Salvam Fac Galliam (IV) La consagración y el Incarnatus de Dufay
Este es el cuarto y último discurso de una serie cuya primera parte puede leerse aquí la segunda aquí y la tercera aquí
- Los preparativos de la Consagración
- Los rehenes de la Santa Ampolla
- Guillermo Dufay, el mejor músico del siglo XV
- ¿Interviene Dios en la Historia?
- Carlos VII, rey de Francia
- La Historia moderna de Francia: de la hoguera a la guillotina
Los preparativos de la Consagración
Al cabo de una cabalgata de diecinueve días durante los cuales atravesó tres caudalosos ríos y sometió cuatro ciudades enemigas, el ejército francés de Juana de Arco estaba ya a las puertas de Reims el 17 de julio de 1429. Las tropas del duque de Borgoña que custodiaban la ciudad, al ver que la población se les mostraba desafecta, se replegaron abandonando sus muros. Representantes del ayuntamiento de la urbe se apersonaron ante el delfín Carlos, mostrándole su sumisión y recibiendo las amnistías del caso por su anterior alianza con los ingleses. Así, hizo el Delfín, acompañado de la Doncella, su entrada triunfal en la mismísima ciudad en donde, unos mil años antes, San Remigio había bautizado y consagrado rey de Francia a Clodoveo, primer rey cristiano de la primogénita de la Iglesia.
Era tradición que el concejo municipal y los gremios de Reims organizaran y financiaran los actos de la consagración, y esta vez no fue la excepción. Dado el estado de guerra, los ciudadanos de Reims, sin embargo, decidieron hacerlo todo con celeridad pues querían evitar la entrada en la ciudad de los 12 000 soldados franceses que acampaban en las afueras. Así que, en lo que quedaba del día domingo 17 de julio, durante toda la noche y hasta el amanecer del día siguiente, se prepararon todos los detalles relacionados con la consagración para que esta se realizara el día lunes 18 de julio.
Uno de los detalles más importante era la música de las celebraciones litúrgicas. No lejos de Reims, en una ciudad vecina, llamada Cambrai, hacia el nordeste, desde hacía un par de siglos florecía una reputadísima escuela de música en su catedral. Allí cantaba y estudiaba música Guillermo Dufay, un reconocido músico compositor de la época y autor de la Misa de “L’Homme Armé”. Los canónigos de la catedral de Reims decidieron que, así como en la consagración de Carlos V se había ejecutado una Misa de Guillermo Machaut, en esta ocasión en la consagración del Delfín, la de Carlos VII, se ejecutaría la famosa Misa de Guillermo Dufay (*).
Los rehenes de la Santa Ampolla
Muy temprano, en la mañana del día siguiente 18, el Delfín comisionó a cuatro señores para ir a traer la Santa Ampolla indispensable para los ritos de la consagración, tal como ya expliqué en la primera parte de esta serie de discursos. Los señores comisionados fueron: el mariscal Juan de Brosse, señor de Boussac; Gilles de Laval, barón de Rais; Juan Malet, señor de Graville y gran maestre de los ballesteros; y Luis de Culant, almirante de Francia.
Luego de un corto recorrido al trote de sus elegantes percherones hacia las afueras de la ciudad de Reims, los cuatro caballeros llegaron a la abadía de San Remigio en donde los esperaba ya una multitud proveniente de la aldea vecina de Chêne-Pouillieux, del condado de Rethel. Estos campesinos aseguraban, y sus dichos fueron confirmados por el abad, que al ver un nutrido grupo de soldados borgoñones e ingleses dirigirse, tres días atrás, hacia Reims con el propósito de trasladar la Santa Ampolla hacia Paris, ellos –los aldeanos del lugar–, armados de hoces y de otros instrumentos de labranza, se les interpusieron en el camino e impidieron que cumplieran su cometido.
Los cuatro caballeros, que de acuerdo a los ritos de la consagración de los Reyes de Francia eran llamados los otages de la Sainte Ampoule (literalmente: Rehenes de la Santa Ampolla), sin bajarse de sus corceles y seguidos de los curiosos campesinos, hicieron su entrada en la iglesia y depositaron sus estandartes en el piso del presbiterio.
