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No Arroyo, sino Mar

16 enero, 2012

Contenidos

  1. La Guerra de los Treinta Años
  2. La primogénita de la Iglesia y el “mejor” clavecinista del mundo
  3. Los restos del Sacro Imperio Romano Germánico
  4. Un arroyo en Sajonia
  5. El duelo

Luis, el Gran Condé

La Guerra de los Treinta Años

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“Sta, viator, heroem calcas”
…susurró el jovencísimo Principe de Condé, el jueves 3 de agosto de 1645, mientras leía el epitafio que había mandado a elaborar para darle cristiana sepultura a su enemigo mortal, recién caído bajo su yugo en sangriento y desesperado combate. Cesada la batalla de Alerheim en donde los franceses vencieron a las tropas del Sacro Imperio Romano Germánico, el odio empezó a aplacarse y se dio paso a las virtudes caballerescas. Se rindió honores fúnebres a quien horas antes buscaba la destrucción del otro, y vencedores y vencidos se esforzaron en ver –por fin en medio de los Responsa– un poco de bien en medio del mal. Un acto de nobleza que en la actualidad –y en países como el nuestro, El Salvador– podría resultar incomprensible.
Setecientos años de vigencia de la cristiandad dieron un giro irreversible de 180 grados cuando la crisis del siglo XV cristalizó en la revolución religiosa de Martín Lutero, evento anticipado y preparado por la decadencia del secularmente fructífero ejercicio filosófico clásico y –ya lo hemos dicho muchas veces– por las tristes consecuencias de la Peste Negra del siglo XIV.

A partir de 1547, las diferencias religiosas irreconciliables entre católicos y protestantes despertaron animadversiones políticas de tal calibre que Europa se convirtió campo de batalla de innumerables guerras convencionales y civiles durante los siguientes cien años. La última de esa serie de conflagraciones fue la Guerra de los Treinta Años (1618-1648).

Durante tal guerra –y desde antes– la católica familia de los Habsburgo, a través de sus dominios (El Sacro Imperio Romano Germánico y la Corona Española) intentó vanamente preservar la Cristiandad tal y como había funcionado hasta hacía unas décadas. Fue un esfuerzo heroico, pero vano, en la medida en que lo que no nació por las armas no podía mantenerse con vida sólo en virtud de ellas.

Plano de la batalla de Alerheim en la Guerra de los Treinta Años

Aún así, gloriosos guerreros de uno y otro bando daban sus vidas en el holocausto de la batalla o de la traición. Colosos guerreros como Tilly, Gustavo Adolfo, Von Mansfeld, Wallenstein… escribieron, con sus tropas, legendarias historias de guerra que –a la distancia de siglos– me fascinan.

Franz Von Mercy, una de las últimas espadas notables del Imperio

Una de las últimas espadas verdaderamente notables del Sacro Imperio Romano Germánico –el hasta en ese entonces casi imbatible Franz Freiherr von Mercy– cayó como gigante en la batallla de Alerheim, una de las más sangrientas de la guerra (8,000 bajas en ambos bandos). Su epitafio, puesto por su némesis victorioso, el Príncipe de Condé, en las cercanías del campo de combate, tiene grabado: Sta, viator, heroem calcas” (Detente viajero: estás pisando las cenizas de un héroe). Este acto de magnanimidad, grandeza y cortesía caballerescas hacia un enemigo situado en las antípodas de sus convicciones, marca el inexorable declive de la familia Habsburgo y el final de Europa tal y como había sido en los últimos setecientos años.

Estos actos de caballerosidad son impensables en nuestro ambiente en donde no se le da descanso al odio. Es como si una comitiva de ex-comandantes del FMLN (la ex-guerrilla marxista salvadoreña) fuese a rendir homenaje a la tumba del Coronel Domingo Monterrosa (el jefe militar más destacado de la contra-insurgencia) o que el Estado Mayor de la Fuerza Armada Salvadoreña le levantara un monumento en la Escuela Militar a Schafick Handal (ex-comandante del FMLN y Secretario General del Partido Comunista). Y no perdamos de vista que en las guerras, los abusos y excesos son –en la práctica– omnipresentes: Franz von Mercy, no era ningún angelito  y sus desmanes (así como las de muchos guerreros adversarios suyos) en contra de  la población no combatiente deja a los abusos de nuestra guerra civil salvadoreña como eventos menores. Pero eran otros tiempos en los que el odio era sólo un indeseable y violento exabrupto que se buscaba aplacar en cuanto se podía. Hoy tiene carta de ciudadanía y nos hemos dejado persuadir de que el odio es una hoguera a la que hay que mantener crepitando.

