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¿Ubi cecidisti de caelo? La caída de Lucifer – III – La catedral

17 marzo, 2012

Contenidos

  1. Investigando los cielos en nombre del Χριστός-Christós
  2. De la Historia con mayúscula, a la historieta mítica de propaganda
  3. De cuando debatir intelectualmente era un trabajo serio
  4. Del geocentrismo…
  5. …al heliocentrismo
  6. Y sin embargo… nada
  7. Fides et ratio: un fecundo y beneficioso matrimonio

Esta es la tercera parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, y su segunda aquí

“…si debemos asignar una fecha al nacimiento de la Ciencia Moderna, deberíamos, sin duda, escoger el año 1277 cuando el obispo de París proclamó solemnemente que varios mundos podían existir, y que el conjunto de los cielos podían, sin contradicción, ser movidos de modo rectilíneo…”

Investigando los cielos en nombre del Χριστός-Christós

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La Astronomía recibió así un impulso aún vigente en la actualidad. Ya las grandes catedrales habían empezado a ser construidas –entre otras cosas– como primerizos observatorios astronómicos con sus heliómetros, en donde era posible determinar con alguna exactitud los solsticios y los equinoccios. Un ejemplo paradigmático de ello es la Basílica de San Petronio (en Bolonia, Italia).

“Durante siglos, estos singulares observatorios fueron instalados en toda Europa: Roma, París, Milán, Florencia, Bruselas y Antwerp. En concreto, el observatorio de San Petronio de Bolonia fue erigido en 1576 por Egnatio Danti, un dominico matemático. Gracias a este observatorio se pudo asesorar al Papa para fijar el calendario, que hoy conocemos como gregoriano, de 365 días y un año bisiesto de 366 (…) a Danti se le encargó construir un observatorio solar en el Vaticano.”

La era de la Cristiandad (mal llamada Edad Media) fue riquísima en lo que se refiere al desarrollo científico en general y astronómico en particular, y en ella se establecieron las bases de la Ciencia Moderna al haz del patronazgo de la Iglesia Católica (pueden encontrar algunas referencias y fundamentos de ello haciendo click aquí).

Mujer enseñando geometría. Ilustración del libro Los elementos, en la traducción atribuida a Adelardo de Bath, 1309-1316.

También en los siglos de la Cristiandad (VII-XVI) las artes plásticas y la arquitectura alcanzaron cotas de desarrollo pocas veces revisitadas (fue cuando, después de cuatro mil años, se superó con varias edificaciones la altura de la Gran Pirámide de Keops); se inventaron las universidades tales como las conocemos hoy; surgieron las lenguas modernas; liberados de la lacra de la esclavitud pagana se desarrolló la mecánica, desde el molino hasta el reloj…

“…se inventaron nuevos géneros literarios, comenzó su andadura la física moderna, la técnica alcanzó un desarrollo espectacular (la navegación, la ingeniería, la forja, la fabricación del papel, las hilaturas y los tintes, etc.)”

Breve Historia de la Filosofía Medieval, Josep-Ignasi Saranyana, 2001

En la era de la Cristiandad, animada como estaba por una larga tradición de Lógica Aristotélica, se debatía todo, todo era examinado, y todo era tema de reflexión. En su seno se crearon la primeras Universidades (“invento” emblemático del Medioevo) que rápidamente se convirtieron en focos de luz científica (en particular la de París y la de Oxford, aunque no fueron, para nada, las únicas). Fue un catedrático (y dos veces rector) de la Universidad de París, sacerdote católico por cierto, llamado Juan de Buridán (quien se adelantó cuatro siglos a Newton en lo referente a la inercia) el primero que se lanzó a explorar, en el siglo XIV, antes de la Gran Peste, la posibilidad de que Aristóteles y Ptolomeo se hubiesen equivocado al propugnar el geocentrismo.

De la Historia con mayúscula, a la historieta mítica de propaganda

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Lamentablemente en la época de la Ilustración (siglo XVIII) un equipo de propagandistas muy hábiles, inspirados y encabezados por Voltaire (fanático anticatólico entre otras cosas, como ya hemos señalado) se dedicaron a reescribir la Historia “arrancándole” las páginas en donde aparecían las palabras “Dios”, “Cristo” e “Iglesia Católica”… se pasaron llevando así solo dieciocho siglos de Historia. El resultado fue la elaboración un pastiche seudohistórico propagandístico anticristiano, y específicamente anticatólico, del que nos hemos nutrido –sin excepción– todos nosotros.

