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¿Interviene Dios en la Historia? Plan de un respondens

10 febrero, 2012

Contenidos

  1. Voltaire y Rousseau debatiendo sobre la Providencia Divina y el mal
  2. Los debates de oropel
  3. Las disputatio diadeveras
  4. Operatio sequitur esse
  5. ¿Puede demostrarse la existencia de Dios?
  6. Unde ergo sunt mala?
  7. Plan tentativo de mis respuestas a las objeciones de Fredy

Voltaire y Rousseau debatiendo sobre la Providencia Divina y el mal

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A las nueve y media de la mañana del día de Todos los Santos de hace 257 años, en Lisboa, mientras la inmensa mayoría de los habitantes se encontraba en las Iglesias escuchando la misa de precepto, un terremoto de 8.7 grados en la escala Richter que duró alrededor de cuatro o cinco minutos, hizo caer las bóvedas y las columnas sobre los feligreses.

Terremoto de Lisboa 1755

La urbe entera, la brillante capital de uno de los más grandes imperios ultramarinos de la época, colapsó. Seis maremotos se encargaron de reducir a lodo el polvo resultante. Hasta a las Antillas llegaron las olas que viajaban a 200 metros por segundo. Un incendio que duró seis días remató la debacle. Entre 60 000 y 100 000 fallecidos fue el saldo humano de la tragedia.

El mundo entero quedó consternado, y Voltaire, que dedicó su vida entera a destruir la religión católica a través de la parodia, la calumnia y el sarcasmo, aprovechó para cargar las tintas en un poema titulado: Poème sur le désastre de Lisbonne (Poema sobre el desastre de Lisboa) en donde, entre otras cosas, dijo rezumando burda ironía:

Dieu tient en main la chaîne, et n’est point enchaîné;
Par son choix bienfaisant tout est déterminé:
Il est libre, il est juste, il n’est point implacable.
Pourquoi donc souffrons-nous sous un maître équitable?
Voilà le nœud fatal qu’il fallait délier.

Dios tiene en su mano la cadena, y no está de ninguna manera encadenado;
Por su decisión bienhechora todo está determinado:
Él es libre, Él es justo, Él no es implacable.
¿Por qué entonces sufrimos bajo un Amo equitativo?
Ese es el nudo fatal que hay que desamarrar.

El poema es largo y –como digo– cargado de burlas y apenas disimulados escarnios en contra de la idea de un Dios bueno y providente, echándole en cara el dolor de los lisboetas. Ni un argumento, solo mofas, indirectas y desprecio disfrazados de “arte indignado”. Hasta Juan Jacobo Rousseau, que de creyente tenía lo que yo tengo de alemán, le respondió a Voltaire lo siguiente:

“Todos mis reclamos son en contra de vuestro Poema sobre el Desastre de Lisboa, porque esperaba efectos más dignos del amor por la humanidad que parecería habéroslo inspirado (…)

Cargáis de manera tal el cuadro de nuestras miserias que agraváis el sentimiento: en lugar de los consuelos que esperaría, vos no hacéis más que afligirme. (…)

No os equivoquéis señor, sucede todo lo contrario de lo que os proponéis. El optimismo que encontráis tan cruel me consuela, a pesar de todo, en los dolores que vos me pintáis como insoportables. (…)

¿Qué me dice vuestro poema? “Sufre para siempre infeliz. Si hay un Dios que te creó, sin duda es omnipotente, Él podría prevenir todos tus males; no esperes entonces que tus males terminen; pues no se sabría ver el por qué de tu existir si no es solo para sufrir y morir”. No veo como semejante doctrina pueda ser más consoladora que el optimismo y la fatalidad misma: confieso que vuestra doctrina me parece más cruel incluso que el maniqueísmo…”

Carta sobre la Providencia de Juan Jacobo Rousseau a Voltaire, 18 de agosto de 1756

Voltaire

Voltaire

Los señalamientos de Rousseau eran apasionados, pero aguados; sin embargo, Voltaire no contestó, no contrarreplicó. No era muy del estilo de Voltaire ése el de argumentar y contrastar sus dichos con la sana discusión. Su táctica era el panfleto incendiario, y la chanza deletérea.

Su legendario desprecio por la opinión de los demás le hizo inspirar y popularizar la manipulación de las emociones y de las bajas pasiones. De hecho, Voltaire, en ese sentido, fue el inventor de la propaganda moderna. Voltaire, más astuto que Rousseau, aunque menos constructivo, se llevó los aplausos irreflexivos pero emocionados de su audiencia, y podemos decir que “ganó” el primer debate ficticio de la época moderna.

Hace unos meses, en el discurso Salvam Fac Galliam IV, (pueden leerlo pulsando aquí) dije que creo que la Providencia Divina actúa, por lo general, de modo sutil y misterioso; y que la seguridad de que Dios interviene en la Historia de los hombres es una certeza mía también.

Jesús Alfredo Campos (Fredy Campos para sus amigos), uno de los lectores más antiguos de esta bitácora, y con quien nos unen fuertes lazos de respeto, amistad y aprecio, dijo no estar de acuerdo con eso, y escribió un artículo que pueden leer pulsando aquí (Artículo de Fredy Campos).

Me encantan los debates. El intercambio fructífero de ideas es lo más propiamente humano. La discusión es la mejor manera de aprender más, de profundizar en el conocimiento de las cosas y –cuando es el caso– de corregirnos a nosotros mismos. Es una pena que en la actualidad la palabra “disputa” esté cargada de connotaciones negativas que evocan pleito irracional, y defensa acérrima y emocional de prejuicios (en parte por la herencia Voltairiana). Por eso se huye indebidamente de la discusión como de la peste.

Y lo que sucede es que –por una diversidad de razones de las que hablaré oportunamente– hemos crecido en un ambiente marsh mellow que nos disuade de contrastar abiertamente nuestras opiniones con las de otros a la luz de la recta razón, a la luz de la lógica, pues nos hace considerar nuestras opiniones casi como absolutas e intocables.

Nos hemos nutrido de elementos intelectuales que, hostiles a la objetividad y a la realidad de las cosas, más bien nos hacen amantes de la propia subjetividad, de las propias emociones y gustos, amantes del sentimentalismo, del golpe de efecto, de la emoción y del gesto. Y, anclados en la propia subjetividad, no parece tener mucho sentido –por supuesto– debatir con los demás: ¡se corre el riesgo de que descubramos que no estamos en la razón!. La soberbia es la peor enemiga de la conversación, de la lógica y de la razón. Para debatir con fruto debo ser humilde: yo no hago la verdad, sólo la descubro, y en compañía de otros.

Los debates de oropel

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Pero se presenta la paradoja de que si bien el ambiente light de los dos siglos anteriores y de éste nos hacen alérgicos a los debates diadeveras, nos han hecho –como contrapartida– adictos a los debates de mentirijillas. El niño bienpeinadito y con corbatita se pone de pie sobre la tarima escolar e, impostando la voz, da un discurso pueril apoyando tal cosa; luego, un coetáneo suyo igualmente engomadito y disfrazado de señor, declama con toda clase de ademanes otro discursito sosteniendo una tesis distinta. Fascinados, los padres de familia aplauden a rabiar a su respectivo hijo, y los demás se inclinan por el niño más listín, por aquel que hizo su papel de adultillo de la manera más convincente, por aquel que nos arrancó el más largo awwwww. Ése es el “debate actual”: impresiones, estética, sensaciones y sentimientos, aplausos de la audiencia, lo que “más me gusta” gana.

Trasladen esa escena a un canal de televisión nacional con “líderes de opinión”, “analistas”, o “candidatos”, y no apreciaremos ninguna diferencia sustancial: impresiones, estética, sensaciones y sentimientos, golpes de efecto, gestos y aplausos. Talvez estemos más familiarizados con el debate de metirijillas versión Miss Teen Cacaopera (o Washington, no importa): las chicas desfilan, se muestran (cuantas veces sea necesario), se les cuestiona, vuelven a desfilar y se aplaude a rabiar: impresiones, estética, sensaciones y sentimientos, golpes de efecto, gestos, aplausos o mensajitos. O American Idol…

En los debates de mentirijillas que tanto nos gustan, y tanto dinero le da a los anunciantes, el que “gana” es el que habla más bonito, el que se exhibe mejor, el que logra concitar más adhesiones… El que más “nos llega”, el que más “nos suena”, el que más nos gusta.