Varias fueron las consecuencias del triunfo Francés en la Guerra de los Treinta Años (Francia siendo católica, la “primogénita de la Iglesia”, combatió en contra del bando católico: las lecciones de Felipe IV el Hermoso llevadas un paso más allá). Luego de los tratados de Paz de Westfalia que le pusieron fin a la guerra en 1648, la religión dejó de ser el telón de fondo (ya nada estético) del ejercicio de la política, dando lugar al nacimiento del estéril nacionalismo y del insaciable absolutismo. Fue también un empujón decisivo a la progresiva descristianización de Europa, proceso que prácticamente finalizó –cinco siglos después– luego de la Segunda Guerra Mundial, al punto que asistimos –en la actualidad– a una Europa poscristiana.

Sin embargo, esa progresiva descristianización era, en ese entonces, sólo emergente: tuvo que convivir –un par de siglos– con los restos de la devoción popular e institucional que, aún desintegrándose, sobrevivió un tiempo más.

Palacio de Versailles, centro de irradiación de la Grandeur Française

La primogénita de la Iglesia y el “mejor” clavecinista del mundo

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Paradójicamente en Francia, esta devoción cristiana superviviente se vio fortalecida temporal y artificialmente por la disolución de la Cristiandad. El Estado, bajo la férula absolutista de los reyes borbones (el sueño incumplido de Felipe IV el Hermoso), sometió casi completamente a la jerarquía de la Iglesia Católica a su poder político, dando nacimiento al galicanismo, doctrina bajo la cual -en resumen- los obispos franceses le debían más lealtad al soberano francés que al Papa en Roma.

JC Conde de Orgaz al pie de una estatua ecuestre de Luis XIV en el Louvre

Bajo la sombra del galicanismo brotaron insospechados -aunque a veces intrigantes y estéticos- despliegues de misticismo y de devoción (el Jansenismo que pregonaba que la salvación divina era sólo para arrogantes privilegiados; la pasividad quietista, inmóvilmente inquieta por no espantar la presencia de Dios y el pragmático probabilismo voluntarista jesuítico). Bossuet (el águila de Meaux) y Fénelon (el Cisne de Cambrai), finos e ilustradísimos eclesiásticos con casi celestiales virtudes oratorias y casi angélicas habilidades literarias, marcaron definitivamente esta época de Grandeur francesa.

De hecho los borbones en general y Luis XIV (el rey sol) en particular trabajaron para hacer de esta Grandeur Française algo realmente luminoso en todos los ámbitos (para que aprendamos que también las cosas malas como el nacionalismo, pueden engendrar –per accidens– cosas buenas): casi todas las ramas del saber encontraron en sus soberanos franceses unos mecenas espléndidos.

Una de las beneficiadas por esta explosión del refinamiento galo fue la música. Surgió así la facture classique française, dos escuelas musicales de gran calidad, una para el órgano y otra para el Clavecín (un instrumento de teclado parecido al piano pero que en lugar de producir sonido por el golpe a sus cuerdas, lo produce mediante la pulsación -estirar y soltar- que una especie de clavito hecho de pluma hace de las mismas, a modo de harpa o guitarra). Un clavecín suena así:

Luis Marchand

Una pléyade de organistas y clavecinistas brotó en Francia dándole más fulgor al siglo XVIII. En la cima de esta constelación centelleaba Luis Marchand, talentoso organista y clavecinista que había conseguido su bien labrada reputación de ser el mejor clavecinista del mundo al haz de la corte real francesa, para quien trabajaba.

Cuentan que Marchand, habiéndose separado de su esposa, fue conminado por el Rey Luis XIV a darle a ella la mitad de sus ingresos para su manutención (una especie de descuento forzoso que le hacía ver, el día del cobro, sólo la mitad de su salario). Pues, consciente de su valía y haciendo gala de la arrogancia que nunca le abandonó, en 1713 (65 años después del final de la Guerra de los Treinta Años) mientras dirigía la música en medio de una Misa con la Chapelle Royale (una especie de orquesta instrumental y coral al servicio del Rey para la música sagrada de los eventos religiosos a los que asistía su Majestad), en presencia del Rey y a la mitad del oficio religioso, Luis Marchand dejó de diirigir, se volteó hacia el Rey y le dijo:

Si su majestad cree que mi mujer debe quedarse con la mitad de mi salario, este es el momento de llamarla a ella para que termine de dirigir esta obra...”