Después de extraerlo ceremoniosamente de la urna en la que estaba guardado desde hacía unos cincuenta años, el abad Jean Canard colocó el relicario en su pecho, colgado de una cadena alrededor de su cuello. Se acercó a los caballeros quienes, sin dejar sus monturas, juraron solemnemente –como mandaban los protocolos– no perder de vista la Santa Ampolla y defenderla con sus vidas. Cuatro benedictinos del lugar cubiertos con alba atada por un blanco cordón, enarbolaron un enorme palio con magníficos bordados de flores de lis doradas y cubrieron con el mismo al abad que, vestido con ricos hábitos pontificales, y con la reliquia en su pecho, subió a un caballo ostentosamente enjaezado y facilitado por el Delfín.
El grupo de cuatro jinetes, el abad con la reliquia y los cuatro religiosos a pie asiendo sendos varales del palio protector, emprendieron su lento camino hacia la catedral de Reims. El pueblo reunido afuera de la abadía descubrió sus cabezas al ver salir de la abadía la procesión precedida de los escuderos de los cuatro señores, y –vigilantes y piadosos– acompañaron a la Santa Ampolla elevando durante el camino cánticos religiosos.
Guillermo Dufay, el mejor músico del siglo XV
La comitiva, aunque sucia por las prisas y por lo excepcional de las circunstancias de guerra, lucía solemne, y le tomó poco más de una hora para llegar a la catedral de Reims. Sin desmontar, en virtud de un antiguo privilegio de los otages de la Sainte Ampoule, atravesaron la nave apartando suavemente a la multitud congregada (en esa época no habían bancas) hasta llegar al coro, en donde los esperaba el consagrador, el arzobispo de Reims y canciller de Francia, Regnauld de Chartres.
Mientras la comitiva desfilaba sobre las miradas de los fieles y bajo los imponentes arcos y bajo la luz de los vitrales de esa gran catedral gótica, el coro –que no había dormido practicando los cánticos de la ceremonia– entonó el Credo de la Misa de “L’Homme Armé” de Guillermo Dufay, así (audio de 46 segundos):
Credo in unum Deum, Patrem omnipotentem, factorem caeli et terrae
Creo en un solo Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra
La consagración del Rey de Francia había comenzado…
Guillermo Dufay, el autor del Credo en cuestión, fue un clérigo-músico que nació en el condado de Borgoña, y se educó allí mismo, en la época en la que su duque Felipe se había aliado a los ingleses en contra de la legitimidad de los reyes de Francia. Tal traición podrá ser todo lo condenable que hemos dicho que fue, pero le garantizó a los feudos del duque de Borgoña, al mantener sus territorios básicamente al margen del conflicto, una paz y prosperidad tan estables que condujeron a las regiones borgoñonas a convertirse en el centro neurálgico de la economía europea y en la principal luminaria de la cultura.
Allí, dije, creció y se educó Guillermo Dufay. En territorios borgoñones (y más precisamente en Flandes) asumió los logros musicales de Machaut y afinó aún más la técnica del contrapunto musical. Recordemos que el contrapunto es el conjunto de técnicas que aseguran que varias melodías diferentes tocadas simultáneamente sean agradables al oído. Hasta Dufay, el contrapunto se ocupaba fundamentalmente de que todas las melodías se armonizaran con una principal. Dufay dio el paso de armonizarlas entre ellas, y así dio nacimiento a la célebre e influyente escuela musical Franco-Flamenca.
Sabedor de la importancia del misterio de la Encarnación en la Historia de los hombres, Guillermo Dufay, que para entonces era el compositor más célebre de la Europa del siglo XV, como todos los grandes músicos de la Historia, desde Machaut hasta Beethoven, pasando por Bach y Mozart, le cantó a ese misterio de Fe.