Hemos sido formados –en la calle, en las aulas escolares y universitarias, pero sobre todo por la industria cinematográficotelevisiva– en conceptos míticohistóricos sobre un supuesto papel negativo del cristianismo en general, y de la Iglesia Católica en particular, en el desarrollo científico. Nos imaginamos erróneamente –como fruto de absorber inconscientemente esos mitos– que la Edad Media estaba poblada de sombríos e ignorantes cérigos o monjes, antorcha en mano, buscando a ilustres científicos para quemarlos en la hoguera con el objeto de perpetuar la ignorancia y el “oscurantismo”. La única ignorancia es la de quien, por la pereza, no acude a las fuentes para limpiar esas telarañas, esos mitos históricos dogmáticos, esos ídolos modernos.

Se han propagado ampliamente nociones y creencias prejuiciosas sobre la Edad Media, incluso por motivaciones políticas, y aún hoy permanecen mitos en la cultura popular. También ocurre esto cuando se trata de las nociones de la ciencia en el período: a menudo la época es denominada peyorativamente edad de las tinieblas, sugiriendo la idea de que no habría habido ninguna creación filosófica o científica autónoma.

Para justificar el título de “Edad de las Tinieblas”, ya se ha dicho que en la “noche de mil años”, que supuestamente habría sido la era medieval, la ciencia habría conocido un largo periodo de “falta de inspiración” en comparación con la producción científica clásica(…)

Aunque ningún historiador serio utilice la expresión “Edad de las Tinieblas” para sugerir retraso cultural, aún hoy, aún en las escuelas, se enseñan nociones equivocadas como la falsa idea de que los estudiosos medievales creían que la tierra fuera plana.

Wikipedia, entrada “Ciencia Medieval

De cuando debatir intelectualmente era un trabajo serio

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Escribano medieval

Dejemos esos mitos momentáneamente de lado, y volvamos a la realidad: ese ambiente medieval de investigación y debate llegó a su completo y más acabado desarrollo en el siglo XIII, aunque comenzó a gestarse en las escuelas carolingias desde el siglo IX. Los debates y las disputas científicas se tomaban muy en serio, y el contexto intelectual en el que tenían lugar distaba años luz de la flojedad moderna. En la Edad Media no daba lo mismo hablar por hablar que tener la razón. Los debates eran bien organizados y se exigía la exactitud y la seriedad en los argumentos. Se exigía coherencia, fundamentos y pruebas. Los célebres debates de Pedro Abelardo contra Guillermo de Champeaux en el siglo XII son paradigmáticos en ese sentido, por no mencionar los de Santo Tomás de Aquino contra Sigerio de Brabante y muchísimos otros más. Salvo cortos períodos, como el de los dialectici (con extraños sujetos como Anselmo de Besata y Berengario de Tours), los charlatanes tenían los espacios intelectuales vedados.

Era una época en la que sostener tesis equivocadas le hacía al sustentante correr el riesgo de un grave desprestigio académico (no como hoy, que para ser celebrado como catedrático basta ser amigo del rector) por lo que se estudiaba mucho, se tenía el cuidado de encontrarle pruebas contundentes a cada hipótesis, y se solía ser acucioso y prudente. Digámoslo de un modo simple: hablar tonterías sin fundamento estaba muy, pero muy mal visto. Una programación televisiva estilo la de Canal Infinito, o superficialidades parecidas, no habría tenido mucho público en la Era de la Cristiandad.

Del geocentrismo…
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Ese ambiente medieval de inusual exigencia intelectual se daba, en lo que a la Astronomía se refiere, en un contexto muy específico. Hasta el siglo XVI, todas las civilizaciones aceptaban una cosmología geocéntrica, es decir una en la que el Sol y los planetas giraban alrededor de la Tierra. Si bien Aristarco de Samos en el siglo III antes de Cristo había teorizado sobre una cosmología en la que el Sol estaba al centro, no tuvo éxito en popularizar su tesis, dado que el paralaje estelar no era observable.