…y se retiró de la iglesia. Por lo que se ve, las excentricidades de las celebridades tienen añejos antecedentes históricos.

Los restos del Sacro Imperio Romano Germánico

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Esa legendaria institución concebida en el año 800 con la coronación de Carlomagno, dada a luz en el año 962 y bautizada como tal en 1157, estaba llamada a reeditar el papel del antiguo y original Imperio Romano en un ambiente cristiano. Nunca lo logró del todo y, a mi juicio, durante la época de la cristiandad, jugó un papel tan deplorable como alegre. Sin embargo estimo que en su tercera edad (a sus setecientos años), durante la guerra de los Treinta Años, cual canto del cisne, “lavó sus culpas” demostrando cómo caen en batalla los caballeros cristianos.

Luego de los Acuerdos de Westfalia, que pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años, en 1648, el Sacro Imperio Romano Germánico -derrotado por Francia y sus “mosqueteros”- fue transformado en un inofensivo espectro sin poder alguno. Le sustituyó una miríada de ducados y principados alemanes, sin conexión entre ellos y en donde cada reyezuelo podía imponer a sus súbditos la religión de la preferencia de “Su Alteza” (Cuijus regio, ejus religio).

El Duque Federico Augusto de Sajonia –uno de esos principaditos– era luterano (aún cuando en su acmé se convirtió a la Fe Católica), así que sus súbditos crecieron, nacieron y murieron en un remanso luterano (los pocos católicos que habían sobrevivido no tenían derechos civiles ni políticos). Con su capital en Dresden, Sajonia era iluminada por la sapiencia de siglos de la ciudad de Leipzig que con su Alma Mater Lipsiensis irradiaba sabiduría y estudio a los burgos cercanos.

La familia Bach

Un arroyo en Sajonia

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En una de esas barrocas ciudades nació, creció y murió un señor humilde, piadoso, sencillo y discreto, amante de su esposa y con decenas de hijos a los que mantener, para lo cual se dedicaba –sin ningún afán de protagonismo– profesional y ordenadamente a lo que su familia se había dedicado con naturalidad desde antaño: la música.

Por designios sutiles e inescrutables de la Providencia, en medio de su gris disciplina propia de un burócrata o de un Kant (que al igual que él nunca salió de su provincia) emergió -sin aspavientos y sin glorias terrenas- una de las cimas más notorias y monumentales de la civilización.
El señor en cuestión era un organista llamado Johann Sebastian Bach (Juan Sebastián Arroyo), nada acostumbrado al oropel de las adulaciones interminables e infaltables en la vida del soberbio de Louis Marchand, “el mejor clavecinista del mundo”
Llegando a sus oídos que en esos “pobres” ducados había un singular y oscuro clavecinista e intérprete apellidado “Arroyo” (Bach, en alemán), Louis Marchand –movido por su vanidad profesional– le retó a un “duelo musical”. Los duelos musicales solían hacerse en el marco de una fiesta de la nobleza local y consistía en darle a los competidores un “tema” (secuencia de notas sencilla) para que los duelistas improvisaran a su alrededor para emocionar a los invitados (tragos en mano claro está). Los aplausos de los asistentes solían definir al ganador.

El Conde von Flemming, anfitrión de la justa musical entre Bach y Marchand

El duelo se realizaría en Dresden y hacia allá viajó Louis Marchand en busca de baños de gloire en septiembre de 1717. Se alojó en las habitaciones de la elegantísima casa del Conde Jacob Heinrich von Flemming (a la sazón, primer ministro del ausente Duque de Sajonia) en cuyos jardines barrocos iba a tener lugar la fiesta.

La personalidad de Marchand lo traicionó, y discretamente se asomó al salón en donde Bach –a quien no conocía– practicaba para la “justa”. Pegando su oreja al grueso portón escuchó lo que parecían ser sobrenaturales dedos deslizándose por los dos teclados (los clavecines tenían dos teclados a veces) y que sonaban así:
Le bastaron unos segundos de “espionaje” para que -enfrentando la posibilidad de una humillación pública- se llenara de pavor. No en balde era “el mejor clavecinista del mundo”: supo identificar en segundos a quien era sustancialmente mejor que él.