Dufay le cantó al misterio de la Encarnación en una Misa que llegó a ser una de las más admiradas de esa época, y se inspiró para su melodía elemental en una popularísima canción profana llamada “L’Homme Armé”, por eso la Misa esa de Dufay es conocida como la Misa de “L’Homme Armé”. Como todas las Misas, en cuanto género musical, incluye por supuesto la oración del Credo en el que se resumen los principales misterios de fe que debe creer un católico. Uno de ellos, y talvez el principal –a juzgar por el hecho de que cuando se canta esa parte se solía uno poner de rodillas–, es el misterio de la Encarnación. Ese misterio se expresa en el Credo con la siguiente frase:
Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen y se hizo hombre
…que en latín se dice así:
et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine et homo factus est
En la misa de consagración de Carlos VII en Reims, mientras ungían nueve veces al Rey con el crisma de la Santa Ampolla, el coro de la catedral cantaba esa parte de la siguiente manera (30 segundos de audio):
Et incarnatus est
Y sigue (audio de 24 segundos):
de Spiritu Sancto
El misterio de la Encarnación hace referencia al hecho de que, hace poco más de dos mil años, Dios se hizo hombre en la persona de Jesucristo, el Ungido; en griego, el Χριστός, Christós. Su vida en Israel, su muerte y su resurrección marcaron a la Historia de tal modo, que su nacimiento sirve de parteaguas a la misma. El tiempo de los acontecimientos históricos se mide según sea su distancia antes o después del nacimiento del Χριστός. La Encarnación de Dios –todo un misterio para la razón humana– es el acontecimiento crucial de la Historia, es el evento primordial que nos permite (aunque nadie ha dicho que sea fácil) descifrar al ser humano en el tiempo, descifrar el caminar de la humanidad.
¿Interviene Dios en la Historia?
Es interesante notar, en este punto del relato, que en su Encarnación, en su más importante intervención en la Historia, Dios no se escondió, ni ahorró evidencias.
Y me llama la atención, pues creo que la Providencia Divina interviene en la Historia, por lo general, de modo sutil y misterioso. Su paso por nuestras vidas no es siempre evidente y casi nunca espectacular: es necesaria una sensibilidad muy acusada para detectarla.
Menciono esto, pues a poco que se hurgue en la historia de la humanidad, se nos presenta al intelecto la seria sospecha de que la Historia no es una sucesión desordenada e inconexa de hechos sin sentido. A casi todos aquellos que se han sumergido en la investigación y el estudio científico de sus arcanos, les ha quedado claro que hay un hilo conductor que le da a la historia de la humanidad un significado y una razón. ¿Cuál sea ese hilo? Allí hay divergencias que surgen de las bases filosóficas desde las que se parta. Es una cuestión metahistórica que está en manos de los filósofos de la Historia. Las diversas respuestas, desde el eterno retorno de los antiguos, hasta el materialismo histórico marxista, podrán ser más o menos atinadas dependiendo de qué tanto respeten la verdad de los hechos históricos que los justifican, y de qué tanto fundamentan sus tesis en una visión integral y realista del ser humano, que es en definitiva el protagonista fundamental de la Historia.
En el siglo que nos ocupa, el XV, con todas sus crisis, dudas y problemas, el consenso todavía era claro: el hilo que le daba sentido a los acontecimientos históricos era la Divina Providencia, el actuar amoroso de Dios en la vida de los hombres, sus criaturas. En los tiempos actuales, esta convicción, dada la casi total descristianización de la cultura y de las élites intelectuales, no es, ni de lejos, un consenso. De hecho, en la actualidad, la Historia está dejando de tener sentido alguno. En nuestro tiempo, se abandona el estudio de la Historia o se manipula burdamente en aras del entretenimiento, del dinero, o de recalentados residuos ideológicos.
En todo caso, la seguridad de que Dios interviene en la Historia de modo activo, sutil, y a veces misterioso, ya no está de moda. Claro está que el que no esté de moda no significa que no sea verdad, así como el que haya sido popular en el siglo XV tampoco era distintivo de su veracidad. El que la intervención habitual de Dios sea un elemento fundamental a la hora de interpretar los acontecimientos históricos a nivel filosófico, extrae su certeza, no de la volubilidad de los antojos humanos a su respecto, sino de que se basa en una concepción integral del ser humano que no recorta su dimensión espiritual, ni desprecia su realidad material y en un adecuado y correcto conocimiento de la naturaleza Divina. Esa ha sido, y es –desde Agustín de Hipona hasta Maritain, pasando por Tomás de Aquino y Nicolás de Cusa– la convicción de la Filosofía Cristiana. Así, la seguridad de que Dios interviene en la Historia de los hombres, es una certeza mía también.
Carlos VII, Rey de Francia
Esa era también la certidumbre de los ciudadanos de Reims que no descansaron para preparar la consagración del delfín Carlos VII, y que la presenciaron en masa. También los cuatro caballeros nombrados por el Delfín para escoltar la Santa Ampolla desde la abadía de San Remigio hasta la catedral en donde se celebraría la consagración, estaban seguros de ser testigos de primera fila, ante las proezas de La Pucelle, de una intervención divina categórica e irrebatible… de una intervención divina poco sutil.