Nota: la explicación de lo que es el paralaje estelar puede ser, dependiendo del que explica y del que lee, sencilla o complicada. Baste decir que es prácticamente la única prueba ampliamente aceptada para demostrar la tesis de heliocentrismo. Pueden ilustrarse al respecto en este artículo de Wikipedia en inglés o en su correspondiente en castellano

Por generaciones, entonces, la gente daba por cierta la perspectiva geocéntrica, puesto que coincidía con la percepción directa y sencilla de la relación Tierra-Sol. Pocos científicos después de Aristóteles la habían atacado, en parte porque las exigencias matemáticas que de su estudio surgían no habían planteado la necesidad científica de replantearla y, desde San Agustín de Hipona, pocos miembros del clero la habían puesto en tela de juicio, hasta que llegó Nicolás Copérnico.

…al heliocentrismo.

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El primer científico que examinó la posibilidad de que fuese la Tierra la que girara alrededor del Sol, y no al revés –como lo había sostenido Aristarco de Samos unos siglos antes– fue, como dije arriba, Juan de Buridán. Este examinó con acuciosidad, en el siglo XIV, doscientos años antes de Copérnico, la hipótesis rotativa de la Tierra, espoleado –precisamente– por la anomalía que presentaba la trayectoria errante de los planetas (epiciclos), y que comenzaban a exigir respuestas matemáticas nuevas.

Careciendo de telescopios (que se inventarían doscientos cincuenta años más tarde), Buridán –preciso y exigente con sus razonamientos– descartó al final la hipótesis, pues razonaba que, en caso la Tierra girase, notaríamos ese velocísimo movimiento en la atmósfera (por los consecuentes vientos); aumentaría la temperatura de la atmósfera por el rozamiento; y un cuerpo lanzado verticalmente no caería en el mismo lugar. Sus deducciones científicas eran correctas, considerando el contexto, pues todavía faltaba por saber más acerca de la gravitación,  de la constitución de la atmósfera, y de las leyes de la fuerza centrífuga y de la inercia (cuyo estudió abordó adelantándose en siglos a los descubrimientos de Newton).

En resumen: no bastaba imaginarse que la Tierra giraba alrededor del Sol, había que probarlo. No bastaba –con las condenas de 1277– decir que Aristóteles podía ser contradicho, había que contradecirlo con pruebas en la mano. Así era la Edad Media.

No es casualidad –de hecho– que fuera también un sacerdote católico (Copérnico) el que intentara de nuevo rescatar de las penumbras las teorías aristarcianas del heliocentrismo. Ojo: teorías, y más viejas que el tamal pisque, no hubo ninguna “revolución”. Si bien, como ya dije arriba, hubo precedentes, Nicolás Copérnico (1473-1543), un erudito del Derecho Canónico y profesor de Astronomía, fue al primero al que se le atribuyó el desarrollo científico de la teoría moderna del heliocentrismo.  Sus investigaciones sobre el Sol, la Luna y los Planetas culminaron en su trabajo De revolutionibus orbium coelestium de 1530. Es importante señalar que gran parte del apoyo que recibió Copérnico en sus investigaciones astronómicas venía de la Iglesia y de sus soberanos pontífices, en particular de Clemente VII. El arzobispo de Capua y cardenal Nikolaus von Schönberg y un eclesiástico protestante, Andreas Osiander, ayudaron a Copérnico a publicar su obra

Dado que no era posible demostrar la hipótesis aristarciana (heliocentrista) –pues el paralaje estelar seguía siendo inobservable– con toda la seriedad que los protocolos científicos de la época exigían, Copérnico presentó su trabajo como lo que en realidad era: una mera hipótesis, un modelo que ayudaba a simplificar los cálculos físico-matemáticos que en el modelo ptolemaico (geocentrista) se hacían engorrosos.

La Iglesia, metida de lleno –como lo estamos señalando desde el principio de este discurso– en la investigación científica astronómica, no vio en la teoría así planteada, ningún problema. De hecho, renombrados astrónomos jesuitas enseñaban la teoría copernicana (aristarciana en realidad) en sus cátedras; la Universidad de Salamanca estableció su enseñanza en sus estatutos en 1561 como opcional, y luego en 1594 como obligatoria. Otros astrónomos se opusieron a ella con razones, entre ellos Tycho Brahe quien elaboró –con ayuda del mejor centro de observación astronómica de esa época– un interesante modelo alternativo al ptolemaico y al aristarciano, basado en datos mucho más precisos que los manejados por Copérnico. La Universidad de París se opuso a la teoría defendida por Copérnico por varias razones, y sobre todo por la ausencia de observación del paralaje estelar. La polémica y la disputatio constructiva continuaba entre lo que he dado en llamar los “ciegos observando el universo“.