Las disputatio diadeveras

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El debate diadeveras (“Disputatio” le llamaban los filósofos clásicos) es otra cosa. La disputatio seria es ajena al subjetivismo y a la autocomplacencia. Es el contraste humilde, riguroso, ordenado y lógico de planteamientos opuestos para dilucidar la verdad: y es necesario tener claro que no puede abordarse sin el deseo de aprender más de lo que uno ya sabe, ni puede hacerse tampoco sin contemplar la posibilidad de estar uno mismo equivocado.

Por eso los protagonistas de carne y hueso de un debate de verdad pasan a un segundo plano: lo que importa es la coherencia, la lógica y la verdad de sus ideas. En los debates de verdad, los “me gusta” o los “no me gusta” salen sobrando, pues las disputatio no se emprenden con el afán de “ganarle” al adversario y de adular a la audiencia, sino con el afán de salir de uno mismo y acercarse a la realidad de las cosas, nos sean desagradables o no.

Se plantea primero una cuestión Quaestio (en este caso es: ¿Interviene Dios en la Historia?) luego alguien plantea las objeciones –opponens– a la cuestión principal (es lo que hizo muy bien Fredy en su artículo); luego se desmenuzan y analizan esas objeciones con lo que se llamaba un respondens (que en este caso es lo que me toca hacer a mí); finalmente se llegaba a una conclusión (determinatio).

Ese contraste de tesis se hace a la luz de la razón para averiguar si cada uno de los dichos de los sustentantes es coherente con los demás elementos de su tesis, y si –a la vez– ese conjunto está indubitablemente unido a la realidad de las cosas, y si son compatibles con los primeros principios del pensamiento y de la realidad, a través de una cadena ordenada e invencible de silogismos.

Aristóteles

Por eso no hay que olvidar lo que nos decía el Estagirita:

“No se debe discutir con todo el mundo, ni hacerlo con cualquiera; pues hay personas con las que necesariamente se razonará muy mal”

Aristóteles en su obra “Tópicos”. Libro octavo. De la Práctica Dialéctica. Capítulo XIV “De la práctica de las discusiones dialécticas”, § 16

Schopenhauer, en su libro póstumo conocido como Dialektik, nos desarrollaba, ya en las últimas páginas, lo que a su juicio dijo el Filósofo:

“No disputar con cualquiera; sino solamente con quienes se conoce, de quienes se sabe tener intelecto suficiente para no despistar hacia el absurdo (…); capaces de disputar con fundamentos, y no con pretensiones de poder; que escuchen argumentos y los acepten; y finalmente que aprecien la verdad, aprecien buenas razones, aunque vengan de la boca del adversario: que tengan fuerza de espíritu suficiente para soportar ver demostrado que se han equivocado, cuando la verdad se encuentra en la otra parte. De esto se sigue que entre cien apenas habrá uno que valga el inicio de una disputa.”

Que mi amigo Fredy tiene todas las cualidades que enumera Schopenhauer, es algo que me ha probado ya varias veces, no es primera vez que conversamos con fruto sobre diferencias entre nuestras convicciones. Que yo tenga esas cualidades, ya es harina de otro costal. En todo caso trataré de poner mi mejor esfuerzo. Vamos a comenzar un debate, una disputatio de verdad. Veamos sus contenidos:

Operatio sequitur esse

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En el cuarto párrafo de su artículo, Fredy (el opponens) expresa la parte sustancial de su tesis:

“El Dios en el que creo y guía mi vida es algo mucho más grande y poderoso que eso, a ese Dios no le preocupa que lo ensalsen ni glorifiquen ni alaben ni lo adoren, EL es demasiado grande y poderoso como para exigir estupideces como esas. Tiene asuntos muchísimo más importantes en qué ocuparse que en cosas tan nimias como mi comportamiento individual, o como el comportamiento colectivo de indivíduos en sociedad, en otras palabras, como el DEVENIR HISTORICO”

En negrillas señalo algunas cualidades que el autor atribuye a Dios y que a su juicio Le impiden intervenir en la Historia, a saber: 1) su grandeza, 2) su poder, y 3) el hecho de que “tiene asuntos muchísimo más importantes en qué ocuparse”.

Dios creando al hombre

El método es correcto: para juzgar sobre la operación u operaciones de un ente, en este caso Dios, primero hay que interrogarse sobre su naturaleza, sus atributos y sus cualidades. Dependiendo de cómo y qué es ese ente, cómo y qué es Dios, así serán sus operaciones, su actuar. Los filósofos clásicos lo decían con este apotegma filosófico: Operatio sequitur esse (la operación se sigue del ser), dependiendo de qué se es y de cómo se es, así se actúa. Y, en este caso, si Dios no pudiera o no quisiera actuar en la Historia de los hombres, sería porque su constitución natural, sus atributos específicos, hacen que así sea.

Va a ser necesario entonces examinar esos atributos y cuestionarnos sobre la naturaleza de Dios. Vamos a cuestionar a Fredy sobre sí es verdad que son, esos que él dice, auténticos atributos de Dios, y si de ellos se concluye con indubitable certeza que Dios actúa como él colige, es decir con indiferencia frente al ser humano, a sus sociedades y a su historia.

Entre otras cosas nos preguntaremos: ¿Por qué de la “grandeza” y del “poder” de Dios se desprende necesariamente una indiferencia ante los seres humanos tan radical como la que describe Fredy? ¿Es que acaso Dios no creó de la nada al universo? ¿Sí o no? y ¿Por qué? ¿Es Dios de naturaleza espiritual o solo es materia? ¿Por qué?…

¿Puede demostrarse la existencia de Dios?

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Pero, ¿es que acaso Dios existe en realidad? ¿No nos estaremos embarcando en responder preguntas serias sobre un tema tan ficticio como los marcianitos, los unicornios o la nueva era del mundo según el calendario maya? ¿Estaremos embarcándonos en un debate ocioso y de fantasía? ¿Se puede demostrar racionalmente la existencia de Dios?… Podría ser que sí, podría ser que no. Pero necesitamos saberlo con certeza y precisión.

A algunos les gusta pensar que Dios existe, a otros les gusta pensar que no existe y a otros ni siquiera se les pasa por la mente planteárselo. Pero, ya dije, aquí los gustos salen sobrando. Vamos primero a tener –si se puede– que demostrar rigurosamente que Dios existe. Luego, si podemos lograr lo anterior, entonces nos preguntaremos sobre su naturaleza y atributos.

El artículo del opponens comienza haciendo una profesión de fe en la existencia de Dios: “yo creo en la existencia de Dios”, dice Fredy. En otras circunstancias, ya lo dije arriba, el dicho seguido de aplausos o abucheos habría bastado para zanjar la cuestión. Aquí, afortunadamente, no estamos en esas circunstancias, así que no nos bastan –en este contexto– nuestras creencias. Entre otras cosas porque estoy seguro que más de algún lector nuestro no las comparte. Tenemos que acudir a la lógica, a la experiencia y a la razón.

De nuevo, entonces: vamos a tener que averiguar si se puede demostrar con el uso de la sola razón la existencia de Dios, y de ser así, proceder a demostrarla… Paso a paso.

Unde ergo sunt mala?

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No se acabará allí la cosa. Vamos a suponer que concluimos, a lo largo de esta serie de discursos que da comienzo hoy, que la existencia de Dios es demostrable por las solas fuerzas de nuestra razón (es decir, haciendo abstracción de la fe); vamos a imaginar también que logramos demostrar su existencia con éxito; vamos a asumir que, además, logramos establecer, mediante una cadena estricta de silogismos basados en la verdad de las cosas, los atributos de la naturaleza de Dios; y vamos a figurarnos también que de tales atributos lograremos deducir que Dios sí interviene en la Historia. Vamos a imaginarnos todo eso.

Pues resulta que Fredy –previsor– se nos ha adelantado y ha planteado varias objeciones que podrían echar al traste tanta “lógica” y tanto “razonamiento”, pues nos opone la realidad pura y dura de la Historia que parece contradecir la existencia de un Dios interventor y providente. En el sexto párrafo de su artículo, Fredy dice:

“Pero aceptemos por un minuto que es cierto lo que decís JC, “que Dios interviene misteriosamente en el devenir histórico del mundo”, si eso es así, explicame vos ¿En dónde estuvo el misterio y cuál fue su intervención en el Holocausto? ¿Cuál fue el propósito al intervenir para que se masacraran a seis millones de seres humanos? ¿En dónde estuvo su intervención misteriosa cuando el 5 de agosto de 1945, noventa mil personas se pulverizaran en cuestión de segundos en Hyroshima?”