El duelo

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Esa tarde –los fuegos artificiales estaban listos y el licor ya circulando entre los tempraneros invitados– los ánimos estaban expectantes frente a lo que prometía ser una velada magnífica: dos grandes intérpretes aseguraban que las ciento y la madre de pelucas empolvadas, corsés y medias se iban a entretener de lo lindo.

Algunos tenemos una idea equivocada de los conciertos de esa época, pues pensamos en ellos como hemos visto a los contemporáneos en la televisión o en las actuales salas de concierto: un público pétreo e inexpresivo esforzándose en mantener un silencio absoluto sin el cual la obra interpretada “sería un desastre”. Prohibido hablar, prohibido fumar, prohibido aplaudir, prohibido moverse, prohibido sacar a la luz emociones. Como un museo de cera fantasmagórico frente a un músico absorto en sí mismo.

Jardín Barroco


Todavía en la época barroca y en el temprano clasicismo que le sobrevendría, la realidad de los conciertos era otra. La gente se divertía y luego, oía la música, cuya finalidad era divertirlos más aún. Eso excluía de plano artificiales hieratismos a los que ahora algunos se han acostumbrado a fingir. Los oyentes conversaban, bebían, fumaban, reían aplaudían, y gritaban mientras el Maestro los deleitaba con una música que tal vez hoy nos suena demasiado tranquila, pero que en esos entonces se percibía como emocionantísimo concierto de rock.

Monsieur Marchand ha abandonado el Palacio susurró el maestresala al Conde von Flemming en un acercamiento al oído que no fue más que el fuego inicial en el polvorín del rumor. ¡Marchand ha huido!, “¡El duelo no tendrá lugar! Las reacciones de desánimo entre las damas cortesanas y sus acompañantes masculinos tenían una clara explicación: era como si asistiéramos a un concierto de Iron Maiden y de pronto nos notificaran que el colosal grupo se ausentó inesperadamente y tendremos que conformarnos con los teloneros.

Eso era Arroyo (Bach, en alemán) para sus contemporáneos, en ese entonces y durante toda su vida: un telonero. Más reconocido por sus notables virtudes de intérprete que como el grande y prolífico compositor que fue.

Sólo el alcohol, el ambiente, y las oportunidades de ascenso social que significaba tan lujosa reunión impidieron la huída apresurada de los convidados, pero la depresión y el aburrimiento empezaron –casi de modo mágico– a desvanecerse. Bach, sin humillarse en medio del pensamiento de que Marchand terminó considerándolo indigno de batirse contra él, hizo aquello que podía: estructurar música. Y, en el clavecín, improvisó (10 segundos de audio):
Y continuó improvisando como sólo Arroyo podía hacerlo: magníficamente (54 segundos de audio).
Como sólo el más grande compositor –no del mundo– sino de todos los tiempos, podía hacerlo (38 segundos de audio).
Las conversaciones se transformaron en cuchicheos, los cuchicheos en modestos susurros, y los susurros en bocas abiertas y volteadas hacia él por doquier. Ese congelamiento espectral que hoy nos obligan a fingir en todos los casos, Arroyo (Bach) se lo ganó sin proponérselo, sólo pretendía dar un discreto fondo musical a sus decepcionados oyentes y anfitriones (41 segundos de audio).
Del silencio de asombro se pasó de inmediato a la euforia, los comentarios y conversaciones resurgieron con más ímpetu y el tabaco compitió con las luces festivales. Los aplausos no tardaron y se impusieron a los últimos minutos de su concierto improvisado.  (1 minuto y 9 segundos de audio).

Había nacido, al calor de la humillación y la desesperación, lo que unos años más tarde Arroyo (Bach) bautizara como Fantasía Cromática y fuga en D menor, o, en alemán, Chromatische Fantasie und Fuge D-moll, BWV 903. Veamos y escuchemos una versión  en clavecín:

Tal vez para comprender mejor la emoción que causó la primera vez (probablemente inexplicable para quienes todavía crean que la pieza es más bien aburrida), convendría que escucháramos esta versión en los dedos de Resonantdoghouse, un usuario de Youtube, con un bajo eléctrico.

Escuchar en esa ocasión a Bach debió haber sido análogo a escuchar por primera vez un solo de guitarrra eléctrica de Jimi Hendrix.