Johannes Kepler, un astrónomo luterano, tomó la defensa del modelo de Copérnico y le dio un nuevo impulso a la teoría heliocéntrica, dando excepcionales aportes a la astronomía teórica con su tesis de las trayectorias planetarias elípticas.

Y sin embargo… nada

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En el ínterin, un famoso, vanidoso y mentirosito físico-matemático llamado Galileo Galilei –luego de robarse el recién descubierto telescopio, y atribuirse falsamente su invención– se adhirió entusiastamente a la teoría copernicana (ignorando los ajustes y correcciones que Kepler le había hecho), y apoyado por su gran amigo y conecte Cardenal Barberini (luego papa Urbano VIII) afirmó haber probado la hipótesis heliocentrista. En consecuencia, decía, había que cambiar la hermenéutica de las Sagradas Escrituras. Eso le trajo problemas con el Santo Oficio quien lo juzgó, estableciendo en el proceso que las “pruebas” que Galileo pretendía aportar para demostrar la verdad de la hipótesis heliocéntrica eran falsas.

De hecho, tales “pruebas” eran falsas: Galileo creía erradamente que las mareas eran ocasionadas por el movimiento de rotación terrestre y por la atracción solar, contradiciendo lo que ya toda la comunidad científica de ese entonces sabía, que eran provocadas por la atracción lunar (tal como lo había demostrado ya Kepler). La observación del paralelaje estelarseguía siendo la única prueba posible de la teoría,  que Galileo reconoció (pues era obvio) que en ese entonces no era observable.

O sea: Galileo no tenía pruebas, y fue orillado a retractarse, y condenado a prisión domiciliar (que cumplió en varios lujosos palacios y en su propia villa en Florencia, continuando con sus investigaciones científicas, sufragado por la jerarquía eclesiástica). Esta condena a prisión domiciliar no fue impuesta por sus tesis heliocéntricas (ya que se retractó de afirmarlas “probadas”), sino por desobedecer a una sentencia previa que le prohibía escribir sobre ellas de modo falso (es decir, como supuestamente “probadas” cuando aún no lo estaban).

No era primera vez que Galileo se equivocaba profundamente con sus explicaciones científicas: se equivocó al explicar la naturaleza de los cometas a los que consideraba simples fenómenos atmosféricos (como las auroras o el arco iris), contradiciendo el descubrimiento de Tycho Brahe que ya había establecido que eran cuerpos sólidaos desplazándose más allá de la órbita lunar; Galileo también afirmó que Saturno era una “estrella triple”, lo cual es falso, y por consiguiente ni un astrónomo contemporáneo respaldó su ocurrencia; también Galileo sostuvo, sin retractarse, que los planetas giraban alrededor del sol en una órbita perfectamente circular, de la cual el Sol era su centro exacto, lo cual ni siquiera Copérnico endosaba, pues al igual que Kepler lo juzgaba insostenible.

En pocas palabras, Galileo era un físico-matemático interesante, pero como astrónomo no dio ni una. Y en una época en que no era lo mismo hablar por hablar que tener razón, lo pusieron justamente en su sitio. Siglos después, la Ilustración anticatólica lo convirtió en “Mártir de la Ciencia” haciéndonos creer que fue torturado y quemado por la oscurantista Inquisición. Todo eso es falso.

“…en la mitografía racionalista él [Galileo] se convierte en la Santa Juana de Arco de la Ciencia, en el San Jorge que derrota al dragón de la Inquisición. No es entonces sorprendente que la gloria de este hombre de genio descanse sobre todo en descubrimientos que jamás hizo, y sobre logros que nunca tuvo. Contrariamente a las afirmaciones de numerosos manuales, recientes incluso, de historia de ciencias, Galileo no inventó el telescopio. Ni el microscopio. Ni el termómetro. Ni el reloj de péndulo. No descubrio la ley de inercia, ni el paralelogramo de fuerzas o de movimiento, ni las manchas solares. No aportó ni una contribución a la Astronomía teórica, no dejó caer pesos desde lo alto de la Torre de Pisa, no demostró la verdad del sistema de Copérnico. No fue torturado por la Inquisición, no languideció de ningún modo en sus mazmorras, no dijo eppur si muove ["y sin embargo se mueve"], no fue un mártir de la Ciencia.”

