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La Conjura de Cronos

24 agosto, 2015

Después de ocho años de escribir con el pseudónimo “JC Conde de Orgaz”, desde la semana pasada estoy publicando con mi verdadero nombre, José Carlos Parada.

Comenzamos con una serie de cortos audiovisuales titulados “Alfa y Omega” cuyo primer capítulo de 20 minutos fue una escueta aproximación al origen de la humanidad, y una somera explicación de por qué el ser humano es como es. También hablamos de la relación del hombre con Dios y de cómo y por qué Éste nos prometió la llegada del Χριστός (el Ungido). Asimismo discurrimos de por qué tardó tanto en venir el Cristo y dimos un par de brochazos para figurarnos en qué consistió “la plenitud de los tiempos”.

Hoy los invito a ver el vídeo de la segunda parte titulado “La Conjura de Cronos” -y que dura solo 14 minutos- en donde discurriremos sobre los fundamentos espirituales de las civilizaciones antiguas, desarrollados durante el período que solemos denominar como Neolítico.

Tomen asiento y acompáñennos

TRANSCRIPCION

El innombrable

Tomaría muchos siglos el alcanzarse la plenitud de los tiempos. Si bastan tres generaciones para que a nosotros nos resulte imposible reconocer a los primos lejanos en medio de discordias familiares, no es de extrañar que en estas cada vez menos pequeñas migraciones del comienzo de la humanidad, el planeta se fuese poblando de comunidades que empezaban a verse unas a otras como extrañas, si no como enemigas.
Esta fragmentación era más acusada en la medida en que la tradición de lo sucedido, de lo por venir y del común origen, se iba desestimando y traicionando.
La idea de un Dios providente, trascendente y amoroso con quien se estaba en deuda, fue perdiéndose, desvaneciéndose… y los corazones de los hombres se precipitaron en la idolatría de sus bajas pasiones o de dioses metafóricos que sólo vagamente recordaban al Verdadero.
Así surgió el paganismo, la idolatría y el politeísmo, al ritmo del desplome de la inteligencia y de la voluntad humanas en los abismos del error y del vicio.
La idea de un Dios único, infinitamente perfecto, trascendente, creador, amoroso y providente no fue entonces el final de un proceso evolutivo, sino todo conduce a concluir que la certeza original sobre su existencia fue obliterada gradualmente en aras de novedades sincréticas más ventajosas para el orgullo humano.
Las más completas y desprejuiciadas investigaciones sobre religiones comparadas dejan en evidencia el hecho irrefutable de que las grandes mitologías paganas politeístas tienen todas, casi sin excepción, una especie de telón de fondo que se prefiere poner entre paréntesis: la existencia de un “padre de todos los dioses” o de una “realidad suprema” que evoca el origen común al que me refiero (piénsese en el Nun egipcio, en el Urano griego o el Caelum Romano, en el espíritu creador Altjira de los aborígenes australianos, o en el “Cielo” confuciano).

Los orígenes del paganismo

No es solo el “olvido” del deudor frente al acreedor el que explica el politeísmo pagano, sino también la expansión militar de los pueblos. Al irse agregando las comunidades a la potencia expansiva, el nombre que la localidad le daba al Dios creador se iba sumando al panteón constituido por otros tantos nombres que solían referirse al mismo Dios. Ese fue el caso preciso del paganismo Egipcio, padre de todos los paganismos. Pero también el del sumerio, griego y romano. La diferenciación de lo que en principio era lo mismo –la diferenciación entre esos “dioses” locales– corrió a cargo de sugerentes y –a veces– bellos mitos llenos de poesía y de básica pero errónea filosofía.
Empero, como ya dijimos, casi todas esas novedades religiosas conservaron, más o menos latente, envuelta en un velo de relativo y –a veces– respetuoso silencio, la idea más o menos vaga, de un Dios único supremo y creador de todas las cosas.
Y no es esta la única realidad común que todos los paganismos conservaron, también contamos entre ellas la realidad común del sacrificio.
Todas las religiones del planeta cuentan entre sus ritos el del sacrificio, que consiste en la ofrenda de un animal, frutos vegetales o bebidas que se ofrece a los dioses y generalmente se consumen durante o después de la ceremonia.
Desde los egipcios, pasando por los persas, celtas, los yoruba africanos, griegos, romanos hasta los aztecas y mayas, todos celebraban sacrificios. Algunos de esos pueblos, y no los más atrasados precisamente, llegaron, ya veremos por qué, a practicar sacrificios humanos.
La celebración de dichos ritos sacrificiales, herederos de los ritos primigenios que pretendían –sin duda– simbolizar la satisfacción que se adeudaba por el primer pecado de nuestros padres y que pretendían preanunciar el sumo sacrificio del Christós… La celebración de dichos ritos sacrificiales, decía, fue exigiendo la existencia de personas dedicadas, consagradas, a esos menesteres y así surgió la casta sacerdotal… presente también en todas las nuevas religiones, en todas las latitudes del planeta.