Epicuro

En suma, Fredy plantea las inquietudes que el Terremoto de Lisboa provocó hace dos siglos y medio: ¿Cómo compaginar la existencia de un Dios interventor y providente, cómo compaginar la existencia de la Providencia Divina con la innegable y abundante existencia del mal en el mundo y en la historia? Pero no sólo los filósofos de la Ilustración del siglo XVIII se planteaban esa duda: ya en el siglo III antes de Cristo, el filósofo Epicuro (citado por Lactancio seis siglos más tarde) se hacía la misma pregunta:

Deus, inquit, aut uult tollere mala et non potest; aut potest et non uult; aut neque uult, neque potest; aut et uult et potest. Si uult et non potest, imbecillis est; quod in Deum non cadit. Si potest et non uult, inuidus; quod aeque alienum a Deo. Si neque uult, neque potest, et inuidus et imbecillis est; ideoque neque Deus. Si uult et potest, quod solum Deo conuenit, unde ergo sunt mala?

O Dios quiere prevenir el mal y no puede, o puede prevenirlo y no quiere, o ni quiere ni puede, o quiere y puede. Si quiere y no puede, es una debilidad que no cabe en Dios. Si puede y no quiere, sería una envidia igualmente ajena a la naturaleza divina. Si no quiere ni puede, estamos en presencia entonces de debilidad y envidia juntos. Si quiere y puede, que es lo que correspodería a la naturaleza Divina ¿Por qué no evita el mal entonces? ¿Por qué hay tantos males en el mundo?

Lucius Caecilius Lactancius. Liber De Ira Dei ad Donatum. Capítulo XIII, último párrafo.

Para abordar estas inquietudes –y poder darles una respuesta apropiada– vamos a tener también que cuestionarnos sobre la naturaleza del mal, de la muerte y del ser humano.

En pocas palabras: Fredy me ha metido en camisa de once varas. Siempre ha sido para mí complicado escribir sobre Filosofía en esta bitácora, pues no me ha sido fácil compaginar sus contenidos con un contexto oportuno, y con una narrativa que sea entretenida para ustedes, nuestros lectores. Solo lo he intentado dos veces (aquí y aquí) y no creí volver a repetir la experiencia.

Teseo y el Minotauro

Mi amigo Fredy Campos me ha dado la oportunidad que no encontraba. Continuaremos entonces con una serie de discursos –que promete ser larga– en la que recorreremos los laberintos filosóficos en busca de la Divina Providencia.

Dejaremos nuestras Biblias en casa, y juntos –les invito– trataremos de hallarle salida a esta cuestión tratando de responder, haciendo uso de la sola razón, una a una las objeciones que Fredy detalló en su artículo .

Plan tentativo de mis respuestas a las objeciones de Fredy

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Como la pelota está en mi cancha, procederemos –en esa serie de discursos futuros– a analizar las demostraciones que la razón natural nos da de la existencia de Dios. Veinticinco siglos de la Historia de la Filosofía nos brindan muchos esfuerzos racionales por demostrar la existencia de Dios: no vamos a pretender aquí inventar el agua helada. Así que haremos un somero análisis de los mismos; descartaremos los métodos que no sean concluyentes, y seleccionaremos los más contundentes, si los hubiere. Se trata de saber si nuestra razón natural basta para saber algo de Dios, para saber sobre su existencia, para saber si Dios es accesible a nuestro conocimiento humano.

Para que el análisis sea fructuoso y comprensible para aquellos que no somos profesionales de la Filosofía, talvez ni siquiera aficionados, trataremos de usar un lenguaje sencillo y comprensible, y dejaremos previamente aclaradas las cuestiones básicas sin cuya correcta comprensión no podríamos entender con facilidad las vías demostrativas de la existencia de Dios. Esas cuestiones básicas son: el modo en que el ser humano conoce las cosas (experiencia, raciocinio y fe); la manera en que surgen dichos conocimientos y se vuelven sistemáticos (los tres niveles de abstracción); la noción de potencia y acto, y sus derivados (materia y forma; sustancia y accidentes; esencia y acto de ser). Y otras que vayan resultando necesarias en el camino.

Si lográramos dejar establecido, y debidamente probado, que es posible demostrar racionalmente la existencia de Dios, pasaremos a una segunda etapa: preguntarnos si con el uso de nuestra sola razón es posible saber algo de la naturaleza de Dios, si es posible saber qué y cómo Dios es, o cómo y qué no es. No basta entonces demostrar la existencia de Dios, necesitaremos saber qué es para saber cómo actúa. Si fuera el caso de que es posible saber algo acerca de la naturaleza Divina, entonces estaremos en condiciones de averiguar si tales datos son compatibles o incompatibles con una acción interventora y providente de Dios en la Historia de los hombres. Estaremos en condiciones de saber si la abundancia de mal que parece hegemonizar nuestra Historia es racionalmente compatible con la existencia de una Providencia Divina.

Sin duda que este debate no será cuestión de un fin de semana solo. Y a ver si en este laberinto no nos terminamos encontrando más bien con el Minotauro

Continuará…

Escuchemos a Bach – BWV 195

9 febrero, 2012
Mirror

“su obra y su vida nos enseñan que es tan difícil aproximarnos a él como dejar de intentarlo. Es difícil porque encarna los valores más altos del arte y de la vida, porque da expresión sabia y humana a todo, excepto a la mezquindad, que es lo fácil. Bach es esencialmente un músico de la meditación religiosa. Y esta clase de meditación, más que ninguna otra, es difícil para los hombres de nuestra época. Reconoce Bach que Dios le ha dado más talentos que a los demás hombres, y se siente por ello el más deudor entre los deudores de Dios”

Julio Sánchez Reyes

Eventualmente iremos publicando algunas piezas de Bach sin contextualizarlas demasiado y solo con el exclusivo objeto de que nuestros lectores vayan familiarizándose con su obra. Escogeré para tales efectos mis piezas preferidas, omitiendo adrede las más populares de nuestro compositor.

Cuando tenga tiempo, pondré a su disposición la letra, su traducción y – de ser posible– los tiempos y algún video. Cuando el tiempo me falte, me limitaré a brindarles la oportunidad de escuchar el audio sin más.

En esta ocasión, escucharemos el 5º movimiento (coro) de la Cantata BWV 195 titulada Dem Gerechten muss das Licht (La luz fue sembrada para el justo) compuesta con el objeto de musicalizar una boda.

La letra del coro en alemán con su traducción al castellano es ésta:

A continuación tienen el audio, y abajo tienen a su disposición el desarrollo del texto  y de los interludios instrumentales, con sus respectivos tiempos, para que se les facilite seguir la pieza (audio de 5 minutos con 51 segundos):


Un sereno pero intenso deseo por la muerte. Parte II

3 febrero, 2012

Contenidos

  1. Un collage perfectamente integrado de lo mejor de lo mejor
  2. Diseccionando el Kyrie: primera parte
  3. Segunda y cuarta parte
  4. Tercera parte del Kyrie
  5. Los desmayos de los curitas perdidos

Este discurso es la segunda parte de una serie que da comienzo acá.

“La Misa en Si Menor es la consagración de una vida entera (…). Este trabajo monumental es la síntesis de cada contribución estilística y técnica que el Cantor de Leipzig hizo a la música. Pero también es el más sorprendente encuentro espiritual entre los mundos de la Glorificación Católica y el culto Luterano a la Cruz”

Alberto Basso, Historiador de la Música

Un collage perfectamente integrado de lo mejor de lo mejor

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Una de las curiosidades de la Gran Misa Católica en Si Menor es que Bach no la compuso en una “sentada”, más bien fue una reconstrucción de lo mejor que había hecho en su vida, adaptando cada una de las piezas que iba escogiendo para darle unidad técnica y de propósito. Es decir que Bach revisó su obra completa de toda su vida en los días previos a su muerte para estructurar esta Misa en Si Menor.