The Sleepwalkers: A History of Man’s Changing Vision of the Universe, 1959 por Arthur Koestler.

Explicar a profundidad, y con detalles relevantes, el conflicto de Galileo con el Santo Oficio, y los mitos que al respecto alimentan nuestra fantasía, haría este discurso más largo de lo que ya es. Además, es un tema que me aburre inconmensurablemente, y que puede ser consultado en fuentes serias que nos dejarán claro que la versión tan popular de Hollywood a la que estamos acostumbrados sobre Galileo es eso: solo un cuento de Hollywood.

Sin embargo, si alguno de mis amables y combativos lectores tiene un comentario o pregunta al respecto, con gusto le responderé, por supuesto. Y prometo escribir muy pronto un discurso dedicado a explicar punto por punto la urdimbre de esa leyenda moderna.

Lo que sí haré hoy (para alimentar el escándalo) es citar a John L. Heilbron, vicecanciller emérito de la Universidad de Berkeley, e historiador de las ciencias físicas y astronómicas, que –a propósito del papel del Santo Oficio en en el juicio de Galileo– dijo:

“Qué ironía… La Iglesia Católica, con su aparente actitud retrógrada frente el heliocentrismo, de hecho nutrió a un poderoso y emergente método cíentífico.”

Fides et ratio: un fecundo y beneficioso matrimonio

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Dejemos el mundo de los mitos y volvamos de nuevo a la realidad de la Astronomía. Poco a poco se fue imponiendo la visión heliocentrista, en un largo proceso de siglos hasta que en 1838, Friedrich Bessel realizó por fin con éxito la primera medición de un paralaje estelar sobre la estrella 61 Cygni en el Observatorio de Königsberg. Si no fuera por que algunos sostienen que en un sistema modificado de Tycho Brahe, también se habría observado tal paralaje, los adeptos del heliocentrismo podían, por fin, darse por satisfechos: la teoría estaba probada.

La Iglesia, sin pausa ni descanso, siguió y sigue empeñada en la investigación astronómica. Prueba de ello es la constelación de sacerdotes impulsados por la Santa Sede a mirar con ojos científicos a los cielos. Hasta la fecha de hoy se cuentan por centenares, pero citaré solo unos cuantos –en virtud de sus aportes constructivos a la Astronomía– marcados por la fama: Christopher Scheine (1573-1650), Leonardo Ximenes (1716-1786), Johann Adam Schall von Bel (1592-1666), Nicolás Copérnico (1473-1543), Daniel O’Connell (1892-1986), Ignazio Danti (1536-1586), Ferdinand Verbiest (1623-1688), Christophorus Clavius (1538-1612), Jules Fényi (?-18??), Giovanni Battista Riccioli (1598-1671), Johan Stein (1871-1951), Francesco Maria Grimaldi (1613-1663), Antonio Romañá (1900-1981), Juan de Sacrobosco (1195-1256), Nicolás de Oresme (aprox.1323-1382), Luis Rodés (1881-1939), Stephen Perry (1833-1889), Jean-Felix Picard (1620-1682), Claude Boudier (1686-1757), Louis Éconches Feuillée (1660-1732), Johann Hagen (1847-1930), Giuseppe Piazzi (1746-1826), Antón Gabelsberger (1704-1741), Ruđer Josip Bošković (1711-1787), Ramón María Aller Ulloa (1878-1966), Angelo Secchi (1818-1878), Marcin Odlanicki Poczobutt (1728-1810).

Además de personas competentes que dieron y siguen dando lustre a la ciencia astronómica, la Iglesia ha contado y sigue contando con equipo material de primera calidad para esos mismos efectos. Hay que decir al respecto que uno de los observatorios astronómicos más antiguos del mundo es el Observatorio Astronómico o Telescopio Vaticano, que depende directamente de la Santa Sede.

“Su origen se remonta a la segunda mitad del siglo XVI, cuando en 1578, el papa Gregorio XIII hizo erigir en el Vaticano la Torre de los Vientos y encargó a los jesuitas astrónomos y matemáticos del Colegio Romano que preparasen la reforma del calendario promulgada después en 1582. Desde entonces, la Santa Sede no ha cesado nunca de manifestar el propio interés y apoyo a la investigación astronómica. Esta antigua tradición alcanzó su cénit en el siglo veinte con las investigaciones realizadas en el Colegio Romano por el famoso astrónomo jesuita, padre Angelo Secchi, que fue el primero en clasificar las estrellas según sus espectros. A partir de esta larga y rica tradición, León XIII, (…) fundó el Observatorio de la colina vaticana, detrás de la Basílica de San Pedro.”

