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El eslabón perdido de nuestra independencia (IV) Liberales y jansenistas

9 noviembre, 2016

Instrucciones MuestraDe cómo los contenidos de un documento de 196 años de antigüedad, olvidado por los historiadores, nos brinda valiosas pistas sobre las fuentes intelectuales de las que bebieron los próceres de la independencia de El Salvador y de Centroamérica.
Transcripción
Menos de un año antes de firmarse el acta de independencia de Centromérica, el Ayuntamiento Constitucional de San Salvador, por mano de don Mariano Gómez su secretario de Actas y siguiendo pautas muy precisas por parte del procer de nuestra independencia, José Matías Delgado, redactó este documento de 14 páginas -olvidado por nuestros historiadores- muy indiscreto y revelador, que arroja luces inéditas sobre las fuentes intelectuales de las que bebieron las mentes de nuestros héroes de la independencia.
Es, podemos llamarlo así, el eslabón perdido de nuestra independencia que pone al descubierto los planes de nuestros próceres y nos ayuda a derribar muchos mitos relacionados con ellos y sus circunstancias históricas.
Bienvenidos a Alfa y Omega, la serie de videos sobre Historia del blog La Sala de la Signatura.
Esta es la cuarta parte de nuestra serie especial sobre la Indepen-dencia de Centroamérica.
Las perspectivas desde las cuales debe abordarse el estudio de este documento de las instrucciones, el eslabón perdido de nuestra inde-pendencia, no deben ser dictadas por prejuicios o ideas preconcebidas, sino deben surgir del documento mismo.
Para estos efectos hemos hecho una valoración cuantitativa y cualitativa de sus más de 4000 palabras. Eliminando los términos neutros, las preposiciones, los determinantes y las conjunciones, y enfocándonos en los verbos, sustantivos, adjetivos y adverbios más significativos, caemos en la cuenta de que más de la mitad de sus términos tienen una conno-tación económica, distribuidos en un 12% agropecuarios (en los cuales ya nos hemos explayado en los anteriores capítulos) un 10% con connotaciones fiscales impositivas y un resto, 35% de terminología económica en general.
La segunda área más importante es la eclesiástica que agrupa a un 17% de las palabras, seguida por los temas propiamente políticos (15%) y finalizando con los ideológicos (11%).
No es casual que más de la mitad del documente verse sobre la cuestión económica. El recién pasado siglo XVIII había visto nacer a la ciencia económica en forma de tesis fisiocráticas que adquirieron relevancia y se pusieron de moda en la segunda mitad de los setecientos. Tales tesis ponían su enfasis en la producción agrícola, subestimando a la industria y al comercio. Asimismo establecían una curiosa relación proporcional entre la producción agropecuaria y el crecimiento de la población, enfrentados como estaban en Europa a una crisis demográfica, especialmente en la península en donde la despoblación era un problema acuciante.
Estas tesis fisiocráticas afloran de manera natural en los textos de estas instrucciones:

Se aumentará infinitamente la poblacion pues esta siempre está en razon de la sub-sistencia y esta será abun-dantisima teniendo salida la infinita variedad de produc-ciones de estos Partidos
obstruyen el progreso de la agricultura … y causan la despoblacion del Estado

Ese extendido e infundado mito que dice que España tenía a sus colonias hundidas en la ignorancia y el oscurantismo es falso.
Nuestras élites no tenían nada que envidiarle en cultura y conocimientos a los Europeos. La Pontificia Universidad de San Carlos de Borromeo en Guatemala, en donde estudió gran parte de nuestros próceres, era un gran centro de ilustración en América que estaba completamente a la par de las últimas actualidades de las discusiones europeas, con un retardo que correspondía al tiempo que se necesitaba para transportar un libro de Europa a América.
Fray José Antonio de Goicoechea fue uno de tantos intelectuales que abrieron de par en par las cátedras a las ideas ilustradas.
Esta es precisamente la razón por la que no debemos sorprendernos de que en este documento, las tesis fisiócratas mismas se vean superadas. El comercio, uno de los términos más repetidos, se expone de manera positiva, incluso ensalzándolo.
Lo que deja en evidencia el hecho de que las tesis de Adam Smith, el responsable de esa corrección a la plana fisiócrata, era suficientemente conocido en San Salvador y en el Reyno de Guatemala como lo explica con erudito detalle el historiador salvadoreño Dr. Adolfo Bonilla.
Dice este documento

