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Salvam Fac Galliam (II) La crisis del siglo XV

25 octubre, 2011

Este es el segundo discurso de una serie cuya primera parte está aquí

Contenidos

  1. Francia en el abismo
  2. Las duraderas consecuencias económicas y morales de la peste
  3. El cielo político, encapotado en la madrugada del siglo XV
  4. Se empiezan a cerrar las mentes
  5. El misterioso sentido de la Historia

El rey inglés Enrique V en la batalla de Azincourt 1415

Francia en el abismo

En el alba del siglo XV la situación en Francia –con ocasión de la Guerra de los Cien años contra Inglaterra, y que ya llevaba 63– era desastrosa. Desde que, en 1415, en la batalla de Azincourt, unos pocos arqueros ingleses habían aniquilado a la flor y nata de la caballería fancesa, el reino de la Flor de Lis no veía ni una.

El rey Carlos VI, llamado el Loco, solo contaba con seguidores divididos entre el bando de los armagnacs y los borgoñones (estos últimos proclives a una capitulación frente a Inglaterra), y con una seria enfermedad mental que fue incapacitándolo cada vez más para gobernar. Su casquivana esposa, la reina Isabel de Baviera, no le hacía las cosas fáciles, y se gritaba a los cuatro vientos que su heredero, el delfín Carlos, era bastardo.

Así las cosas, Carlos VI “el Loco” se alineó con el bando del duque de Borgoña y decidió en 1420 rendirse a Inglaterra. Dio a su hija en matrimonio al rey de Inglaterra Enrique V, desheredó a su hijo Carlos (el Delfín), y se pactó con la pérfida Albión que a su muerte (la del rey francés Carlos VI) le sucedería en el trono el fruto futuro de la unión de su yerno y su hija, es decir que la corona de Clodoveo Iº y la de Carlomagno pasarían a las sienes de su nieto, un inglés (que a su vez sería simultáneamente el rey de Inglaterra).

A modo de sello del pacto, el rey Carlos VI y su flamante yerno Enrique V de Inglaterra hicieron su entrada triunfal en París el 1º de diciembre de 1420. La escena de un ejército invasor entrando victorioso en París sólo se vería dos veces más en la Historia: en 1814 cuando los cosacos rusos acamparían en los Campos Elíseos, y en 1940 cuando los nazis desfilaran bajo el Arco del Triunfo. Días tristes.

En todo caso, ese 1º de diciembre de 1420, mientras estandartes con leones rampantes ondeaban a la sombra de Notre-Dame de París, estaba clara una cosa: el reino de Francia había muerto.

Las duraderas consecuencias económicas y morales de la peste

En esa época –principios del siglo XV, el Quattrocento– se empezaba a recoger el fruto de la peste exterminadora del siglo anterior. Recordemos que en un lapso de cinco años, la peste había arrasado con la mitad de la población europea, y se había cebado con especial furor en lo mejor de la clerecía católica (que, cumpliendo con su deber de llevar los últimos sacramentos a los moribundos, se contagiaba y caía luego como moscas). El resultado fue la duplicación relativa de los bienes materiales de la población en general, y de la nobleza e Iglesia en particular, que mezclada con el cinismo que produjo la tragedia, desencadenó –en Occidente– una tendencia cada vez más desenfrenada al lujo y a la avaricia no vista desde los tiempos del paganismo.

Concilio de Constanza

Debilitada la estructura humana de la Iglesia Católica, quien –en aras de reponer su clero diezmado– descuidó terriblemente su calidad y su formación, proliferaron las sectas heréticas (como los wycliffitas y los husitas) que no vacilaban en aliarse con lo más corrupto de la nobleza, y en hacer uso indiscriminado de la violencia y la rapiña. La contestación intra-eclesial

Padres conciliares en el Concilio de Constanza que le puso fin al Gran Cisma de occidente 1419

no era menos vehemente (Savonarola no era sino un ejemplo anecdótico de ese clima turbulento).

Esa gran crisis de ánimo de la Iglesia Católica (facilitada en gran parte por la peste del siglo XIV que, además, la había anegado en riquezas materiales) la tenía, a principios del siglo XV, postrada frente a un cisma en el que hubo hasta tres papas simultáneos  disputándose la Silla de San Pedro. El cuadro eclesiástico era deplorable y las soluciones a la vista (como imponer la supremacía de los concilios ecuménicos a los soberanos pontífices) eran peores. La bulla imperante parecía dificultar que las miras sobrenaturales prevalecieran. El papel de la Iglesia como columna vertebral de la civilización parecía empezar a resquebrajarse.

