Fides et Ratio. Et Incarnatus Est – (Parte I)
Si se expresa una proposición como la que sigue: “un triángulo tiene cuatro lados” se está diciendo un absurdo. O tiene cuatro o tiene tres, pero no puede tener al mismo tiempo –y bajo el mismo respecto– ambas cantidades pues son excluyentes. Es el principio de no contradicción, sólo contestado por la dialéctica hegeliana (hoy bastante desacreditada) y por ciertas interpretaciones de la dialéctica marxista (más de moda que la anterior).
El principio de no contradicción es la piedra angular del raciocinio humano. Su aceptación –consciente o inconsciente– permite la investigación científica, la comunicación, el lenguaje y el simple razonamiento humano.
Señalo lo anterior para comenzar a poner en contexto las relaciones entre fe religiosa y razón. Recordemos que:
Algunas religiones sostienen que el ser humano -en virtud de su dimensión limitada- no puede, con sus solas fuerzas, comprehender la verdad y el significado de realidades vinculadas a lo infinito (o sea, a Dios). Es por esta razón, arguyen, que Dios se revela a sí mismo mediante acciones extraordinarias, para poner al alcance de sus criaturas verdades que, de otro modo, difícilmente –o de ninguna manera– alcanzarían.
El cristianismo en general, y la Iglesia Católica Romana en particular, forman parte de este tipo de religiones. Así, el cristianismo en general está –como doctrina– estructurado alrededor de estas verdades –algunas de ellas inalcanzables por otras vías– que, de modo gratuito, dicen que fueron puestas a disposición del hombre por Dios mismo.
Los misterios cristianos
Decíamos también que el Magisterio de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana sostiene que todos los misterios a los que Dios –a través de ella– propone la adhesión del intelecto humano son racionales, es decir que no son absurdos. No contrarían la razón, sólo la superan. Y la superan en virtud de que tales misterios tienen relación con la naturaleza infinita de Dios, inabarcable por la finitud de la razón humana.
El hecho de que el ser humano no entienda en determinadas circunstancias algo, no hace de ese “algo” un absurdo, un contradictorio. No entendemos del todo, por ejemplo, la esencia de la luz, sólo podemos explicar ciertos comportamientos a través de modelos corpusculares y ondulatorios. Eso no convierte a la existencia de la luz en un absurdo contradictorio.
En suma, los misterios que estructuran el corpus doctrinal cristiano, si bien –dice la Iglesia– algunos son incomprensibles, no son contradictorios ni absurdos. Y eso es porque para el Magisterio Católico, Dios es Racional en esencia.
A la pregunta de quinceañero: “Si Dios es omnipotente, ¿Puede hacer una piedra tan grande, tan grande, que ni Él mismo la pudiera levantar?” la respuesta católica ha sido siempre clara y conteste: Dios es omnipotente, no pendejo. No la haría, pues eso supondría un absurdo, una contradicción y Dios es la razón pura en esencia, el LOGOS. Claro que el fondo de la pregunta y de la respuesta no son de quinceañero: hunden sus raíces en elaboraciones filósoficas de más larga data que Hannah Montana.
El voluntarismo y la irracionalidad
Para otros, la respuesta a esa pregunta es afirmativa. Algunos de ellos son pensadores profundos y legendarios que, basándose en reflexiones de Juan Duns Escoto y Averroes, supusieron que la omnipotencia de Dios lo dejaba a Él “libre” de hacer lo que le “roncara la gana” y que si quería hacer un cuadrado de cinco lados, lo podía hacer… no problem. Por supuesto que esa percepción de las cosas llevaba a destruir la misma definición de verdad. A Sigerio de Brabante, por ejemplo, un pensador acucioso y valiente que desempolvó teorías gnósticas como la del eterno retorno, no le quedó más remedio que llevar su tesis hasta sus últimas consecuencias y llegó a pensar que habían “dos niveles de verdad” igualmente “verdaderas” aunque fueran contradictorias entre ellas: la destrucción del principio de no contradicción, uno de los tres pilares del pensamiento. Lo acucioso y lo valiente no garantiza infalibilidad
Vuelvo al punto: para el Magisterio Católico, Dios es Racional (no porque el hombre lo sea, como sugería Feuerbach, más bien el hombre es racional porque su creador lo hizo a su imagen y semejanza) y sólo hace cosas racionales y sólo propone a sus creaturas racionales, verdades racionales para que adhieran su intelecto libremente a ellas. Estas “verdades”, repito, no por ser racionales dejan –a veces– de constituir auténticos misterios.
De hecho, tan racionales dice la Iglesia que son estos misterios que durante veinte siglos, una pléyade de filósofos y teólogos se ha dado a la tarea de escrutarlos, y de tratar de sacar de ellos sus últimas consecuencias racionales. La explicitación de esos misterios dentro del Magisterio de la Iglesia Católica está expresada en niveles de sofisticación para todos los gustos. El nivel más básico está contenido en el Credo, una oración que resume los principales misterios de la fe católica expresados en profesiones de fe.

El Credo III
A esa sencilla oración, desde la fórmula bautismal de Jerusalén en los primeros años de la Iglesia, se le ha puesto música. Los devotos han tratado de ponerle la más bella música a su disposición. No tenemos en nuestras manos todas esas primitivas partituras (entre otras cosas porque no las hubo), pero de una de las más antiguas de las que sí disponemos es de la versión en canto gregoriano que suele acompañar a a la Missa de Angelis –el Credo III– que remonta sus orígenes hasta el siglo VII con San Gregorio Magno. Más que su antigüedad, lo que sorprende es que todavía se cante por los fieles en donde hay todavía resabios de cultura católica (no es el caso de El Salvador en donde tal cosa, si la hubo alguna vez, se acabó entre los años cincuenta y los sesenta del siglo pasado).
Sólo dispongo de dos versiones, una de unos monjes benedictinos de Brasil (que parece estaban pasando por una epidemia de tuberculosis mientras grababan) y la otra es el Credo cantado en la misa de mi matrimonio, como prueba de que el canto gregoriano está hecho para que lo cante cualquiera… Sí: cualquiera. La versión de los monjes benedictinos comienza así (21 segundos de audio):

