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Los funerales de Héctor

8 septiembre, 2015

Luego de haber conversado hace quince días sobre los fundamentos espirituales de sus religiones (Capítulo II) y de haber explorado, la semana pasada, las bases antropológicas de sus principales instituciones y estructuras socio-políticas (Capítulo III), entramos hoy en materia discurriendo, en este capítulo V, sobre las primeras civilizaciones surgidas en la Edad del Bronce: Egipto, los Minoicos, los Sumerios, los Babilonios, los Micénicos, los Hititas y los Asirios. También echaremos unos brochazos sobre la caída de Troya, sus causas y consecuencias.
Les recomiendo, si no lo han visto, el Capítulo I de esta serie de audiovisuales, en donde a grandes rasgos dejamos sentadas las bases sobre las cuales la Historia de la Humanidad ha echado sus raíces: el origen del hombre, el pecado original, la promesa de un Mesías y la plenitud de los tiempos.

TRANSCRIPCION

Los imperios de la Edad del Bronce
Desde el neolítico, el mundo civilizado conocido se limitaba a… o se extendía por estas cuatro zonas: las cuencas de los ríos Tigris y del Eufrates, el Levante, el Nilo y el mediterráneo oriental, más precisamente alrededor de Creta. En esa zona -como dicen los anglosajones- “sucedían las cosas” y –entre otros eventos– se creó la escritura y nacieron las primeras ciudades de las que se tiene noticia: Çatal Hüyük en Turquía y Jericó en Judea. Se desarrolló la metalurgia alrededor de la aleación del cobre y del estaño, dando como resultado lo que conocemos como la Edad del Bronce.
Para los efectos de este breve discurso tomaré como evento inicial de la Antigüedad del Bronce la unificación de Egipto bajo el Cetro del Faraón Menes y la fundación de su capital Menfis. Y tomaré como evento final la Batalla del Delta del Nilo en la que el Faraón Ramsés III derrotó a los Bárbaros (que duró 2925 – 1178 AdC)
En esa época y en esas zonas precisamente, por lógica consecuencia, florecieron las primeras civilizaciones imperiales: el Imperio Egipcio (3000 AdC), la civilización Minoica (2700 AdC) y el Imperio Acadio (2300 AdC).
La cadena de eventos que se me antoja más relevante de este período -claro- es la consolidación de Egipto como la potencia hegemónica del mundo conocido, cuyos territorios llegaron a abarcar hasta Siria y su influencia religiosa, científica y cultural no conoció límites. No en balde el edificio conocido más alto del mundo durante más de cuatro milenios era suyo. Todos los sabios iban a sus templos religiosos a aprender los rudimentos de la agricultura, matemáticas y astronomía. Los orígenes de lo que después se conoció como civilización griega, se reducen en última instancia a una influencia civilizadora y pseudocolonial egipcia.
Él imperio Acadio, con Sargón, -como dijimos en el capítulo precedente- fue el primer imperio que reivindicó para sí el logro de conquistar todo el mundo conocido. Llegó a conquistar desde la desembocadura de los ríos Tigris y Eúfratres en el Golfo Pérsico hasta el mediterráneo.
Eventualmente el Imperio Acadio fue sustituido (después de un breve interregno de ciudades sumerias) por el Imperio Babilónico (1800 AdC) el cual a su vez fue reducido a cenizas por unos bárbaros de los hablaremos en el capítulo siguiente.
Por su lado, la civilización Minoica llegó a edificar un imperio marítimo-comercial de grandes proporciones que iban desde Sicilia hasta las costas de Asia Menor. Una titánica erupción volcánica, y los mismos bárbaros que hemos mencionado le pusieron fin.
Estos imperios primigenios (el Egipcio, el Minoico, y el Acadio – Babilonio) se conocieron y comerciaron entre ellos, intercambiando bienes, cultura y sabiduría. A veces, también combatían entre ellos.
El florecimiento de estas primeras culturas imperiales no excluía –por supuesto– la existencia de culturas periféricas que sólo excepcionalmente eran tan civilizadas como el centro (caso de los los Hititas, los Micénicos y los nacientes Asirios). La mayoría de los otros pueblos periféricos eran marginales y –relativamente hablando– de escaso valor humano y cultural. Con contadas excepciones, eran bárbaros.
El Reino Hitita (con base en lo que ahora se conoce por Turquía) , también se ganó –al final de esta etapa– un puesto entre las grandes potencias llegando a un virtual empate militar con los Egipcios a raíz de la famosa batalla de Kadesh.
Así, luego de esa batalla, el mundo conocido, la Ecúmene, estaba dividida como apreciamos en este mapamundi.
A pesar de que la humanidad había sorteado los peligros de la extinción, su panorama no era halagador. Los seres humanos, sin faltar éxitos impresionantes, no habían podido evitar irse encarcelando, cautivos en una gran mazmorra cultural y espiritual de dimensiones planetarias. La civilización, con todo y sus luces, pulsaba en tinieblas y en sombras de muerte. La esclavitud, la poligamia, la prostitución forzada, el despotismo de la violencia arbitraria y la crueldad y los sacrificios humanos eran los grilletes que sujetaban al hombre por doquier. Estábamos como Prometeo encadenado.
“Yo Soy el que Soy”
Dios no abandonó al mundo en manos del demonio y de las fuerzas disolventes que lo estaban transformando en un infierno terrestre. En la medida en que Éste ejecutaba, por medio de causas segundas, con mano firme y suave el plan maravilloso al que nos referimos en el primer capítulo de estos discursos, por vías indirectas y naturales sostuvo el cultivo (incluso a nivel institucional) de las virtudes necesarias para preservar a la humanidad de su autodestrucción.