Nunca le negaron el aprecio sus contemporáneos, pero sí la gloria debida a su maravillosa grandiosidad. Y lo ilustrativo del caso es que él no pareció echarla de menos, siempre fue sólo un sencillo trabajador que terminaba todas sus partituras con el lema:

Soli Deo Gloria

Sólo a Dios la Gloria

Fue hasta muchos años después de que falleciera, que los grandes músicos empezaron a revelar la deuda que le tenían. Beethoven dijo en su momento:

Bach no debió llamarse Arroyo, sino Mar…

Beethoven

Pueden, si gustan escuchar la Fantasía Cromática y fuga en D menor BWV 903, completa y de corrido aquí: (12 minutos y 15 segundos de audio).

FIN

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14 comentarios leave one →
  1. 7 febrero, 2009 6:04 AM

    Mi estimado JC:
    Un muy interesante post de alguien que sin duda siente pasión hacia la música y hacia la historia.Que original manera de ligar la historia con la música y de paso mostrarnos la importancia de ciertas virtudes como la humildad y el trabajo.Sin humildad es difícil superar nuestras limitadas facultades y destrezas.
    Saludos

    • 16 enero, 2012 7:14 AM

      @Leo:
      “…Sin humildad es difícil superar nuestras limitadas facultades y destrezas…”
      Es una gran verdad de la que Bach, como dices, dió lección.Qué bueno que te gustó
      Gracias y saludos

  2. 7 febrero, 2009 6:53 AM

    Vaya, JC. De verdad me encantó este post, interesantísimo. He aprendido un montón, ¡gracias! =D
    Sé feliz

    • 16 enero, 2012 7:14 AM

      @Lynee
      Gracias, Lynee. Me alegra que te haya gustado
      Sé feliz tú también

  3. 7 febrero, 2009 4:02 PM

    Mi Conde, Mire ve le bua preguntar. No, es comentario y pregunta.
    El Mentado Bach, {y corrijame} ese instrumento que el toca que no se llama El clavecín y el organo tubular bueno eso ya no es usado en la musica clasica si??En el PBS, show Great performance 1 ves por semana hay conciertos y en todos estos años yo nunca he visto y oido ese instrumento.
    Oyga ………Con respecto al mentado Conde y su epitafio creo {y perdon} usted no explica como en esos tiempos tan polarizados por religion alguien de esa alcurnia se tomaria su tiempo en “honrar” al Enemigo con un epitafio tan “Talegon”
    Hay disculpe que yo sea pregunton es que le pongo atencion a sus post.
    hey hay me responde.
    Le gusto la chevechita FRANSISKANER, que le di??

    • 16 enero, 2012 7:16 AM

      @Garrobo:
      “…El clavecín y el organo tubular bueno eso ya no es usado en la musica clasica si??…”
      Bueno… De hecho, música académica ya casi no se compone (buena, me refiero) y el clavecín ha sido sustituido por el piano (incluso para interpretar obras como las de Bach creadas para clavecín) y a mí, en lo personal, no me gusta esa sustitución. También es cierto que muchas grabaciones de estas obras utilizan el clavecín para recrear el modo original en el que sonaban.
      Los órganos de viento han quedado sólo en las Iglesias que es en donde – a veces– ejecutan las interpretaciones de obras hechas para ese instrumento. Ambos instrumentos han quedado como piezas arqueológicas que sólo se usan en esos casos
      “…como en esos tiempos tan polarizados por religion alguien de esa alcurnia se tomaria su tiempo en “honrrar” al Enemigo con un epitafio tan “Talegon”…”
      La Iglesia Católica hizo mucho desde el siglo IV para atemperar las guerras y establecer códigos de caballería que perduraron hasta principios del siglo XIX (para ser más puntuales hasta 1806).
      Desde entonces, habiéndose acabado el influjo de la religión en la cultura y en la política, la guerra volvió a ser el monstruo desatado que había sido en la antigüedad.
      Tus preguntas y tus aportes enriquecen el blog, Garrobo, pero más cuando no estamos de acuerdo.
      Saludos y gracias por venir

  4. 16 enero, 2012 10:14 PM

    Gracias por otra pieza histórico-musical de alto rango JC, es intersante advertir que mientras la Guerra de los 30 años se desarrollaba en Europa, en América los españoles se afanaban haciendo su agosto con los nativos del nuevo mundo masacrándolos a diestra y siniestra, y aquí sin ningún asomo de caballerosidad y reconocimientos para los caídos. Hasta donde yo sé, Cortés nunca le rindió homenajes a Moctezuma ni menos a Cuahutemoc. Utilizó la traición, la manipulación de las diferencias entre las tribus nativas, y la trampa para exterminar a los aztecas.

