas que atendían a todo lo que en ese entonces era Centroamérica, es decir el Reyno de Guatemala, fueron arrestados y encerrados a bordo de la fragata Thetis, embarcación que los llevó a España desde donde los arrojaron a su destierro perpetuo en Bolonia, Italia.
Sus casas, sus bienes, centros de estudio, colegios, universidades, bibliotecas, iglesias fueron, ante la estupefacción de todos los súbditos de la corona, simultáneamente en toda la extensión del imperio, objeto de un descarado latrocinio.
Como dijimos en videos anteriores, acto seguido las cátedras universitarias fueron ocupadas por los jansenistas abriéndolas de modo acrítico a las novedades revolucionarias.
Fueron precisamente estas novedades las que habrían de sumir a la cristiandad europea, unas pocas décadas después, en un revolucionario huracán de sangre.
Bienvenidos a La Sala de la Signatura y a su serie de videos sobre Historia en el marco de las excelencias de la cultura clásica.
Esta es la quinta y última parte de nuestra serie especial sobre la Independencia de Centroamérica.
En circunstancias similares, las mismas causas producen análogos efectos. Esas novedades son las que explican los contenidos de este documento manuscrito que estamos desgranando, las Instrucciones que, en 1820 –un año antes de la independencia de Centroamérica– el Ayuntamiento de San Salvador dio a su diputado en Cortes José María Alvarez y redactadas por su regidor don Mariano Gómez, siguiendo pautas del jansenista Doctor José Matías Delgado.
Sin más preámbulos estudiaremos ahora dos de las partes propositivas de este documento –el eslabón perdido de nuestra independencia– que iba dirigido –recordémoslo– a las Cortes en Madrid y a su Majestad don Fernando VII. En su numeral 4 dice:

“De nada serviria casi la livertad de Comercio, si los caminos permanecen tan incultos y escabrosos como ahora…
“La posibilidad de una Carretera desde el Puerto de Conchagua á esta Ciudad y desde aqui al Golfo dulce esta demostrada…”

La propuesta, una carretera, interesante y buena a todas luces, pretendía en realidad capturar la atención de sus destinatarios, diciéndoles lo que querían oir. Desde hacía décadas, el prurito de habilitación de carreteras por toda España era el distintivo propio de los ilustrados dizque modernos.
Recién se había publicado en Valencia el informe «Apuntes sobre el bien y el mal en España» en donde el destacado economista Miguel Antonio de la Gándara, abogaba apasionadamente por la construcción de carreteras para favorecer el libre comercio.
Pero no solo eran informes y teorías: en la península, en las décadas previas a las guerras revolucionarias se habilitaron más de mil kilómetros de la red vial y se incoaron muchos caminos interregionales, para estimular el libre comercio.
Así que esta propuesta de construir una magna carretera que uniese la ciudad de San Salvador con los puertos en los dos océanos no podía caer en oídos sordos, era el espíritu de la época: abrir caminos.
Aderezaron tal idea, en este documento petitorio, con otra propuesta no menos interesante: la fundación de un banco de agricultura. La parte conducente dice así en su numeral 6:

“Otro de los medios de promover la agricultura, fomentar las ocupaciones y de remober la pobreza és el establecimiento de un banco de agricultura…. “

Además, en este documento se aspìra explicitamente a tener una universidad propia en suelo salvadoreño, obispado propio y maestros de agricultura traídos de Europa…
Se nota que las mentes de nuestros próceres no eran de las que volaban por lo bajo, sino que se dejaban ir en alas de lo que podría haber sido calificado de pura fantasía, si no fuera porque de hecho estaba en perfecta sintonía con lo que se hacía en el imperio español.
Eran, insisto, dos buenas ideas y el único PERO que podrían esperar de las Cortes de Madrid y del monarca Fernando VII, era lo dificultoso de financiarlas.
Pero planteado el problema, nuestros próceres ponen la solución. Dice don Mariano en este documento:

“Con algunas sumas de dinero que se empleen en tan importante obra, se conseguiran beneficios que nuestra imaginacion no és capaz de alcanzar”

“El Montepio de Cosecheros de Añil podra porcionar las cantidades necesarias para la fundacion del banco de agricultura y para la Construccion de Carreteras”

¡Aja! Ahora ya está claro el panorama: se estaba proponiendo –aquí– desmantelar el Montepio de Cosecheros de Añil para –con sus fondos– sufragar la construcción de una carretera y la fundación de un banco de agricultura. Ni más ni menos.
Las políticas proteccionistas y mercantilistas del imperio español habían convertido a nuestro país en uno de los principales productores de añil a nivel mundial, y así llegamos a ser la provincia más próspera del Reyno de Guatemala.
Esto a pesar de que para financiar la siembra de añil, los productores salvadoreños habían caído en las garras usurarias de los exportadores guatemaltecos. Cuando entregaban las cosechas para su exportación, gran parte del precio ya se adeudaba a los intermediarios.
La corona española entonces, para paliar estos inconvenientes, fundó en 1782, con 100 000 pesos, el Montepio de Cosecheros de Añil con sede en la Intendencia de San Salvador, para dar préstamos a interés infimo a los productores de añil. El Montepío era una especie de banco, al mismo tiempo que proveía servicios de beneficencia.
El capital original del Montepío había pasado de 100 000 a 800 000 pesos ya en 1820, una fabulosa suma, motor de la vida productiva de todo el Reyno.
Alrededor de las dos terceras partes de las necesidades del financiamiento de los productores de añil estaba cubierto por los préstamos del Montepío. Este había logrado que las recientes plagas de langostas no aniquilaran la producción y había ayudado a aumentar las exportaciones de 4 millones de libras en 1770 a 8 millones en 1794.
Desde múltiples puntos de vista, el Montepío era todo un éxito.
Sin embargo, Delgado y los suyos tenían razones para no verlo así. No es casualidad que en este documento salga a relucir el Montepío: José Matías Delgado era uno de los principales hacendados productores de añil en la intendencia y hacia esta época la Junta de cosecheros de añil estaba compuesta en gran parte por familiares cercanos suyos.
Una de las razones para ver al Montepío con desagrado era que que el clan de Delgado estaba demasiado endeudado con él, sólo la familia Arce, emparentada con Delgado, debía al Montepío la nada despreciable suma de 22 000 pesos.
Estos motivos, y seguramente otros que no nos es dado aún conjeturar, llevaron a nuestros próceres –en este documento– a adornar la realidad de la siguiente manera:

“…este fondo de 800 000 del Montepio es Inutil, pues no fomenta las siembras de este importante ramo de agricultura”

Denostado y menospreciado así el Montepío, lo único que le pedían humildemente a su Majestad era que lo liquidase para liberarse de sus deudas y, en calidad de gestores del mismo, desviar sus fondos a la construcción de carreteras y a la fundación del banco de agricultura. Dice don Mariano:

“Un Decreto Soberano para esto haria la felicidad de este interesante punto de la Monarquia Española, cuyas utilidades refluirian precisamente en toda la nacion.”

Sólo había ahora que esperar a que este documento llegase a Madrid y a que su Majestad decretara la extinción del Montepío, para construir esa carretera y fundar ese banco de agricultura que harían “la felicidad de la Provincia”.
En realidad no hubo que esperar tanto. Nuestro diputado en Cortes Don José María Alvarez evitó llevarse este documento, destinado a constreñir su representación, y falleció inesperadamente en el Puerto de Trujillo, ya sea por por una epidemia propia de las costas o bien debido a su costumbre de automedicarse en exceso.
Este invaluable documento nunca llegó a su destino y se quedó con nosotros, ahora en mis manos.
Simultáneamente, el aluvión de la independencia nos cayó encima, poniendo fin a trescientos años de prosperidad y de Pax Hispánica.
Ya sin depender de las mercedes de la Corona, todo lo que se le suplicaba al Rey en este documento, tuvieron que hacerlo los próceres por su propia mano. Como se dice: no hay como hacer las cosas uno mismo para hacerlas rápido y bien.
Sólo seis meses después de la independencia, la camarilla de José Matías Delgado lo nombró, el 30 de marzo de 1822, sin autorización de la Sede Apostólica, obispo de San Salvador, desencadenando el primer cisma de Hispanoamérica. Delgado inició así una violenta persecución religiosa en contra de sus adversarios. Por supuesto que eso le valió la Excomunión a él y a su clan. Pero no hay tiempo para entrar en esos detalles.
Tampoco hay el tiempo para describir como se merece, cómo una jauría de mercenarios revolucionarios franceses y otros extranjeros, auparon al más fanático de los liberales de esa época, Francisco Morazán, el mejor aliado de Delgado, y sembraron en medio de una carnicera guerra civil, la destrucción y la rapiña.
No entraremos tampoco en detalles de lo ocurrido después de la independencia, bástenos señalar que el 9 de abril de 1826 mientras José Matías Delgado tenía las riendas del poder civil y espiritual de El Salvador, nuestra Asamblea Legislativa por fin fulminó un decreto que extinguió, sin más trámite, el Montepío de Cosecheros de Añil.
Sus 800 000 pesos pasaron en el acto a….
¿Quién sabe a qué o a quién pasaron? Lo que sí es cierto es que esa bendita carretera que iba a unir al Golfo Dulce con el puerto de Conchagua, pasando por San Salvador, nunca se construyó… nunca.
Y durante los siguientes ciento veinte años después del asalto al Montepío, tampoco se fundó, ni por asomo, nada parecido a un banco de agricultura.
No hubo tampoco, fruto de esta expropiación, ni universidad propia ni maestros de agricultura traídos de Europa, por supuesto.
Lo que se dió, entendámoslo bien –planificado en este documento– fue el primer gran atraco de nuestra Historia patria que tuvo como corolario la caída brusca de nuestro sitial de principal productor de añil para siempre.
A modo de gran y perverso proyecto de nación –de una manera, digámoslo así, visionaria, un año antes de nuestra independencia– se trazó aquí un sendero que habrían de recorrer todos los malos gobernantes, de uno y otro bando, que han asolado a nuestra República: meter mano –para provecho propio– en los bolsillos de los ciudadanos, con el anzuelo de satisfacer necesidades públicas reales o ficticias.
Finalmente –siguiendo el ejemplo de la expulsión de los jesuitas– despojaron de sus bienes a las demás órdenes religiosas y a la misma Iglesia, sin sustituir sus escuelas, hospitales, obras de arte, por absolutamente nada que no fuera destrucción.
Les agradeceré mucho compartan este vídeo a quienes consideren pueda interesarle. Si les place no olviden darle like a este vídeo y a nuestra página en Facebook. Sucríbanse a este canal de Youtube y seguiremos hablando de Historia en el marco de las excelencias de la cultura clásica, en futuros capítulos.

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One Comment leave one →
  1. 43temas permalink
    26 febrero, 2017 12:04 PM

    Muy interesante, JC. Muy interesante.

    Por cierto: http://www.saber.es/web/biblioteca/listado-por-materia.php?l=9

    De mi tierra de nacimiento, capital de Hispania en el siglo X.

    http://www.saber.es/web/biblioteca/libros/estampas-vida-leon-siglo-x/estampas-vida-leon-siglo-x.php?idLibro=338

    Un abrazo.
    Carlos

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