Sitio del Estado de la Ciudad del Vaticano

Además, en 1981, el Observatorio Vaticano fundó un segundo centro de investigación, el Vatican Observatory Research Group (VORG) en Tucson, Arizona. Y en 1993 el observatorio, en colaboración con el observatorio Steward, concluyó la construcción del Telescopio Vaticano de Tecnología Avanzada (VATT), el mejor sitio astronómico de Norteamérica.

En suma: sin el aporte –durante siglos– de los sacerdotes católicos astrónomos (que se cuentan, solo los más relevantes, por decenas), y sin el mecenazgo de los soberanos pontífices, esa ciencia no sería lo que ahora es. Un último ejemplo que había dejado en el tintero es el del sacerdote jesuita Monseñor Georges Henri Joseph Édouard Lemaître (1894 -1966), creador de la teoría del Big Bang (en la foto abajo).

Según John L. Heilbron, a quien ya citamos más arriba:

“…La Iglesia Católica ha dado más apoyo financiero y social al estudio de la astronomía por más de seis centurias, que ninguna otra institución en el mismo tiempo, y, probablemente, que todas las instituciones juntas; esto ha sido desde la Baja Edad Media hasta la Ilustración”

Pero, ¿a qué se debe este curioso romance entre la Iglesia Católica y esta ancestral ciencia? Yo diría que se debe a tres razones…

Continuará…

2 comentarios leave one →
  1. 19 marzo, 2012 1:37 AM

    Galileo est vulnerati sed non mortuus. Historia est mendax, pater scientia vivit

    Gracias, JC, por conducirme por los intrincados laberintos de la historia de Historia Medieval, mal llamada Edad de Las tinieblas, y que ahora comprendo por qué se le debe llamar correctamente la Era de la Cristiandad, ya que fueron incontables los aportes al progreso cientifico por parte de la Iglesia y sus sacerdotes.

    Te confieso que tu discurso me ha limpiado de algunas telarañas mentales (no todas), y de mitos históricos dogmáticos, y de idolos modernos. Entre ellos, uno a quien tu describes como “un famoso, vanidoso y mentirosito físico-matemático llamado Galileo Galilei”, y quien además, afirmas tú, se robó el recién descubierto telescopio, y se atribuyó falsamente su invención.

    Pienso que Galileo esta herido, pero no de muerte. La historia miente, porque el padre de la ciencia y su legado vive. O el mito es indestructible, o me niego a aceptar la hora de la verdad, o tal vez estoy “brain-washed” por los cuentos de Hollywood. Sea lo que fuere, estoy dispuesto a defenderlo ante la Santa Inquisición.

    Sin embargo, más importante que el escándalo sobre el juicio de Galileo, fue la influencia determinante de la Iglesia en la revolución científica que culminó con la creación del método científico, tal como lo expresó el historiador John L. Helibron:
    “Qué ironía… La Iglesia Católica, con su aparente actitud retrógrada frente el heliocentrismo, de hecho nutrió a un poderoso y emergente método cíentífico.”

    El método científico es la brújula de todo investigador serio que navega en el insondable océano del universo. Sin él, el científico se convierte en un ciego más tratando de describir a un elefante, como se menciona en el relato de la parábola que tu citaste.

    Al referirse al método cientifico y a su propia experiencia, uno de los grandes científicos de todos tiempos, Albert Einstein, declaró:

    “No existe una cantidad suficiente de experimentos que muestren que estoy en lo correcto; pero un simple experimento puede probar que me equivoco…Desearíamos que los hechos observados resultaran consecuencia lógica de nuestro concepto de la realidad. Sin la crencia de que es posible asir la realidad con nuestras construcciones teóricas, sin la creencia en la armonía interior de nuestro mundo, no podría existir la ciencia. Esta creencia es, y será siempre, el motivo fundamental de toda creación científica.”

  2. Francisco Enlace permanente
    31 marzo, 2012 1:03 PM

    Me queda la Duda en relacion a Giordano Bruno!¿Que paso ahi?

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