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La orgullosa ciudad del hombre

30 agosto, 2015

Después de ocho años de escribir bajo el pseudónimo “JC Conde de Orgaz”, desde hace quince días estoy publicando con mi verdadero nombre, José Carlos Parada.

Luego de haber revisado los orígenes del ser humano en un primer vídeo, en el que no rehuímos describir las causas y efectos de la primera revolución de la humanidad (el pecado original), pasamos, la semana pasada a discurrir sobre los fundamentos espirituales de las culturas antiguas. Fundamentos que se desarrollaron en lo que ahora llamamos el Neolítico. Así, pudimos en ese segundo vídeo, apreciar la génesis de los politeísmos y los distintos tipos de religiones paganas que sirvieron de base a la construcción de las primeras civilizaciones.

En esta ocasión los invito a que discurramos, en un tercer vídeo que solo dura 13 minutos, sobre los pilares antropológicos y políticos de las primeras civilizaciones. Echémosle un vistazo profundo e incisivo al surgimiento de las principales instituciones sociales de la Antigüedad: el esclavismo, la poligamia y otros.

Tomen asiento y acompáñennos:

TRANSCRIPCION

El camino de la insignificancia
Aquí es oportuno recordar lo que decíamos: que debido a las heridas psicosomáticas profundas que el pecado original había ocasionado en la estructura más íntima de los hombres y de su descendencia, éstos se sentían (y nos seguimos sintiendo) más inclinados a hacer el mal, que a hacer el bien…
Más inclinados a la pereza que a la laboriosidad; más proclives a la crueldad y a la venganza que a la mansedumbre y al perdón; más tendientes a la dispersión y al exceso que a la concentración y a la moderación; más prestos a la lujuria, a las aberraciones y a la destemplanza que a la castidad y a la sobriedad.
Como consecuencia de ello, las sociedades, desde sus organismos más básicos (la familia y la aldea) hasta sus entes de poder más supremos, tendieron casi irremisiblemente a constituirse y a desarrollarse sobre todo sobre la base de los vicios y no sólo sobre la de las virtudes.
Las sociedades, sedentarias o no, tendieron a organizarse encerrándose de manera egoísta en sí mismas, proliferando cada vez más la endogamia, la autarquía reductiva y el rechazo –si no el odio– a los otros. No es de extrañar esta deriva ostruna u onfálica, considerando el salvajismo del ambiente y las duras condiciones de una atmósfera en la que la fuerza bruta era la norma suprema.
El mundo se fraccionó en estancos cuyas fronteras eran literalmente infranqueables.
Siendo que el hombre es un animal social por naturaleza, el mundo tal y como se estaba estructurando, durante el Neolítico, en celdas mínimas desconectadas unas de otras y sin más relaciones que la agresividad y la violencia, se habría dirigido al sofocamiento de todo vestigio cultural y, probablemente, a la reducción de la especie humana a la insignificancia, bordando con la mera supervivencia animal.
No habría habido rutas comerciales, embajadas ni migraciones pacíficas y tal vez llegaría el caso de que se agotaría eventualmente la procreación. La humanidad estaba tomando el camino a la extinción.
La idea imperial como remedio a la extinción
Es, para los inadvertidos, curioso que, precisamente hablando de decadencia y extinción, gran número de tradiciones religiosas recojan en sus poemas el evento destructivo de un diluvio universal, que de hecho ocurrió, pero sobre el que por razones de espacio pasaré de largo. Volvamos al punto…
Providencialmente, la inteligencia y la voluntad humana salieron al paso de esta deriva y se inventó la idea imperial. La vida se abrió paso y, hasta donde sabemos, fue Sargón el primero que decidió gobernar sobre todo el mundo, rompiendo siglos de inercia pueblerina, creando el imperio sumerio. En África se confederaron -por las buenas y sobre todo por las malas- las comunidades a las orillas del Nilo y terminó erigiéndose el imperio egipcio.
Sólo en estos amplios espacios imperiales –abiertos con el uso de la fuerza para romper las cadenas del ensimismamiento– encontró la civilización y la cultura un caldo de cultivo suficiente para brotar y crecer.
Nos digan lo que nos digan los pacifistas y los revolucionarios de cafetín de nuestro siglo, los imperios y la civilización creativa van de la mano. Y es que es difícil siempre separar el grano de la paja, así que el vigor de los vicios iba siempre entrelazado con la energía de las virtudes sociales. La naturaleza del hombre estaba sólo caída, dañada, no aniquilada. De esta manera, algo tan burdo como un imperio, servía inconscientemente a los planes de Dios para la futura llegada del Χριστός (Christós).
El reino de Lucifer
Pero, con idea imperial desplegándose o no, el poder ad intra y la convivencia se organizaron –desde casi el principio de los tiempos– casi siempre alrededor de los pilares del orgullo elevado a su más aborrecible expresión; alrededor del afán sin límite de riquezas; y sobre todo alrededor de la búsqueda sin freno del poder y del placer sensual.
De la conjunción de estos explosivos ingredientes, más que engendradas, fueron vomitadas instituciones aberrantes como la esclavitud, que se desarrolló a escala planetaria; la poligamia y la prostitución, que aplastaban a la mujer y especialmente a las viudas y a las niñas hasta convertirlas en la hez de la sociedad; la sodomía como artículo de pedestre lujo; y el infanticidio realizado en monstruosas proporciones que se combinó como guante a la mano de los sacrificios humanos.
En un ambiente tan infernal como ese, las rebeliones habrían estado –incontenibles– a la orden del día, si no hubiese sido porque se aplicó, desde el poder constituido, una represión tan permanente como cruel y despiadada, que para imaginárnosla –aunque sea sólo imprecisamente– debemos acudir a los peores genocidios del siglo XIX y del XX (el de la Revolución Francesa, el de Mao Tsé Tung, el de Lenin y Stalin, y otros no por menos sangrientos y publicitados, menos terroríficos).
Compendio y rito culminante de esta brutalidad inicua es la crucifixión. Método de tortura y de ejecución inventado por los tenebrosos Asirios, quienes institucionalizaron en una macabra mitología el culto al demonio y a sus ángeles caídos. La crucifixión fue adoptada después por los fenicios y por sus hijos cartagineses, quienes por cierto llegaron a ser la más sofisticada cultura hegemónica del Mediterráneo, arquetipo de lo peor y de lo más eficiente del mundo pagano. Posteriormente, también los Romanos adoptarían la crucifixión y actualizaron sus más repugnantes y salvajes potencialidades.
En este marco tan sádico, el politeísmo fue llamado a jugar un papel añadido y distinto al de “religador” con las deidades, un papel no menos visible en la Antigüedad.
Desde el origen de la humanidad, el gobierno de las sociedades en el estado de naturaleza caída, se movió por cauces pragmáticos que tenían que ver –fundamentalmente– con la consecución, guarda y expansión del poder rector, con la comida de los súbditos (para evitar las rebeliones a las que nos referíamos), los tributos (para pagar la represión de rebeliones y la agresión permanente de los vecinos siempre hostiles), el comercio, el amacenaje de vituallas y riquezas.
La primera ideología revolucionaria
Esos factores de decisión política –universales en el tiempo y en el espacio– no son atractivos ni poéticos cuando son ejercidos –como era la norma– de modo despótico, más bien producen ciertamente el rechazo de las masas. Y los grandes de la tierra cayeron en la cuenta que al uso indiscriminado de la fuerza había que añadir el factor estético como pieza fundamental del ejercicio del poder: a los súbditos debe parecerles “bello” obedecer, someterse y pagar tributos. De lo contrario la unidad política se disuelve y el poder cae. La crueldad, la avaricia y la ambición descarnadas, a la larga, sólo producen rechazo.
Así que durante más de tres milenios, desde la invención de la rueda y de la escritura allá por Uruk, el aspecto poético de la justificación del poder la pusieron las leyendas, el paganismo y la superstición (de lo que pasó antes de la escritura, por lo general sólo podemos especular cuando faltan tradiciones orales fiables, aunque todos los indicios nos sugieren que no debió ser diferente). Había que obedecer al príncipe, no porque fuera un conspirador consumado, un cruel, un avaricioso y un gran canalla. Había que obedecerlo porque era “descendiente directo de los dioses”… Y allí cumplían su nuevo papel las supersticiones, el paganismo y las leyendas. Los paganismos, casi sin excepción, crecían sometidos al poder político, como si fueran uno más de sus recursos.
No hay que perder de vista, que tal “poesía”, tales mitos, tales justificaciones, eran sólo eso: justificaciones y factores de unidad comunitaria. Difícilmente llegaban a establecer límites al ejercicio del poder.
Sólo en dos lugares se fue a contracorriente de esta lógica del poder ilimitado ungido por la mitología: los griegos en occidente y los judíos en oriente. Pueblo éste último que no se cansaba de rezar y suplicar día y noche por la urgente venida del Χριστός