Resultó, de esa manera, una quintaesencia de su música, lo más puro de su teología, y un extracto refinado del arte que Bach sopesó en retrospectiva. Luego de adaptar, copiar o componerlas à propos, reunió las piezas en una obra completa dejando en evidencia que el cuidado para “redondear” las diferentes piezas en un único contexto fue tan arduo como exquisito.

Vamos a escuchar, si gustan, la parte introductoria de esta Misa que corresponde a la parte en la que los fieles dicen “Señor ten piedad de nosotros”. En la actualidad –y de modo impropio– esa plegaria se pronuncia en lengua vernácula (es decir, en castellano, en nuestro caso). Digo impropio, pues siendo una de las más antiguas partes de la liturgia cristiana, es la única parte de esa liturgia que ha sobrevivido en su griego original. De esa manera, en lugar de suplicar: “Señor ten piedad de nosotros”; se dice (o se debería decir más bien): Κύριε ἐλέησον (Kyrie Eleison), cuya connotación en el griego original es más rica de lo que sugiere su atropellada traducción al español. Kyrie Eleison es algo así como: “¡Oh Señor! ¡estás siendo misericordioso!” dado que el griego antiguo es una lengua más activa que pasiva.

Digamos que cantar en Misa “Señor ten piedad de nosotros” en castellano, y con una tonada pop o cumbia (se usa, sí, se usa), acompañada de guitarras, en lugar de hacerlo en griego y con una melodía gregoriana, bizantina o polifónica, es como interpretar a los Beatles cantando Carry That Weight en castellano y acompañados de una chanchona: es –por decir lo menos– de pésimo gusto. He ahí las ocurrencias a las que nos acostumbramos.

Bach –a diferencia nuestra– resistió durante toda su vida la inercia pietista (vulgarizadora) que aconsejaba dejar de lado lo clásico, el buen gusto y la sofisticación al momento de rezar cantando, así que para rezar esta sencilla plegaria, Kyrie Eleison, Bach acude a la forma coral polifónica, en un sólido haz de fugas, para representar así la devoción colectiva y no solo la individual. Veamos…

Diseccionando el Kyrie: primera parte

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Aunque lo correcto es dividirla en dos partes, la pieza, de 11 minutos de duración, la dividiremos, en La Sala de la Signatura, en cinco partes, para facilidad de nuestros lectores. Una parte coral inicial de 4 compases (las partes de la partitura divididas en líneas verticales), una segunda instrumental de 25 compases; una tercera parte coral en la que Bach nos regala una sensacional fuga a cinco voces, de 43 compases; otra instrumental intermedia de 8 compases; y una parte final serenamente apoteósica de 46 compases. Por cuestiones de espacio y tiempo nos abstendremos de detallar la quinta parte pues, además, habla por sí misma.

No es arbitraria esta cantidad de compases. Si los reunimos todos, da un total de 126 compases, dígitos que sumados dan 9 (1+2+6=9). El nueve simboliza a la Santísima Trinidad (3+3+3). Hay que decir que Bach (ésta es una sencilla muestra) daba la mayor de las importancias a esta simbología numérica (muy pitagórica) en su música, aunque eso es material para discurrir en otra ocasión.

La primera parte de 4 compases es breve. Su primer compás, que dice una vez “Kyrie” se escucha así:

(audio de 8 segundos de duración)


Su segundo compás, que repite “Kyrie” mientras otras voces dicen “eleison” al mismo tiempo, se escucha así:

(audio de 9 segundos de duración)


Éste es el tercer compás en donde unas voces (las bajas) dicen “Kyrie e…” y los sopranos simultáneamente dicen“eleison”:

(audio de 7 segundos de duración)


Y éste es el cuarto compás en donde las cinco voces, casi al unísono y perfectamente coordinadas, cantan “…eleison”:

(audio de 13 segundos de duración)



En resumen, la primera parte, integrada y de corrido, se escucha así (audio de 37 segundos de duración):



Segunda y cuarta parte

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La segunda y la cuarta parte son interludios instrumentales en donde se lucen violines, violochelos, flautas traversas y oboes, hilvanando una suave, solemne y pausada melodía. Escuchemos la cuarta parte:

(audio de 38 segundos de duración)


Tercera parte del Kyrie

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Lanzada en 1977, la sonda espacial Voyager I, a una velocidad tal que le daría la vuelta al mundo en poco menos de una hora, vuela ahora en las afueras de nuestro sistema solar a 17,490 millones de kilómetros de donde estamos (unas 116 veces la distancia media entre la Tierra y el Sol. Además del hecho de que está misteriosamente desacelerando (lo que podría poner en entredicho los descubrimientos de Newton y de Einstein), es también curioso (¡vaya ocurrencias!) que lleva en su interior un disco de música para los hipotéticos extraterrestres que lo encuentren.

Si esos imaginarios extraterrestres, a los que la industria cinematográfico-televisiva nos ha obligado a representárnoslos buenecitos y más inteligentes que nosotros, no deciden primero aprovechar la imprudente información que el disco provee sobre nuestra ubicación en el sistema solar para destruirnos, lo que más llamará la atención a los ficticios alienígenas que lo escuchen es que el compositor más repetido en las pistas es, precisamente, Juan Sebastián Bach.

Hace algunos años, Dan, un lector y comentarista de esta bitácora, nos dijo acerca de la Misa en Si Menor de Bach:

“…comparto la idea de que se trata de la obra musical más excelsa de este mundo…el cuarto minuto del kyrie en el que ingresa el bajo y la fuga a 5 se completa debió ir en el disco de oro que la voyager llevó al espacio…”


En un probablemente excesivo, pero comprensible entusiasmo que comparto plenamente, Dan se refería a la tercera parte de este Kyrie que estamos ahora diseccionando.

La tercera parte del Kyrie es una fuga a cinco voces que comienza con los tenores. Once segundos después (en el video de abajo) ingresan los Altos. En los segundos 33 y 45 del mismo video entran secuencialmente los dos grupos de sopranos y, finalmente, al minuto y 17 segundos de la pieza, se incorporan los bajos.

Esa fuga en desarrollo –si se escucha con atención y persistencia– es sencillamente beatífica. Pero en realidad, sólo es el prolegómeno del minuto siguiente, en donde los cinco coros se hilvanan en una extática caricia de la Piedad y Misericordia Divinas (segmento que va, en el video de abajo, desde 1:17 al 2:21).

Escuchemos, (siguiendo las partituras vocales) la tercera parte del Kyrie (video de 3 minutos con 45 segundos):

Veamos y escuchemos la pieza completa de corrido en este video (video de 11 minutos de duración)

Los desmayos de los curitas perdidos

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Decía al principio de esta serie de artículos que durante veinte siglos, la música –en el desarrollo de la liturgia católica– era de una importancia fundamental.

Eso se acabó. Las indicaciones taxativas del Concilio Vaticano II cayeron en el saco roto de la decadencia y el modernismo pedestre.

Decía bien Modest Moreno i Morera, destacado organista y pedagogo:

Nos hemos acostumbrado (expresión que no favorece en nada a la Cultura, por lo que de rutinario y decadente significa) a la música escamoteada de su contexto y —en la mayor parte de los casos— funcionalidad. Las misas (como género musical) ya no pueden cantarse durante el Sacrificio de la Misa; ya no hay “tiempo”; ya no hay “espacio” y ya no hay “paciencia” por parte de nadie: celebrante, concelebrantes y feligreses, para oír nada de calidad y que valga la pena, al menos musicalmente y sobre todo en nuestro país.


Cuando se enteró que la misa de mi matrimonio –tal como lo prescribe el Concilio Vaticano II– iba a ser en latín y que la música iba a ser gregoriana y polifónica (La Misa en Si Menor de Bach, para ser precisos) al curita que me prestó su parroquia para la ceremonia le dió patatús. Lo único que impidió que tramitara mi excomunión fue lo súbito y prolongado de su desmayo.

Es una lástima que los que nacimos después de 1965, no sepamos lo que es liturgia católica de verdad… ni por asomo. Ni por asomo.