Como sin Comercio no puede haber riqueza y aquel no puede florecer con travas, és indispensable la absoluta libertad

Si a esto le añadimos que entre los términos ideológicos de este documento de las instrucciones los más citados sean; derechos, livertad – liberal, Nacion – nacional, felicidad, igualdad – desigualdad, individuo – individual, no nos costará trabajo entender que estamos ante una élite salvadoreña completamente liberal.
Y con esto no quiero decir homogéneamente liberal, pues tal adscripción ideológica daba cabida a las posturas más disímiles: desde un Saint-Just que creía que la libertad nacía en la guillotina, pasando por un corrupto y moderado Mirabeau, y un delirante universalista como Napoleón, hasta llegar a un inconstante Benjamín Constant o a un soñador Jeremy Bentham,
El traje centroamericano de liberal también era muy amplio. Lo cierto es que contrario a los que afirma el mito que divide a nuestros próceres en liberales y conservadores, estos últimos -los conservadores- no existieron en la época de nuestra independencia.
Sólo había liberales de distintos tonos, y los más exaltados y furiosos solo se quitarían la máscara de moderados, seis años después de la redacción de este documento, con la aparición del “Sátrapa Oriental” como era conocido Francisco Morazán, o, en otros ambientes: “la hiena rabiosa”.
¿Cómo es posible que unas teorías políticas -las liberales en sentido lato- basadas en un concepto epicureísta de la felicidad humana entendida esta como placer al margen de lo sobrenatural, y basadas en conceptos de un deísmo más o menos vago tan alejadas de los conceptos tradicionales de la Iglesia Católica, se manifiesten, en este documento y en los eventos independentistas, abrazados con tanta fruición por el estamento clerical, por sacerdotes como los Aguilar y José Matías Delgado?
¿Cómo se explica que miembros de la jerarquía eclesiástica -que integraban alrededor del 40% de nuestros próceres de la indepen-dencia- sostuvieran conceptos ideológicos que se habían demos-trado tan destructivos en contra de la Iglesia, para lo cual basta echarle un vistazo al genocidio resultante de la revolución francesa solo unos años atrás?
La repuesta a esta interrogante no es simple, pero la encontramos indicada en este mismo documento:

La amortisacion Eclesiastica tan Contraria á los principios de la economía Civil y al Derecho Real, és uno de tantos abusos que obstruyen el progreso…
La piedad mal entendida de los fieles
y la abaricia de muchos Eccleciasticos, asi Regulares, como Seculares, olbidados de la antigua disciplina y de los Sagrados Canones
han causado á la nacion perjuicios que no somos capaces de enumerar;
y si semejantes abusos no se cortan de raiz, llegará infaliblemente la triste epoca de la ruina de la Monarquia.

