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Egmont o la eviterna búsqueda del Vellocino de Oro (V)

15 octubre, 2011

Esta es el quinto y último discurso de una serie cuya primera parte pueden leer aquí, la segunda aquí, la tercera aquí y la cuarta aquí

El Conde de Egmond, por el hecho de ser Caballero de la Orden del Vellocino de Oro tenía el derecho de ser juzgado por sus pares, derecho que exigió con energía. Nos ilustra la Enciclopedia Británica a este respecto:

“…the knights had the right to trial by their fellows on charges of rebellion, treason, or heresy…”

Sin embargo el Tribunal de los Tumultos (longa manus del Gran Duque de Alba) por indicaciones directas de Felipe II, ignoró sus fueros y pasó encima de ellos. Se le acusó de alta traición argumentando que siendo que el Conde de Egmond no había evitado los tumultos iconoclastas, era tan culpable como los heréticos perpetradores:

“…haeretici frexentur templa, boni nihil fecerunt contra; ergo debent omnes patibulari…

“Los herejes quemaron los templos, los buenos no hicieron nada en contra, por lo tanto deben todos ser ejecutados”

El Conde alegó en su defensa que no hizo nada para detener los disturbios pues no tenía tropas disponibles. El enfrentamiento entre los dos personajes históricos no terminó entonces de modo feliz. El Conde de Egmond fue –ilegítimamente– condenado a muerte.

Luego de recibir los últimos sacramentos, ya en el patíbulo, el Conde de Egmond confirmó su lealtad a la Fe Católica y a su Rey Felipe II de Austria, encomendándole a éste último el cuidado de su esposa y sus hijos ya que le había sido confiscada su fortuna. Habiendo sido talvez imprudente o ambiguo, sin duda que no era culpable de Alta Traición. Ilegítimamente fue decapitado ofrendando así su vida por la libertad y la legitimidad.

Su primer hijo varón –de diez años al momento de la ejecución– Philips van Egmond, heredó el principado de Gravre y los otros títulos y continuó fiel a la corona española, a pesar del suplicio de su padre. Veintidós años después de esta infamia, Philips dirigió parte de las tropas que en la batalla de Ivry iba a tratar de evitar la entronización de la funesta Casa de Borbón, cayendo heroicamente en combate frente a Enrique de Navarra, extinguiéndose en holocausto su propia casa, la de Egmond.

El imposible y el arte

Dos siglos después, el poeta alemán Goethe escribió una pieza de teatro –titulada Egmont– alrededor de este inolvidable ejemplo de la humanidad. La obra en sí no tuvo gran éxito en las tablas sino hasta que otro gigante del arte, Ludwig Van Beethoven compuso para la obra un soundtrack (música incidental dirían los entendidos). La obra musical tiene diez partes, la primera de las cuales es la Obertura. Dicha pieza (La Obertura de Egmont) de Beethoven se convirtió así un fantástico homenaje a la vida de ese hombre, en un prodigioso acto de vasallaje a la libertad, a la legitimidad y a la tolerancia entre las personas que piensan diferente.

Cuando los músicos que iban a estrenar la obra vieron las partituras, se dieron cuenta de que al final se mandaba que los violines tocaran a una velocidad y de unas maneras nunca vistas. Llamaron a Beethoven y -esos profesionales de la música- le dijeron al “monstruo musical”:

“Esos arpegios del final son inejecutables, son imposibles de tocar por un humano”.

Bueno…. era Beethoven claro está, y él con su incomprensible genio siempre desafió a lo imposible.

Veamos y escuchemos los resultados de ese “imposible” de Beethoven. El maestro gitano Sergiu Celibidache, juntamente con la Orquesta Filármonica de Berlín, nos ofrecen a continuación una ejecución de esta joya en medio de las ruinas provocadas por la guerra y por la intolerancia de un gorila ilegítimo y diabólico llamado Hitler. A sólo dos años del final de la guerra, estos músicos se esfuerzan en decirnos, con música, que todavía hay esperanza. A pesar de estarse montando en ese preciso momento una dictadura feroz pro-soviética en Alemania Oriental, esa música es una alegoría de la indestructibilidad del espíritu humano en su eviterno afán por el Vellocino de Oro.