Continuará…

Un sereno pero intenso deseo por la muerte. Parte I

30 enero, 2012

Contenidos

  1. La solemnidad versus lo pedestre
  2. La misteriosa deriva mística de un sajón luterano común y corriente
  3. Opus summum

En la Misa en Si menor [de Bach] se dan cita no sólo la riqueza y la sorprendente diversidad de su gran experiencia compositiva, sino otras tradiciones que convierten la obra en una auténtica síntesis de toda una civilización.

musikeon.net

La solemnidad versus lo pedestre

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Durante veinte siglos, la música, en el desarrollo de la liturgia católica, fue de una importancia fundamental. Y eso es porque la virtud de la religión (virtud, sí) manda dar culto a Dios, y la liturgia es la que se encarga de que este culto se rinda con la solemnidad y respeto que a la majestad de Dios corresponde. No olvidemos que el culto consiste en “manifestar con palabras y acciones la idea que tenemos de la dignidad de una persona” (en este caso, la dignidad de Dios).

“Solemnidad”, palabra clave que es el antídoto a la vulgaridad, a lo pedestre y al mal gusto.

Tan recientemente como en 1965, la Iglesia Católica, en un ambiente tan solemne y formal como lo pudo ser el Concilio Vaticano II, estipuló:

Musica traditio Ecclesiae universae thesaurum constituit pretii inaestimabilis, inter ceteras artis expressiones excellentem, eo praesertim quod ut cantus sacer qui verbis inhaeret necessariam vel integralem liturgiae sollemnis partem efficit

La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne.

Ecclesia cantum gregorianum agnoscit ut liturgiae romanae proprium: qui ideo in actionibus liturgicis, ceteris paribus, principem locum obtineat.

La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.

Alia genera Musicae sacrae, praesertim vero polyphonia, in celebrandis divinis Officiis minime excluduntur, dummodo spiritui actionis liturgicae respondean

Los demás géneros de música sacra, y en particular la polifonía, de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los oficios divinos, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica.

Linguae latinae usus, salvo particulari iure, in Ritibus latinis servetur

Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular

Constitutio de Sacra Liturgia Sacrosantum Concilium (anno MCMLXIII)


Desde la perspectiva católica, el culto es una actividad humana que no sólo compete a la interioridad y a la dimensión espiritual, sino que también se incardina en la corporeidad del ser humano y en su naturaleza social. Por ello es que, durante veinte siglos, el arte y el culto católico se han llevado tan de la mano. Los mejores músicos de la civilización pusieron su talento al servicio de los ritos litúrgicos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana: Dufay, Machaut, Palestrina, Monteverdi, Vivaldi, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Bach…

¡Momentito! ¿¿Bach?? ¿Es que acaso él no era un piadoso luterano? ¿Un hereje hizo música para el rito Católico Romano?


La misteriosa deriva mística de un sajón luterano común y corriente

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Sí, y no sólo la hizo (La Gran Misa Católica en Si Menor BWV 232) sino que al hacerla, le regaló a la Iglesia la mejor Misa jamás compuesta. A la humanidad le brindó lo que ya es un consenso de los conocedores y melómanos: la obra musical cumbre de la civilización.

La pregunta es ¿Por qué? ¿Por qué, siendo un piadoso y ferviente luterano (en una época en que tal cosa tenía la más alta de las importancias) compuso música para una religión que estaba opuesta a la suya en puntos fundamentales?

Me remito a lo que decía de Bach su más autorizado biógrafo (Albert Schweitzer) quien escribió lo que sigue:

“…los puntos de vista de Bach eran estrictamente luteranos… Pero en última instancia, en todo caso, la verdadera religión de Bach no era el luteranismo ortodoxo, sino el misticismo. En su más íntima esencia él pertenecía a la historia del misticismo alemán. Este robusto hombre que parece estar disfrutando exuberantemente de la vida con su familia y su trabajo y cuya sonrisa parece expresar algo así como la comodidad de la alegría de vivir, ese hombre, estaba interna y profundamente muerto al mundo.

“Sus pensamientos todos estaban transfigurados por un maravilloso, sereno pero intenso deseo por la muerte. Una y otra vez, en cualquier lugar en el que los textos dieran el mínimo pretexto para ello, empapaba a su música con este ferviente anhelo…”


Nos insinúa Albert Schweitzer que las convicciones espirituales de Bach se iban pareciendo cada vez más a las de Tomás de Kempis que a las de los pietistas posteriores. De allí, a entender la naturaleza sacrificial de la Misa Católica que es la Renovación incruenta de la Muerte de Cristo en la Cruz, creo, sólo hay un paso. Esta deriva mística en el pensamiento Bachiano se acentuó en los últimos años de su vida, cuando enfermó de la vista hasta perderla completamente.

Es precisamente en la postrer etapa de su vida, en la que Bach le saca las últimas consecuencias a sus referentes doctrinales, y compone sus obras en latín (cuando siempre había compuesto para el alemán) abrazándose más aún a la cultura clásica, es en esa etapa, digo, cuando compone la única Misa católica de su repertorio (luteranas, missae brevis, ya había –por supuesto– compuesto varias, cuatro).

“La Misa en Si Menor es la consagración de una vida entera (…). Este trabajo monumental es la síntesis de cada contribución estilística y técnica que el Cantor de Leipzig hizo a la música. Pero también es el más sorprendente encuentro espiritual entre los mundos de la Glorificación Católica y el culto Luterano a la Cruz”

Alberto Basso, Historiador de la Música


Opus summum

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Muy relacionada con este desplazamiento suave y continuo hasta posturas más espirituales y clásicas, se enmarca su monumental obra profana Die Kunst der Fuge (El Arte de la Fuga) que es uno de los más apasionantes misterios del arte occidental. ”Obra platónica” la llama Thomas F. Bertonneau. Si Dios quiere, hablaremos de ella algún día, AMDG ha dirigido (desde hace años) mi atención a esa obra maestra.

Pero ahora estamos con la Misa en Si Menor de la que Yoshitake Kobayashi, uno de los más talentosos musicólogos (budista, por cierto), calificó de una gran significación espiritual. Acerca de ello, dijo:

”la dedicación de Bach a la música vocal en latín alcanza su apogeo hacia el final de su vida con la Misa en si menor para la que adapta el molde habitual del Ordinarium Missae de la Iglesia Católica. Esta obra es, pues, una síntesis de las confesiones luterana y católica”

(Johann Sebastian Bach: Misa en Si menor. Academia Internacional Bach de Stuttgart, tomo 5, Kassel 1990, pág. 137)


La Misa en si menor de Bach es –puestas así las cosas– “la obra musical más grande de todos los tiempos” como lo dijera Hans Georg Nägeli. La Misa en Si menor es –digámoslo así– el testamento coral de Bach, así como Die Kunst der Fuge fue su testamento instrumental. Y desde ese pedestal, esta Misa y Die Kunst der Fuge, dejan planteados muchos enigmas misteriosos dignos de ensoñaciones filosóficas o místicas.

Continuará…

La templanza del guerrero y las ideologías

28 enero, 2012

Contenidos

  1. Las rémoras de la sensatez
  2. Las ideologías, sectarismos de odio permanente
  3. Flores macabras de un día
  4. Desenterrando las furias paganas
  5. Los códigos de guerra

Las rémoras de la sensatez

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En un discurso previo, conversábamos con nuestros lectores sobre cómo, una vez llega la paz, y el rugir de las armas se acalla, es momento de deponer actitudes agresivas. Varios comentaristas señalaban la dificultad de tal cosa y apuntaban a algunas rémoras (las negrillas son mías).

Raúl Marín decía:

“…Vivimos en un mundo en el que las sociedades son cada vez más individualistas. No pensamos en las ideas del otro, mucho menos las respetaremos…”

Roxana señalaba:

“…un poco de Magnanimidad no nos caería mal a los salvadoreños, pero se requiere tener nobleza de carácter; que yo creo que en esta tierra estamos muy escasos de esta cualidad…”

Noemy Rauda escribió:

“…si hicieramos el intento de actuar màs allà de la parte lìmbica de nuestro cerebro y darle paso a la racionalidad en el manejo de nuestras propias emociones (…) bien podriamos reconocer cosas buenas aùn en aquellos que consideremos nuestros peores adversarios y ¿por què no? comenzar juntos a sumar en historias diferentes, en donde cada uno, desde sus capacidades, pueda aportar para construir y no para destruir como se hace en las guerras….”

Margarita Maldonado apuntó:

“…dificil porque no todos somos ni tenemos el valor moral que es la tolerancia y el perdon…”

Roger Guzmán nos decía:

“…todos actuan de buena fe, en base a sus experiencias muy subjetivas. Al entender esto, se puede entender al adversario…”

Y Alex Iglesias nos decía en Facebook:

“…los valores son por así decirlo precarios y (…) asocio la crisis de valores que actualmente existe en una sociedad inmersa en el bienestar individual…”.