Pero también, y esto es más relevante, por vías más directas irrumpió como protagonista de pleno derecho en la Historia –incluso milagrosamente– al escoger a un pueblo (el judío) para que salvaguardara sus tradiciones incólumes y que le recordarían -a toda la humanidad- Su existencia, el origen del hombre, el orden moral por Él decretado y sus promesas de enviarle al Ungido, al Mesías, al Χριστός.
Así, Dios dotó a su pueblo escogido de una biblioteca de bellos libros inspirados por Él, más o menos extensos, en donde se recogieron fielmente las tradiciones orales que en otros pueblos se habían tergiversado u olvidado, revelaciones de parte de Dios, y en donde podían leerse las profecías más significativas sobre el inminente Mesías.
Esta es la razón fundamental por la que las Sagradas Escrituras son documentos aún más valiosos que la Ilíada, que la Epopeya de Gilgamesh o que los Vedas, para la comprensión de la Historia de la humanidad. Las religiones védicas y el imperio sumerio fueron flor de un día mientras que las instituciones y los pueblos protagonistas de la Biblia, a varios milenios de su origen siguen vivitos y coleando.
Por las razones que ya hemos apuntado, no cualquier hombre de la Antigüedad podía elevarse hasta comprender con claridad la promesa del Mesías. Por eso Dios, por medio de los profetas, puso de manifiesto a los hombres detalles sobre el Χριστός y sobre su misión. El período de las profecías mesiánicas abarca miles de años, partiendo de nuestros primeros padres Adán y Eva hasta la época próxima a la llegada del Ungido al principio de nuestra era.
Ero Cras
En los libros que Dios inspiró a los judíos se hallan varios centenares de profecías referentes al Mesías. Los que más escribieron sobre el Mesías son Moisés, el rey David y los profetas Isaías y Daniel. Me limitaré a señalar que fueron profetizados el tiempo de Su venida (Daniel 9:25); que nacería en Belén (Miqueas 5:2); que nacería de una virgen (Isaías 7:14); y que –tal como expliqué en el primer discurso de esta serie– el Χριστός sería Dios hecho hombre (Isaías 9:6).
Hay que reconocer que el pueblo judío, al defender con uñas y dientes su legado recibido directamente de Dios, no era el más popular de los pueblos. Llegó a estar esclavizado bajo la férula de los faraones hasta que lograron salir en el éxodo hacia sus tierras en el final de la Edad del Bronce.
No resultaban simpáticos, al contrario: su tozuda negativa a disolver a su Dios verdadero en los inciensos de los panteones politeístas le granjeó la enemistad y hostilidad de casi toda las potencias vecinas, que los invadieron y pretendieron aniquilarlos una y otra vez, sin éxito.
En todo caso lo que esta animadversión causó a la larga, fue la diáspora del pueblo judío quien se llegó a instalar sólidamente en casi todas las importantes ciudades de la Ecumene, desde las columnas de Hércules en el extremo occidente hasta los confines del imperio persa al oriente. Su comunidad más numerosa se estableció siglos después en Alejandría, que en su momento llegó a ser la capital del intelecto de la civilización pagana.
El diluvio de hierro
Con el equilibrio logrado por los Imperios de los que en este capítulo hemos hablado parecía haberse logrado un ambiente de paz bastante aceptable, interrumpido sólo por breves enfrentamientos entre grandes potencias o pequeños zipizapes entre culturas o ciudades periféricas.
De manera inesperada, uno de estos zipizapes, protagonizado por la ciudad de Troya –epítome de la civilización lograda hasta esa época– y a la sazón vasalla del imperio Hitita, dio al traste con este equilibrio. Las razzias piratas con el propósito de raptar mujeres en ciudades o costas extrañas eran moneda común en los márgenes más alejados de los centros civilizados, debido -probablemente- a un instinto biológico que pugnaba por romper las ataduras de la endogamia todavía imperante en esos ambientes. Y Herodoto -el primer historiador del que se conservan registros- nos hace notar en su obra magna que esos raptos solían provocar frecuentes guerras. Pues es el caso que debido a uno de estos incidentes, Troya fue destruída por los micénicos-griegos.
La ciudad de Troya era garante de toda la seguridad del comercio que pasaba por el Bósforo y era escudo eficaz contra salvajes y agresivos bárbaros que empujaban desde el norte y el occidente. Caída la ciudad de Troya las esclusas de la barbarie se abrieron y un pavoroso cataclismo cayó sobre la civilización y terminó con la Edad de Bronce.
Estas incontenibles invasiones bárbaras, fueron como un segundo diluvio universal, causado por los hombres mismos, que sepultó los rescoldos de la cultura y de la civilización bajo un espeso y extenso campo de cenizas. Tinieblas y sombras de muerte que tardarían tres siglos en disiparse. Hablaremos de estos salvajes destructores -los pueblos del mar- en el siguiente capítulo de esta serie.
Pero antes de caer, Troya nos brindó el más glorioso ejemplo de bravura que hayan conocido hasta ese entonces los siglos. Nos brindó a Héctor, quien a sabiendas de que Aquiles era indestructible decidió combatirlo cara a cara valientemente, sabiendo que iba a morir. Una lección -real, amigos, real-conmovedora y edificante cuyos frutos veremos con persistencia a lo largo de la Historia doquiera la humanidad, la cultura y la civilización hayan estado en peligro. El espíritu de Héctor, al finalizar la Edad de Bronce, hizo posibles después Las Termópilas, Issos, Zama, Los campos cataláunicos, Poitiers, Otumba y Lepanto.

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