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4 comentarios leave one →
  1. 1 septiembre, 2015 1:05 AM

    Lastima que no me considero un animal social… me gusta ver de lejos pero lastimosmanete soy parte de la manada…… siempre tengo que pausar para ver que significan las palabras raras que decis gual que cuando leo… pero al menos aprendo algo nuevo … H
    Gracias

    Me dieron ganas de Jugar Sid Meiers Civilization.
    serias un Pro jugando a eso jejejeje.

    Me encanto eso de Revolucionarios de Cafetin XD!!!

  2. Roci Lopez permalink
    1 septiembre, 2015 9:22 PM

    Lo felicito por sus amplios conocimientos de la historia… gracias por compartir una pequeña cápsula, de todo lo que sabes 😊

  3. alfredo romero permalink
    2 septiembre, 2015 4:03 PM

    Muy buena capsula de historia con enfoque Cristologico, me gusta, aprendo mucho en tan poco tiempo Jose Carlos, por el tiempo no había podido verlo, pero ahora, gracias por invitarme a ver tan buen toque de aprendizaje.

  4. Doina permalink
    1 octubre, 2015 10:48 AM

    Crueldad, avaricia, ambición, adjetivos de los líderes que describes y que de acuerdo a esa naturaleza humana siguen presentándose en la actualidad. La humanidad sigue repitiendo sus errores sin aprender del pasado remoto o reciente.

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