Y seguían escuchando mientras los representantes de los doce pares de Francia sostenían la corona sobre la cabeza de Carlos VII (28 segundos de audio):
ex Maria Virgine
Durante los ritos de la Consagración, la Doncella permaneció de pie a la derecha del centro de los acontecimientos, discreta, aunque por dentro exultante, sosteniendo su insigne estandarte que lucía a la vista de todos.
Feliz, sin duda, al ver su misión cumplida, dijo en esa ocasión:
«Gentil roy, ores est exécuté le plaisir de Dieu, qui vouloit que vinssiez à Reims, recevoir votre digne sacre, en monstrant que vous estes vray roy et celui auquel le royaume doit appartenir»
Gentil Rey, ahora está cumplido el deseo de Dios, que quiso que viniéseis a Reims a recibir vuestra digna Consagración, mostrando así vos sois verdadero Rey y que sois aquel al que el reino debe pertenecer.
El coro terminó la parte del Incarnatus de la Misa de Dufay de la siguiente manera (54 segundos de audio):
et homo factus est
y se hizo hombre
Con la consagración de Carlos VII quedó cumplida la resurrección de Francia, que desde ese entonces se dedicó a expulsar a los ingleses al Canal de la Mancha y a negociar con el duque de Borgoña. En medio de esos cabildeos y batallas, Juana de Arco fue capturada por los borgoñones quienes la entregaron a los ingleses en la ciudad de Rouen. Según algunos historiadores de valía, fue traicionada por los suyos. Para mí –por lo menos– la traición no está del todo clara.
Sin perder tiempo, los ingleses, manipulando a sus dóciles instrumentos de la Universidad de París, la juzgaron en una parodia de proceso y la condenaron a la hoguera. Juana de Arco apeló al papa Martín V, y sus captores –por supuesto– le negaron el reclamo.
La Historia Moderna de Francia: de la hoguera a la guillotina
El último deseo de la Pucelle en el cadalso fue pedir una Cruz para contemplarla mientras moría. Un monje dominico fue a la iglesia más cercana, allí mismo en la Plaza del Viejo Mercado de la ciudad de Rouen, y pidió prestada una cruz procesional para cumplir con el deseo de la condenada. El santuario en cuestión –de nuevo– estaba dedicado al Saint-Sauveur (San Salvador) así que, mientras la humareda la asfixiaba, y antes de que las llamas la devoraran viendo la Cruz del Divino Salvador del Mundo, Juana de Arco exclamó: “¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!”
Curiosa coincidencia: La advocación del Divino Salvador del Mundo en la vida de la Pucelle, al principio, en medio y al final. “¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!” fueron sus últimas palabras mientras seguramente todavía resonaba en su cabeza el Incarnatus de Dufay, probablemente la música más grandiosa que escuchó nuestra pastorcita en su vida terrena. Escuchémoslo completo de un tirón (2 minutos 16 segundos de audio):
Aquí termina el relato de uno de los cuatro eventos cruciales del siglo XV que retrasaron por varios siglos el derrumbe de la civilización cristiana.
Estos hechos en particular, relacionados con Santa Juana de Arco, permitieron a la primogénita de la Iglesia regresar a sus carriles y enfilarse hacia su gran destino: ser en dos siglos contados a partir de la hoguera de la Pucelle, una potencia mundial asumiendo esa calidad a lo largo de ciento setenta años. Sin embargo, la cuesta fue larga, empinada y llena de espinas. En el camino dejó, a la postre, su dignidad y su fe.
Lo que queda hoy de la Douce France, solo son cenizas de un gran pasado… dulces cenizas.
FIN
(*) Guillermo Dufay compuso la Misa de “L’Homme Armé” muchos años después de la consagración de Carlos VII y de la ejecución de Juana de Arco. Y si bien llegó a ser uno de los músicos predilectos de este Rey mecenas, su Misa más famosa no pudo haber sido ejecutada en esta celebración litúrgica. He acudido a este anacronismo inofensivo sólo por motivos estéticos y didácticos. Como digo, es una ficción inofensiva pues para lo central del relato y de las reflexiones en las que me explayo, los cánticos religiosos específicos que se hayan interpretado en la ocasión son accesorios. Me disculparán.