Todos los lectores citados coinciden, más o menos, en que lo que está detrás de las dificultades de asumir actitudes positivas es –en cierto modo– la falta de virtudes que faciliten la convivencia, la falta de comprensión de las actitudes del “otro”. Yo diría que la máxima cristiana de perdonar a los enemigos ayudaría a superar esos escollos.

Pero ahora quiero fijarme en el hecho de que hay en el ambiente resabios de viejas doctrinas que nos han acostumbrado a ver en “los otros” a un enemigo permanente… Resabios que dificultan que esas virtudes florezcan… Resabios que –no solo hacen precaria y difícil la paz y la convivencia– sino que además agravan los males de la guerra, cuando la hay. Hay en el ambiente resabios de ideologías.

Considerar al “otro” como un enemigo permanente, como un adversario al que –independientemente de si hay guerra o no– hay que doblegar y vencer (con violencia o con sustitutos de la violencia): ésa es la lógica de las ideologías.

"Lo mismo" de la serie de Goya: "Fatales consequencias de la sangrienta guerra en España con Buonaparte, Y otros caprichos enfáticos"

Las ideologías, sectarismos de odio permanente

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Debo aclarar que cuando me refiero a ideologías, me estoy refiriendo exclusivamente a aquellos conjuntos sistemáticos de opiniones sobre el ser humano y sobre la sociedad, que –elevados a la categoría de verdad absoluta– sirven de columna vertebral y como principios rectores del ejercicio de la política, desde la revolución francesa hasta 1991. Es decir, me refiero por ideologías a: el liberalismo, el comunismo, el nazismo, el socialismo, el nacionalismo, el marxismo, el fascismo, etc…

No estoy entendiendo entonces “ideología” como a veces usamos la palabra, en sentido vago e impreciso, como “forma de pensar”, “filosofía”, etc… Cuando digo ideología, digo ideología política. Un par de fechas escogidas por su servidor podrán ilustrar un poco sobre la trayectoria de las ideologías políticas, tal como las estoy tratando en este discurso. Ese detritus mental (la ideología) es un engendro que fue concebido en 1317 (con la ejecución en la hoguera de Jacques de Mollay), fue dado a luz en 1645 (en los tratados de Westfalia que le pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años), dio su primer berrido en 1789 (en la revolución francesa), y aprendió a caminar en 1806 (luego de las batallas de Austerlitz y de Jena y la caída definitiva del Sacro Imperio Romano Germánico). La ideología, como fenómeno relevante en la Historia, falleció en 1945 (al final de la II Guerra Mundial) y recibió cristiana sepultura en 1991 (con la caída del Imperio Soviético).

"No hay quien los socorra" de la serie de Goya: "Fatales consequencias de la sangrienta guerra en España con Buonaparte, Y otros caprichos enfáticos"

Flores macabras de un día

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Estoy hablando entonces de un fenómeno (las ideologías) de relativa corta duración, seis siglos en sentido lato y solo dos siglos en sentido estricto. Para los cuatro o cinco mil años que llevamos de Historia registrada, es más bien poquito: las ideologías, afortunadamente fueron un fenómeno efímero. Hoy por hoy, en nuestro país en particular, las ideologías no existen. Sólo deambulan por allí pálidos fastamitas a modo de “gasparines” truculentos que son solo débiles recuerdos de lo que otrora fueron poderosos y temibles movimientos humanos que enarbolaban dogmas políticos arrastrándolo todo a su paso. Insisto: hoy por hoy, las ideologías están muertas.

Decía pues que la lógica de las ideologías (una vez establecido un círculo de “escogidos”) era considerar a los “demás” como enemigos permanentes a los que no se les debía dar descanso, como adversarios a los que –en la paz y en la guerra indistintamente– había que doblegar y derrotar (con violencia o con sustitutos de la violencia). El “burgués”, el “comunista”, el “aristócrata”, el “militar”, el “revolucionario”, el “reaccionario”… eran –para las ideologías, y para cada una de sus múltiples cabezas– un virus que había que, o eliminar, o neutralizar. De ese modo, a la sombra de las ideologías, la paz se hizo precaria y las guerras se desataron hasta el paroxismo.

Destinaremos, algún día, una serie de discursos para profundizar en el fenómeno de esa hidra de cien cabezas que se llama ideología. Si bien es cierto que ya están fallecidas –como ya dije–, sus cadáveres exhumados andan por allí tiesitos y coleando, cabalgando como el Cid embalsamado sobre Babieca, haciendo destrozos y entuturutando gente.

"No quieren" de la serie de Goya: "Fatales consequencias de la sangrienta guerra en España con Buonaparte, Y otros caprichos enfáticos"

Desenterrando las furias paganas

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Retomemos el hilo. Hacer difícil la paz y desatar las débiles amarras de la guerra, ésa era la lógica de la primera ideología, la madre y el envoltorio de las otras ideologías: el nacionalismo moderno (que no hay que confundir con la virtud del patriotismo). A partir más o menos de Felipe IV el Hermoso, y con la voluntad explícita de romper cualquier atadura con jurisdicciones universales (como el Imperio o la Iglesia) y lograr la “independencia en todos los órdenes”, empezó a desarrollarse la mentalidad de que el soberano solo se debía a su reino (sus propiedades), y no más allá (o sea, solo a sí mismo). Así se estableció teóricamente un “círculo de escogidos”: los nacionales. Frente al “nacional”, el extranjero se presentaba como un adversario permanente, hubiera o no hubiera guerra.

Con ello se sentó el precedente de la disolución de la solidaridad con el resto de la civilización (cristiana en esa época), tomó aún más fuerza el callar con dinero o con cadenas a la jerarquía eclesiástica que hacía, junto con el Imperio, de árbitro de esos códigos de guerra (moda que fue adoptada con auténticos baños de sangre en la Inglaterra del siglo XVI, por la Francia revolucionaria del siglo XVIII, y que sigue siendo copiada por la actual República Popular de China). Se sembró así, la semilla del más feroz de los nacionalismos.

Se desenterró también así la lógica de cualquier imperio humano de la época previa al cristianismo (los Asirios eran en ese sentido, ejemplares), toda una vuelta al paganismo.

Es injustificable –por razones que me parecen obvias– que esa lógica agresiva esté vigente en épocas de paz (como es el caso del nacionalismo moderno) pero no nos extrañamos a veces de que esa sea la lógica en tiempos de guerra. Sin embargo sí deberíamos extrañarnos, pues las fuerzas demoníacas y destructoras de la guerra pueden atemperarse, pueden suavizarse. De hecho, durante cerca de mil años, estuvieron atemperadas, estuvieron suavizadas.

"Tampoco" de la serie de Goya: "Fatales consequencias de la sangrienta guerra en España con Buonaparte, Y otros caprichos enfáticos"

Los códigos de guerra

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Antes del surgimiento de las ideologías, en la época de la cristiandad (del siglo VI al XVI) se inventaron –inspirados en el cristianismo– códigos para atemperar, en la medida de lo posible, la crueldad de las guerras, para reglamentar el comportamiento guerrero. Esos códigos –mal que bien– estuvieron relativamente vigentes (cada vez menos) hasta por allí por el siglo XVIII. De hecho:

…en la edad media la institución de la caballería estaba relacionada con un código de conducta y de honor que definía no solamente el arte de la guerra sino que también implicaba la conducta social…


Los códigos de la caballería cristiana (un invento curioso propio del monoteísmo y de los Concilios de la Iglesia y que habría hecho reir a Gengis Kan, a Atila y a Craso) es la semilla del Derecho Internacional. Basados no en la idea de que el odio debe ser permanente, sino en su idea opuesta: que el odio, cuando se desata, debe aplacarse lo más pronto posible y hay que tratar de que sus destrozos sean los menores posibles… Basados en esos principios, decía, esos códigos se fueron paulatina y gradualmente promulgando –en esa época tan subestimada y desconocida– y empezaron a cobrar vigencia rigurosas normas civilizadoras para las declaratorias de guerra

Durante la época de la cristiandad (mal llamada Edad Media) estuvo vigente la prohibición de algunas armas (durante siglos estuvo prohibido el uso de ballestas y arcos por ejemplo). Durante esa época (tan mal conocida y tan cubierta de prejuicios) surgieron normas para la protección de los negociadores o parlamentarios y de los ancianos, mujeres y niños; se fijaron días y épocas en el calendario  en los que, por muy brincones que estuvieran los señores, no se podía hacer la guerra; se empezó a intentar prohibir la costumbre ancestral de tomar como esclavos a los prisioneros de guerra, hasta que, erradicándose por completo, se convirtió –gracias a numerosas razones de conveniencia– la figura del prisionero de guerra en casi sagrada.