FIN

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13 comentarios dejar un →
  1. 20 marzo, 2009 8:53 AM

    Me ha gustado esta serie, tus post son como un buen libro, hay que leerlo 2 o 3 veces (y así lo hago), porque siempre encontras algo nuevo que no reparaste en una primera leida.Agradezco tu iniciativa de compartir tus conocimientos sin ningún interes JC

  2. 20 marzo, 2009 9:04 AM

    A quien hay que agradecerle la gentileza y la proeza de leerse este puro infumable es a ti, Wirwin.Habría apostado a que nadie la leería.Gracias por la lectura, los comentarios y las flores.Saludos

  3. 20 marzo, 2009 8:45 PM

    Me has dejado “speechless” as usual jejeje eres una biblioteca andando. Cuando tenga dudas de historia ya se adonde acudir jajaja

  4. 23 marzo, 2009 9:23 AM

    Gracias por venir y comentar Ceci. Tus visitas nos alegran enormemente.Estamos para servirte, Saludos.

  5. 25 marzo, 2009 3:04 PM

    Que hermosa pieza de música clasica, sabes nunca me habia puesto a pensar en lo cultos que tenían que se estos genios compositores, porque para escribir tan bellas obras de arte, debían de conocer la historia, para sentirla y plasmarla en el pentagrama.Y Sabes conociendo la historia se degusta mejor la obra musical.saludos

  6. 26 marzo, 2009 4:32 PM

    No conocía la historia. Un error.

  7. 27 marzo, 2009 11:42 AM

    @Wirwin

    Efectivamente, conociendo la historia detrás de la pieza se aprecia mejor. Me alegra que te gustara.

    ______________________________________________________

    @AMDG:

    Sí, creo que fue un error inevitable. Visto en retrospectiva, las ejecuciones de marras, fueron el “evento crucial” que decidió que Flandes se perdiera para el Imperio Español. Y digo inevitable pues, desde la distancia, creo que Felipe II actuó adecuadamente. Ni en mis más lejanas ilusiones me habría imaginado –en su lugar– que la indulgencia habría sido un buen camino, dadas las condiciones de la Cristiandad de esos años.

    Saludos, AMDG

  8. 15 octubre, 2011 5:22 PM

    Lo único que se me ocurre decirte es: ¡Muchas gracias!

    • 15 octubre, 2011 6:06 PM

      Gracias a ti por venir, Mario.

  9. 15 octubre, 2011 5:34 PM

    Qué te puedo decir después de leer la historia y disfrutar la obra, más que muchas gracias por enseñarme que Beethoven es más que la Quinta Sinfonía y el Claro de Luna. Felicitaciones JC y gracias por compartrir tus talentos con un lego en música clásica como yo☼

    • 15 octubre, 2011 6:07 PM

      Qué bueno que te gustó, Fredy. Nos seguimos instruyendo mutuamente en nuestras respectivas bitácoras. Saludos

  10. 15 octubre, 2011 6:22 PM

    Mi estimado Conde, gracias por el post que une a tres grandes: un patriota, un escritor y pensador y uno de los músicos mas geniales de la humanidad.

    Sobre el primero, le admiro como ciudadano fiel a la patria y a su religión, la que defendió a través de ña proclama de cierta libertad religiosa, por la que murió. Cualquier país sería mejor hoy en día si tuviéramos hombres y mujeres así de coherentes. Claro, semejante testimonio tenía que ser retomado y escrito por Goethe (confieso que como obra teatral jamás la he visto). Como señalas, en su momento, la pieza de Beethoven superó la admiración y creo que lo hace a la fecha.

    Sobre el video, me parece un buen aporte de tu parte y se agradece la dedicación. Sabés la había visto con Karajan (en video obvio), pero este video en mi vida! y me gusta que está centrado en el director y no se necesita ver la orquesta, el tipo la interpreta! Cuando uno ve a la sinfónica, el director está de espaldas y pocas veces uno tiene la oportunidad de observar la parte artistica de un director.

    Por otra parte, tu edición está genial. Ayuda un montón a entender o que en movimiento musical nos está contando el músico compositor. Mira, la parte del silencio no tiene calificativo. El señor fue y es un genio, el último de los clasicos y el primer gran romántico.

    saludos,

    • 15 octubre, 2011 6:47 PM

      Excelente comentario, Ixquic*. Gracias por venir

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