Los tipos de Paganismo

Es necesario, para los efectos de este discurso, señalar que hubo diversos tipos de paganismo. Me referiré en particular a tres: el alegórico poético, el práctico–utilitario y el paganismo demoníaco.

El paganismo poético

De alguna forma el primero de esos paganismos se concentraba en la elaboración y contemplación de los pintorescos mitos que individuaban a cada una de las deidades y que al mismo tiempo pretendían darle una básica coherencia a cada panteón. Esas mitologías, en su calidad de alegorías poéticas solían estar preñadas de una elemental descripción metafórica del origen y de la constitución del mundo.
Por supuesto que estos tejidos de leyendas y de mitos no exigían una adhesión incondicional del intelecto y de la voluntad sino que estaban orientadas a la satisfacción sensible de los hombres. No había tal cosa como un “credo del Olimpo”… Decir “creo firmemente en la existencia de Júpiter y de Marte”, no tenía ningún sentido.

El paganismo práctico-utilitario

Estaba también el paganismo práctico que inclinaba el quehacer de sus diosecillos o “fuerzas” a velar por (u obstaculizar en su caso) las actividades vitales del hombre, desde levantarse en la mañanas, pasando por la comida, el cultivo, la cosecha, la familia, la guerra, el comercio… hasta llegar al sueño.
A veces –no era la norma– incluía unas pocas directrices morales fundamentales para la vida en sociedad. Este paganismo, como el de los romanos o el de los chinos, no solía estar adornado de las espectaculares sagas mitológicas que podemos apreciar en los nórdicos, en los egipcios o en los griegos, por ejemplo. Más bien eran religiones que apuntaban al quehacer diario y estacional.
El paganismo demoníaco
Pero cuando surgía el afán imperioso de manipular en su propio beneficio las fuerzas naturales hasta sacarlas de su cauce, el ser humano aprendió pronto a invocar las fuerzas demoníacas.
Y supo de inmediato que para hacerlas presentes y hacerlas actuar, a estas fuerzas demoníacas, no bastaba con una cándida libación o con una inocente oblación de frutas frescas, era menester hundirse ceremonialmente en las ciénagas más hediondas y profundas.
Así surgió el horrendo paganismo demoníaco que fue el que institucionalizó los sacrificios humanos y glorifíco la sodomía (como el culto a Moloch de los fenicios y cartagineses, o el culto azteca a Huitzilopochtli) o los cultos secretos orgiásticos que surgían como hongos en el oriente o las truculentas tinieblas religiosas de los Asirios y Babilonios.
Estos tres tipos de paganismo, debido a su carácter politeísta, no se presentaban aislados en toda su integridad. Prácticamente todas las comunidades del planeta contaban con alguna dosis de cada uno de ellos, se encontraban en cada caso entretejidos entre sí, pero siempre era uno el que dominaba. El griego era el modelo de un paganismo primordialmente poético; el romano el del paganismo sustancialmente práctico; y el cartaginés y el azteca los paradigmas del demoníaco.

Todavía se clamaba por el Χριστός (Christós)

Vagas, superficiales, desviadas, supersticiosas, erradas, alevosamente falsas, terroríficas en ocasiones, las religiones paganas eran, no obstante, el cauce en que casi la entera humanidad empezó a canalizar –vanamente– su honda, profunda y natural sed de religarse con el buen Dios.
Y digo “casi toda la humanidad” pues no faltaron –hay que decirlo– vigorosos eslabones en la transmisión de la verdad original –o mentes geniales y heroicamente honestas como nenúfares en el pantano– que buscaban con valentía la Verdad en medio de la confusión y que en el mejor de los casos seguían fieles, sin paliativos, al verdadero Dios de nuestros padres.
Aludo a los patriarcas antediluvianos y –más tarde– a personalidades como Jenófanes, Amenhotep IV, Séneca, Aristóteles, Platón y muchos más.
Siglos después de aquella nefasta revolución, en lo que ahora llamamos el Neolítico, todavía había quienes –no habiendo perdido del todo la brújula– desde lo más profundo de su corazón, velada o abiertamente, conscientemente o no, suplicaban con harta sed algo así como esto:

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2 comentarios leave one →
  1. 24 agosto, 2015 11:38 AM

    Excelente información. Le felicito siga adelante.

  2. Eme Castillo permalink
    25 agosto, 2015 10:59 PM

    El paganismo actual y su criterio “etico” de haz lo que quieras mientras no perjudiques a nadie……o de comamos y bebamos que mañana moriremos…extenso e interesantisimo tema amigo.

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