El cielo político, encapotado en la madrugada del siglo XV

En el mundo secular las cosas no estaban mejor: Después de haber estado abierto durante las cruzadas, el vital comercio con oriente empezaba a ser dificultado de nuevo por los turcos otomanos; España todavía no era un reino unificado y se debatía aún en la tarea de la reconquista en contra de los musulmanes invasores; el Sacro Imperio Romano Germánico se había anquilosado, y –en virtud de la Bula de Oro– se había vuelto arcaico e inoperante; Europa Central se sublevaba con banderas heréticas; Italia se sumergía aceleradamente en el lujo obsceno, la sodomía y la frivolidad hasta que terminó convirtiéndose en el campo de batalla de Europa; e Inglaterra, si bien triunfante contra Francia, había entrado al siglo XV inficionada de latentes impulsos disolventes en el campo social, en el político y en el religioso, era una bomba de tiempo que explotaría –después de una guerra civil– a principios del siglo siguiente.

Francia en 1415. En Rojo las partes controladas por los Ingleses o sus aliados Borgoñones

Por otro lado, el acoso musulmán a la Cristiandad, que había sido más o menos neutralizado gracias a las cruzadas de los siglos XII y XIII, emergió de nuevo en Turquía, provocando una nueva oleada de exilados intelectuales griegos que nos hacían redescubrir textos clásicos o simplemente paganos que se pusieron de moda en los ambientes intelectuales europeos.

Se empiezan a cerrar las mentes

No sólo dio eso inicio a lo que hoy se conoce como Renacimiento, sino también al desarrollo de versiones gnósticas pseudo-científicas que promovían velada o abiertamente la hechicería y el ocultismo. Cosme de Medici, por ejemplo, mandó a imprimir el Corpus Hermeticum traído de Bizancio, que es una especie de manual esotérico seudo-satánico con aspiraciones a filosofía seria, pero que se hizo muy popular en ciertos círculos con pretensiones de importancia.

En el campo intelectual se asistía a una involución. La magnífica síntesis tomista no pudo establecerse en las cátedras universitarias, y fue engavetada en polvorientos y oscuros armarios. Las alambicadas disputas filosóficas entre scotistas, occamistas, agustinistas, neoplatónicos y averroístas sembraron en las mentes la cizaña del escepticismo, y la Filosofía –desacreditada en la escolástica– dejó de unificar y orientar el progreso de las ciencias particulares, siguiendo estas, a partir del siglo XV, el derrotero de la fragmentación, que a la larga –siglos después– terminaría en la deshumanización de la técnica.

El misterioso sentido de la Historia

Ese era, en resumidas cuentas, el gran telón de fondo –el gran contexto– de la agonía de Francia, el comienzo de la descomposición de la civilización tal como era conocida desde hacía seis siglos. Todo hacía vislumbrar un colapso generalizado inminente.

"La Pucelle"

Pero…

Cuatro eventos cruciales y providenciales acaecidos en el siglo XV, íntimamente ligados a sendos protagonistas principales, cambiarían decisivamente y de modo imprevisto lo que parecía ser el fatal curso de los acontecimientos.

Esos cuatro sucesos críticos no impedirían el desplome final de la Cristiandad, pero lo retrasarían por lo menos cuatro siglos. Uno fue la reunificación de España por mano de la reina Isabel de Castilla; otro, el resurgimiento del Sacro Imperio Romano Germánico, por obra de Federico III de Habsburgo; otro, el descubrimiento de América por Cristóbal Colón; y finalmente –aunque fue el primero en el tiempo– la salvación de Francia que vino a través de la mano de –no de un príncipe, de un estadista– sino de una niña de dieciséis años: “La Pucelle”.

De esta última coyuntura, en la que es imposible no ver la mano de Dios… de cómo se salvó Francia, conversaremos en el siguiente discurso.

4 comentarios dejar un →
  1. 2 noviembre, 2011 12:37 PM

    ¿Has quitado lo del heresiarca Lutero?

    Te iba a decir que lo de las tesis es un mito histórico; este siniestro frailón este no clavó ninguna tesis en ninguna puerta de ninguna iglesia.

    http://infocatolica.com/blog/delapsis.php/1110311159-lutero-clavo-un-clavito-pero

    • 2 noviembre, 2011 2:13 PM

      Sí, lo quité. Ya lo tenía programado desde hace días con la intención de hacerle una reedición profunda… y se me olvidó. Cuando me di cuenta se había “autopublicado”.

      Y lo quité (que sincronía mental más curiosa contigo) por lo que indicas y por nueva información sobre las raíces gnósticas de su pensamiento de lo más interesantes. Espero reconstruirlo pronto.

      Saludos AMDG.

  2. 2 noviembre, 2011 2:33 PM

    > que sincronía mental más curiosa contigo…

    No es sincronía mental, es que te vigilo de cerca, para que no te pierdas :)

Sus comentarios son bienvenidos

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