Esa red de normas civilizadoras entró en crisis en el siglo XV, y fue paulatinamente desintegrándose hasta que las ideologías la liquidaron totalmente.

Con el advenimiento de las ideologías (que en cierto modo son religioncitas sin Dios), esos códigos guerreros fueron cayendo en el olvido, y la revolución francesa puso de nuevo de moda la “guerra total” (sin reglas). El Ogro de Ajaccio, Bonaparte, fue paradigmático en ese sentido. No en balde tomo como fecha de la concepción del nacionalismo el año en que Felipe el Hermoso quemó en la hoguera al último gran Maestre de la Orden de los Templarios. Ese prescindir de las reglas y otros siniestras ocurrencias (como la conscripción universal que equivale en muchas formas a la esclavitud) produjeron ese desastre de dimensiones apocalípticas llamado las guerras mundiales, sin parangón en la historia de la humanidad.

Tuvo que venir un devoto cristiano, Jean Henri Dunant, en la segunda mitad del siglo XIX a revivir la idea cristiana de los olvidados códigos guerreros, y así surgieron las Convenciones de Ginebra, que parecido a como lo estuvo la caballerosidad cristiana, mal que bien, hoy intentan estar en relativa vigencia. Tratar de medio civilizar a los guerreros no es cosa fácil: casi nunca hacen caso. Por eso el esfuerzo por atemperarlos nunca debe menguar.

En resumen: en una guerra, la destrucción y la crueldad es propio de ella. Lo que se impone es la necesidad y conveniencia (por caridad y misericordia cristianas) de atemperarla. Para ello, las ideologías, lejos de servir, estorban.

Termino con lo que un comentarista de esta bitácora dijo una vez:

…aun cuando comprendamos que la guerra es un asunto de matar y de matar más que tu enemigo (…) es bueno introducir la conciencia moral y jurídica cada vez que se toman decisiones que atentarán contra las vidas de civiles inocentes. Quien piensa, por principio, que dicha conciencia es un estorbo acaba convertido en un buen soldado…pero Nazi


FIN

La película imposible

24 enero, 2012

Contenidos

  1. Fruto maduro de una larga tradición musical
  2. Cuando todavía la indisciplina contumaz no relevaba al trabajo duro y a la razón
  3. Un compositor demasiado bueno y ocupado como para andarlas haciendo de revolucionario
  4. Una película imposible

Cuando consideramos en esta bitácora constantemente que es el más grande compositor de todos los tiempos, corre el riesgo de que nos imaginemos a Bach como una especie de héroe digno de la televisión.

En realidad, Bach era un artesano (de la música en su caso) común y corriente, un sajón normal que en su vida exterior no se distinguía realmente de sus más o menos aburridos contemporáneos.

Fruto maduro de una larga tradición musical

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En el siglo XVIII (y antes y después) las personas solían seguir los derroteros profesionales de sus antecesores. Así, había familias enteras que se habían dedicado a la carpintería, por ejemplo, desde muchas generaciones atrás, y de esa manera se habían labrado un prestigio que trascendía localismos y fronteras. Igual podemos decir de banqueros, joyeros, marinos, etc…

La familia Bach, desde muchas generaciones anteriores, se había dedicado de manera profesional a la música, y como grandes artesanos de la misma eran percibidos por sus vecinos. En la zona central del Sacro Imperio Romano Germánico y allende, el apellido Bach era sinónimo de música. Grandes compositores e intérpretes engalanaban ese árbol genealógico.

Cuando todavía la indisciplina contumaz no relevaba al trabajo duro y a la razón

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Por esa razón, la excelencia compositiva e interpretativa de Bach no era algo espontáneo y sacado de la manga: era una consecuencia lógica del devoto respeto a la tradición positiva familiar. Bach no fue una milagrosa palmera en el desierto, sino la más grande de un extenso y antiguo bosque de secoyas.

Digo esto, pues es fácil que caigamos en la penetrante, invencible y popular creencia (surgida de la Ilustración que precedió e inspiró a la revolución francesa) de que la genialidad creativa sólo florece en el marco del rompimiento del orden establecido, en una actitud contestataria. Los hechos rudos y duros de la historia atestiguan que no es así, que no ha sido así, y nos permiten asegurar que seguirá siendo una aislada excepción el que lo sea.

Pero es natural que creamos que el brillo artístico surge de inventar el agua helada y de “descubrir nuevos horizontes”, pues somos hijos de una época en la que el sentimentalismo y la emoción tienen la primacía, y en la que la rebeldía per se tiene licencia para sustituir a la inteligencia y a la reflexión. No es mi pretensión limpiar esas toneladas de telarañas, mi experiencia me dice que no es posible.

Un compositor demasiado bueno y ocupado como para andarlas haciendo de revolucionario

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Pero es oportuno volver a citar por enésima vez a Albert Schweitzer (excepcional organista y Premio Nobel de la Paz) quien siempre nos precisa que:

“Bach pertenece al orden de los artistas objetivos. Estos pertenecen completamente a su propio tiempo, y trabajan sólo con las formas y las ideas que su época les provee. No ejercen crítica alguna a los medios que la expresión artística pone en sus manos y no sienten compulsión interna a abrir nuevos senderos…”


La vida de Bach, como la de tantos otros, era francamente aburrida y normal… No hay material para hacer una película sobre él… No era un bohemio excéntrico en busca de descubrir la orilla azul de la bacinica. No era (como solemos imaginarnos a los artistas destacados) un borrachín iluminado, sin oficio y estrambótico con poses de inventor del último coco tierno del desierto.

No, Bach era un cristiano sajón normal con familia e hijos que mantener, para lo cual se levantaba temprano todas las mañanas para ir a un trabajo normal con horario de entrada y salida en el Ayuntamiento de la ciudad.

Una película imposible

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Y si bien yo digo que su vida no da material para una película, resulta que sí las ha habido. Destacaría dos de ellas:Mein Name ist Bach (Mi nombre es Bach) y Die Stille Vor Bach (El silencio antes de Bach). La primera es una aceptable recreación del encuentro entre Bach y el rey de Prusia Federico II. La segunda es un producto ambivalente del cine experimental que a duras penas llega a ser relevante.

Pero es esta última, pretenciosa y aburridísima, a mi juicio, de la que quiero rescatar dos secuencias del desastre general que resulta ser. En una de sus inconexas partes, la cámara parte de la tumba de Bach en la Iglesia de Leipzig y, paseándose por el templo, llega al órgano de la misma, en donde el actor que hace las veces de Bach toca una parte del primer movimiento del Preludio y Fuga BWV 543.

Vídeo de 3 minutos y 44 segundos de duración


Este preludio y fuga, compuesto por Bach en plena Guerra de Sucesión Española, se escucha mejor aquí:

Audio de 3 minutos y 29 segundos de duración



Finalmente quiero mostrarles una onírica escena sin patas ni cabeza (que al director Pere Portabella le ha de haber parecido el non plus ultra de la “creatividad”), pero que no carece de una elemental, primitiva y peculiar belleza. En el interior de un metro, se ejecuta (mal, pero ni modo) el primer movimiento de la primera Suite para Cello BWV 1007:

Vídeo de 2 minutos y 47 segundos de duración


Simpático, pero esta suite para violonchelo, compuesta dieciocho años después de la pieza anterior, en la ciudad de Cöthen, se escucha mejor aquí:

Audio de 1 minuto y 47 segundos de duración


Para terminar, insisto: es una película imposible.

FIN

…que la sangre que vais a derramar no caiga jamás sobre Francia

21 enero, 2012

Contenidos

  1. Balance de la revolución
  2. La descristianización de la primogénita de la Iglesia
  3. La destrucción de la monarquía católica
  4. El rey de los regicidas
  5. Recordar que después de la muerte no hay sueño, sino Vida

La calle, la literatura de folletín, la propaganda y la industria cinematográfico-televisiva nos han enseñado que la revolución francesa es un grandioso acontecimiento en el que los derechos humanos fueron descubiertos y en el que la humanidad nació a la luz después de siglos de tinieblas y tiranías.

