Egmont o la eviterna búsqueda del Vellocino de Oro (III)
Esta es el tercer discurso de una serie cuya primera parte pueden leer aquí y la segunda aquí
Jasón postergado
El conde de Egmont era miembro de la Insigne Orden del Vellocino de Oro (Toisón de Oro), una orden militar exclusiva (solo estaba integrada por unas decenas de ilustres guerreros) creada en 1429 para defender a la Iglesia Católica, a las mujeres y a los oprimidos, revivir el espíritu caballeresco medieval, y atemperar a los guerreros imbuyéndolos del ejemplo heroico del mítico Jasón. Así como Jasón había escogido a los mejores griegos para recuperar el Vellocino de Oro y devolver la legitimidad al trono, la Orden escogía su membresía solo entre los mejores y más nobles guerreros de la Cristiandad. El gran maestre de la Orden era, precisamente, su primo Felipe II de Austria, y el símbolo característico de la Orden era un Vellocino de Oro.
Cuentan que, además de caballero, galante, buen bebedor y bailarín consumado, Egmond era valiente hasta la temeridad, lo que le consiguió el aprecio, la gratitud y la admiración de sus compatriotas españoles y flamencos. Cuando en 1559, Felipe II nombró como gobernadora a su ilegítima –pero bella, brillante y capaz– hermana Margarita de Austria y Parma (A la derecha), la aristocracia flamenca se decepcionó, pues creyó que tal responsabilidad debió haber recaído en el popularísimo conde de Egmond.
El Rey de España Felipe creía que había que terminar con la política de tolerancia de su padre y que había que meter en un mismo saco a los protestantes pacíficos como a los violentos. Y es que, en realidad, la aristocracia protestante Nederlandesa era bastante levantisca. Desde el nombramiento de Margarita de Austria y de Parma como gobernadora –azuzados por Guillermo el Taciturno (abajo a la derecha)– los nobles no cesaban en su 
empeño de denostar y hostigar a su ministro más valioso, sofisticado y culto: el brillante diplomático cardenal Antoine Perrenot de Granvelle, conde de La Baume Saint Amour (A la izquierda).
Pero en esa resistencia activa en contra del cardenal de Granvelle, los protestantes no estaban solos. Los nobles católicos también querían verlo partir. Lamoraal, el conde de Egmond se rehusaba a tomar asiento en el Consejo de Estado si el Cardenal Granvelle no se retiraba.
Exigit sinceras devotionis affectus
Despreciando el consejo del papa de esa época, Felipe II hizo oídos sordos a la oposición a Granvelle y extendió la jurisdicción de la Inquisición para que juzgara a los enemigos de los representantes de la corona y de la unidad religiosa. Hay que aclarar que esa Inquisición era un instrumento político de los reyes de España, y dependía de ellos, no de las instituciones oficiales de la Iglesia Católica, por lo que no puede achacársele a la Iglesia Católica faltas que no le corresponden.
Hay que decir también, pues callarlo sería faltar a la justicia, que en todo caso –en medio de naturales defectos institucionales– la Inquisición Española cumplió perfectamente su papel al salvaguardar la unidad religiosa de la Península Española y otras regiones de su imperio, modernizó en su época los procedimientos penales y morigeró sustancialmente la aplicación de la tortura, aunque Hollywood se empeñe en hacernos creer lo contrario. (He aquí un par de artículos para quitarse telarañas de la mente en relación a la Inquisición Española: I, II, III, y IV)
Pero el punto es que en las Diecisiete Provincias el problema no era –todavía– religioso, sino económico, impositivo y foral. Al igual que la Liga Hanseática, las regiones y burgos de los Países Bajos eran extremadamente celosos de sus legítimos derechos, estatutos y privilegios frente a la Corona, y desde que fueron subsumidos por la soberanía Borgoñona –y luego traspasados a la corona española–, estos derechos estaban en constante retroceso acosados por impopulares impuestos no consensuados con los órdenes lugareños. Era un delicado y complejo conjunto de problemas relacionados precisamente con la legitimidad y las tradiciones locales.
La Inquisición, en ese brumoso panorama flamenco, tenía poco que hacer.
El Cardenal Granvelle tuvo que abandonar su cargo.


“mentirijilla política”jajajajaajaja casi no ves los Simpson
“el problema no era –todavía– religioso, sino económico”para ser honesto, eso es igual hasta la fecha, la mayoría de guerras, sino todas a mi juicio son motivadas por modelos económicos, que a veces lo disfracen como impulsados por airosos veintos de libertad es otra cosa. Pero bien sabemos que solo son patrañas para encender al pueblo.Saludos