    En cuanto al FMLN y el ejército regular de El Salvador, aquí no cabían las frase de elogio, primero porque ninguno ganó la guerra, segundo porque ambos bandos representaban intereses ajenos a sus propias presencias, ni Handal ni Monterrosa hubieran llegado a ser reyes de El Salvador con eventual un triunfo militar.

    Por otra parte, modernamente las leyes de la guerra han cambiado, Muzolini, Hitler, Hussein, Gadhafi, nunca oyeron un homenaje ni creo que tengan una tumba con célebres epitafios.

    Sin embargo el valor histórico de tus pieza y la transición hacia la extraordinaria secuencia musical, y la anécdota del duelo Marchand-Bach, son invaluables.

    Gracias por siempre tenernos cultivados con tus discursos JC☼

    • 17 enero, 2012 9:31 AM

      Gracias por tus palabras Fredy. Sabés que es un gusto tenerte por acá.

      Pasemos a explayarnos en los desacuerdos:

      Dices: “…mientras la Guerra de los 30 años se desarrollaba en Europa, en América los españoles se afanaban haciendo su agosto con los nativos del nuevo mundo masacrándolos a diestra y siniestra…”

      Si te refieres a la guerra de conquista debo señalarte que ocurrió 100 años antes de la guerra de los treinta años, no fueron, ni de lejos simultáneas. Conquista (1492-1540 aprox); Guerra delos Treinta años: (1618-1648). Para el siglo XVII en América Hispana reinaba la paz y abundantes aspectos de la vida cultural y económica crecían de modo sólido (ya se habían fundado universidades, como por ejemplo la “Real Universidad de la Ciudad de los Reyes” en Lima fundada en 1551 y la “La Universidad de Santo Tomás de Aquino” en la Española fundada en 1558).

      Además en esa época estaban vigentes las Leyes de Indias que precisamente fue la legislación que posibilitó el ponerle freno a los abusos de la guerra de conquista y que le garantizó a los nativos sus propiedades (que llegaron más o menos incólumes hasta la independencia) así como una considerable autonomía en la gestión de sus asuntos políticos. Todos estos logros conseguidos durante la colonia, por supuesto que fueron hechos polvo una vez llegó la independencia por mano de los liberales, pero eso es harina de otro costal.

      En la guerra de conquista americana se mató de “diestra a siniestra” como dices, al igual que en todas las guerras, pero una vez termina, se trata, en la medida de lo posible que las aguas vuelvan a su cauce. El odio merece un descanso

      Dices: …sin ningún asomo de caballerosidad y reconocimientos para los caídos (…)Hasta donde yo sé, Cortés nunca le rindió homenajes a Moctezuma ni menos a Cuahutemoc…”

      Vamos por partes:

      1) Moctezuma era amigo de Cortés hasta que aquél expiró y murió de manos de sus propios súbditos mexicas.

      2) Cuando después de resistir en Tenochtitlán hasta el extremo, Cuahtemoc intentó huir, fue capturado por los españoles ¿Qué hicieron? ¿Lo ejecutaron? No. Depusieron temporalmente el odio y –a pesar de que Cuahtemoc les pidió que lo asesinaran– le conservaron no sólo su vida sino sus títulos políticos. Tampoco se le obligó a aceptar le Fe Católica, ojo. (Se le ejecutó, años más tarde, por una conspiración que se le acusaba estaba fraguando)

      Pues seguramente no se trata de levantarles un monumento, pero son trazos de que el odio, al deponerse las armas, puede ir menguando.

