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El eslabón perdido de nuestra independencia (I) Prolegómenos

31 agosto, 2016

Transcripción

Lamentablemente, hemos nacido y crecido -todos nosotros- en un ambiente en el que la Historia es ignorada, prohibida incluso, o relegada a una especie de arbitrarios cuentos de hadas. Aprender sobre el Imperio Aqueménida es casi tan relevante, para nosotros, los ciudadanos de la Modernidad, como ver la película del Señor de los Anillos.
La Historia, hemos aprendido casi por ósmosis, es como una mala versión fílmica de un mal libro de aventuras ficticias. La guerra de Troya solo nos evoca a Brad Pitt y Sócrates no es más que un futbolista brasileño.
En el mejor de los casos, si logramos superar ese ínfimo nivel de ignorancia, se nos antoja que tenemos derecho a aferrarnos a las versiones pseudo-poéticas y maniqueas de los acontecimientos del pasado que más nos gustan, versiones que han sido fabricadas -de hecho- en aras de los intereses ideológicos de turno.
Pero la Historia no es eso. La Historia es una ciencia cuyo objeto material es la Humanidad y cuyo objeto formal es su pasado a la luz de la documentación no escrita, la escrita y la tradición. Es la búsqueda de la verdad, de hechos puros y duros, sean agradables para nosotros o no.
Es decir que usualmente, cuando vemos confrontadas nuestras placenteras fantasías históricas a los hechos puros y duros, los documentados, nuestro desconcierto inicial no ayuda a poner en tela de juicio lo que nos ha sido enseñado y que ha terminado por gustarnos, sino que terminamos rechazando lo cierto desconcertante por lo incierto placentero. Estamos condicionados -casi- a poner por encima de la verdad sólida y desabrida, nuestras emociones y sentimientos.
Aprovechemos la oportunidad de poner en tela de juicio todas esas fantasías en las que fuimos formados –más bien deformados–, y cuestionemos esas telareñas “modernas”.
Por ello, en estos discursos audiovisuales, arremetemos contra esos mitos y les invitamos a ustedes a ver la Historia con los ojos de la cultura perenne, con los ojos de la cultura clásica.
Les invitamos ver la Historia Universal y la nuestra, la historia patria, como una Historia Integral, completa. Sin arrancarle las páginas que nos incomodan.
Pasemos entonces a lo que nos traía: la independencia patria, la independencia de El Salvador.
Antes de la conquista española, lo que después se llamó América se encontraba en la misma edad de piedra de la que Europa ya había salido hacía 5 500 años. La inmensa mayoría de sus pueblos bordeaban apenas la supervivencia animal, viviendo de la recolección o la caza.
Las guerras de exterminio entre las tribus eran el pan de cada día y la esclavitud era la institución básica sobre la que se erigía su modesto edificio social.
Las lacras del paganismo que en Europa se habían reducido significativamente casi hasta su desaparición, como la esclavitud, los sacrificios humanos, la sodomía, la poligamia, el canibalismo, etc… entre las tribus nativas precolombinas eran vicios socialmente aceptados e idolatrados a través de pétreas y temibles divinidades sedientas de sangre fresca.
A nivel técnico, los logros de las tribus nativas americanas eran –luminosos, a veces, considerando su retraso general– pero escasos.
No habían inventado la rueda y sus sistemas de escritura eran sólo una combinación de logogramas con elementos silábicos… primitivos, pues.
Los asombrosos conocimientos astronómicos precolombinos estaban casi al nivel de la ciencia babilónica, es decir que tenían tres mil años de retraso.
En un modesto intento de ejecutar una rudimentaria idea imperial, solo tres importantes edificios sociales habían logrado cuajar: el Mexica o Azteca al norte; el Maya al centro; y el Inca al sur. Tales congregaciones sociales se basaban en la explotación tributaria y humana de tribus sometidas por la fuerza.
Las rebeliones y las guerras civiles estaban a la orden del día y terminaron por hacer que la civilización Maya colapsara autodestruyéndose en una orgía de sangre y de decadencia moral. Esos imperios eran tan tiránicos, arbitrarios y sangrientos como el Asirio (a veces más), y como el Asirio eran insostenibles.
Esta es una rapidísima síntesis de los hechos puros y duros… Pueden no gustarnos, pero así son.
Los que nos repiten machaconamente que la era precolombina era una paradisíaca utopía digna de imitarse o revivirse… o se engañan, o nos engañan, o no saben lo que dicen. La Historia es una cosa, las leyendas y las fantasías son otras.
Luego de la conquista española, sobre la que pasaré de largo por razones de tiempo reservándome tratarla con más detenimiento en un futuro capítulo, casi todo el continente pasó a formar parte de la Corona Española.
El primer impulso de los españoles (que como buenos seres humanos no eran unas mansas palomas) fue reducir a la esclavitud a los indígenas locales.
Sin embargo esa intención fue abortada casi desde el principio por rigurosas leyes de la Corona que prohibieron tajantemente e imposibilitaron tal cosa (me refiero a las Leyes de Burgos, Las leyes nuevas y a la recopilación final que se llamó Leyes de Indias).
Esas leyes permitieron que los Indígenas gozaran de protección a sus personas en calidad de súbditos de la corona, a sus propiedades y gozaran hasta el final del periodo colonial de cierta autonomía en sus cuestiones políticas.
No en balde la gran mayoría de rebeliones indígenas tuvieron lugar después y no antes de la independencia.
Esa protección a la población nativa no existió en el caso de otros colonizadores europeos. Los Holandeses y los anglosajones dejaron a sus colonias en América y a otras colonias en el resto del mundo sin población originaria a la que simplemente exterminaron como a plaga, la cual fue sustituida por esclavos importados.
Dentro de ese contexto histórico, y desde una perspectiva desprejuiciada y objetiva, la labor civilizadora española es notable.
Después de tres siglos de dominio español, en las vísperas de la independencia, siglos en los que había reinado la paz interna (óigase bien: sin ningún ejército de ocupación), España dejó firmemente establecidas en sus colonias, 24 universidades cuyo prestigio superaba muchas veces a las universidades del viejo mundo, y 16 Escuelas o Colegios de naturaleza técnica o profesional.
Viene al caso mencionar que los nativos podían estudiar en ellas y de hecho lo hacían.
Por ejemplo: nuestros próceres de la Independencia adquirieron en la Pontificia Universidad de San Carlos Borromeo en la capital del Reino de Guatemala al que pertenecíamos una ilustración notable.
Por el contrario podríamos preguntar: ¿Cuantas universidades dejó Inglaterra en sus 13 colonias del norte de América?… Ni una sola ¿Escuelas o Colegios? sólo 9.
En un próximo capítulo tendremos la oportunidad de profundizar sobre las características de esta pujante vida intelectual en las colonias hispanoamericanas que deliberadamente se nos oculta en la historiografía oficial tanto de derechas como de izquierdas.
Solo me queda señalar que los criollos (los españoles nacidos aquí en América) se beneficiaron de esa vigorosa actividad especulativa cultivando una especial conciencia de su propia valía, que a su vez alimentaba unas inagotables ansias de mandar, queriéndose liberar de las restricciones que la corona Española dispensaba para proteger a los Indígenas.
Por eso, en el Acta de independencia de Centroamerica se lee:

“…siendo la independencia del Gobierno español la voluntad general (…) el Señor Jefe Político la mande publicar, para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo puebl

o”.
No eran muy democráticos nuestros próceres…
Dados estos brevísimos antecedentes, entraremos de lleno al tema de la independencia americana en general y centroamericana en particular en el siguiente capítulo

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