Balance de la revolución

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Ya que los panegíricos y la propaganda no nos hablan de ellos, vamos a los hechos reales: un poco de números nos ayudarán a poner a la revolución francesa en perspectiva.

Cantidad de personas guillotinadas en París (de 16 a 93 años): 2,794. En las provincias: 42,000 de las cuales sólo 17,000 fueron sometidas aunque sea a la parodia de un proceso.

Ejecuciones fuera de la guillotina.

Armas blancas o contundentes. Paris: 1,395 asesinados de los cuales 420 no pudieron ser nunca identificados pues sus cadáveres fueron mutilados o quemados. También en Bois de Beaure (Vendée) fueron asesinadas por las autoridades revolucionarias unas 300 mujeres con bayoneta (para ahorrar municiones, se justificó).

“Cañonadas” (Se colocaba a las víctimas en grupos y los cañones cargados de metralla disparaban contra ellos. Era para no perder tiempo en las ejecuciones individuales): 1,876. Fusilamientos: 7,200 (aproximadamente). Noyades (“ahogamientos”: se ataba a las víctimas y se les ahogaba en un río): 4,800. Masacres en las Colonias: 50,000

Si mi calculadora y mis dedos no me fallan, tenemos un total de ejecutados de 110,000 personas (más o menos) de 1789 a 1795. O sea: para cumplir sus fines, la revolución francesa ejecutó de manera más o menos salvaje y horrenda a 50 súbditos franceses diarios durante seis años.

Eso sin contar con el saldo de muerte que dejaron las diferentes guerras civiles a las que la revolución francesa sumió a Francia en ese período y cuya estimación de víctimas va desde los 600,000 a los 800,000 muertos. No hablaré de las guerras de conquista que las fieras revolucionarias lanzaron en contra de Europa. Ni mencionaré tampoco que la revolución francesa ejecutó el primer genocidio de la historia en la Vendée, ni que fue bajo su patronazgo sangriento en el que llegaron a su edad madura las ideologías que azotaron al mundo los siguientes dos siglos… sería muy largo y me lo reservaré para posteriores discursos.

¿Pudo salir algo bueno de esa orgía dantesca de sangre? No.

La descristianización de la primogénita de la Iglesia

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El objetivo de la revolución francesa, regenteada por una pandilla oligárquica de unos cuantos centenares de opulentos y psicópatas personajes, era muy simple: el aniquilamiento de la Iglesia Católica en Francia y la destrucción de la dinastía de los reyes capetos. Ambos objetivos –considerando las dificultades– fueron cumplidos. De las muchedumbre ejecutadas, 350 eran religiosas (monjas) y 1,135 eran sacerdotes (entre los cuales un arzobispo y varios obispos).

El programa revolucionario de descristianización de Francia incluyó: la confiscación de todos los bienes de la Iglesia Católica, la destrucción de iglesias (todas ellas joyas de la arquitectura románica, cluniacence, góticas o rencentistas), destrucción estatuas e iconos religiosos, cruces, campanas y otros signos exteriores de religiosidad; y la institucionalización forzada de una religión anti-católica, el “Culto a la diosa Razón” o al “Ser Supremo”. Celebrar el domingo era penado con la muerte. Los sacerdotes eran perseguidos, deportados o simplemente asesinados.

A una persecución tan feroz se le añadió la consiguiente apostasía de las masas que hizo que Francia dejara, hasta la actualidad, de ser una sociedad cristiana.

Los revolucionarios mandaron a colocar carteles a todos los cementerios (expropiados a la Iglesia también) que decían: La mort est un éternel sommeil (La muerte es un sueño eterno)” Que era una manera de decir:

“¡Estúpido!: ¡la otra vida, la resurrección de los muertos y la segunda venida de Cristo son fantasías! ¡La guillotina es la única realidad!”

La destrucción de la monarquía católica

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Acabar con la dinastía capeta ungida con el aceite de la Santa Ampolla, acabar con los sucesores de Clodoveo Iº, fue más sencillo. El Rey Luis XVI era un tipo débil, bonachón y decente que no opuso a la revolución ninguna violencia. Se le apresó, se le condenó a muerte y se le guillotinó junto a varios miembros de la familia real. A su hijo se le hizo morir de hambre y maltratos.

La Convención nacional vota la condena a muerte del rey Luis XVI. Los votantes (con llamada nominal, por lo tanto de forma manifiesta) son 721. De ellos, 361 dicen ‘sí’ a la guillotina, 360 dicen ‘no’. La diferencia es de un solo voto, pero para el rey y la monarquía es el fin.

Ilustran bien el clima en que se desarrollaron la discusión y el voto, declaraciones como las del diputado jacobino Legendre, quien dijo estar convencido de la necesidad de ‘degollar al puerco` y enviar luego un trozo a cada departamento, como advertencia a los reaccionarios y exhortación para los revolucionarios. Danton recuerda en la Convención: ‘No queremos juzgar al rey, queremos matarlo’. Y Robespierre: ‘Ustedes no son jueces, no hay que hacer ningún proceso. Decapitar al rey es una medida indispensable para la salud pública’. El abbé Grégoire, el obispo líder de la Iglesia cortesana, quien ha jurado fidelidad al nuevo régimen, truena: ‘Los reyes son, en el orden espiritual, lo que la gangrena es en el orden material.’

Condenado a muerte que fue Luis XVI, lo condujeron a la guillotina, un día como hoy 21 de enero de 1793 (hace exactamente 119 años), en donde se dieron estos diálogos históricos:


(Vía)

…El resto de la jornada es relatado por el confesor de Luis XVI, el Abad Henry Edgeworth de Firmont, que acompañó al rey derrocado de su prisión al patíbulo.

“…Sus verdugos lo rodearon de nuevo y quisieron atarle las manos:

¿Qué pretendéis? les dijo el Rey retirando sus manos con vivacidad.

Ataros, respondió uno de los verdugos.

¿Atarme? Preguntó el Rey con indignación evidente: No, no lo permitiré jamás, haced lo que os ha sido ordenado, mas no me ataréis; renunciad a esa intención

Sire, le dije con lágrimas en los ojos, no veo en este nuevo ultraje sino una última semejanza entre Vuestra Majestad y el Dios que va a ser su recompensa”

Subiendo al patíbulo, el Rey pronunció la célebres palabras siguientes: “Muero inocente de los crímenes que se me imputan. Perdono a los autores de mi muerte, y le rezo a Dios porque la sangre que vais a derramar no caiga jamás sobre Francia”

El rey de los regicidas

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Sólo un par de años después del asesinato de Luis XVI, la bacanal sangrienta de los revolucionarios se volvió en contra de ellos y se fueron matando unos a otros, hasta que aterrorizados  por la fuerzas demoníacas que habían ellos mismos desatado, le pusieron un paro matando hasta el último de sus destacados líderes.

Agotados, los regicidas se vieron entre ellos bañados en sangre y, tomando conciencia de cómo les iba a recordar la Historia, decidieron cerrar filas y entregarle en 1799 el poder a un hombre fuerte que les cubriera, para la posteridad, sus espaldas. Decidieron darse a ellos mismos un rey.

Ese hombre fue el Ogro de Ajaccio, el corso terrorista… Bonaparte, el usurpador. Mejor conocido en la Europa de su tiempo como “el hijo del diablo”

Este hombre, cambió la guillotina por los cañones, restauró la esclavitud, estructuró el primer estado policíaco de la historia y comenzó una nueva masacre de proporciones legendarias… Pero eso es harina de otro costal, material para otros discursos.

Recordar que después de la muerte no hay sueño, sino Vida

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Veintidós años después de la muerte de Luis XVI, encontrados que fueron los restos mortales del sucesor de Clodoveo Iº, dos años después de la caída del corso terrorista, se ordenó la composición de una Misa de Requiem para pedir por el alma del Rey Guillotinado. Aplacadas momentáneamente las furias revolucionarias, se encargó una Misa de Réquiem en la que se recordó que la Vida Eterna sí existe.

El compositor italiano Luigi Cherubini nos salió, nada más ni nada menos, que con esto (El Dies Irae que, hoy por hoy, más me impresiona, por sobre el de Mozart y con gran diferencia):

FIN