      Dices: …Utilizó la traición, la manipulación de las diferencias entre las tribus nativas, y la trampa para exterminar a los aztecas…”

      Hablé de esto, con un detalle que no puedo permitirme en este comentario, aquí:
      Los Césares Americanos

      Dices: “…En cuanto al FMLN y el ejército regular de El Salvador, aquí no cabían las frase de elogio, primero porque ninguno ganó la guerra…”

      Eso no es ninguna excusa para perpetuar el odio y el resentimiento. Las guerras casi nunca las “gana” nadie. Rendiciones incondicionales como las de las últimas dos guerras mundiales son inusuales y lo único que hacen es agravar el odio. Lo habitual es que se llegue a unos acuerdos mínimamente aceptables para ambas partes (aún cuando una de ellas haya adquirido la hegemonía). Eso fue lo que ocurrió en la Guerra de los Treinta Años (Acuerdos de Westfalia) y también en la Guerra Civil de aquí (Acuerdos de Chapultepec)

      Dices: “…aquí no cabían las frase de elogio (…) segundo porque ambos bandos representaban intereses ajenos a sus propias presencias, ni Handal ni Monterrosa hubieran llegado a ser reyes de El Salvador con eventual un triunfo militar…”

      Tampoco es excusa para alimentar sin darle descanso la hoguera del odio y de la venganza. El Príncipe de Condé y Franz Von Mercy también “representaban intereses ajenos a sus propias presencias” (para usar tu expresión) ni el Principe de Condé ni Franz Von Mercy “hubieran llegado a ser reyes con un eventual triunfo militar”. Ellos hacían la Guerra para otros (Uno para el Rey de Francia y el otro para el Emperador). Así que la cortesía y la caballerosidad siempre tienen cabida, a menos que obsecadamente se les niegue

      Dices: “…Por otra parte, modernamente las leyes de la guerra han cambiado, Muzolini, Hitler, Hussein, Gadhafi, nunca oyeron un homenaje ni creo que tengan una tumba con célebres epitafios…”

      No es que las “Leyes de la Guerra” hayan cambiado. Es que se han desintegrado por completo y sólo sobrevive la venganza del ganador. ¿Quién juzgó a los que ordenaron el bombardeo de la ciudad de Dresden? ¿Quién juzgó a los que –obedeciendo órdenes– masacraban a los náufragos japoneses? ¿La bomba de Nagasaki? etc. etc. Esas justicias “ex-post” sólo son venganzas unilaterales que nada tienen que ver con la justicia diadeveras (que debe ser igual para todos). Hoy ya ni se respeta al adversario muerto, se le orina encima. Hoy ya no tenés que arriesgar tu vida, mandás un drone y se acabó. Hoy ya no te tomás el riesgo de que el otro se defienda, te dejás ir con el avión y todo y caés sobre un edificio lleno de gente indefensa. Hoy ya no le perdonás la vida a tu enemigo y le guardás sus títulos políticos: lo llevás a la horca (Saddam) o lo sodomizás y lo asesinás in situ (Gadhafi)…

      Pero el hecho de que las Leyes de Guerra estén desintegradas no es excusa para perdonar la ausencia de detalles y gestos que demuestran el aplacamiento del odio… al contrario. Hoy esos gestos y esas actitudes son más necesarias que nunca.

      Saludos Fredy

  5. Rocio Maravilla permalink
    17 enero, 2012 6:46 PM

    Una vez mas Jc te has lucido con tu publicación, me parece interesante la combinación que haces entre ideologías religiosas, intereses politicos y la musica con el gran maestro Bach, lo que no concibo desde ningun punto de la historia es la manipulación de creencias, con el fin de mover a la gente hacia masacres, muertes, y violencias por años, nuestro país se desgasto con los 12 años de guerra civil, ahora no digamos en Eurpa 30 años, de muertes, y destrucciones, sí en nuestro país, seguimos arrastrando secuelas de una guerra civil y ahora nos pasamos a una guerra social, nos queda grande decir que vivimos en paz, cuando lo que se vive es una sosobra y una incertidumbre hacía los problemas de violencia; es demas decirte que al comparar a los representantes militares, no viene al caso rendir homenajes, el uno al otro, cuando entre ambos bandos lo que existe es un repudio y rechazo, y en estos momentos de elecciones es cuando más se acrecentan esos sentimientos, que al final generan mas violencia, creo que los 75,000. muertos y los mas de 10,000 desaparecidos, se van a quedar cortos si sumamos todos los muertos que año con año se podrían sumar en estos 20 años despues de los acuerdos de paz, cada día pasan masacres, muertes atroces, y el problema puede radicar que nos estamos acostumbrando a que eso pase día con día; pero cambiando de tema tú ubicas nuevamente al gran maestro Bach en la historia, como un artista humilde y sencillo que una vez más sobresale galantemente ante otro gran compositor que al pedir un reto o duelo sale sorprendido por el talento y habilidad de este artista, lástimosamente hasta despues de fallecido se reconoce su innato talento natural, ahora bien sorprendente como una pieza de el maestro Bach, es interpretada en un instrumento musical moderno, encontrando siempre la esencia y talento músical, y es que la música no tiene límites de tiempo, no tiene fronteras, y siempre cautivará a los que tenemos buen gusto por la música!!! Saludos Jc gracias por compartir tu publicación.