Este desprecio elitista y supino por la piedad popular, este prurito por señalar abusos en las estructuras eclesiasticas, y esa exaltación idea-lizada por los tiempos primitivos de la Iglesia, son las inequívocas mar-cas distintivas de una anomalía disi-dente muy en boga en el seno de la Iglesia Católica de esa época.
Esa anomalía se llama Jansenismo
El jansenismo estrictamente hablan-do fue un conjunto de proposiciones teológicas heréticas relacionadas con la gracia santificante y con la predestinación sostenidas por Jansenio y Quesnel y condenadas por la bula pontificia Unigenitus en 1653. La secta, llamémosla así por convención, que posteriormente a esta condena se extendió por toda Europa y América, se abstuvo de hundirse en más disquisiciones teológicas o filosóficas y se limitó, puede decirse, a adoptar una pose disidente y eminentemente pragmá-tica en el seno de la Iglesia Católica.
De hecho la producción teológica y filosofica jansenista fue práctica-mente inexistente y se concentraron en cuestiones canónicas (no es casualidad que el presbitero José Matías Delgado fuese doctor en cánones) prefiriendo controversias jurídicas, todas ellas hostiles a la primacía jurisdiccional del soberano pontifice, relacionadas con la potestad y jurisdicción de los obispos; límites de las potestades eclesiástica y secular; regalías y derechos mayestáticos, etc.
Se les llamó jansenistas por extensión, porque se parecían a los solitarios de Port-Royal en que simulaban hasta el extremo una rigurosa austeridad y presumían de celo por la pureza de lo que ellos nostálgicamente llamaban “la antigua disciplina de los primeros tiempos”; adversaban a la soberanía pontificia, pasaban despotricando contra abusos reales o inventados de la curia romana; acariciaban la idea de iglesias nacionales con un espíritu a veces abiertamente cismático; y, sobre todo, detestaban a la Compañía de Jesús.
Al igual que entre los liberales, los jansenistas eran de diverso tipo, la mayoría era furibundamente monár-quica, pero con facilidad dejaba de serlo dependiendo de las circuns-tancias, ya en el siglo XIX terminaron buena parte de ellos en el bando apóstata revolucionario.
A otros que fueron verdaderamente varones piadosos y de virtud, los perdía un celo falso y fuera de medida contra abusos reales o supuestos (la vida del obispo de Quito, José Pérez Calama, con su famosa anécdota del plato de crema, es una elocuente muestra de este tipo de personajes).
Don Marcelino Menéndez y Pelayo nos aclara que la mayoría de los jansenistas, no eran sino volterianos puros y netos, hijos disimulados de la ilustración y de la revolución francesa, que, no atreviéndose a hacer pública ostentación de ella, y queriendo dirigir más sobre seguro los golpes a la Iglesia, halagaban a los reyes ilustrados o a las repúblicas revolucionarias con la esperanza de convertir la Iglesia en oficina del Estado, y hacerles cabeza de ella.
Ese fue el caso de José Matías Delgado que fue nombrado por las autoridades independientes, dos años después de la redacción de este documento, y en contra de Roma, Obispo de San Salvador y desde allí dirigió la primera persecusión religiosa que asoló suelo salvadoreño.
Los principales adversarios de los jansenistas eran los Jesuitas, la Compañía de Jesús, que en ese entonces honraba su cuarto voto de obediencia al Romano Pontífice. Esta lealtad incondicional al Papa los convirtió en el centro de los ataques de todos las monarquías ilustradas o repúblicas revolucionarias que. más o menos influidos por flamantes logias masónicas, deseaban ver, como los jansenistas, a la Iglesia sometida a los dictados de la burocracia estatal. No solo eran adversarios de los jansenistas, los jesuitas eran adversarios temibles en virtud de una preparación académica asombrosa y una influencia cultural e intelectual prodigiosa, tanto en Europa como en América.
Hasta 1767, año en el que los jesuitas fueron brutal e injustamente expulsados de América y exiliados a Italia por una alianza entre los reyes ilustrados y el clero jansenista, la recepción de la novedades ilustradas y revolucionarias se hacía de un modo prudente y crítico.
Pero a partir de la expulsión de los Jesuitas, en centroamérica también, el nivel académico colapsó, las esclusas se abrieron y las noveda-des revolucionarias invadieron la academia de un modo acrítico e incontrastado.
Las preparación intelectual del jansenismo, que fue lo único que quedó en las cátedras, no era contrapeso suficiente a un Gassendi, a un Locke, a un Hume, a un Bayle, a un Rousseau y menos a un Voltaire, por eso estos fueron abrazados con tanto entusiasmo.
Se aplaude desde la actualidad la apertura intelectual de las aulas universitarias que las reformas de Carlos III y la labor de eruditos como Goicoechea hicieron posible, pero cuando nos quitamos las anteojeras y estudiamos ese fenómeno en un marco más amplio, no se puede sino estar de acuerdo con el historiador Magnus Mörner que califica este período, en contraste con el anterior y sus potencialidades, como una pérdida invaluable para la cultura.
Las relaciones entre la expulsión de los jesuitas del suelo centroamerica-no y la independencia del Reyno de Guatemala décadas después, es materia insondable de estudios aún pendientes. Pero su influencia en la deriva fanática de algunos liberales jacobinos que se dedicaron a una guerra anticlerical, de exterminio y de exacciones sin cuento, después de nuestra independencia, es algo que nos parece meridianamente claro e incontestable.
Los contenidos de este documento no caben en unos cuantos y cortos videos, pero creo que habremos cumplido si hemos logrado despertar en nuestros video-oyentes el interés por profundizar aún más en nuestra Historia…
Finalizaremos esta serie con la lectura y análisis de los pasajes de este documento en el que, inspirados en el latrocinio que significó la expulsión de los Jesuitas décadas atrás, se planifica el primer gran acto de corrupción de nuestra historia independiente… eso en el proximo capítulo.

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