    • 20 enero, 2012 2:05 PM

      Gracias por comentar, Rocío. Te lo agradezco mucho.

      Comparto tu visión negativa de la guerra. Sin embargo, creo que cuando estamos muy involucrados con nuestras vivencias y emociones en los acontecimientos, es mucho pedirnos que los veamos con desapego y objetividad. Ese desapego y objetividad le queda a los futuros historiadores que, cuando las generaciones que vivieron la guerra ya no estén, puedan analizarla con desapasionamiento.

      Mientras tanto, creo que ese negro panorama pudo haberse matizado, pudo hacerse menos cruel, pudo dar pie a actitudes más tolerantes (de ambas partes). Y ahora que ya cesó la guerra, todavía hay espacio para esas actitudes. Sé que no son fáciles, pero sigo pensando que hay espacio.

      Gracias por venir, Rocío. Por lo demás estamos, de nuevo, de acuerdo. Eres muy fina por leernos y comentar.

      Saludos

  6. 20 enero, 2012 3:05 AM

    Muy, muy interesante tanto la historia como el enfoque que le das. Te he descubierto a través de Embajador en el Infierno y, con tu permiso, me voy a dar una vuelta sin prisas por tu blog. Un saludo.

    • 20 enero, 2012 2:36 PM

      Pasa, pasa… estás en tu casa. El Embajador es muy condescendiente y amable al recomendar de vez en cuando alguno de mis artículos. Es una gran persona a la que apecio mucho (sin conocerlo de “verdad”). Ya leí tu último artículo y me gustó bastante. Creo que te pondré en mi blogroll.
      Saludos,
      JC

  7. 22 enero, 2012 9:53 PM

    JC:
    No ha sido hasta hoy que pude sentarme y disfrutar de esta lectura. Días atrás he luchado con el internet para poder completar esta lectura, pero se me hizo imposible. Bien sabes que lecturas como esta son para saborearse con tranquilidad, y ha sido hasta hoy que lo he logrado.

    Ya había escuchado antes esta anécdota de Bach, de otras formas y colores, pero con el mismo mensaje: la presunción sucumbiendo ante el talento y la humildad. Bach es uno de mis favoritos.

    En cuanto a la primera parte de tu post, no me extraña la cultura de nuestra clase política, ésta que debería estar destinada no solo a gobernarnos, sino a educarnos y orientarnos con los valores más elevados del hombre. ¿No sería mejor que los historiadores nos metiéramos a la política?

    Un abrazo enorme.
    P.D. Le mando una invitación especial a su perfil de face. Espero asista.
    R.

    • 22 enero, 2012 10:06 PM

      Sí, es una pena que yo no tenga la virtud de la brevedad (por eso es que twitter y yo estamos enojados uno con el otro). Pero qué bueno que encontraste un hueco para hacerme larga compañía en estas pláticas de cantina.

      Preguntas: “…¿No sería mejor que los historiadores nos metiéramos a la política?…”

      Jajaja No creo que sea buena idea. Nos quedaríamos sin Historiadores y con muy poquitos, demasiado poquitos políticos.

      Recibí tu invitación, te la agradezco (me hace falta salir). Lamentablemente no creo que pueda asistir pues fíjate que entre mis últimas obligaciones familiares está la de cuidar a una tía mía (que tiene 84 años) y que sufrió un accidente cerebro-vascular hace ya varios meses. Ha mejorado mucho, pero aún está afásica y hemipléjica y como podrás comprender no puedo dejarla sola. Así que últimamente me he visto constreñido severamente en mis movimientos.

      Pero, ya verás que no faltarán ocasiones en el futuro para que podamos conocernos en persona y departir con alguna cervecita (y si la crisis amengua, con un wiskyto barato).

      Un abrazo para ti también, Ricardo. Eres muy amable por venir y comentar.

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